Portada del relato La Corona del Oscuro Abismo
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Fragmento:


Nadie supo jamás cómo empezó el trueque con las profundidades. Había rumores, historias antiguas, crónicas olvidadas en Bibliotecas cubiertas de hongos, que hablaban de un tiempo en que los hombres encendían hogueras y arrojaban niños recién nacidos en las simas para apaciguar a los moradores invisibles del subsuelo. Pero nadie tenía memoria fresca; solo los susurros, sólo el miedo coleando en las noches sin luna.

Duración: 08:48

La Corona del Oscuro Abismo
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Texto de ajuste de pausa.

Nadie supo jamás cómo empezó el trueque con las profundidades. Había rumores, historias antiguas, crónicas olvidadas en Bibliotecas cubiertas de hongos, que hablaban de un tiempo en que los hombres encendían hogueras y arrojaban niños recién nacidos en las simas para apaciguar a los moradores invisibles del subsuelo. Pero nadie tenía memoria fresca; solo los susurros, sólo el miedo coleando en las noches sin luna.

Como aventurero y ladrón de reputación manchada, Gaerd Redthorn no era hombre dado a supersticiones. Sin embargo, esa noche, mientras descendía a ciegas por la grieta de Drax, solo el astillo de una luz violeta en la lejanía impidió que se rindiera al pánico. El mundo exterior le parecía irreal; allá arriba quedaban los bosques ambarinos del otoño, aquí abajo, el frío era tan denso que retumbaba en el pecho, envolviéndolo en un capullo de oscuro temblor.

Su clienta, la hechicera Lysandre, ataba la cuerda a un ganchillo herrumbroso y le lanzó una mirada tan gélida como la piedra misma.

"Las criaturas que buscamos están cerca", murmuró, sus palabras amortiguadas por la humedad pétrea. Era bella de una forma herida, con ojos como carbones blandos y el pelo lleno de cuentas de cristal negro que tintineaban como campanas fúnebres. "No hagas preguntas. Ni ruido. Ellas lo sienten todo."

Gaerd no replicó. Descendieron juntos hasta que la grieta se abrió en una caverna cavernosa cuya oscuridad no podía ser tallada ni siquiera por la luz de su linterna hechizada. Había allí una presión extraña, tan tangible como el olor a huevos podridos que flota en un albañal, pero matizada por un dejo mineral, muy antiguo. Gaerd supo—sin saber cómo—que estaban en el territorio de lo prohibido.

Las “criaturas subterráneas” eran objeto de susurros en los mesones, pero Lysandre afirmaba que eran reales, tan reales como el filo de una cuchilla. Los describía como vestigios de sueños rotos, seres que se replegaban bajo la corteza del mundo cuando las estrellas del firmamento negro parpadeaban y morían.

“Quiero que me consigas un fragmento del corazón de Azurfael”, le había dicho dos noches atrás, mientras jugaba con una copa de vino en la posada “El Candil de los Susurros”. “La noche próxima las Estrellas Negras oscilarán en el cielo y la Barrera se agrietará. Solo entonces podrá obtenerse la reliquia.”

En ese momento, Gaerd pensó que todo era una más de sus supersticiones arcanas, un delirio. Pero el oro hablaba, y su bolsa estaba tan vacía como el estómago de un mendigo.

Ahora, el eco de sus pasos retornaba multiplicado por mil, y los fondos de la caverna parecían respirar. Esa respiración se entremezclaba con otra: la de las criaturas. A cada lado de sus botas, la roca se hinchaba y contraía, como el costado de una bestia dormida.

En el centro de la cúpula abisal flotaba un haz de sombras: el Coro de Estrellas Negras. Eran puntos enfebrecidos de pura oscuridad, más densos que la noche, palpitando en una sinfonía sigilosa. No emitían luz, sino que absorbían la poca que la linterna de Lysandre intentaba arrojarles.

De las hendiduras húmedas asomaron primero ojos: incoloros, bulbosos, proteicos, seguidos por apéndices y barbas pétreas. Las criaturas subterráneas se arrastraban más allá de lo imaginable: cuerpos informes, revestidos de mineral y carne, adaptados por milenios de evolución malsana. Brutales, pero silenciosas. Sus mandíbulas ni siquiera chirriaban.

Lysandre hundió una daga de plata en el polvo y recitó palabras cuyo sentido se desvaneció al salir de su boca, lenguas anteriores a los propios hombres. Las criaturas retrocedieron, formando un círculo alrededor de los humanos y el altar pétreo sobre el que sobresalía algo imposible de definir: una forma que respiraba, que temblaba, cargada de un resplandor tan negro que hacía doler los ojos. Era el corazón de Azurfael, fragmento caído durante la última gran alineación de las Estrellas Negras, dicen las leyendas.

"Solo tienes un intento", siseó Lysandre, los brazos en cruz. "Si fracasa, nos devorarán desde dentro."

Gaerd desenvainó la daga curva que portaba a la espalda y avanzó. Las criaturas no lo atacaban, pero su proximidad era como un peso físico, apisonándole los huesos. El Coro de Estrellas Negras pulsó, y la roca del altar comenzó a escarcharse de escarcha negra. Su brazo derecha se entumeció, mientras sentía pensamientos que no eran suyos susurrándole a través de su cerebro.

..."¿Qué eres?", preguntó una voz, ni masculina ni femenina, ni joven ni vieja, sino una acumulación de todos los tonos y tiempos. "¿Qué buscas? ¿Por qué quieres lo que no debes tocar?"

Gaerd no sabía si respondía en voz alta o en la conciencia prestada de la caverna viva, pero pensó: "Oro. Y libertad." Lo primero, una media verdad. Lo segundo, un anhelo amargo.

El altar se partió con un estruendo que no era solo sonido sino sensación: un escalofrío que barrió la caverna como una ola. De la grieta emergió el corazón de Azurfael: un prisma de pura negrura, tan negro que devoraba la visión, el tiempo, los pensamientos. Gaerd estiró la mano—y una de las criaturas, de forma indefinible, le rozó la muñeca con un apéndice fugaz.

La desesperación, la soledad y la promesa de poder absoluto implosionaron en su pecho. Todo lo que había amado, perdido, robado o destruido le pasó por la mente en un destello de imágenes urticantes. El corazón no daba poder; ofrecía la memoria de la pérdida.

Con un grito ahogado empuñó el prisma, y la caverna rugió, como si el alma del mundo girara en su eje. Las criaturas chillaron, y Lysandre cayó de rodillas gimiendo, voces sobreponiéndose a voces en los ecos.

"¡Corre!", gritó Lysandre, recuperando la voz, la túnica salpicada de polvo negro. "¡No podemos quedarnos cuando la alineación culmine! Pronto el pasaje se cerrará y nos fundiremos con la piedra y la desesperación."

Gaerd no necesitó más empuje. Avanzaron de vuelta, la horda de criaturas siguiendo el borde de su visión, tan veloces como el deseo, tan implacables como el hambre.

La subida por la cuerda fue un suplicio de fuego y veneno. Cada tramo hacía que las sombras se alargaran y afilaran, arrastrándose tras ellos. El prisma pesaba ahora el doble, como si la propia oscuridad tirara de él hacia la profundidad natal.

Arriba, la brisa exterior tenía un sabor a ceniza. Las estrellas en el cielo estaban allí… pero algo había cambiado. Donde antes blanqueaban, ahora centelleaban motas de negra sustancia, manchas de oscuridad viviente. Gaerd supo que lo que había arrancado del corazón de Azurfael no era solo una joya o reliquia, sino una herida abierta en el tapiz del mundo.

Lysandre no sonreía. Examinó la piedra—sin tocarla directamente—y se la tendió en su bolsa forrada con runas.

"Tu oro", prometió, pero su voz era quebradiza. "Y una advertencia: no creas que esto está terminado. El precio de la oscuridad se paga siempre, y nunca del modo que uno espera."

Gaerd la observó alejarse hacia su torre, sintiendo la presión viscosa del prisma incluso ahora, a través de la tela, a través de la noche.

El mundo se trastocó en las semanas siguientes. Plantas y animales de los bosques comenzaron a cambiar: hojas de cerrado negror emergieron en la foresta, ciervos cuyos ojos centelleaban motas negras recorrieron las aldeas al alba. Las estrellas mismas parecían oscilar y parpadear, y rumores de sueños o delirios crecieron en los pueblos.

Los hombres decían haber visto criaturas ascendiendo por las simas, tan silenciosas como el insomnio, absorbiendo la luz allí donde pasaban, y dejando tras de sí un manto de silencio culpable que ninguna campana terrestre podía disolver.

El oro de Lysandre ardía en la bolsa de Gaerd, pero soñaba con la caverna, con las criaturas, con la pregunta que le fue hecha: "¿Por qué tú? ¿Por qué ahora?" La pregunta no dejaba de corroerlo.

Una madrugada, como si un destino le encadenara los pasos, fue hasta la grieta de Drax. La apertura rezumaba niebla negra. Gaerd tiró la bolsa de oro, pero no se sintió aliviado. El hueco se tragó las monedas, pero nada más cambió.

Se tumbó al filo de la sima mientras el crecimiento de nuevas estrellas negras horadaba el cielo. En la penumbra, creyó ver a las criaturas mirándolo desde abajo. No había odio en sus ojos mineralizados, sólo una espera insaciable. Lo comprendió entonces: él era parte del trueque, y su deuda aún no había sido pagada.

Gaerd se levantó, tallando el silencio, y supo que la próxima alineación lo buscaría preparado. Ya no era solo saqueador de tesoros prohibidos; era testigo y parte de la costra secreta entre la superficie y lo desconocido, entre la luz y la sombra que nunca deja de expandirse.

La noche no era más la misma. Y él tampoco.

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