Desde los tiempos antes de la luz, las eternas colinas de Korshane han albergado secretos que ni los dioses se atreven a pronunciar. Se extienden como los dedos de una mano cadavérica sobre la faz del mundo, oscurecidas por nubes incesantes, cubiertas de hierba muerta capaz de silbar blasfemias cuando sopla el viento. A cada nueva era, algún rey u otro, sediento de gloria imbécil y seguro de su invulnerabilidad, trata de conquistar aquellos páramos. Todos los que lo han intentado sufrieron destinos que nunca fueron relatados del todo.
En la última era, aquella de la que voy a hablarte, hubo un hombre que no era rey, ni mucho menos invulnerable. Su nombre era Audric, hijo de nadie, huérfano de la hambruna y de la guerra, marcado por la miseria hasta las raíces mismas de sus huesos. Lo único que Audric poseía era una daga de hierro negro, moteada de óxido y recubierta de antiguas runas que nadie recordaba cómo leer. Y, sobre todo, cargaba con un odio tan antiguo como los dioses humillados: un odio dirigido al hombre que le negó una familia, un futuro y un nombre digno.
Aquel hombre era el príncipe Vorlan de Chartheg, uno de los llamados Príncipes Negros, custodio de un palacio forjado de sombras y sangre, recostado en la frontera de Korshane como un tumor demasiado grande para ser extirpado. Vorlan era temido por sus aliados y odiado por sus enemigos. Decían que su corazón era de hielo y sus manos de hierro, y que en sus mazmorras los lamentos tenían ecos que nunca se disipaban del todo. Pero Audric no era ni aliado ni enemigo: era simplemente el último vestigio de algo que Vorlan había destruido por capricho.
El día que Audric entró por las puertas del palacio fue el día en que las nieblas se tiñeron de rojo. La luna, extrañamente robusta, sangraba sobre el horizonte, y en los corredores resonó una melodía que sólo escuchan aquellos que van a morir. Nadie preguntó su nombre cuando cruzó los portones, pues toda palabra parecía tan inútil como rezar cuando el monstruo ya está dentro de casa.
Las estancias del palacio parecían respirar, hinchándose y contrayéndose al paso de Audric, mientras el olor de incienso y orines se mezclaba con el hedor de los cuerpos ejecutados esa misma mañana. Sombras se escurrían en rincones ignorados, paredes rezumando sudor y promesas rotas. Todo allí estaba vivo y, paradójicamente, agonizaba.
Audric pasó junto a un grupo de cortesanas que reían como hienas drogadas. Una de ellas, la más joven —de cabellos como hilos de plata sucia—, le dirigió una mirada hambrienta, pero en su pupila centelleaba un destello de alarma. Era la mirada de la gente que sabe que algo grave está a punto de suceder y se pregunta si podrá huir a tiempo.
El salón del trono estaba iluminado por candelabros de cera negra y lámparas de hierro que goteaban aceite. Vorlan se recostaba en su trono, envuelto en pieles de animales desconocidos. Sus ojos, pequeños y crueles, pasaron por encima de Audric como lo harían sobre una rata. Y, sin embargo, la daga en la mano del forastero provocó que pequeños escalofríos recorrieran la sala entera, como si algún animal hubiese advertido la inminencia de una fiera.
—Nombre y motivo —raspó la voz del príncipe.
Audric tardó en responder, lo cual a algunos les pareció insolencia, a otros estupidez, pero a Vorlan, curiosamente, le pareció interesante.
—He venido a saldar una deuda de sangre —dijo Audric, la voz como piedra rozando metal oxidado.
Por costumbre o por arrogancia, Vorlan rió, y un coro de carcajadas forzadas le secundó. Por la puerta, discretas, entraban figuras ataviadas de negro: los Garras, la guardia personal del príncipe, asesinos formados desde la infancia para romper cuellos con la punta de los dedos.
—¿Y cuál sería esa deuda que puede traer a un hombre hasta la mismísima boca del dragón? —inquirió el príncipe, su dedo tamborileando la hoja de su espada ceremonial.
Audric avanzó tres pasos más, y entonces, todo cuanto podía ocurrir se desdobló en los dobleces elásticos del tiempo. En ese instante, las lámparas parpadearon, y el aire se tornó más frío, como si diez inviernos se hubieran dado cita en aquel salón de pestilencias. Los Garras tensaron los músculos; algunos notaron una humedad indeseable bajando por la espalda.
Entonces Audric habló, y su voz fue vieja, hastiada y terrible.
—Mi madre, Lyria de los Caminos, fue desmembrada por tus hombres tras la última revuelta. Mi padre, Derhan el Herrero, colgó de las almenas hasta que los pájaros comieron sus ojos. Tú me despojaste de todo lo que era mío en nombre de la ley que sólo tú reconoces. Hoy, he venido a tomar lo que me pertenece: tu muerte.
El príncipe Vorlan sonrió, pero su sonrisa era como un corte: vacía, filosa, cortante.
—Si todos aquellos a quienes he destruido vinieran a llevarme, faltaría espacio en el infierno para recibirme. Pero sólo estás tú, Audric. Y tú no eres ni un eco. Guardias…
Fue suficiente para romper el hechizo del momento. Los Garras se lanzaron hacia Audric, cada uno blandiendo dagas curvas sumidas en veneno. Pero Audric estaba preparado. La daga —ese hierro negro, tan antiguo como las colinas que morían bajo su peso— ardió con una luz interna que era tanto odio como magia.
El primero de los Garras cayó, su garganta abierta de una ojeada, y un segundo encontró el filo en la base del cráneo antes de poder siquiera gritar. Audric se movía como un animal nacido en el vientre del dolor: cada corte, cada salto, cada esquiva hablaba de años pensando en ese momento.
Sin embargo, Vorlan no se quedó mirando. Nunca había sobrevivido tanto siendo ningún necio. Blandió su espada ceremonial, y la hoja brilló con runas vivas apenas ocultas bajo la superficie. La espada gemía, y ese sonido minúsculo fue suficiente para que los más viejos de la sala pensaran en los cuentos de los asesinos sin rostro.
Audric y Vorlan se midieron en un silencio suspendido. En los muros, las tapicerías temblaban como si temieran recordar lo que allí iba a acontecer. El combate fue rápido, brutal, coreografiado en el infierno: dos hombres marcados por el dolor, ambos irremediablemente rotos.
Vorlan asestó el primer golpe, y la espada silbó a pocos dedos de la garganta de Audric. La daga se cruzó en el camino, apenas desviando el acero. Un choque de chispas iluminó los rostros —uno desencajado por el odio, el otro por el miedo fundido con arrogancia—. Vorlan forzó la fuerza del acero, pero la daga negra absorbía el golpe, rechinando con un goce morboso.
Sangre manchó los mosaicos en el preciso instante en que Audric dejó que el dolor se apoderara de él, como jamás lo había hecho. Había aprendido, tras años de correr y esconderse, que uno no podía ser fuerte a pesar de su dolor, sino a través de él. Y así se desató, como una tormenta a la que se le ha negado el cielo demasiado tiempo.
Vorlan soltó un grito, más desgarrador que cualquier alarido de batalla. Audric lo había herido en el costado, y cuando la daga tocó la piel del príncipe, las runas ardieron y la carne se despeñó como manteca sobre el filo ardiente.
—¿Qué brujería es esta? —jadeó el príncipe, retrocediendo.
—La magia del odio, reforjada por los recuerdos —susurró Audric, y en sus ojos chispeaban lágrimas y brasas.
Incapaz de sostener la espada, Vorlan se apretó la herida, la sangre espesa manando sobre el brocado dorado. Los cortesanos se apiñaban contra las paredes, demasiado aterrados para huir, demasiado intrigados para quedarse ciegos.
Audric se acercó, alargando el brazo. La daga, con su canto grave de muerte y venganza, descendió una última vez y encontró el corazón del príncipe. Vorlan intentó decir algo, pero lo único que brotó de sus labios fue una burbuja de sangre y odio.
El silencio cayó como un sudario. Incluso las sombras parecían contener la respiración, preguntándose si al fin todo había terminado.
Pero la magia de los Príncipes Negros —y la de las pocas armas que podían matarlos— nunca pide permiso para marcharse. Cuando la vida se escabulló del cuerpo de Vorlan, una onda de energía —gris, polvorienta pero irresistible— atravesó el salón, hurgando en los huesos de los presentes, encontrando los pecados, avivando los pesares. Audric cayó de rodillas, presa del peso de todos los odios que había acariciado durante años.
La daga vibraba en el suelo, ahora sin amo, y de su hoja brotaba una niebla oscura que ascendía como humo de funeral. Una a una, las lámparas se apagaron, y en la penumbra comenzaron los susurros: “Todo precio debe pagarse. Todo odio encuentra retorno. Toda muerte despierta otra.”
Audric se levantó con esfuerzo. Las cortesanas lo miraban con horror y deseo; los pocos guardias vivos intentaban decidir si inclinarse o atacarlo. En el trono, ahora vacío, una sombra parecía esperar. Audric tomó la daga y se giró hacia las puertas, decidido a marcharse, pero la sombra del Príncipe Negro ya lo había alcanzado. En la vieja tradición de Korshane, quien mata al monstruo recibe su maldición. El odio, la culpa, el peso de todas las muertes injustas caían ahora sobre los hombros de Audric.
Al dejar atrás el palacio, Audric sentía el hierro negro pesando en su mano, escuchaba voces en las paredes: acusaciones, lamentos, canciones desafinadas de los que nunca podrán estar en paz. No le importaba. No al principio. Por algunas noches, el sabor de la victoria llenó su boca, y entre sus sueños, el odio parecía al fin satisfecho.
Sin embargo, la daga no buscaba satisfacción, nunca lo haría. Días más tarde —quizá semanas, quizá años— Audric despertó en un paraje similar a aquellas colinas donde todo comenzó. Y mientras la niebla se enroscaba en su cuerpo y la sangre le empapaba la muñeca, comprendió que el ciclo había comenzado de nuevo: que en cada muerte hay una deuda, y que el espíritu de los Príncipes Negros nunca abandona realmente el mundo. Lo único que cambia es el nombre del verdugo.
Y así, en las colinas malditas de Korshane, una nueva sombra se elevó, portadora de la daga antigua y el odio renovado. El palacio de las nieblas rojas tenía nuevo señor, y el mundo, una vez más, esperaría otro ocaso, otro asalto, y otra venganza que no traería paz. Porque en las tierras ensombrecidas por la ambición y la sangre, nadie es dueño de sí mismo: todos pertenecen a la maldición.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.