Portada del relato Las cinco puertas del Último Bosque
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Fragmento:


—Busco la palabra que olvidé.

Duración: 08:04

Las cinco puertas del Último Bosque
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Texto de ajuste de pausa.

Aquella noche, una niebla antigua se derramaba sobre los helechos y tenues campanillas del Bosque Mimbrar, filtrándose suavemente entre las raíces de los árboles que, se decía, ocultaban los huesos de dioses menores. Ni los gorriones, siempre apresurados y ruidosos, se atrevieron a cantar. Solo el viento habló, y su voz era un murmullo indeciso, como si buscase a alguien olvidado que supiera responderle.

Antonia se internó por el sendero apenas marcado, con los zapatos haciéndole daño en los talones y una mariposa acunada en el hueco de su palma. La encontró posada sobre la tapa de una tumba pequeña, temblando, casi muerta de frío o de miedo. No era una mariposa común: tenía alas delgadas como afiladas lágrimas de obsidiana, manchadas de polvo dorado, y el aire a su alrededor se densificaba en espirales inquietantes. Su bisabuela le habría advertido que no recogiera criaturas del Otro Lado. Pero la bisabuela estaba lejos, su voz era un eco y, además, Antonia nunca había sido demasiado miedosa, solo precavida. A ratos.

La bruma olía a hojas mojadas y manzanas olvidadas. Por momentos, la joven sentía que el camino se retorcía tras ella, rehaciéndose a voluntad, y solo sus pasos determinados impedían que el bosque mismo la devorara. Venía buscando lo que nadie admite buscar: una segunda oportunidad.

Tal vez por eso, cuando Antonia llegó al claro donde cinco puertas, cada una extrañamente ajena a la otra, flotaban suspendidas a pocos centímetros del suelo, no se asustó tanto como podría haberlo hecho una persona sensata. Porque en Mimbrar, la sensatez no era una brújula confiable.

La primera puerta era de hierro forjado, con manillas de cristal azul que sudaban escarcha. La segunda, revestida en corteza de abeto; la tercera, inexplicablemente, de una madera negra repleta de nombres casi borrados; la cuarta, de cuero trenzado y adornada con huesecillos de ratón, y la quinta—la que más tentaba—hecha de agua y luz, cambiando de forma como si respirara. Al pie de cada puerta reposaba una pluma de ave, más grande que un brazo entero, decoradas con extraños símbolos y nudos.

Antonia no dudó. Se acomodó la mariposa en el escote, donde el calor de su piel podría mantenerla viva (si es que la mariposa deseaba eso) y se plantó ante la última puerta. Siempre había creído lo que le contaban de niña: “En la puerta de agua, pides lo olvidado. En la de hierro, pagas lo hurtado. En la de cuero, cuidas lo dañado. En la de corteza, siembras el pasado. En la negra, encuentras el camino marcado.” Sabía que hoy, lo olvidado era lo que más necesitaba.

El umbral era frío, más frío que el miedo. Cruzó.

Lo primero que notó fue el silencio absoluto; ni su respiración parecía atreverse a perturbarlo. Luego, la luz: todo flotaba en un crepúsculo azul-verde, tan denso que Antonia sintió que nadaba en agua quieta. El suelo era una alfombra de musgo, y en las paredes líquidas danzaban peces translúcidos. No había horizonte. Solo en el fondo, unos faroles de aceite de alabastro marcaban un sendero serpenteante.

En el centro del camino, una figura encorvada tallaba un trozo de madera. Su rostro era borroso, como si recuerdos de muchas caras lo invadieran a la vez. Antonia se detuvo, observando. Volvió a pronunciar lo que había practicado mil veces en sueños:

—Busco la palabra que olvidé.

La figura alzó la cabeza, mostrando unos ojos oscuros en los que cabrían todas las noches del mundo.

—¿Por qué buscas lo que olvidaste tú misma? —preguntó con voz de agua a punto de desbordar.

—Sin esa palabra, no puedo volver —murmuró Antonia—. No puedo pedir perdón.

La criatura estudió la mariposa, que ahora asomaba sus antenas desde el borde del escote y, como animada por la compasión, voló hasta posar sus patas sobre los dedos huesudos de la talladora. Hubo un momento de quietud. La figura sonrió, y le tendió a Antonia la mariposa, que ahora parecía más viva que nunca.

—No basta con recordar. Se debe escuchar. Las palabras robadas por el pesar duermen aquí, hasta que son reescritas con otro acto.

Antonia bajó la mirada, asustada. —¿Qué acto?

La figura señaló el sendero. —Al final de este camino, hallarás un jardín. Allí crece la flor que encierra aquello que perdiste. Si la arrancas y logras atravesar el jardín sin pronunciar palabra, lo tuyo será tuyo de nuevo.

Parecía sencillo. Pero había un rumor que nunca dejaba de sonar en Mimbrar: los jardines del Otro Lado no alimentan a los vivos sin cobrar un precio.

Antonia caminó, contando los pasos. El sendero se llenó de voces, primero suaves, luego destempladas: palabras que reconocía, reclamos antiguos, promesas susurradas en otras bocas, hasta su propio llanto cuando niña. Luchó por no escucharlas, por no contestarles. Finalmente, llegó.

El jardín era un mar de flores ensombrecidas. En lo alto, como una luna baja, colgaba una rosa pálida, envuelta en cristal. La mariposa aleteó, ansiosa, haciendo vibrar el aire. Tomó la flor sin vacilar. Apenas cerró la mano sobre el tallo, las voces aumentaron en intensidad.

—Mentirosa —decían—, cobarde, traidora.

Antonia no pidió disculpas. Avanzó, llevando la vergüenza en los pulmones, como un humo espeso. Solo cuando estuvo fuera del jardín y cruzó, otra vez, la figura encorvada la detuvo.

—Has conseguido lo que buscabas. Pero esa palabra ya no existe como la perdiste. ¿Estás dispuesta a aceptar una nueva?

Antonia asintió, aferrando la rosa y la mariposa contra el pecho. —Prefiero un comienzo imperfecto a una memoria perfecta.

La figura asintió también, y le ofreció una pluma —una de las grandes, de las que yacían a los pies de las puertas. —Con esto, escribe la palabra en tu propia piel. Luego, márchate, sin mirar atrás.

La pluma era áspera, impregnada de un leve veneno que entumecía los dedos, pero Antonia escribió: *Perdón*. Apenas trazó la palabra, la mariposa inundó la estancia con un destello de luz dorada. Todo tembló; rugió el bosque, y la puerta de agua y luz reapareció delante de ella.

Al cruzar de nuevo, sentía su cuerpo menos ligero, como si un pequeño trozo de ella se hubiera quedado en la otra orilla. Así era el trato con los lugares mágicos: nunca sales igual que entras, y a veces lo que se pierde pesa tanto como lo que se recupera.

En el claro, las demás puertas temblaban, como si convocaran algo detrás de sí. Antonia, exhausta, se sentó junto a la mariposa, que ahora se posó sobre la flor de cristal, abriendo y cerrando las alas con un silencio contento. Observó cómo la puerta de agua se desvanecía lentamente, dejando tras de sí un olor fresco, casi dulce. Solo después de un largo rato, cuando las sombras se acortaron y el bosque permitió un hilo de sol, Antonia comprendió que debía regresar. La palabra era suya, aunque ya no fuera idéntica a su recuerdo.

El regreso fue menos arduo. El bosque Mimbrar reconocía el cambio, y le abría paso. Ya no tenía miedo: sabía que, al llegar a casa, hallaría su lugar cambiado también. Quizá tendría que aprender la forma nueva de pedir perdón, y aceptar el perdón ajeno. La mariposa, envuelta ahora en un resplandor tenue, voló una última vez sobre su hombro, y luego se posó sobre una rama baja, como si dijera adiós.

Antonia no volvió a ver las cinco puertas, salvo en sueños. Pero desde entonces, notaba que, en ocasiones, palabras olvidadas colgaban en los labios de quienes amaba. Se preguntó si todos nosotros no llevamos una mariposa oscura dormida en el corazón, esperando solo el valor de cruzar al otro lado y escribir con tinta nueva la palabra que nos falta.

Y así, en aquel bosque que susurra entre la vigilia y el sueño, los que buscan segunda oportunidad caminan aún, llevando consigo un pedazo de niebla, y el rumor antiguo de aquello que solo se dice en voz baja, bajo la mirada discreta de las criaturas que nunca se pierden y nunca son del todo encontradas.

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