Portada del relato Cantos de Óxido y Sombras
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Fragmento:


Svärta le fulminó con la mirada antes de dar un paso adelante y tirar al aire una moneda de oro. La atención de los vigilantes se hundió en el brillo fugaz, y los dos entraron bajo el arco de piedra, sumidos en el caos cálido de la noche.

Duración: 08:57

Cantos de Óxido y Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

**

Era la última ciudad antes del vacío. Gallaad y Svärta la miraban desde la cresta de la colina, donde el aire nocturno olía a sal, a madera vieja y a algo más: un hedor subyacente, casi intangible, como si la ciudad misma exhalara una respiración contenida durante siglos. Los edificios, apiñados como dientes desgastados, brillaban bajo faroles de aceite rojizo. El rumor del mercado, las voces de los que ni dormían ni confiaban en el sueño, flotaba sobre las calles enladrilladas. Como siempre, Gallaad pensó: sangre nueva en una ciudad vieja.

Svärta jugueteaba con el pomo de su espada curva, la hoja larga que ella llamaba Calamidad en la lengua de sus ancestros muertos. Su perfil era todo dureza y líneas cortantes: un rostro marcado por antiguas cicatrices, cabello negro recogido bajo un pañuelo azul, ojos del color de la ceniza. Ella esperaba, y cuando Svärta esperaba, el mundo parecía tensarse.

—¿Aún seguimos?, murmuró ella sin girarse.

Gallaad se encogió de hombros. Desmontó de su caballo, un rocinante disforme que respondía solo a manos ásperas y palabras dulces. Miró la ciudad, preguntándose qué extraña mezcla de temor y deseo los llevaba siempre hacia lugares como ese. La última ciudad, cada vez otra última ciudad.

—Seguimos, sí. Pero no por mucho. Mi brazo empieza a soñar con días en paz —respondió.

Svärta bufó, y una sonrisa torcida iluminó su rostro por un segundo apenas.

—Días en paz. Qué precioso, Gallaad. ¿Qué haría la sangre sin la guerra?

Mientras avanzaban hacia la entrada principal, dos vigilantes los atajaron. Armados con lanzas melladas y corazas tan abolladas como inútiles, los guardias olían a sudor y desesperación; vestigios del ejército de un noble caído en desgracia, pensó Gallaad.

—Nombres. Negocios. Dinero —espetó uno, con los bigotes llenos de polvo.

—Gallaad, hijo de ningún sitio, guerrero errante buscando trabajo. Ella es Svärta, igual que yo pero con peores modales y mejor acero.

Svärta le fulminó con la mirada antes de dar un paso adelante y tirar al aire una moneda de oro. La atención de los vigilantes se hundió en el brillo fugaz, y los dos entraron bajo el arco de piedra, sumidos en el caos cálido de la noche.

***

Las tabernas estaban infestadas de la misma fauna de siempre. Esclavos fugados, tratantes de carne, juglares, exiliados, estafadores, ladrones. Una orquesta de lamentos y promesas. Cada local tenía su propio ambiente como un sopor intoxicante, pero los dos guerreros buscaron la más sombría: La Lámpara Roja, donde los secretos costaban menos que una copa.

Gallaad y Svärta eligieron una mesa junto al respaldo de la pared, bebiendo lento y observando. Nadie se les acercaba; la gente que vivía en los márgenes aprendía a oler el peligro como la pólvora o el veneno. Solo cuando las jarras estaban medio vacías, un hombre pequeño, de mejillas afiladas y manos de prestidigitador, se deslizó hasta ellos. Llevaba un jubón verde, roído en los codos, y una daga al cinto. Se llamaba Mirelm, y los conocía solo de oídas.

—Dicen que la ciudad paga bien por manos capaces, comenzó sin preámbulo—. Pero vuestras espadas huelen al extranjero, y aquí la hospitalidad es tan delgada como mi sombra.

—Pagas suficientes, nos quedamos. Pagas poco... y buscaremos fortuna en otro fango. ¿Qué se ofrece?, preguntó Svärta, más rápida que Gallaad.

Mirelm bajó la voz tan bajo como el chillido de un ratón.

—La ciudad está infestada de brujería. Desde hace lunas, en los límites del barrio de los herreros, hay rumores de una figura encapuchada, alta, imposible para un hombre común. Piel de pergamino, ojos como carbones encendidos. Se ha llevado tres niños y dos mujeres. Nadie encuentra rastro de ellos. Los guardias son cobardes, el noble local sólo piensa en impuestos y vino. Yo... conozco a las familias, y conozco las recompensas. Si traéis el corazón del monstruo, se os pagará.

Gallaad miró a Svärta. El peligro nunca era tan sencillo; la brujería solía nacer de raíces más profundas que las historias de mercado.

—¿Por cuánto corazón?, preguntó.

Mirelm arrastró una bolsa pequeña, brillando en la penumbra.

—Una parte al empezar. El resto, cuando la bestia caiga y nos devolváis algo que respire esperanza.

***

La primera noche la pasaron recorriendo el vecindario de los herreros, un laberinto de callejas anchas y chimeneas goteando hollín. Nadie quería hablar, pero Gallaad era bueno encontrando historias enterradas entre el miedo y la fatiga.

Descubrieron que la figura encapuchada había sido vista por última vez en la Cerrajería de los Viudos, un viejo taller al filo del canal, cuyo dueño había enloquecido tras la desaparición de su hijo. Allí, en la penumbra de la fragua, restos de sangre y un talismán tallado en hueso, colgando como un diente roto en una cuerda de cuero.

Svärta recogió el talismán y lo olió. Frunció el ceño. La magia era vieja y desagradable: se sentía como mirar un pozo sin fondo en el desierto.

—Esto no es obra de un monstruo corriente, dijo—. Aquí hay un pacto. El tipo de magia que ata a los muertos y a los vivos al mismo tiempo.

Gallaad asintió. Había sentido correr el pulso de lo no natural por toda la ciudad, el hedor subyacente que la habitaba como una segunda piel.

Pasaron tres noches siguiendo rastros: marcas de uñas en paredes, lana rasgada, huellas arrastradas de pies descalzos. Siempre llegaban tarde; un testigo más perturbado, un rumor más claro. La cuarta noche, cuando el clima cambió y la luna se cubrió de nubes ámbar, escucharon los gritos: un eco desgarrado desde el taller abandonado de los curtidores, junto al canal podrido.

Acorrieron, espada y hoja al desnudo.

Dentro, la figura encapuchada los esperaba. Era aún más alta de lo rumoreado: quizás dos metros y medio de siervo enclenque, una túnica de cuero remendada y la cara cubierta por una máscara de huesos. Sus brazos, delgados y secos como las ramas en invierno, acababan en dedos desproporcionados.

A sus pies, un niño acurrucado y una mujer casi desvanecida.

—No me acerquéis, dijo la criatura, la voz como el roce del metal oxidado—. Si lo hacéis, comeréis la miseria de mil ruinas.

Gallaad avanzó, la espada adelantada. Svärta se deslizó hacia un lado, la hoja curva girando entre los dedos. Mientras distraían a la criatura, las cuencas vacías de su máscara chisporroteaban con luz verde. Con rapidez brutal, se abalanzó sobre Svärta, que la esquivó y lanzó un tajo: el cuero de la túnica se abrió, pero no hubo sangre; sólo ceniza y esquirlas de hueso.

La criatura chilló y extendió sus manos; de las puntas de los dedos, lanzas de sombra se arquearon para atrapar a los guerreros. Gallaad rodó bajo la descarga, golpeando la rodilla de la criatura. Se astilló al contacto, y él notó que lo que tenían enfrente era tan frágil como un cuerpo de vidrio.

Svärta, mientras tanto, recitó en voz baja las maldiciones de su pueblo. Los poderes respondieron: un viento frío barrió la sala, dispersando la niebla negra que la criatura convocaba. La hoja de su espada vibró, y cuando la hundió en el pecho de la criatura, una explosión de luz llenó el taller.

Cuando el resplandor se apagó, sólo quedaba un esqueleto reseco, encogido sobre sí mismo, y un círculo de sal derramado.

La mujer y el niño jadeaban en el suelo, vivos.

—Has hecho bien, guerrera —susurró una voz casi extinguida, brotando del esqueleto—. Pero la ciudad sangra por más heridas de las que podéis curar. Esto... sólo ha comenzado.

El silencio se apoderó del lugar.

***

De regreso a la Lámpara Roja, Mirelm los esperaba con la segunda mitad del pago. Les preguntó si el trabajo estaba terminado.

—En lo posible, sí, respondió Svärta.

—En lo posible, añadió Gallaad.

Nadie celebró. La ciudad seguía respirando ese hedor subyacente. Lo comprendieron entonces: nunca acabarían con todos los horrores. Nunca serían otra cosa que brazos al servicio de urgencias ajenas, piezas de una danza interminable de sangre y sombra. Pero esa noche, una mujer y un niño regresaron a casa. Al menos una casa, al menos una noche.

Cuando partieron, ni Gallaad ni Svärta miraron atrás. Montaron bajo la lluvia matinal, con las espadas envainadas y los bolsillos más llenos, rumbo a nuevas ruinas, nuevos mercados, nuevas ciudades con promesas de oro y terror. Ésa era su condena y su libertad: errar.

Y aunque nunca buscaron redención, a veces la vida —o la muerte— se las concedía por accidente, en sangre y oscuridad, entre ciudades olvidadas por dioses y hombres.

Así seguía el viaje.

Y la historia.

Y el precio.

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