Portada del relato La noche del sauce carmesí
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Fragmento:


–No tengo elección– replicó él, y en su voz había una urgencia grave –. Mi alma… mi alma no encuentra reposo.

Duración: 07:52

La noche del sauce carmesí
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Texto de ajuste de pausa.

La taberna de la Reina Marchita no estaba en ningún mapa. Ni siquiera las brujas más ancianas sabían cuándo apareció entre los juncos, justo donde el río Nívea comenzaba a curvarse hacia el Bosque Alto. Los aldeanos murmuraban que sólo aquellos que debían ir la encontraban. No era cierto: solo los que buscaban respuestas peligrosas cruzaban su umbral, y era común que uno de cada tres nunca regresara.

Aquella noche (quizá era invierno, aunque ninguna nevada tocaba nunca el tejado de la taberna), la Reina Marchita —cuyo nombre verdadero había sido devorado por los siglos— mezclaba un vino con pétalos de mortalia, mientras su gato, un animal tan negro que parecía hecho de las sombras entre parpadeos, miraba desde lo alto de la repisa. A las velas les costaba abrirse paso en aquel aire, pues la taberna, como la propia vida, estaba llena de cosas no dichas.

Llegó entonces el Forastero. Nadie se sorprendió. Los fantasmas de esperanzas rotas que habitaban el local —esos murmullos apenas audibles, esa brisa extraña que torcía los candelabros—, se arremolinaron a su alrededor. Era joven, pero no de la manera que uno esperaría: no tanto por la piel tersa, sino por la carencia total de cicatrices, como si jamás hubiese sufrido. Pero sus ojos tenían ese brillo opaco de quien ha cruzado, una y otra vez, la frontera tenue entre el sueño y el olvido.

Pidió el vino y lo bebió de un solo trago, ignorando los suspiros que parecían arañarle las ropas. –Busco a la Tejedora de Recuerdos– dijo, y bofetadas de silencio recorrieron el local.

La Reina Marchita sonrió. La mueca no llegó a sus ojos. –La Tejedora no gusta de quienes invocan su nombre. Ella prefiere bailar en el filo del olvido–. Su mano, marchita como su apodo, jugó con un hueso de salamandra.

–No tengo elección– replicó él, y en su voz había una urgencia grave –. Mi alma… mi alma no encuentra reposo.

Hubo risas, frías y agitadas, entre las botellas. El gato arqueó el lomo. Una anciana de ojos muertos murmuró: –Nadie aquí tiene reposo, joven.–

Pero el Forastero insistió. –He visto lo que queda cuando el último aliento se escapa, cuando ni siquiera los dioses lloran por uno. Vengo a restituir lo que fue robado.–

La Reina Marchita, entonces, inclinó la cabeza. –¿Quién eres realmente?– inquirió, aunque, en el fondo, ya lo sabía. La noche reconoce a sus hijos.

Él dudó, solo un instante. –Fui llamado Alaric, hijo de nadie y dueño de nada. Fui quien traicionó a la Luna para besar la Estrella Muerta. Los maleficios me han despojado de recuerdos y destino. No puedo morir ni vivir. Sólo errar.– Su confesión encendió apenas un parpadeo de compasión en los ojos vacíos de los parroquianos.

La Reina Marchita se levantó, con ese movimiento que no era del todo humano. –Ven– dijo. Y él la siguió, porque a esas alturas, el destino ya había cerrado sus caminos detrás suyo.

Atravesaron un pasillo que parecía alargarse más allá de las leyes de la arquitectura, donde la madera tenía nombre propio y susurraba los deseos frustrados de quienes la habían tocado. Una puerta, tallada con símbolos olvidados por el tiempo, se abrió ante ellos sola. Un jardín crecía al otro lado, bajo un cielo que no era ni totalmente negro ni azul: era el color de las almas que han visto demasiado.

En el centro, sentada frente a un telar antiguo, una figura danzaba con los hilos del mundo. Eran hebras de luz y ceniza, de esperanza y miedo. Sus ojos, vacíos y a la vez llenos de todos los colores imaginables, se fijaron en Alaric.

–Has venido a pagar la deuda– afirmó la Tejedora.

Alaric avanzó, mientras los hilos del telar comenzaban a temblar. –Quiero recuperar lo que perdí.–

La Tejedora dejó de trabajar. El silencio se apoderó del lugar, roto solo por el grito lejano de un búho más allá de la frontera del mundo.

–Nadie puede recuperar lo que fue voluntariamente entregado– sentenció la Tejedora.

Pero Alaric, como si ya hubiese escuchado esta respuesta antes, alzó la voz: –No fue por elección. Me engañaron. Firmé el pacto sin conocer el precio. Ahora vago sin pertenecer a ningún sitio, ni a este reino ni al otro lado del velo.– Extendió la mano, y una luz mareante brotó de su palma: una pequeña esfera, que titilaba como la brasa última del fuego. –La mitad de mi alma– dijo con voz rota.

La Tejedora se inclinó. –¿Esperas que te la devuelva?–

–No– susurró Alaric. –Solo deseo recordar.– Sus hombros descendieron. –El castigo es errar, lo entiendo. Pero quiero saber por qué.–

La brisa se volvió fría. La Reina Marchita miraba la escena con una misericordia feroz, como si en ese instante hubiera recordado su propia historia.

La Tejedora, para sorpresa de todos, tomó la esfera de luz entre los dedos, y en ese contacto ardió un grito que solo quienes transitan entre mundos pueden comprender. –Puedo mostrarte una verdad, pero no será la que buscas.– Y, con la voz de mil ecos que nunca tuvieron nombre, añadió –Toda alma errante desea recordar el motivo de su condena. Pero el precio nunca es saber, sino aceptar no saber.–

El telar comenzó a girar. Hilos de todas las vidas cruzadas de Alaric relampagueaban en el aire: una juventud robada por la ambición, un amor traicionado, una promesa rota a medianoche sobre la tumba de un hermano. Voces, risas, gemidos, traiciones y redenciones. Todo comprimido en un instante solo vivido en las fronteras del recuerdo.

–El dolor te pertenece y, sin embargo, no es tuyo– sentenció la Tejedora –. Lo llevas como llevan todos los que erran, no para encontrar resarcimiento, sino para recordarnos que incluso los dioses pueden errar en su juicio.– Su mano, ahora tan joven como el primer día de la existencia, tocó el rostro de Alaric.

Y el joven lloró. De sus ojos salieron no lágrimas, sino pequeños pájaros de humo, que revolotearon alrededor del jardín y desaparecieron entre las sombras de las flores.

–¿Ahora entiendes?– musitó la Reina Marchita.

Alaric asintió. Por primera vez el vacío en su interior parecía lleno de algo: no esperanza, pero sí resignación. El telar cesó su canto, y el jardín pareció acogerlo como uno de los suyos.

La Tejedora devolvió la esfera, que latía pálida, y Alaric supo que nunca recobraría su otra mitad. Solo le quedaba la memoria de ese instante, verdadero y falso a la vez, donde había confrontado la esencia de su condena.

–¿Y ahora?– preguntó, sin saber a quién.

La Reina Marchita extendió la mano. –Ahora camina conmigo. Tal vez no encuentres descanso, pero sí compañía. Los caminos de los errantes a veces confluyen, y de su juntura nacen leyendas que ningún bardo canta, y que, sin embargo, sostienen los cimientos del mundo.–

El Jardín se desvaneció lentamente. Los tres regresaron a la taberna, donde el vino sabía a promesa incumplida y las canciones nunca terminaban en un punto final.

Alaric, ya no forastero, se sentó junto a la Reina Marchita. Ella le sirvió otra copa y susurró: –El secreto no es sanar la herida, sino saber cantarle en la oscuridad.–

Pero fuera de la taberna, en el río Nívea, reflejando la luna y la sombra, las almas errantes seguían danzando. Quizá nunca encontrarían descanso, pero bajo el cobijo de la Reina Marchita y el parpadeo de las velas, sus historias jamás serían olvidadas.

Y así, noche tras noche, la taberna permanecía abierta para todos aquellos que, cargando los fragmentos perdidos de sí mismos, buscaban no la salvación, sino el arte de errar juntos, hilando cuentos que sostenían, quizás sin quererlo, el delicado equilibrio entre los vivos y los muertos.

Porque en Cuentos de Hadas para adultos —donde el deseo y el remordimiento bailan tomados de la mano— no existe moraleja. Solo la certeza de que incluso las almas errantes encuentran, algún día, su breve momento de pertenencia, aunque sea al otro lado de una copa vacía, justo antes de que amanezca.

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