Fragmento:
Sandor torció el gesto y miró el brillo opaco de su armadura de cuero. El agua fangosa le llegaba a las pantorrillas. A su lado yacía el soldado de la Guardia Gris cuya emboscada había abortado. Tenía la garganta rebanada, ojos abiertos al futuro de las larvas. Lo dejó; no quedaba tiempo para exequias. Buscó el amuleto bajo la camisa, frio como el beso de las Madres, y siguió.
Duración: 07:32
El alba sangrienta recortó siluetas famélicas de árboles contra el horizonte. Los juncos de la ribera, doblados por el viento, cuchicheaban ecos de las noches antiguas. Sobre aquel barro apretado y frío, Sandor hincó la rodilla y limpió de su hoja un reguero oscuro. Respiró hondo el perfume a hierro y a promesa que daban las tierras cuando bebían sangre.
No recordaba cuándo las Madres convocaron por vez primera a un proscripto como él, pero el mensaje había sido inequívoco: presentarse antes del ocaso; cruzar veintitrés leguas de ciénaga llena de espectros; todo por una sola palabra en pergamino lacrado, más pesada que una sentencia de muerte: “Vuelve”.
Sandor torció el gesto y miró el brillo opaco de su armadura de cuero. El agua fangosa le llegaba a las pantorrillas. A su lado yacía el soldado de la Guardia Gris cuya emboscada había abortado. Tenía la garganta rebanada, ojos abiertos al futuro de las larvas. Lo dejó; no quedaba tiempo para exequias. Buscó el amuleto bajo la camisa, frio como el beso de las Madres, y siguió.
Atravesaba tierras que la leyenda vertía como sagradas mucho antes de fundarse el reino de Angmar, cuando aún los reyes llevaban garras en vez de anillos. Nadie tenía permiso de cruzar, a menos que los designios de la propia tierra -o los de las Madres- lo exigieran. Sandor había servido para quebrar hombres, no para hurgar en la raíz de los mitos, pero la urgencia ardía. El recuerdo de su madre postrada por las fiebres, y la línea final del pergamino: “ven solo y velozado”.
El sol, inconstante, se volvía pálido al atravesar neblinas. Una bandada de grajos cruzó en escorzo, soltando graznidos hambrientos. Un rumor opaco se abría bajo sus botas. Alguien, o algo, le seguía desde la linde de los juncos. No giró.
Había crecido junto a los relatos sobre el Cenagal de Coronas. Se decía que cada rey caído en batalla sumergía su corona en el fango, y que si te adentrabas lo suficiente, podías oír todavía los cánticos. No eran canciones de victoria, sino letanías de hambre: la avaricia que nunca moría.
Llegó a un promontorio cubierto de musgo, donde la niebla era más espesa. A sus pies, los restos de una torre de vigía, devorados por la humedad y coronados por líquenes. Allí lo esperaban las Madres.
Las Madres no eran tres, como decía la superstición pueblerina, sino solo dos esa noche. Roble y Mirto, así se las nombraba, aunque no usaban nombres propios en la lengua de los hombres. Viejas de cuerpos trenzados de raíces y de cabello como lino sucio, los ojos de ambas carecían de iris: eran pozos pálidos. Sandor se detuvo, la mano en la espada, más por costumbre que con esperanza de defensa.
—¿Sabes dónde estás, hijo de la escarcha?— susurró Roble, con voz vieja como la grava del río.
—En tierra muerta —respondió él, la voz áspera.
—Más muerta que tu lanza, menos que tu miedo —se rió Mirto, hurgando con dedos nudosos en el aire—. Sabías que vendrías. Toda tu vida estaba escrita para este día.
—Me llamaron —dijo Sandor. Estaba cansado, y la frase tenía sabor a derrota.
Mirto ladeó la cabeza. Le fascinaba, recordaba Sandor, la insolencia en los hombres. Parecía que siempre estuvieran a punto de morderle el alma.
—Nos perteneces —añadió Roble, y el eco retumbó bajo los musgos—. Nadie pasa por el Cenagal de Coronas sin dejar una deuda. Tu madre la saldó. Ahora es tu carne la que nos sirve.
Sandor apretó el amuleto, el pulgar marcando surcos. Solo les temía a ellas. No porque fueran brujas, sino porque nunca mentían.
—¿Qué esperan de mí? Si quieren mi sangre, tómenla.
Mirto entrecerró los ojos sin color. —Sangre… poca cosa. Hace falta hueso, memoria… y destino. Aquí, en el filo del mundo, ha caído una corona. Coronada por una sombra. Hay un rey sin carne, hecho de gusanos y acero frío, que cubre el sur con hambre de siglos. Su aliento pudre río y fruto, y donde camina, la vida se postra.
Sandor tragó despacio. Había oído historias durante las campañas al sur. Campos que envejecían a la vista, aldeas enteras convertidas en urnas de polvo, las legiones que marchaban y no regresaban. No era un monstruo que pudieran matar con flechas. Era un hambre bajo un nombre antiguo.
—¿Por qué yo? —dijo clavando la mirada.
—Porque cuando eras niño, bebiste el agua de la escarcha, y el gusano de plata duerme en tu hueso derecho —dijo Roble. Extendió una mano, como esperando que Sandor la tomara, pero él se mantuvo firme.
—Porque la tierra tiene memoria, y tú eres la última señal de su promesa —dijo Mirto—. Pisarás lo sagrado y sembrarás fuego, para que donde marche la sombra, encuentre estéril el yermo.
Sandor guardó silencio. A pesar de sí mismo, sentía la antigua culpa naciendo.
—¿Si lo hago, mi madre vivirá?
Roble negó suavemente, moviendo el cabello de rama. —No hay vuelta de hoja para los muertos, hijo. Pero otros podrán vivir. Y el peso será solo tuyo.
Mirto escupió al barro.
—Toma este cuenco —dijo—. Llénalo con la escarcha primera de la mañana y bébelo al pie de los pilares. Allí, el rey sin carne no podrá seguirte. Su hambre chocará contra el veneno de tu corazón.
El cuenco era de plata, tallado con runas que ardían fríamente en la luz brumosa. Sandor lo tomó, notando el frío que se le pegaba a la carne. Las Madres tocaron su frente, imbuyéndole del sigilo de los ciervos y la memoria hiriente del barro.
—Todo lo que eres —susurraron en coro—, se vacía aquí.
El viaje a los pilares fue una eternidad breve. Lo cruzó en luchas contra espectros mutados por la fiebre del rey sin carne: figuras de hueso y lodo que avanzaban en silencio, ─cada herida un presagio─, y cada vez que caía uno, preguntaba en su último suspiro “¿fumaste la escarcha ya?”. No entendía, pero su espada respondía por él.
Llegó al claro donde los antiguos pilares, ocho en círculo truncado, emergían como dientes del lomo de un dragón caído. En el centro, la escarcha cubría la hierba como mortaja de cristales. El aire apestaba a magia vieja. Se arrodilló, llenó el cuenco con escarcha y bebió.
Al instante, el veneno de la escarcha le disolvió la memoria: su infancia, la risa de su madre, los días de mercados y los versos en la taberna. Olvidó a cada amante y cada odio. A cambio, supo lo que era no temer. El rey sin carne llegó, una sombra ondeante con corona de huesos, y extendió sobre él una mano lesiva.
Sandor sonrió. Por un instante fue todos los hombres; el guerrero, el niño, el mendigo, el amante, el asesino. Y bebió de nuevo. Donde la sombra tocó su piel, floreció ceniza y no carne, vacío y no deseo. Se batieron en silencio. Los pilares vibraron, y el grito de la sombra sacudió la ciénaga.
La batalla no fue de espadas, sino de olvidos. Cada recuerdo que Sandor perdía era un muro contra la sombra; cada ambición vaciada, un grano de hambre que no podía nutrir al rey. Los pilares se bañaron de escarcha resplandeciente. Por fin, la sombra se arrodilló; la corona cayó, y la ciénaga tragó de nuevo su rey.
Sandor quedó allí, acurrucado, sin nombre. Al amanecer, las Madres vinieron a recoger el cuenco vacío y a cerrar los ojos del guerrero.
La leyenda diría que el Cenagal de Coronas aún canta, pero solo el barro puede entender la letra. Y bajo la escarcha, un corazón late sin memoria ni hambre, velando la frontera por siempre.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.