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Cuando el tercer sol se apagó sobre los empedrados de la Ciudad Interior, Barel Ionn supo dos certezas: que moriría esa noche o que, con suerte, jamás volvería a dormir en paz. La túnica de lino que llevaba, empapada de sudor y miedo, apenas protegía la piel curtida por los años y la costumbre de cruzar valles en guerra. Siempre se había reído de las leyendas sobre los Laberintos. Hasta conoció a mujeres y hombres que juraban haber sobrevivido… solo para sentir la locura acechando tras cada sombra. Pero ningún testimonio, ningún conjuro memorizado, serviría entre las torres flamígeras del Palacio de Cristal Rojo, donde los pasillos ardían día y noche, y los muros, hechos de piedra-vidrio, distorsionaban la realidad como un vino fuerte.
Barel sostenía la empuñadura de la espada con ambos puños, pensando en su padre y en el juramento que lo había llevado hasta el mismísimo corazón de Vitrio. Astillas diminutas de luz anaranjada tamizaban desde grietas imposibles; el aire olía a canela y hollín, a especias que ninguna cocina podría domar ni brujo reproducir aunque lo intentara bajo tormentas y lunas llenas.
Detrás, la figura de Mireya aún se dibujaba en la fluida penumbra. La había conocido cinco días antes, cuando el destino –o los designios de los dioses menores, siempre tan volubles– los unió en la celda de un carcelero ebrio. Mireya era la artífice de Puentes Fugaces, capaz de crear auténticas obras de engaño y caminos invisibles con sólo tocar las aristas de una antorcha encendida. Que la había seguido hasta aquí por algo más que codicia o curiosidad era un hecho del que apenas era consciente.
Delante, más allá del arco semi-derretido que marcaba la entrada al primer anillo del laberinto recamado en fuego, un susurro grave emanó del suelo como vapor. Barel lo reconoció; era la invocación del Guardián Fulgente, uno de esos seres que sólo pueden vivir donde otros arden. Tembló pese a sí mismo. Odió la indecible sensación de estar ya muerto pero aún sintiendo cada cosa: el calor, la sed, las punzadas invisibles de algo inhumano arrastrándose bajo la piedra.
—¿Debemos seguir? —preguntó Mireya, la voz amortiguada por el pañuelo de lana que cubría nariz y boca, aunque él supo detectar el leve temblor.
—Mi sangre me lo exige —contestó él.
Ella no respondió, pero avanzó. Así era como ambos elegían el coraje: caminando hacia el peligro, sin palabras que pudieran agrietar la brújula interior.
El primer anillo era un círculo perfecto de corredores estrechos, apenas un metro de ancho, flanqueados de antorchas negras cuya llama parecía alimentarse de recuerdos. Por cada cien pasos, el laberinto cambiaba imperceptiblemente: puertas que desaparecían, escaleras que se invertían y, en las paredes, runas fluctuantes que absorbían todo rastro de esperanza. Barel tanteó la empuñadura de su espada una vez más. Escuchó el eco amortiguado de sandalias de cuero detrás, una huella más ligera: Mireya.
Aspiró hondo. Imitar a su padre era fácil. Bastaba recordar lo que había intentado olvidar: la promesa susurrada junto a un lecho de dolor y sudor, cuando la culpa era aún más densa que cualquier fuego. No era sólo uno de los mil buscadores aventurándose donde los mapas no sirven de nada; llevaba a cuestas el juramento de rescatar la clave del Fuego Ancestral o perecerintentándolo.
Esa clave —el Bloque Escarlata, codiciado por reyes y alquimistas— era a la vez maldición y promesa: lo que había destruido a su linaje y también lo único capaz de redimirlo.
Mireya se detuvo. Frente a ellos, la roca se abría en una amplia galería de nervaduras cristalinas repletas de brasas. Entre las gradas incandescentes, pequeños demonios hechos de sombra y calor jugaban a empujar fragmentos de carbón entre sí, sin notar a los intrusos. Al verlos, uno de los demonios levantó la mirada; su cara era una máscara sin facciones, pero de sus cuencas brotaba una luz tan abrasadora como la corona de un dios.
—Sigamos —dijo Barel en voz baja.
Pero el demonio habló, con palabras como aldabas de bronce:
—Aquí el valor se confunde con la desesperación. ¿Habéis traído vuestra fe… o solo vuestra carne?
—No necesitamos fe —gruñó Mireya, arrojando un pequeño espejillo de metal que se licuó al caer en las baldosas ardientes—. Solo queremos cruzar.
El demonio movió su brazo derecho e, instantáneamente, las llamas se alzaron en un muro infranqueable alrededor de los aventureros.
—Cada pasadizo es una herida. Cada herida, una deuda. Pagad con lo que tenéis —fue la sentencia.
Barel arriesgó una plegaria robada de una vieja abadesa. Se cortó el dorso de la mano con la espada y dejó gotear su sangre sobre las baldosas. Mireya le siguió, extrajo de sus ropas un trozo de ámbar que ardió azul al contacto con el suelo.
Las llamas parpadearon, retrocediendo un palmo. Suficiente.
Cruzaron la galería a toda prisa, sin atreverse a buscar la mirada del demonio. Más allá, el segundo anillo era un dédalo de espejos de obsidiana y humo, donde cada esquina ocultaba una imagen del pasado: la infancia de Barel, la boda fallida de Mireya, la muerte de incontables camaradas. Era casi peor que el fuego, casi peor que el hierro. A Barel lo detuvo frente a un espejo curvo la visión de su hermano muerto, envuelto en un sudario de lenguas rojas. Tragó el grito.
—Es una ilusión. Nada de esto puede tocarnos —musitó Mireya, repitiéndolo como un mantra.
Pero al rozar el marco del espejo, su mano ardió como si miles de insectos le mordieran la carne. No gritó… sólo apretó los dientes y siguió andando. El dolor era real. El miedo también.
En la bifurcación del tercer anillo, el calor se volvió insoportable. Barel se dio cuenta de que quemarían hasta la última prenda, hasta los mismos huesos, si seguían. Allí, en el centro de ese tramo, había un trono bajo hecho de magma pulido, donde se sentaba el Guardián Fulgente, tan enorme que parecía forjar el aire con su mera respiración.
—El Fuego Ancestral no es para mortales —tronó el Guardián—. Quien lo busca se calcina… o calcina a otros.
Mireya bajó la cabeza.
—No buscamos poder para nosotros —dijo—. Queremos redención.
El Guardián se echó a reír.
—Redención, dices. Aquí la redención es solo otro nombre para la muerte digna.
La criatura descendió e, inclinando su cuerpo hecho de carbón y astillas de lucero, les cedió un sendero de piedra al rojo vivo.
—Pero si cruzáis y tomáis el corazón ardiente, tendréis que alimentar el fuego con un alma. Uno de los dos no saldrá. ¿Aceptáis?
Barel vio, en ese instante, reflejado en el rostro empapado de Mireya el destino que ambos sabían ineludible. Su corazón, envuelto en ecos de antiguos juramentos y sueños de paz, latió con violencia.
—Sí —dijeron al unísono.
Avanzaron, a sabiendas de la condena. Más adelante, en el claro del núcleo del laberinto, miles de fragmentos de vidrio ardiente flotaban como luciérnagas desquiciadas. En el centro, una columna de fuego que palpitaba, casi con ritmo de corazón, protegía una cajita de piedra completamente negra: el Bloque Escarlata. Al acercarse, sentían cómo les fallaba el aliento.
Mireya se detuvo primero.
—No podemos salir los dos —susurró, desenvainando el puñal corto—. Toma esto, Barel. Llévalo y cumple tu juramento.
Él negó.
—No. Tu causa es justa. Tienes tanto derecho como yo…
—Solo uno puede —insistió ella—. El fuego lo exige.
Desesperado, Barel reflexionó en un parpadeo angustioso. Recordó lo que su padre le había dicho una vez, a la luz de un fuego mucho más amable: “La redención se da… sólo cuando uno se sacrifica.”
Sin mirar a Mireya, se arrojó él mismo contra el fuego, absorbiendo la peor parte del ardor, apretando la caja negra entre los dedos. En el proceso, su carne se abrasó, sus huesos sonaron como leña vieja, y el dolor fue tan puro que no pudo ni siquiera gritar. Sintió, más allá del dolor, que Mireya lo arrastraba al borde del círculo, sollozando entre dientes.
En el umbral, Barel ya no era del todo humano. El fuego había recorrido su sangre, había alterado sus nervios, su espíritu. Soltó la cajita y la empujó a las manos temblorosas de ella.
—Que el fuego traiga redención… —musitó, su voz crepitante, antes de desvanecerse como humo.
Mireya emergió al mundo exterior, empapada de sudor y llanto, con el Bloque Escarlata en las manos, a salvo de los demonios, de los anillos y de la mirada inexpresiva del Guardián. Pero al mirar atrás, supo que parte de ella, igual que otros tantos, nunca abandonaría los laberintos de fuego.
Y esa noche, cuando los tres soles naufragaron uno tras otro en un mar de ceniza y oro, supo que cumplido el juramento de un hombre, el mundo había cambiado de sitio… aunque ni reyes ni dioses llegarían a saberlo nunca.
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