Portada del relato El Acero de las Sombras Eternas
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Fragmento:


—¿Qué sabes de mi sombra? —respondió Virian, el eco de su propia voz perdiéndose entre las vigas.

Duración: 07:08

El Acero de las Sombras Eternas
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Texto de ajuste de pausa.

En la última frontera de la tierra de Karanthis, allí donde las nieblas de la noche nunca se disipan del todo y los caminos serpentean entre piedras negras y sauces colosales, se erguía la Ciudad de la Llama Sombría. No aparecía en ningún mapa confiable, ni siquiera en los tatuados en la piel de los mercaderes de las Tierras Lejanas, pero todos los aventureros, bribones y exiliados sabían de ella. Algunos decían que sus torres estaban forjadas de cristal viviente, otros afirmaban que una serpiente inmortal dormía bajo sus cimientos, vigilando los sueños de quienes se atrevían a vivir allí.

Aquella noche, bajo un cielo sin luna, llegó Virian, el portador de la Espada No Nacida. El hierro de su arma era tan negro que absorbía la luz de las linternas y, a cada paso por las callejuelas laberínticas, sentía cómo las sombras se aferraban a su capa, como niños hambrientos de historias. Llevaba días huyendo: de un amor traicionado, de un pasado imposible y de un hechizo grabado en su propia sangre.

La posada donde eligió ocultarse, "El Suspiro de la Bestia", tenía por dueña a una bruja ciega que bebía vino con ojos de aves muertas flotando en la copa. Nadie preguntó por el nombre de Virian, pero todos miraban de reojo su espada. Cuando una mano huesuda se posó en su hombro, el guerrero no desenvainó: se giró lentamente y vio ante sí a la bruja, la cara surcada de arrugas preñadas de secretos.

—Tu sombra ha nacido antes que tú —carraspeó la anciana, inclinando la cabeza— y ha venido a buscarte.

—¿Qué sabes de mi sombra? —respondió Virian, el eco de su propia voz perdiéndose entre las vigas.

—Que el acero que portas nunca fue templado por herrero alguno. Lo forjaron siete brujas con lágrimas y odio, y lo hundieron en el pecho de un dios moribundo. Y que ahora la última bruja aún viva te espera más allá del Velo de la Niebla.

Virian no replicó. Tomó un sorbo de aguamiel y escuchó el rumor lejano de los tambores y las flautas, la música de la ciudad-recordio donde las promesas morían y renacían en sueños. Sabía que tenía que cruzar el Velo. Sabía también que los que lo intentaban, rara vez regresaban.

Esa noche, los monstruos del insomnio le visitaron: recordatorios de un rostro amado y perdido, de una traición sellada con besos dulces como veneno. Despertó empapado en sudor. La bruja estaba sentada a los pies de su lecho, y esta vez su vino brillaba con minúsculas llamas azules.

—No temas al sueño —susurró ella—, pues la vigilia es más peligrosa.

Antes de que pudiera responder, la vieja mujer le ofreció uno de sus ojos —una esfera de cuarzo grisáceo, fría y húmeda— y le instruyó:

—Mira por él cuando llegue la niebla. Solo así verás los caminos entre los mundos.

Virian se llevó el ojo de cuarzo, el acero negro y la determinación de quien ya ha perdido tanto que sólo la locura del heroísmo le parece cuerda. Siguió los rumores y las señales; buscó criptas olvidadas y poetas locos, hasta que, al fin, en la colina de los árboles distorsionados, la niebla emergió. Rodaba sobre la hierba como la marea, y devoraba la luz. Allí, Virian sostuvo el ojo de cuarzo ante su propia pupila.

El mundo se disolvió. Las formas habituales se dispersaron y, por un instante, creyó ver a través del huso del tiempo. Caminó entre columnas caídas y estatuas rotas, vio relámpagos oscuros desgarrar la tela del cielo y oyó voces de eras antiguas. A lo lejos, en la neblina, una figura vestida de sombras le hacía señas. Virian apretó la espada y avanzó.

—¿Eres tú la última bruja? —preguntó, la voz temblando entre la incredulidad y el anhelo.

La figura rió, pero el sonido era el de una campana oxidada.

—No soy tu enemiga, Virian. Yo soy lo que queda de tu destino. Fuiste forjado en sangre y venganza. ¿No ves lo que eres?

La bruja le mostró su rostro, hecho de cicatrices y triángulos de obsidiana. En sus ojos llameaban astillas de pesadilla.

—Quiero cerrar el círculo —dijo Virian—. Quiero olvidar el crimen que me hizo empuñar este acero.

—No olvidamos —musitó la bruja—. Recordamos, y ahí está la magia.

Ella levantó un espejo de agua oscura y le obligó a mirar. Allí, Virian vio una batalla atávica, oyó los gritos de aquellos que había matado… y los de la mujer que había amado. Vio la cadena de desdichas, inocencias trituradas por sus manos, pactos forjados en la desesperación.

Hundido por la pena y la ira, Virian hundió la Espada No Nacida en el suelo. Gritó. De la tierra brotó un rocío carmesí; la niebla se agitó como una bestia herida. Sintió a los muertos tomar forma, levantar los brazos y abrazarle.

—¿Quieres ser redimido, o deseas olvidar? —preguntó la bruja, su voz ahora múltiple y coral, como si hablasen a través de ella todos los espíritus que él había conjurado con su vida de sangre.

—Redimirme —susurró, aunque sabía que la redención era para los inocentes, no para los forjados en odio.

La bruja asintió. Con un gesto, desenroscó la niebla de su cuello y la enrolló en el brazo de Virian. Sintió frío hasta los huesos, pero también un dolor eléctrico, la promesa de ruptura y curación.

—Debes cruzar el Umbral de Obsidiana y enfrentar al Guardián de tus Recuerdos. Solo entonces la espada volverá a nacer.

Virian cruzó. Caminó a través de un portal hecho de manos entrelazadas, y llegó a una sala circular donde flotaba una columna de luz morada. Allí apareció el Guardián: no era una bestia ni un hombre, sino una figura bruñida que reflejaba todos los rostros conocidos y aborrecidos. Cuando levantó la espada, el Guardián lloró lágrimas de fuego.

—Deberás matarme —dijo el Guardián—, y así matarás lo que fuiste.

La lucha fue silenciosa y larga, más parecida a una conversación de cuchillos que a un combate. Por cada golpe, un recuerdo: los ojos llenos de terror de un aldeano, la promesa rota a un amigo caído, el roce de dedos fríos sobre su mejilla. Virian cayó una y otra vez, pero la sombra de sus pecados le levantaba. Al final, la Espada No Nacida brilló: su negro se volvió la azuladísima transparencia del hielo.

Clave en mano, sostuvo a su propio Guardián moribundo. Comprendió entonces que solo perdonándose —aceptando que era humano, falible y no una leyenda— hallaría la salida. Tomó al Guardián contra su pecho y, con lágrimas oscuras, murmuró palabras de piedad.

La sala se derrumbó en silencio. Volvió la niebla, pero ya no era espesa ni hostil, sino la bruma de un amanecer. Virian emergió, la espada ahora blanca y repleta de nombres inscritos en su hoja. Caminó por Karanthis, ya no como un exiliado ni como un verdugo, sino como un hombre con sombras reconciliadas.

En las tabernas, se cuentan aún las historias del guerrero que cruzó los velos, que besó a la bruja ciega y desafió a su propio corazón. Dicen que, a veces, su fantasma regresa cuando la niebla es más densa, buscando a quien aún teme a sus propias sombras. Porque, en un mundo que gira sobre la memoria y el hierro, todos somos, al menos una vez, el monstruo y el redentor de nuestra propia leyenda.

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