Fragmento:
Bajo la penumbra plateada de los tres astros gemelos, la aldea de Lysorel dormitaba entre cañadas de hierba azul y sauces de corteza luminosa. Sus casas, talladas en grandes perlas ambarinas, se agrupaban alrededor del Pozo Sin Reflejo, donde los aldeanos iban a susurrar deseos que nunca serían devueltos. Pero más allá de la frontera luminosa del bosque, cuando la luna rota trepaba a la cúspide de la gran torre rocosa, el mundo cambiaba: allí, el aire se volvía espeso, salpicado de polen de aurora, y los sonidos tenían bordes afilados, menos propensos a la bondad. Allí empezaba el territorio de los ciertos feéricos, aquellos que nunca morirían por completo, y cuyas historias siempre costaban algo caro a quien las escuchaba.
Duración: 08:17
Bajo la penumbra plateada de los tres astros gemelos, la aldea de Lysorel dormitaba entre cañadas de hierba azul y sauces de corteza luminosa. Sus casas, talladas en grandes perlas ambarinas, se agrupaban alrededor del Pozo Sin Reflejo, donde los aldeanos iban a susurrar deseos que nunca serían devueltos. Pero más allá de la frontera luminosa del bosque, cuando la luna rota trepaba a la cúspide de la gran torre rocosa, el mundo cambiaba: allí, el aire se volvía espeso, salpicado de polen de aurora, y los sonidos tenían bordes afilados, menos propensos a la bondad. Allí empezaba el territorio de los ciertos feéricos, aquellos que nunca morirían por completo, y cuyas historias siempre costaban algo caro a quien las escuchaba.
Pero Lysorel era, en apariencia, un remanso de quietud y labor, donde las vidas parecían tejerse apenas entrelazadas con lo desconocido. Al menos hasta que Enyd, la joven de cabellos de bronce y ojos de piedra lunar, decidió buscar su destino más allá de lo permitido. Enyd sabía de los pactos rotos y los precios secretos, pero la sed de respuesta siempre había sido más poderosa que cualquier advertencia. Esa noche, armada de un farol de sal y la daga de hueso de su bisabuela, cruzó el lindero de los sauces, adentrándose en una maraña de helechos tan altos como hombres y flores que murmuraban en sueños idiomas largamente olvidados.
Las criaturas del bosque la vieron pasar: ojos dorados entre troncos, lenguas como relámpagos, pero nada se acercó. Salvo el zorro de tres colas, aquel guardián de las sendas perdidas que, según decían, sólo permitía continuar a quienes ya tenían parte del corazón partido. El animal giró en torno a Enyd con paso ritual, frotó su hocico contra su pierna y le ofreció una de sus colas de pelaje nacarado. Ella comprendió, pues la tradición enseñaba que aceptar el regalo era aceptar el primer precio, y se la ató alrededor de la muñeca.
—¿Dónde buscas ir? —las palabras brotaron como burbujas, de su propia sombra.
—Al nido de luz, en el roble vacío —susurró Enyd, sin apenas saber por qué esas palabras acudieron a sus labios y no otras.
El zorro chilló, una risa encristalada que cortó la niebla, y de un salto, se disipó en la humedad. Enyd avanzó, y mientras lo hacía, todo cuanto recordaba de la aldea comenzó a perder nitidez: los rostros de sus padres, el timbre de las campanas del crepúsculo, incluso la temperatura de sus propios recuerdos. En su lugar, crecía una certeza vaga y dulce, como si una mano invisible la guiara.
Después de tres sueños y dos pesadillas, por fin llegó al claro donde el gran roble retorcido aguardaba. Sus ramas, caladas por generaciones de luces y penumbras, parecían brazos esqueléticos suplicando al cielo. En el hueco, la promesa del nido palpitaba: yacía allí un pequeño cuenco de reluciente cristal, dentro del cual fulguraba una sola pluma, tan verde como la esperanza de un mundo intacto. Vio, en reflejo dentro de la copa cristalina, un rostro que a la vez era el suyo y no lo era.
—Has venido. Pocos llegan con el corazón aún lo bastante entero para pedir sin saber qué buscan —eran las palabras de la Dama Luminaria.
La figura surgió entre las raíces mismas, fluyendo como agua de luna: una mujer cuya piel brillaba con miles de motas inquietas, como si su carne no soportase del todo la quietud de estar en un solo mundo. Entre sus manos, el nido suspendido tembló, y la pluma se inclinó hacia Enyd.
—¿Sabes lo que pides?
Enyd tanteó su respuesta. Había creído desear conocimiento. Quizás su verdadero anhelo era transformación. Bajó la mirada: en la cola de zorro, la sal y la daga de hueso, los símbolos de partida y defensa.
—Quiero comprender.
La Dama sonrió, y en ese gesto, la noche perdió definición. El bosque se curvó a su alrededor, los helechos se transformaron en arcos de un palacio en ruinas. Observó cómo las estrellas caían del cielo y se incrustaban en la corteza del roble hasta que quedó transparente.
—La comprensión no es gratuita. Debes dar algo de igual valor —pronunció, y los dientes relampaguearon bajo la piel translúcida.
—¿Qué quieres de mí? —apenas susurró Enyd, aunque sabía, en lo profundo de sí, que toda pregunta ya había sido respondida antes de ser pronunciada.
—La promesa de regresar cuando lo que comprendas te sobrepase. No puedes quedarte para siempre, pero portarás la memoria.
Enyd asintió.
La Dama la hizo sentar frente al nido de cristal. El cuenco se deslizó fluyendo por el aire hasta posarse sobre sus rodillas. La pluma verde titiló, doblada bajo el peso de la anticipación.
—Aprender es recordar el futuro —dijo la Dama, y Enyd, de repente, supo el nombre y la canción de cada criatura perdida bajo las raíces del bosque; supo de los pactos rotos en la aldea, de las lágrimas de la madre que aguardaba cada crepúsculo, de las noches en que el Pozo Sin Reflejo tragaba no deseos sino miedos envueltos en palabras solemnes. Vio guerras de reyes diminutos, duelos de sauces, rencores anidados por generaciones, y, finalmente, la razón por la que Lysorel vivía protegida bajo la ignorancia.
La compasión más aguda la traspasó. La necesidad de irse, ahora, era un dolor físico, como si la luna partida arrancara las fibras de sus nervios solo con mirarla. Pero un acuerdo era un acuerdo. Miró a la Dama Luminaria.
—¿Y ahora?
—Regresa —ordenó, y un viento repentino la arrojó de vuelta al umbral de los sauces, ahora fundidos en oro puro.
Al volver, la infancia había terminado. El pueblo la miró: primero con recelo, después con reverencia. Ninguno osó preguntar qué había visto, pero todos sabían que algo en Enyd había cambiado. Sus ojos ya no eran de piedra lunar, sino de alguna otra sustancia recién descubierta. Los viejos le pidieron consejo, los niños soñaron con sus relatos, pero Enyd dormía menos, y cuando iba al Pozo Sin Reflejo, apenas susurraba. No era nostalgia lo que sentía, sino una grieta dulce, una fisura por la que la luz y la sombra, los cuentos y las realidades, se mezclaban sin remedio.
La aldea prosperó, durante algún tiempo. Las enfermedades retrocedieron, las cosechas fueron generosas. Algunos decían que era obra de Enyd. Otros creyeron que era siempre así y habían olvidado lo contrario. Pero los años trajeron preguntas nuevas. Los hombres y mujeres comenzaron a internarse en el bosque, buscando su propio nido de luz, hambrientos de respuestas rápidas, de poder o de sentido. Algunos regresaron, pero sus ojos ardían de un modo antinatural, como si vieran el futuro descomponerse en fragmentos de hielo. Otros, jamás volvieron.
Enyd velaba los límites. Sus noches estaban llenas de los aullidos de criaturas atrapadas entre los mundos, y durante una extraña primavera, el Pozo comenzó a rebosar en sus bordes, devolviendo finalmente ecos de lo que se le ofrecía: miedo, amor, desesperación, todo regresaba, multiplicado. Lysorel dejó de ser invisible para los feéricos, y la aldea oscureció bajo lunas temblorosas, cuando hasta las plantas parecieron recordar demasiado.
La propia Dama Luminaria volvió a visitarla una noche, trayendo entre sus dedos las cinco colas del zorro muerto, y una advertencia:
—Nada se da sin perder algo, Enyd. La comprensión necesita repetirse a través de otros.
Enyd, ahora más sabia y más sola, comprendió que la historia jamás termina; sólo cambia de protagonista. Partió una última vez al bosque, ofreciendo sus propios recuerdos como pago, hilando nuevos relatos en la corteza de los árboles, diluyendo su identidad hasta que no quedó nada salvo la certeza de la promesa cumplida.
El roble vacío sigue en pie. Hay quienes afirman que, bajo ciertas lunas, se escucha el canto de una joven trenzando promesas con la luz; que si uno se acerca lo suficiente, verá cómo las copas de cristal brillan, cada una conteniendo la memoria de un viajero, de lo que trajo, de lo que perdió al comprender.
En Lysorel se cuentan cuentos de hadas. A veces, la advertencia se olvida, pues los hombres somos dados a buscar, aun cuando sabemos que hallar la respuesta equivale a perder la pregunta. Así, las generaciones pasan, y la luna partida sigue iluminando los robles vacíos, esperando a la próxima Enyd, la próxima promesa bajo la luna.
Fin.
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