Fragmento:
Mirien habitaba la arboleda de los Robles Viejos, que guardaban en sus entrañas las historias que los hombres temen narrar. En ese lugar, las noches envolvÃan a los vivos y las piedras suspiraban para dormir. Nadie salvo ella podÃa atravesar sin envejecer el claro donde germinaba la última flor de Lysoria: la silente verbena, capaz de revelar al corazón sincero el eco de su verdadero deseo. Era una flor tÃmida —tan ansiosa por ocultarse como por amar— y tenÃa, como Mirien, la extraña facultad de cambiar de forma.
Duración: 08:02
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Mucho después de aquel incendio de los tres soles, cuando el tiempo se dispersaba en la luz tenue del crepúsculo, hubo un valle donde la realidad daba pasos tÃmidos, incapaz de asentarse del todo. Lysoria era ese valle: un pliegue entre lo inventado y lo vivido por criaturas que ningún mapa registraba. Era una tierra que sólo admitÃa forasteros cuando la luna roja caÃa, por lo que casi nadie la contaba en el mundo.
Allà es donde nació Mirien, la tejedora de palabras sin eco. Su madre era un suspiro de sauce; su padre, la brisa que primero la tocó. Nadie sabÃa cómo habÃa llegado a pensar, hablar o amar, pero allà estaba: silente, con el pelo derramándose como una cascada de hiedra sobre sus hombros y los ojos grises como la última ceniza. Nunca vestÃa sino de madrugada y jamás repetÃa la misma voz: algunos dÃas era pájaro, otros buey, otras veces apenas una canción.
Mirien habitaba la arboleda de los Robles Viejos, que guardaban en sus entrañas las historias que los hombres temen narrar. En ese lugar, las noches envolvÃan a los vivos y las piedras suspiraban para dormir. Nadie salvo ella podÃa atravesar sin envejecer el claro donde germinaba la última flor de Lysoria: la silente verbena, capaz de revelar al corazón sincero el eco de su verdadero deseo. Era una flor tÃmida —tan ansiosa por ocultarse como por amar— y tenÃa, como Mirien, la extraña facultad de cambiar de forma.
La reputación de ese valle llegó a oÃdos de Demian, el prÃncipe errante de las siete provincias. No tenÃa reino ni corona, sino un estigma: jamás habÃa encontrado descanso. Las leyendas decÃan que ningún lecho era lo bastante profundo, ninguna amante lo bastante cálida, porque una bruja le habÃa hurtado el suspiro la noche en que debÃa ser coronado. Desde entonces, recorrÃa reinos dejando tras de sà huellas que nadie se atrevÃa a seguir, huellas de duda y de anhelo.
Al llegar, Demian no reconoció los lÃmites de Lysoria, porque el valle no admite frontera. Caminó durante horas bajo árboles cada vez más frondosos, mientras la luz descendÃa y las sombras titilaban como fuegos fatuos. La fatiga comenzó a hundirle los pies y el deseo de dormir aleteó en su pecho. Asà fue como la leyenda se hizo carne: sólo aquellos profundamente exhaustos, aquellos que habÃan perdido el orgullo, podÃan llegar hasta la flor y probar su don.
Halló a Mirien sentada en la raÃz de un roble, cantando para sà misma. Su canto atrajo la atención del hombre cansado, que la contempló como quien mira una tormenta, sabiendo de antemano que le robará el aliento. Mirien giró sobre sÃ, extendiendo una mano que no parecÃa del todo real.
—¿Buscas consuelo o perdición? —preguntó con una voz que sonaba a campana sumergida.
—No sé qué busco —musitó Demian—, apenas sé nombrar lo que he perdido.
Ella rÃo, y su risa era luz filtrada por hojas.
—Nadie llega aquà buscando lo que ha perdido, sino lo que nunca supo tener. Los mortales son asÃ: adoran la nostalgia más que la posesión.
El hombre titubeó. —¿Eres bruja, hada o sólo un sueño?
—Soy umbral —dijo—. A veces, ser umbral es suficiente.
Aquella noche no hubo más que palabras. Mirien tejÃa historias con hilos de espera; Demian deshacÃa nudos de culpa con lumbres de su pasado. En la vigilia entre lo dicho y lo callado, la flor de Lysoria comenzó a brotar, esparciendo un leve perfume de tierra mojada y viento de mar. Ambos la miraron, y fue entonces cuando empezó el pacto, aunque ninguno de los dos lo supiera.
—¿Qué harÃas para hallar descanso? —preguntó finalmente Mirien.
Demian cerró los ojos, atemorizado de la transparencia de la pregunta; responder serÃa desnudarse ante un ser que no parecÃa de este mundo.
—OfrecerÃa mi primer recuerdo feliz —confesó al fin—, ese que he guardado como tributo contra el vacÃo de la noche.
Mirien asintió, y el eco de sus palabras rodó, invisible, por el valle. Una brisa vieja se coló entre las ramas, y la flor de Lysoria relució bajo la luna roja. El ritual era simple y cruel: sólo quien da lo más precioso puede recibir a cambio la sombra de su deseo.
La flor se desdobló en una docena de pétalos, y Mirien extendió la mano. —Piénsalo bien —advirtió—. Los hombres se arrojan a los dones del hada creyendo que todo lo que pierdan es recuperable. Pero el olvido no restituye, sólo aligera. Puedes perder el miedo, sÃ, pero quizás también pierdas la música.
Demian, presa de su propia fatiga, aceptó. Tomó la flor, la deshojó con dedos lentos y, en el instante en que el último pétalo cayó sobre la tierra, vio desvanecerse de su mente la imagen de su infancia: la risa de su madre, el sabor de la primera fruta, la promesa de aventuras que nunca dolÃan. Sintió un vacÃo, al principio doloroso, luego un alivio helado.
Mirien lo contempló con ternura casi cruel. —Ahora dormirás, pero tu descanso será otra cosa. Puede que encuentres paz, pero nunca volverás a conocer tu alegrÃa más honda.
Demian durmió durante siete dÃas y siete noches. Y mientras su cuerpo descansaba, Lysoria florecÃa en torno a él, ramificándose en sueños complejos, poblados de inquieta belleza y silencios fértiles. Cuando al fin despertó, la arboleda era diferente: todo parecÃa más nÃtido, más real, pero también más frÃo. Mirien ya no estaba.
Desorientado, Demian deambuló hasta la linde del bosque. Fue recibido por habitantes del valle, gnomos y trasgos, que ahora bajaban la cabeza en respeto. Comprobó con una mezcla de alivio y pesar que la fatiga lo habÃa abandonado. El estigma de la bruja se habÃa evaporado de sus párpados, pero ningún recuerdo dulce ocupaba el lugar de aquello que habÃa perdido. Se sentÃa, por primera vez, completo y, al tiempo, irremediablemente solo.
El precio habÃa sido justo. Asà lo entendió cuando encontró a Mirien en el reflejo de una charca. Ella ya no era la tejedora de palabras, sino la propia flor de Lysoria, nimbando el estanque con su fulgor apagado. AllÃ, donde las aguas recogÃan la memoria del mundo, Demian se arrodilló.
—¿Por qué fuiste tú la ofrenda? —susurró.
El reflejo respondió, aunque no con palabras sino en imágenes: el valle, los árboles sabios, la sucesión de generaciones ignoradas. Cada uno que llegaba, cada uno que tomaba, sólo podÃa hacerlo entregando el presente más valioso a la guardiana temporal. Para que el valle sobreviviera, una tristeza debÃa reemplazar otra, y sólo el alma que aceptara el sacrificio se convertÃa en parte de su memoria colectiva.
Demian comprendió entonces que nunca volverÃa a ser prÃncipe, ni errante ni coronado. Su regalo, la última veta de felicidad intacta, se convertirÃa en alimento para la magia que mantenÃa vivo Lysoria. En el fondo del agua, Mirien le dedicó una mirada triste pero satisfecha. HabÃa cumplido su ciclo y ya no era ni umbral ni criatura: era olvido y era esperanza, preservada en el murmullo de las raÃces y el sueño de los cansados que aún deambulaban más allá del valle.
Demian dejó atrás Lysoria y caminó durante años, sin cargar con la pesadumbre ni la dicha de antaño. Curiosamente, se volvió leyenda: aquel que, despojado de su primer gozo, ayudaba a otros a nombrar su propia carencia y a dejarla atrás. Nadie lo temÃa ya, y aunque las canciones le describÃan como un hombre marcado por el misterio, él sabÃa que la marca real era la ausencia de todo dolor, incluso del placer antiguo.
Y asÃ, Lysoria siguió ocultándose en los pliegues del crepúsculo, esperando al próximo visitante digno de pagar el precio del olvido. Quien encontrara a Mirien solo verÃa la flor, quien encontrara a Demian sólo verÃa a un hombre que camina como si hubiera dejado atrás el último de los sueños. Ambos, en su modo secreto, sostenÃan el frágil equilibrio que separa las cosas dichas de las calladas, el reino del deseo de la fatiga del mundo.
Asà transcurre Lysoria, donde las fronteras son heridas abiertas y el precio de la paz nunca es el que uno imagina.
FIN.
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