Portada del relato La Sangre y la Acero
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Fragmento:


El aire, denso y frío, olía a salmuera y a cosas putrefactas. El eco de sus pasos era acompañado por un susurro sibilante: al principio lo creyó viento, pero pronto supo que era otra cosa. El aire temblaba, y la oscuridad, lejos de disiparse ante la linterna, parecía tragársela.

Duración: 09:05

La Sangre y la Acero
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Texto de ajuste de pausa.

Casi ninguna de las piedras del camino recuerda quién las puso ahí. Tal vez fue así con Edren, quien nunca había sido gran cosa, pero con cada día más odioso. El sudor le empapaba la frente mientras ascendía el tramo final del paso de Blacbrow; el acero de la espada le rozaba el muslo y los dedos le hormigueaban de ansias y miedo. A su lado, la bruja Evari caminaba con una calma inhumana, medias sonrisas perdidas en la sombra de su capa azul.

Habían aceptado el encargo al pie de la capital, para un hombre muy gordo y muy rico, con promesas de oro que sólo un iluso se traga. Ya encontrarían a la princesa. Ya rescatarían la reliquia. Ya les darían el oro. Lo que no les dijeron fue a qué demonios se enfrentaban en la montaña.

Llegó la noche temprano, como suele suceder entre riscos que se besan con las nubes. Cuando la luna era apenas una uña desafilada en el cielo, encontraron la entrada al viejo templo: una boca negra labrada en una roca centenaria con relieves que sugerían rostros llorosos, bocas abiertas en gritos tallados hace siglos.

—No me gusta esto —gruñó Edren, acercando la mano a la empuñadura.

Evari se encogió de hombros. Su rostro era pálido, hermoso y ausente, de quien ha visto el final del mundo y ha regresado para contarlo. Su cabello negro caía como serpiente sobre sus hombros.

—Nada te gusta si no implica cerveza o carne asada —replicó la bruja, y le precedió, metiéndose en la oscuridad del templo.

Edren suspiró. Recordó por qué seguía a Evari: nadie en su sano juicio iría con ella. Que tampoco él estuviese en su sano juicio era otra historia. Empuñó su espada y la linterna y la siguió adentro. Sus pasos resonaron sobre viejas losas gastadas.

El aire, denso y frío, olía a salmuera y a cosas putrefactas. El eco de sus pasos era acompañado por un susurro sibilante: al principio lo creyó viento, pero pronto supo que era otra cosa. El aire temblaba, y la oscuridad, lejos de disiparse ante la linterna, parecía tragársela.

—¿Sabes qué guardan aquí? —preguntó Edren, para acallar su miedo.

—Solo lo que los hombres temen recordar —contestó Evari sin mirar atrás. De alguna parte sacó una daga de obsidiana cuyo filo brillaba con un azul extraño.

No tardaron en ver la primera mancha de lo innombrable: un cadáver reseco colgando de unas cadenas oxidadas, con la garganta abierta de oreja a oreja, y las cuencas de los ojos aún húmedas de una oscuridad que parecía moverse. Cercano al cadáver, runas talladas en el muro supuraban un líquido viscoso, como si el propio templo sangrase.

Edren sintió que algo le oprimía el pecho. No era el miedo, sino la anticipación: si aquí estaba la princesa, estaba muerta.

—No me gusta esto —repitió. Por tercera vez en esa semana, se preguntó si el oro valía la destrucción que solía perseguir a Evari.

La bruja murmuró una letanía de palabras guturales, distantes al oído pero ágiles a la esencia. El aire se estremeció. El eco de la voz de la bruja chocaba con los susurros: un canto a la muerte.

—Pronto —dijo ella, y sonrió, aunque no a Edren.

Siguieron descendiendo por un pasaje serpenteante, entre mosaicos que contaban historias de reyes olvidados y monstruos devoradores. Al pie de la escalera, encontraron al segundo cadáver: una armadura de soldado, con el escudo real aún atado al antebrazo. La armadura estaba vacía, pero el casco estaba lleno: alguien había llenado el yelmo de dientes humanos, todos limpios, apilados, chasqueando con una vida que no debía pertenecerle.

Edren quiso vomitar, pero Evari le detuvo con una mano fría como la tumba.

—Te necesitan lúcido. —Le miró, sus ojos de ébano ardiendo en la penumbra—. Van a tentar tu mente. Recuerda la muerte. Recuerda por qué llevas ese acero oxidado.

Edren tragó saliva. Pensó en la última vez que empuñó la hoja por venganza, no por oro. En la última noche en que vio a su hermano, derribado ante los muros de la ciudadela, y la sangre caliente empapando su capa mientras alzaba la espada para prometer venganza. Esa muerte sí la recordaba.

—Vamos —gruñó, y se adelantó.

Cada vez que se acercaban más al corazón del templo, los susurros crecían. Se hacían palabras. Al principio, tentadoras promesas: “Oro. Venganza. Poder. Deseo.” Luego, súplicas: “No entres. Sufres. Vas a morir.” Finalmente, amenazas: “Te miraré. Te comeré. Eres mío.”

Pero Edren se tapó los oídos. Siguieron hasta un gran salón. Cuatro columnas torcidas sostenían un techo hundido, y, en el centro, sobre un altar de obsidiana, yacía el cadáver de la princesa Astrea.

Las manos de la princesa estaban cruzadas sobre el pecho. Su vestido era blanco una vez, ahora encarnado en sangre, y la piel, arrugada y azulada, aún hermosa, pero muerta por días. Dos sacerdotes con máscaras de hierro custodiaban el altar. Uno llevaba un cuchillo curvo; el otro, un incensario que aún humeaba.

Evari tensó todo el cuerpo. Edren sintió en los huesos la peligrosa electricidad de la magia.

—Silencio —murmuró la bruja—. No son hombres.

El sacerdote del cuchillo levantó el arma; el del incensario exhaló un fétido vapor oscuro. Fue Edren quien, por una vez en la vida, no vaciló: se arrojó hacia el altar, espada por delante. Aquello que debía ser sacerdote se movió con una ligereza imposible, casi flotando, y su cuchillo chirrió al chocar con la hoja de Edren.

No sangraban. No gritaban. Ni siquiera parecían dolerse cuando Evari, entonando una palabra desgarradora, lanzó una llamarada azulada y achicharró la máscara y el cráneo a uno de ellos. El sacerdote colapsó, pero instantes después trató de alzarse de nuevo. No eran hombres. No estaban vivos, ni tampoco muertos.

Edren sintió el frío del cuchillo rozar su costado, pero se apartó a tiempo para atrapar, con la fuerza de la desesperación, la muñeca del sacerdote. Aprisionado bajo el peso de aquel cuerpo imposible, Edren luchó con uñas y dientes. De repente, un golpe de la daga de obsidiana de Evari —vino del flanco, rápida, precisa—, y la criatura por fin se desplomó, sus huesos volviéndose polvo.

El otro sacerdote, ahora sin rostro, no emitió sonido alguno, pero emanaba una rabia de ultratumba. El incensario cayó al suelo. Evari se abrió la palma y dejó caer una gota de sangre sobre las runas del altar. La sala tembló. El aire se encendió con bisagras de magia azulada y Edren, aullando, alzó su espada para decapitar al monstruo de un tajo.

Silencio. Un silencio tan profundo que Edren pensó que había quedado sordo. Luego, lentamente, los susurros regresaron. Pero esta vez, no venían de la oscuridad: venían de la princesa muerta.

—¿Qué hiciste? —preguntó Edren, jadeando, mirando a la bruja. Evari miró el cadáver de la princesa como quien oye una vieja canción.

—Abrí el único candado que estos sacerdotes tenían para evitar que ella regresase —dijo la bruja—. Los traidores de la corona le temían incluso en la muerte.

La princesa abrió los ojos. Negros, insondables, violentos. Sus labios, despellejados, susurraron algo. Edren se acercó, sintiendo que el frío le consumía los dedos. No podía resistirse: esos ojos que llamaban, ese susurro de gloria y venganza.

—No, Edren —advirtió Evari, pero ya era tarde.

La princesa susurró al oído del guerrero, ofreciéndole todo aquello que Edren había querido: oro, poder, el trono teñido de sangre de enemigos y amigos. Vio la imagen de sí mismo sentado en el trono, la espada alzada y las cabezas de todos los que odiaba a sus pies.

Edren sonrió. Luego, entre jadeos, se arrancó el oído: un ruido sordo, un alarido. La voz de la princesa, quebrada. El poder era mentira, la gloria un veneno. Arrojó la espada sobre el cadáver y, cojeando, se apartó.

Evari le sostuvo. Le ató la herida, ojos brillando de una emoción terrible.

—La rechazaste. Has hecho lo que pocos hubieran logrado —dijo la bruja, admirando al guerrero.

Pero, alguien tiene que cargar con la corona maldita. Evari se volvió hacia el cadáver y murmuró, ya sin palabras, un hechizo. El cuerpo de la princesa se marchitó, la piel reduciéndose hasta quedar solo huesos, joyas y sangre seca.

—Quédate mi legado —escuchó Edren en el silencio de su cabeza—. Pero aún vendrá la noche, y la sangre.

Salieron del templo, dejando atrás los susurros y los cadáveres. Afuera la luna era una uña aún más desgastada. Evari recogió un puñado de tierra negra, y Edren, tapando el oído sangrante, le preguntó:

—¿Y ahora qué?

Ella sonrió, los dientes brillando en la penumbra.

—Ahora que no tienes oro, ni gloria, ni rey, tal vez seas libre. O tal vez sólo otro esclavo de la oscuridad.

Era lo más parecido a esperanza que podía permitirse esa noche. Porque, en la cima de Blacbrow, toda libertad tiene el sabor metálico de la sangre y el hierro del acero.

FIN

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