Fragmento:
Aquí caminaba Kherin, la espada ceñida a su abrazo magullado, la túnica deshilachada, y pensamientos tan afilados como el acero de su filo. Era un forajido, sí, pero bajo la custodia de las torres todos éramos condenados —nadie nacía ni moría fuera de su radio; nadie, salvo él, había sentido el pulso de su condena en la piel.
Duración: 07:43
La superficie del Valle de Ithar lucía como un cuenco de obsidiana barrido por siglos de olvido. Bajo nubes púrpuras, las hierbas agostadas se me mecían, parpadeando con fulgor intermitente. Y en el centro del valle, anclando la realidad al sueño, las torres de cristal reptaban hacia la nada de los cielos, vastas catedrales hechas de geometrías imposibles, como nervaduras de un ángel bajo piel translúcida.
Aquí caminaba Kherin, la espada ceñida a su abrazo magullado, la túnica deshilachada, y pensamientos tan afilados como el acero de su filo. Era un forajido, sí, pero bajo la custodia de las torres todos éramos condenados —nadie nacía ni moría fuera de su radio; nadie, salvo él, había sentido el pulso de su condena en la piel.
Se acercó arrastrándose junto al cristal: su reflejo era todo ojos y hueso, bordeado de las diminutas runas que se disolvían al mirarlas con exceso de detenimiento. “No mires”, le había dicho Istra al alejarse por última vez. “Aquí los ojos te condenan mucho antes que la espada.”
A través del cristal una figura se delineó: un guardián celestial, uno de los que nunca pisaban tierra. Era hermoso; era terrible. Sus miembros eran hilos de luz y obsidiana, sus alas destilaban todas las lunas muertas del firmamento, desplegadas como la ira de un océano hecho carne. Y aun así, la criatura era prisionera, obligada a velar cada pliegue de la creación, esclava de aquello que nunca podría comprender del todo.
«Ninguno pasa,» bramó una voz que, a la vez, era viento y trueno y promesa incumplida.
«¿Ninguno?» Kherin rió apenas, y escupió a los pies de la torre. El eco de su propio atrevimiento bailó en la sima bajo sus pies. «Entonces, ¿por qué me has llamado tú mismo, Seraf de la Penumbra?»
La luz del guardián se quebró —su rostro se armó y desarmó una docena de veces, cada una un nuevo dios, una nueva amenaza— y entonces habló, más bajo:
—Porque las grietas han comenzado a lamer los bordes. Ya no estamos solos en la torre. Y sólo carne y sombra pueden cruzar el umbral donde nosotros, atados a las leyes del alba, no podemos.
Un viento frío barrió el polvo de antiguos huesos hacía el cristal. Kherin, armado sólo con su historia mal contada, contempló la gesta. La solicitud del guardián era un agujero abierto bajo la noche inerte; en el fondo, sólo había peligro y posibilidad.
“¿Qué buscas, celestial?”, preguntó.
“Las criaturas del abatón han traspasado dos veces la tercera runa. Si arruinan los latidos del corazón-fuente, caerá la Noche Eterna y el firmamento será devorado. Sólo tú, resquicio de rebeldía, puedes cazar al invasor.”
“Yo...” Kherin parpadeó, los recuerdos como cenizas entre los dientes. “Yo no soy héroe.”
“Por eso mismo.”
La entrada a la torre parecía una herida en la seda del tiempo: Kherin sintió cómo cada paso era una negación a las leyes del mundo material, una caricia a todo lo prohibido. Nada en la torre era tangible. Pisar el suelo era sentirse flotando entre los suspiros de aquellos que antaño la guardaron, y cuyas memorias ahora pendían, suspendidas, como lágrimas atrapadas en ámbar.
Avanzó, la espada ardiendo en deseo de salir y usarse. El aire se espesó. Vio, al fondo del atrio central, una sombra que no pertenecía a este mundo. Un remolino de miembros y bocas quebradas exhaló un susurro: “¿Vendrás a mí, sangre libre? ¿O cederás al susurro de lo eterno?”
La respuesta de Kherin fue un corte veloz. El filo rebotó contra relámpagos de obsidiana, astillando del abismo una docena de gritos, pero su determinación no flaqueó. Se lanzó, cortando y cortando, pero cada herida se cerraba con una amalgama putrefacta de hueso y luz oscura.
Entonces, las runas del suelo comenzaron a fulgir, iluminando la segunda presencia celestial. Era Istra, envuelta en una mortaja de fuego azul.
“¡Kherin!” —exclamó, tejida a un cántico de dolor— “Solo vencemos si recuerdas que la carne no nos basta. ¡Dame tu herida!”
“¡No me queda más que la última!” gruñó Kherin, combatiendo al titán de bocas.
Istra ofreció su mano. Un rayo de su propia esencia colisionó contra la espada de Kherin, y el acoplamiento de ambas energías desgarró el velo hacia la propia fuente-corazón de la torre. Por primera vez, la sombra del invocador retrocedió, chillando.
Kherin, sangrando y éxtasis, preguntó: “¿Qué eres ahora, Istra?”.
“Soy lo que fuiste. Un deseo para herir el mundo. Un recordatorio de lo que aún puede romperse”.
El mobiliario de la torre, plantas etéreas, tronos vacíos de reyes olvidados, formó una geometría violenta: una jaula anidada en otra, dimensiones entrecruzadas como caracoles apilados, y en su centro, el invasor.
Sin forma clara, la criatura oscilaba entre belleza y pérdida, mirada desvaneciéndose entre el odio y el hambre. “Te reconozco, hijo del fracaso”, retumbó el demonio de allende los atardeceres. “Tú, que rehúsas ser la espada o la llave. Pero ¿puedes negarte a ser ambas?”
Kherin sintió doblarse su sombra y su esqueleto a la vez. Un resplandor, la presencia de Istra temblando sobre su hombro. “¿Cómo se derrota lo que es idea hecha carne?” preguntó, en voz apenas audible.
“La idea debe negarse a sí misma”, respondió Istra. “Debes entregar lo que tu corazón más rehúsa soltar.”
Lo supo entonces. Un sacrificio.
No era su vida lo que la torre pedía, ni siquiera su muerte. Era el nombre con el que se maldecía cada vez que mataba, el recuerdo de quién era antes y después de cada batalla perdida. Debía dejarlo ir —la identidad hecha cicatriz— y permitir que el invasor lo devorase.
Kherin avanzó, despojándose—Istra se disolvía en la luz negra de su abrazo. Cada paso liberaba algo: la furia de su infancia, el orgullo por sus amores idos, la desesperación por la redención negada. El monstruo reía, absorbiendo cada faceta, hasta que de Kherin solo quedó la mínima tenacidad —la promesa de no ser consumido del todo. Cuando el invasor estuvo saciado, sus bocas portaban su sabor, destilando un grito que abarcó toda la torre.
Entonces, la torre de cristal comenzó a reanimarse. Las ranuras, antes rotas, reflejaron miles de historias, vidas nunca vividas, nombres jamás pronunciados, retoñando en cada faceta del edificio. Hasta el guardián celestial titiló en la distancia, reparando sus alas vendadas.
El invasor, repleto de humanidad incompleta, reventó en un destello de aullido y desarraigo. La carne y la idea se separaron y cayeron en las grietas, y el umbral brilló otra vez, vedado a lo abisal.
Istra, susurrando desde la herida en la torre, recogió el último vestigio de Kherin: “No todo lo que sangra muere, ni todo lo que recuerda puede ser devorado. Somos lo que dejamos en las torres, Kherin. Y lo que las torres dejan en nosotros”.
La aurora, imprecisa y densa, rompió al fin sobre el valle. Las torres de cristal cantaron su testamento, y los guardianes —bellos y extraños— descendieron por un instante, sólo uno, para recoger los ecos de una gesta que sólo la carne y la sombra habían podido consumar.
Kherin, sin nombre ni peso, caminó hacia fuera. Quizás volvería a ser hombre. Quizás se convertiría en guardián. En la frontera entre la carne y la leyenda, solo él conocería el precio real de haber salvado el firmamento.
En el horizonte, nuevas grietas aguardaban. Las torres nunca descansan; los guerreros tampoco. Pero bajo la luz nueva, por un instante, lo imposible fue posible: la redención brotó de las cenizas, y las estrellas brillaron para todos, hasta para las sombras.
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