Portada del relato Las bestias bajo Isvalir
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Fragmento:


Cuando partieron, la luz era gris, una vaga mancha sobre la nieve que crujía bajo sus botas claveteadas. Avanzaron por sendas blanqueadas, donde el hielo relucía violeta y las piedras ofrecían solo un amparo ilusorio. Yorven iba delante, mirando de reojo los montículos escarchados, vigilando a sus espaldas por si algo los seguía más allá de su vista.

Duración: 08:30

Las bestias bajo Isvalir
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Texto de ajuste de pausa.

La noche caía sobre la región de Finnra, y las nubes, hinchadas y pesadas, se arrastraban hacia el horizonte como bestias harapientas. Yorven, el mercenario, apretó la empuñadura de su espada mientras la ventisca aullaba a través de las vigas astilladas del refugio. La madera, oscura y gélida, crujía a cada ráfaga y las sombras aparecían y se iban, al ritmo del parpadeo de la única lámpara de aceite. Dormir era imposible; tanto el frío como el miedo desgarraban sus nervios.

Más allá de esas paredes podridas, allá donde ya no crecen los árboles, se extendían las ruinas de Isvalir, sepultadas cada año un poco más bajo nuevas capas de escarcha. Su misión, casi tan absurda como desesperada, era descender hasta las criptas prohibidas y regresar con el corazón de Hvergelmir, esa flor azul según decían, capaz de congelar el tiempo o sellar una herida mortal. Había aceptado el encargo, sí, porque una promesa de oro vence al instinto de conservación cuando la desesperación es suficiente.

Valera, la hechicera, se sentó junto a él, envuelta en una capa de plumas blancas. El humo de una tintura acre brotaba de una copa en sus manos delgadas.

—Podríamos partir al alba —sugirió—, pero lo más seguro es que tendríamos que enfrentarlas.

Yorven no preguntó a quién se refería. Desde hacía días, los aldeanos advertían contra "las que no duermen": criaturas nacidas del hielo profundo, mitad humo, mitad carne petrificada, invisibles tras la ventisca pero siempre presentes, hambrientas de la calidez humana.

—¿Y si no nos bastan las runas? —dijo Yorven, mordiendo un trozo de pan duro, mientras sentía el temblor leve en sus manos.

Valera dejó caer unas gotas de su brebaje sobre la palma, y un zarpazo de vapor azul se retorció en el aire helado.

—Dependeremos de mi voluntad tanto como de tu acero —respondió—. Ningún juramento ni rezo sirve bajo esa nevada.

***

Cuando partieron, la luz era gris, una vaga mancha sobre la nieve que crujía bajo sus botas claveteadas. Avanzaron por sendas blanqueadas, donde el hielo relucía violeta y las piedras ofrecían solo un amparo ilusorio. Yorven iba delante, mirando de reojo los montículos escarchados, vigilando a sus espaldas por si algo los seguía más allá de su vista.

Pronto, los muros de Isvalir emergieron ante ellos: columnas hendidas, arcos medio devorados por el hielo, y figuras esculpidas en granito que trataban en vano de cubrirse el rostro o sus corazones. El viento aquí era más denso, como si mil susurros hirvieran bajo la corteza de la escarcha.

Valera pronunció unas palabras en voz baja, y el aire cambió. En el borde de su visión, Yorven vio un reflejo movedizo, formas blanquecinas que danzaban junto al viento, tocando las ruinas con manos traslúcidas.

Se adentraron, temblando de frío y de otra cosa, más antigua y oscura.

Abajo, a través de un agujero en la piedra, llegaron a las criptas. El aliento se les convertía en agujas, y la oscuridad rezumaba humedad. Bajaron una escalera tallada desde otra era, hasta un vestíbulo donde grabados en relieve mostraban rostros congelados en una mueca de pánico.

Y en la penumbra, aguardando bajo las bóvedas, las criaturas.

Se movían como jirones, a veces corpóreas, a veces humo, resbalando por las gradas, apareciendo en el rabillo del ojo. Sus cuerpos brillaban con la geometría fractal de los copos de nieve bajo un sol ajeno. Sus bocas eran sólo hendeduras de sombra.

—Aguarda a mi señal —dijo Valera.

Por un instante, ninguna atacó. Tal vez dudaban de ellos. Tal vez medían el poder de la mujer que iba con las runas grabadas hasta en los párpados. Yorven apretó la empuñadura de su espada aún más.

Valera lanzó la copa a la piedra. Se partió en mil fragmentos y, con ella, el silencio. Las criaturas se abalanzaron, un torbellino de filos blancos, cortantes, gritando en una lengua perdida. Yorven golpeó, sintiendo como su espada resbalaba sobre cuerpos duros como la escarcha, partiendo costillas hechas con la física de los cristales.

El miedo era un viento helado en el pecho. Pero Valera estaba de pie, con los ojos de un azul imposible, recitando y gesticulando. Por momentos, Yorven creyó ver los dientes de las criaturas cercanos a su carne, sintió una garra atravesar la manga y quemar de frío su brazo, pero en el instante siguiente sólo era vapor, desaparición, nada.

De cada herida infligida a una de esas bestias brotaba un polvo bruñido y afilado que se suspendía en el aire, cortando pulmones. Él tosió, jadeó y apretó todavía más la empuñadura de su arma.

Tres de las criaturas se abalanzaron sobre Valera, y ella las enfrentó sin retroceder. Extendió las manos, y de las runas de sus dedos surgió una llama azul que chisporroteaba, combatiendo el hielo.

—¡Corta la raíz! —gritó ella, señalando con una mano temblorosa hacia una columna agrietada en el fondo de la cámara.

Yorven corrió. Las criaturas parecían dudar, absorbidas en el duelo con Valera. Cortó la columna con su espada, la hoja gimiendo bajo la presión. Al romperse, un brillo azul llameante ascendió desde el suelo. El frío se redobló, y todas las criaturas chillaron con un coro que helaba el alma.

Pero a través del resplandor, Yorven vio la flor de Hvergelmir, intacta, de un azul profundo, palpitando entre raíces de hielo. Se lanzó hacia ella.

Las criaturas restantes se replegaron, como si temieran tocar esa esfera centelleante.

—¡No la arranques con las manos desnudas! —vociferó Valera, apenas audible bajo el rugido del viento y el grito de las bestias.

Yorven arrancó una tira de su capa, hizo de ella una envoltura y, temblando, cortó el tallo. En cuanto la flor estuvo libre, el frío se apagó como una vela sumergida en agua.

El silencio fue absoluto. Las criaturas quedaron inmóviles, como si hubiesen muerto al instante o regresado al mundo anterior al mundo, allí donde sólo reinan el hielo y la noche.

Yorven cayó de rodillas. La mano que había asido la flor quemaba, insensibilizada más allá del dolor. Valera llegó a su lado, seca y espectral.

—Dámela —susurró, tomando la flor envuelta. El azul de sus ojos se apagó, volviendo a su gris habitual.

Detrás, las criptas vibraban con una amenaza sorda. Arriba, el viento amainaba.

***

La salida fue lenta y penosa. Las escaleras parecían haberse alargado, cada peldaño era una década, cada respiración costaba. Yorven miró el codo izquierdo: en la piel, donde la garra de una criatura lo había rozado, se extendía una mancha blanca. Como una escarcha, sin sensación alguna, avanzando facetas adentro, cristalizando la carne.

—¿Esto me matará? —preguntó, o tal vez sólo lo pensó.

Valera descendió el rostro. Su aliento era tibio por un instante contra la herida, y la mancha se detuvo. No retrocedió, sólo se detuvo.

—No soy capaz de más —dijo, su voz sonaba vieja—. Pero vivirás para cobrar tu recompensa. Y para soñar con lo que hemos visto.

Emergieron por fin a la luz turbia de la tarde. El aire era más apacible, o tal vez sólo parecía así, después de tanta muerte bajo la tierra. Isvalir se doblaba bajo el hielo, hundiéndose, como si el acto hubiese quebrado el corazón mismo de la ciudad.

Bajaron la cuesta lenta y silenciosamente, la flor guardada bajo siete nudos y la promesa del oro aguardándolos más allá de la frontera de Finnra. Pero ni la riqueza ni los acuerdos de magos y reyes borrarían lo que dejaron atrás.

Yorven miró una última vez sobre el hombro. Donde antes bailaban las criaturas, ahora sólo quedaban sombras, y tal vez, en el centro mismo de la ruina, un ojo de hielo abierto y sin parpadeo, contemplándolos aún. Sintió un escalofrío más profundo que el frío. Comprendió, en ese desasimiento, que cada aventura tenía su precio, y que el hielo, cuando una vez se instala en la médula de los huesos, nunca del todo se marcha.

Valera dijo, en voz baja:

—Quizá nos persigan. O quizá llevan aquí tanto tiempo, que sólo desean recordar lo que es vivir, y sólo saben hacerlo a través de nuestra memoria.

No dijeron más. Caminaron hacia el sur, llevándose consigo la flor imposible, sabiendo que lo blanco nunca devora del todo, pero tampoco permite que lo olvides. Y que hay criaturas que no duermen, ni en la ventisca, ni en el corazón del hombre.

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