Portada del relato El Bastión del Rocío Carmesí
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Fragmento:


Hay noches en Ravenskull en que el viento canta, y esa música trae consigo historias olvidadas, ecos de amores y espadas, de dolor y traición, cuando aún la luna derramaba su luz blanca sobre los tejados ennegrecidos del reino. Los aldeanos sellan puertas y ventanas al caer la luz, pues en tales noches, la realidad entre los Reinos se vuelve delgada y traicionera. Fue en una de esas noches, mientras los perros gemían bajo los pesados portones, que Elven d’Jhara regresó a casa.

Duración: 07:57

El Bastión del Rocío Carmesí
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Texto de ajuste de pausa.

Hay noches en Ravenskull en que el viento canta, y esa música trae consigo historias olvidadas, ecos de amores y espadas, de dolor y traición, cuando aún la luna derramaba su luz blanca sobre los tejados ennegrecidos del reino. Los aldeanos sellan puertas y ventanas al caer la luz, pues en tales noches, la realidad entre los Reinos se vuelve delgada y traicionera. Fue en una de esas noches, mientras los perros gemían bajo los pesados portones, que Elven d’Jhara regresó a casa.

Elven, hijo de corsarios pero educado entre sabios, no era alguien que temiera fácilmente, aunque esa noche traía en su alma un presentimiento oscuro como el abismo de Sembia. Su capa, empapada por el rocío, arrastraba el lodo de caminos perdidos y las cenizas de un mundo que se desmoronaba. Cruzó el umbral de la posada de la Dama Ciega, su refugio eterno, mientras en su corazón latía el recuerdo de la última batalla, la del valle de la Sangre Trémula, donde todo cambió para siempre.

La posada ardía en canciones apagadas y el ajetreo de las jarras. Apenas puso un pie en la sala común, la magia antigua del lugar le arrancó una lágrima involuntaria, como si el aire reconociera su sufrimiento. La vieja Daena, con los dedos nudosos y la mirada astuta, limpió con desgana un vaso detrás de la barra.

—Has vuelto, chico —gruñó Daena, sin levantar la vista—. Y aún vives. Eso tiene algún mérito en Ravenskull. ¿Puedo sorprenderme, o todo salió mal allá afuera?

Elven se encogió de hombros. Su armadura negra, reforzada con adamantita ennegrecida, aún goteaba sangre. Sólo él sabía si era suya, de amigo o enemigo.

—El rey está muerto —dijo, con la voz apenas un hilo—. Y los Sangre Fría marchan sobre las ruinas de Aylegard. Nada salió como esperábamos.

Daena asintió despacio, sin expresar dolor ni alivio. Se frotó los dedos sobre el delantal.

—El Ojo de Eilistraa, entonces... ¿Está destruido? Dime que no.

Con esa simple pregunta, Elven reparó en el peso real de la noche: los Reinos olvidados, con sus promesas, batallas y cuentos, aún guardaban secretos bajo piedras que nadie se atrevía a mover. Cerró los ojos. Rememoró el momento en que el artefacto despertó bajo el altar, cuando su luz carmesí quemó a todos por igual, héroes y enemigos, y supo entonces que nada volvería a ser igual.

—No —susurró, derrotado—. El Ojo vive, pero también está maldito. Los Sangre Fría lo tienen ahora.

La posada calló súbitamente, como si los dioses mismos hubieran prestado atención. Ni los dados tropezaron en las mesas, ni la brisa meció las copas. Un cazador, cubierto de cicatrices, escupió sobre el suelo de roble y maldijo en voz baja.

Elven tomó asiento a la mesa más alejada, y Daena, tras una mueca de resignación, le sirvió una jarra de hidromiel. Nadie se le acercaba. Ninguno quería verse arrastrado al sino de un superviviente de tales contiendas.

Pero no todos rehúyen el peligro. Pronto, una figura se deslizó desde las sombras. Tenía la delicadeza de un espectro y la belleza cruel de una hoja de acero al atardecer. Sybella la Gata Azul, como la llamaban, se sentó a su lado sin pedir permiso. Por sus venas corría la magia, y en sus labios, la tentación de la mentira.

—¿Me cuentas una historia, Elven? —ronroneó, girando la daga entre sus dedos, como si jugara con la vida misma —. Dicen por ahí que cruzaste los Puentes Rotos de Durn y regresaste entero. Eso solo es posible con un pacto. ¿Con quién traficabas tú esta vez?

Elven apenas la miró, su mente perdida en el recuerdo de esa travesía prohibida, donde los muertos susurran y los vivos enloquecen.

—Con el Guardián sin Guarda, la sombra que habita bajo los huesos de la colina —confesó—. Me prometió vida a cambio de no mirarlo nunca directo. Traje a mis compañeros vivos, pero a su modo... Hemos cambiado.

Sybella sonrió, mostrando caninos afilados. Su pelo, de un azul imposible, reflejaba luz como un mar bravo al amanecer.

—Todos cambiamos —dijo—. Es la esencia de sobrevivir en estos Reinos. Pero la pregunta es: ¿sabes aún quién eres, o qué tienes que hacer?

Elven soltó una risa amarga y apuró el trago de hidromiel, notando un deje metálico en su lengua. Su mano, nerviosa, vibró sobre la mesa.

—Ni el Guardián lo sabe. Pero si el Ojo queda en manos de los Sangre Fría, no habrá reino por salvar ni historia para contar.

Un silencio incómodo creció entre ambos. La taberna volvió despacio a su ritmo, como si le costara respirar. Elven sabía que no tenía tiempo ni aliados. Miró a Sybella como quien suplica a un dios exiliado.

—¿Vienes conmigo? —preguntó, casi implorante—. Tengo que recuperar el Ojo.

Sybella ladeó la cabeza, entre divertida y piadosa. Luego asintió.

—Ya era hora. Alguien tenía que robarle a los ladrones. Pero dime primero... ¿Está Amzara? ¿Tu hermana?

Elven sintió un frío mortal en el estómago. Amzara. La vio por última vez luchando entre las ruinas, el Ojo destellando entre sus manos, la magia brotando como sangre de las heridas de la tierra.

—Amzara está perdida... su alma quedó atrapada en la Luz Carmesí. Si el Ojo es destruido... tal vez la libere. O tal vez todo termine.

Sybella suspiró.

—Entonces, tengo algo que enseñarte.

Llevó a Elven a una habitación trasera, oculta tras cortinas polvorientas. Se inclinó sobre un viejo baúl y extrajo un objeto cubierto de tela negra. Lo desplegó sobre la mesa: una antigua espada, de hoja verdosa, embebida de inscripciones élficas.

—He esperado años para esto —dijo Sybella con voz casi reverente—. “La Llama Esmeralda”. Forjada para romper maldiciones y sellar los portales. Es la única capaz de enfrentar el poder del Ojo.

Elven la sostuvo. La hoja vibró como si reconociera a alguien, o algo que llevaba en la sangre. Era pesada ante el recuerdo, ligera ante la voluntad.

—¿Por qué me la das? —preguntó, casi temeroso.

Sybella no respondió al principio. Removió mechones de azul del rostro y le miró directo, sin rodeos, sin máscaras.

—Porque tú eres el último héroe de un mundo que se está olvidando —dijo—. Porque hay fuerzas peores que los Sangre Fría, y cuando este reino se pierda, no habrá quien cante nuestras canciones. Ve y utiliza esa espada para algo más que la venganza, Elven d’Jhara.

Elven sintió en la empuñadura la calidez de una promesa. Aferró la hoja. Salió al patinillo exterior, la luz de la luna golpeando la Llama Esmeralda con destellos de esperanza.

Juntos, él y Sybella, dejaron atrás la posada, cruzando el callejón donde las ratas huían ante su paso. Elven se despidió del refugio; sabía que ya no volvería. En el umbral, Daena dejó un puñado de pétalos secos: un gesto antiguo contra la mala suerte.

Ravenskull dormía su sueño febril mientras ellos dos, uno con el alma rota, otra con el corazón endurecido, pisaban los restos de un mundo viejo, guiados por lámparas ya extinguidas.

La ciudadela de los Sangre Fría brillaba a lo lejos como un recuerdo infeccioso. Elven apretó la Llama Esmeralda. Sabía que el próximo amanecer se teñiría de rojo, y que toda esperanza pendía de un hilo, uno tan frágil como una canción olvidada, como un nombre tallado en la piedra bajo la lluvia.

Caminaron, cruzando sombras y recuerdo, sin mirar atrás, solo hacia el fin: hacia el Ojo de Eilistraa, hacia el corazón de lo perdido, hacia la leyenda que, aunque nadie la cante ya, debía escribirse aquella última vez.

No sería ni la traición ni la muerte lo que quedaría grabado tras el alba: sería el acto, la voluntad de arrebatarle a la oscuridad el derecho de olvidar. Porque un Reino olvidado solo muere cuando deja de ser contado, y Elven, Sybella y la Llama Esmeralda eran la última palabra del cuento.

Aún entre el silbido del viento y los pasos de sus perseguidores, la esperanza, como la melancolía, nunca es del todo vana.

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