Portada del relato Sombras sobre Tenebra
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Fragmento:


—Ninguna maldición que camine yo es peor que la de esta ciudad, Ordelia —respondió Dalven. Se dejó caer en una silla, ocultando su cansancio tras el brillo arrogante de sus ojos azules—. Hablemos rápido. Si me pagas lo que prometiste, haré que tu enemigo desaparezca antes de la luna nueva.

Duración: 08:47

Sombras sobre Tenebra
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Texto de ajuste de pausa.

La bruma, espesa y perfumada de sangre seca, abrazaba la ciudad amurallada de Tenebra incluso en pleno mediodía. No había sol para quienes moraban bajo su manto: sólo luces temblorosas de antorchas y la promesa de acero desenvainado, como las bestias de invierno que se preparan para saltar sobre un cordero débil. Allí, donde los canales arrancaban la piel de los vivos y la dejaban flotar entre las sombras, un hombre armado caminaba con el sigilo de alguien que nació sabiendo que el mundo no le debía nada.

Ese hombre era Dalven, llamado Boca de Sombra, un mercenario por elección y por exilio. No llevaba armadura visible, pero sobre su piel, bajo las ropas de cuero grueso, parecían deslizarse runas oscuras, tatuadas desde el cuello hasta los tobillos. Tenía un brazo sano y fuerte; el otro, de mano a codo, reemplazado por una prótesis negra de hierro, articulada por inscripciones que a veces zumbaban con energía residual. A los ojos extranjeros, podía parecer grotesco. Para quienes sabían leer las señales, era una advertencia: cuidado con provocar al hombre que camina bajo el favor de ambos dioses, el de la sangre y el de las sombras.

Dalven escupió sobre el suelo empedrado y observó la taberna llamada ‘El Lobo Degollado’. Era su destino aquella noche. Adentro, entre el humo y las carcajadas de putas desdentadas, debía encontrarse con Ordelia, la bruja de los fuegos fatuos, cuyo cabello incendiado era famoso tanto como su capacidad para vender muertes envenenadas a ricos y vasallos por igual.

Entró, dejando que el rumor de las voces bajara un tono. El peso de su prótesis golpeó el suelo de madera húmeda. Se percibía una superstición densa entre los ojos que lo seguían; la ciudad temía a los exiliados de la Hermandad del Hierro, y Dalven lucía la marca de tres lágrimas -una por cada traición- tallada bajo la oreja izquierda.

Ordelia aguardaba en una mesa, rodeada de cuatro hombres. Él reconoció sólo a dos: uno era Hrold Skarssen, un gladiador con cicatrices en la mandíbula y el otro, un sacerdote de la Vieja Fe, reconocible por la espiral sangrienta en la frente. Los otros dos eran matones, cuyos nombres no importaban; gente condenada a morir por un puñado de plata.

—Llega tarde, Boca de Sombra —dijo Ordelia. Su voz era afilada y maliciosa—. La sombra de tu mala suerte arrastra lluvia incluso hasta dentro de una taberna.

—Ninguna maldición que camine yo es peor que la de esta ciudad, Ordelia —respondió Dalven. Se dejó caer en una silla, ocultando su cansancio tras el brillo arrogante de sus ojos azules—. Hablemos rápido. Si me pagas lo que prometiste, haré que tu enemigo desaparezca antes de la luna nueva.

Ordelia esbozó una mueca de media sonrisa y depositó sobre la mesa una bolsa de monedas que tintineó como la risa de una doncella ahogada. —No desconfíes, pero he cambiado de idea. El trato sigue, pero el blanco ha cambiado.

—¿Quién? —preguntó Dalven, el ceño fruncido.

Ella palmeó la madera. De los oscuros reservados, emergió una figura menuda envuelta en una capa púrpura y negra. Su capucha apenas dejaba ver los pómulos altos y los ojos, verdes y enormes, como si nunca hubieran visto luz natural.

—Esta es Yssis —anunció Ordelia, y su tono era casi paternal—. Yssis necesita protección para cruzar la Senda Sangrienta, hasta el Bastión de los Huesos. Si la llevas viva, el doble de plata será tuya, además de un secreto que puede cambiar la suerte de quienes calzan hierro negro.

Dalven miró a la muchacha; su magia, sentía, era sutil, casi oculta. Pero detrás, un peligro acechaba. Nadie caminaba la Senda Sangrienta por elección: era el corredor de las almas encadenadas, donde los demonios menores esparcían locura y las ruinas repiqueteaban con los ecos de viejos hechizos, aún peligrosos siglos después de ser lanzados.

—¿Por qué yo? —preguntó, midiendo cada palabra como si pesara acero—. Hay decenas de espadas mejores.

Ordelia bajó la mirada. —Porque los lobos negros te reclaman, y no hay lugar en Tenebra donde aún puedas esconderte, Dalven. Si aceptas, tendrás una noche de ventaja. Si no, temo que la próxima cabeza empalada sea la tuya.

El precio de la libertad siempre era sangre, pensó Dalven, y en su vida los ríos de sangre teñían todos sus senderos. Asintió.

—Acepto —musitó. Yssis, la muchacha mágica, le lanzó una mirada de miedo y curiosidad a la vez, como si tratara de comprender si estaba montando a lomos de un tigre o de una bestia moribunda.

—Partimos al alba —dictó Dalven.

***

Cruzaron el primer día sorteando cuerpos ahorcados, postas saqueadas y el murmullo constante del bosque vigilante. Yssis era silenciosa, apenas si reconocía grullidos animales o la llamada lejana de un cuervo, pero cuando caía la noche mutaba: murmuraba oraciones en una lengua olvidada, y Dalven sentía el frío de los espíritus acechando más cerca de lo que le habría gustado.

Durante la segunda noche, apenas dormidos bajo una maraña de raíces retorcidas, Yssis se acercó sigilosa.

—Sabes de la Hermandad del Hierro —susurró—. Nadie camina tan derecho si no carga el peso del exilio.

Dalven giró, dejando ver el parche de cuero que cubría parte de su mano mecánica. —Me expulsaron por romper los votos. Por matar a uno de los míos por oro, no por justicia.

La muchacha asintió; sus ojos esmeralda centelleaban. —Necesito tu espada, pero si rompes palabra conmigo… te maldeciré. Lo juro por mi madre, que fue llevada por los espectros del Bastión.

Dalven no respondió. La amenaza de una adolescente nunca le preocupó. Fue el olor creciente de azufre y podredumbre lo que tensó su mano sobre el pomo de la espada.

—¡Cuidado! —susurró Yssis.

De entre la niebla emergieron dos formas: los Lobos Negros, asesinos ocultos tras máscaras óseas. Sus espadas portaban inscripciones líquidas, brillando con fuego sobrenatural. Se movían en círculos, pero Dalven los sintió antes de verlos. Giró en seco, sacando el cuchillo de su bota, y lo lanzó contra la garganta del primero. Este cayó, silbando como una bestia, mientras el segundo se lanzaba sobre él con una rapidez siniestra.

La mano mecánica de Dalven atrapó la hoja enemiga, rechinando como una bestia enfurecida. Con un giro de muñeca, rompió la muñeca de su atacante, y con el acero de su propia espada le abrió el vientre hasta las costillas. El asesino murió sin poder maldecir.

Sudoroso, Dalven se volvió hacia Yssis.

—¿Por quién te buscan? —interrogó furioso—. ¿Eres un tesoro, o sólo una maldición que otros quieren enterrar?

Ella contempló las sombras. —Dentro de mí, vive una chispa del Ojo del Archimago. Me la arrebataron cuando era niña, la encadenaron en este cuerpo frágil para que no destruyera el templo. Todos quieren esa chispa: los magos, los sacerdotes, los asesinos del trono.

Dalven gruñó. —Entonces aceleremos.

***

Siguieron por la Senda Sangrienta, cuya tierra estaba tan cargada de magia residual que la sangre de sus pies manaba oscura aun después de un rasguño superficial. La locura les rodeaba. Cada piedra parecía tallada en forma de calavera; los árboles se retorcían para evitar el paso, y los gritos de los muertos llenaban el aire como aliados traicioneros.

A la cuarta noche, el Bastión de los Huesos surgió ante ellos. Una fortaleza ciclópea, construida sobre una escalera de huesos humanos apilados como tributo a dioses hartos de guerras y sacrificios. Las puertas, cubiertas de runas, pulsaban a cada latido. Yssis tembló. Sabía que allí, y sólo allí, podría liberar la chispa, o morir sepultada por las defensas del lugar.

Dalven aguardó junto a la puerta.

—No entraré contigo —dijo—. Mi lucha ha sido traerte hasta aquí, y jamás volvería a caminar entre los vivos si cruzo.

Yssis lo abrazó. Por un instante, la muchacha fue apenas una niña frágil, pero en sus ojos la promesa de destrucción brillaba con fuerza aterradora.

—Si salgo de aquí, cambiaré el mundo —prometió ella—. Si no, recuerda que nadie, ni siquiera los exiliados, escapa de su culpa para siempre.

Ella cruzó las puertas. Una luz blanca nació y se expandió, empujando las sombras de la Senda. Dalven, exhausto, se alejó cojeando, con la bolsa de plata colgando en su muñeca artificial. Sus huellas sangrientas se apagaban bajo la lluvia y el eco de las trompetas mágicas.

En Tenebra, esa misma noche, Ordelia supo por augurios que el destino había cambiado. Para bien o para mal, no quedaba más que esperar a ver qué hacían las sombras con el nuevo amanecer.

Y en algún lugar entre el mundo y la muerte, el Ojo del Archimago reía, aguardando a su próximo portador.

FIN

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