Hay noches en que el frío sellará tus pestañas, noches tan antiguas como la primera historia que estuvo a punto de olvidarse. Esta es una de esas historias, y aunque comienza en un imperio de escarcha, no temas: también hay calor incluso bajo las raíces dormidas.
En el confín más escondido del mundo, donde los mapas se rasgan como la corteza vieja, yace el último de los Reinos Fríos: Lysandra. Allí, la nieve es ley, el viento determina el destino de los nacimientos, y las sombras convierten en leyenda todo lo que tocan. Lysandra nunca fue un reino común, pues estaba gobernado por un régulo de cristal llamado Ulfrik, temido por su corazón congelado pero admirado por su justicia inmutable. Sin embargo, lo que pocos sabían es que todas las noches, Ulfrik salía de su palacio de hielo y caminaba en soledad hasta el Gran Bosque de Plata.
Ese bosque era una antigua rareza: allí los árboles hablaban.
La mayoría de los lysandrianos crecían al pie de abetos y álamos, sin nunca escuchar los susurros que solo se abrían al oído entrenado o al alma cansada. Mas Ulfrik, portador de muchas soledades, sí oía. Como todo buen rey que se respete, había aprendido a escuchar más allá de la corte y de su propia coronilla de escarcha.
Una noche, justo en el equinoccio de hielo, la corteza del más anciano de los álamos se partió con un suspiro.
“Ulfrik… mi rey…”, musitó el árbol, voz de mil inviernos. Los copos danzaban a su alrededor, absortos.
El rey se detuvo. Si él, Ulfrik de Lysandra, no temía a la guerra ni al frío absoluto, sí temía a ese antiguo susurro, señal de que el bosque iba a pedirle algo.
“Habla, padre Aliso”, concedió Ulfrik. “¿Qué penumbra se cierne ahora?”
“No es penumbra lo que busco”, respondió el árbol con un crujido; se sacudió a sí mismo, dejando caer cristales de nieve. “Es olvido. La savia se vuelve lenta, los nombres se van, y ninguno de los míos ha bebido la aurora en trescientos años.”
El rey frunció el ceño. “La aurora no ha vuelto porque el frío la ahuyenta.”
“Pero sin aurora, olvidaremos quiénes somos. Escucha: hay una raíz bajo hielo, un recuerdo enterrado antes de tu estirpe. Ve al Lago Cuervo. Buscas la raíz negra. Solo así el Bosque de Plata recordará, y tú, quizás, podrás arder de nuevo.”
Antes de que Ulfrik pudiera replicar, el árbol se durmió en las profundidades de su corteza centenaria.
Aquella noche, tras su regreso, una inquietud nueva nublaba al monarca. Jamás había oído hablar del Lago Cuervo, pero la urgencia quebró su sueño y, al amanecer, Ulfrik partió en secreto, confiando sólo en una capa pesada y una daga de sal de roca.
Nadie transitaba las sendas del norte, pero Ulfrik avanzó guiándose por los mapas mudos de su memoria y las señales que los árboles, siempre atentos, le enviaban: una rama arqueada aquí, un helecho marchito allá. Tras dos días y una noche, el hielo se volvió tan claro que podía verse el pasado a través de él: huesos de ciervos petrificados y flores apagadas como lámparas rotas.
Finalmente, halló el Lago Cuervo. Su superficie era un espejo perfecto, atrapando el cielo más que reflejándolo. Ulfrik se arrodilló y pronunció las palabras viejas que los guardianes del bosque recitaban en los partos y entierros.
La superficie del agua tembló, y una única burbuja oscura emergió, rompiendo la pulcritud fría. En el fondo, algo asomaba: el entrelazado de una raíz, negra y afilada, como hecha de obsidiana.
Ulfrik dudó—sabía que todo trato con el lago implicaba un precio. Pero pensó en su bosque, en su reino, en la línea de reyes que habían prometido custodiar algo más que sus propias coronas. Metió la mano bajo el agua. El frío lo mordió, pero extrajo la raíz, que pesaba el doble de lo que aparentaba y olía a tierra vieja y promesas incumplidas.
De regreso por el sendero imposible, Ulfrik escuchó más voces: álamos que murmuraban, abedules que tarareaban canciones de niños, robles que le advertían de amenazas invisibles. Cada paso con la raíz negra doblaba su cansancio, pero también afilaba su atención. Algo vigía acechaba el límite entre el bosque y el lago.
Al llegar al bosque, los árboles se inclinaron en una salutación lenta y profunda. Ulfrik caminó hasta el claro principal y, bajo la supervisión de todo el Bosque de Plata, plantó la raíz negra en medio del círculo de árboles más ancianos.
Nada ocurrió al principio. Luego, como si el mundo liberara un suspiro contenido, la raíz creció: primero fue una brizna oscura, luego un tronco retorcido, y finalmente un árbol nuevo, distinto a los demás: corteza de obsidiana translúcida, hojas de tono púrpura y savia que chisporroteaba como pequeñas auroras liquidas.
Los árboles hablaron al unísono, una ristra de voces antiguas, jóvenes, miles de timbres humanos y ajenos: “Ahora recordamos. Y tú, rey de escarcha, ¿qué recuerdas?”
Esa noche, Ulfrik soñó por primera vez en décadas.
***
Mientras Lysandra renacía bajo la promesa del nuevo árbol, una extranjera de cabello como armiño entró en el reino. Se llamaba Lys, y llegaba del sur huyendo de una guerra sin canciones, portando sólo una botella con tierra natal y una pregunta en la mirada. Escuchó los rumores del nuevo Árbol Obsidiana y decidió verlo por sí misma.
Atravesó el bosque con pies silenciosos. Cuando llegó, el árbol nuevo la llamó por su nombre. Lys no se sobresaltó—ya había oído plantas hablar en sus noches más febriles. Se sentó bajo sus ramas y apoyó la espalda en la corteza: una calidez inaudita le invadió el pecho.
El árbol habló directamente a ella. “Eres la primera portadora de exilio en pisar este claro. ¿Buscas olvidar, o recordar?”
“No quiero ninguna de las dos cosas,” murmuró Lys. “Sólo quiero existir sin frío ni guerra.”
El árbol asintió, y del aire colgó una campana translúcida, vibrando con promesas.
“Tu deseo es el eco de muchos. Quédate y escucha, y Lysandra será otra.”
Durante tres noches, Lys permaneció, bebiendo savia mezclada con rocío y aprendiendo la lengua de corteza y viento. Durante ese tiempo, el árbol Obsidiana le mostró imágenes—rostros de gobernantes pasados, promesas incumplidas, batallas huidizas, pero también una visión de Ulfrik ardiendo bajo la aurora que una vez el bosque olvidó.
Al cuarto día, Lys buscó al rey. Lo encontró donde los hielos eran más espesos y las ruinas más antiguas, contemplando el Árbol Obsidiana, perdido en sus propios ecos.
“Majestad,” se atrevió Lys, “el árbol me ha mostrado una verdad. La aurora que espera el bosque no es sólo sol. Es la memoria de quienes cruzan el mundo buscando consuelo.”
Ulfrik la miró, ojos álgidos, pero en su silencio, Lys sintió un temblor. “Hablas como los antiguos. ¿Tú también has escuchado al padre Aliso?”
“No, pero conozco el sabor del exilio. Y sé que los bosques y los reinos mueren por igual cuando olvidan cómo sanar.”
Ulfrik no replicó, mas una lágrima diminuta, tan pura que podría ser nieve recién caída, surcó su mejilla. Volvió al bosque y al Árbol Obsidiana, y ondeó la capa de sangre real sobre su copa.
“Que el bosque recuerde, y el reino aprenda,” susurró.
Y entonces, por primera vez en generaciones, la aurora regresó a Lysandra. Bajó en cintas de luz, serpenteó entre las ramas parlantes, acarició los troncos e iluminó los ojos de todos los exiliados, huérfanos y viejos monarcas que guardaban secretos.
El Bosque de Plata no solo volvió a hablar, sino a cantar cada noche al borde de la aurora, y Lysandra, reino de hielo y voces bajo la corteza, cambió para siempre.
Dicen que los que llegan de otros mundos, como Lys, se quedan en los claros y aprenden la lengua de los árboles, pues allí, entre escarcha y raíces antiguas, llega el día en que incluso el frío aprende a soñar. Porque en Lysandra, como en todos los dominios de hadas, las historias nunca se apagan: pasan de boca en boca, de hoja en hoja, y de corazón a corazón, hasta calentar hasta el hielo más profundo.
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