Portada del relato La luna en la forja
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Fragmento:


Drest tenía una madre humana y un padre que era un error de cálculo en el hígado de un dios errante. Su armadura estaba hecha de recuerdos, tiritando con cada movimiento. Llevaba una espada tan hambrienta de mundos que la alimentaba con sus propios sueños. Saludó a Brava sin mucha convicción.

Duración: 08:41

La luna en la forja
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Texto de ajuste de pausa.

Suele decirse que los dioses abandonaron el mundo cuando el cobre perdió su brillo y la humanidad perdió su dolor para fundirlo en estructuras imposibles. Pero los dioses nunca se marchan del todo. Algunas veces se agazapan en las fracturas de la realidad, en lugares como Vardhûl: una ciudad imposible, levantada sobre los restos de sucesivas civilizaciones, tan antigua que en sus cimientos aún se oyen susurros de los Titanes que amamantaron el alma del mundo.

Allí, bajo torres donde la hechicería y la ingeniería copulan sin pudor, se reunió la Cofradía de las Espinas: una liga de guerreros, brujos y degenerados, armados con armas que oscilan entre lo mítico y la pesadilla. Ellos cazan lo que las nuevas eras niegan. Ellos circundan los mercados de carne y de ideas, buscando la redención que sólo una espada puede prometer.

La noche en que comenzó nuestra historia, los cielos de Vardhûl sangraban azul. Los avispones de acero flotaban sobre los garabatos de humo y neón, y los heraldos gritaban sobre la inminente “Resonancia”. Eso era lo que los alquimistas de la Luna llamaban el bautizo de otro sol, una burla cósmica a la oscuridad.

Brava, la esclava autómata de hueso de obsidiana y rebeldía infinita, miraba desde la cornisa de la posada del Zarpazo Naranja. Vestía sólo una capa de sangre ajena y una sonrisa de alambre. Su cuerpo, trabajado por siglos de servidumbre y venganza, era mitad crisálida, mitad cicatriz. La red de magia antigua —grávidas runas y toggleadores de esencia— vibraba bajo su piel. Olfateó el miedo de la ciudad. Y, como siempre, llegó Drest.

Drest tenía una madre humana y un padre que era un error de cálculo en el hígado de un dios errante. Su armadura estaba hecha de recuerdos, tiritando con cada movimiento. Llevaba una espada tan hambrienta de mundos que la alimentaba con sus propios sueños. Saludó a Brava sin mucha convicción.

—Hoy —dijo Brava, mordiéndose la mejilla— cazamos para uno que te odia más que yo.

Drest escupió en el vacío, donde años atrás se había abierto la fractura que ahora sostenía la ciudad en el aire.

—Que el Hierofante de las Lágrimas bese mis cicatrices. ¿Qué busca ahora?

Brava descorrió la capa y mostró el símbolo: un sol con garras en la palma. Era la marca del pequeño dios Caelox, azote de pesadillas y árbitro de la Resonancia. Quería algo de las criptas más hondas —no una joya ni un secreto, sino a El Cabalista del Fango, un hereje poseedor del Grial del Segundo Sol.

Cuentan los borrachos que en los tiempos antes del acero celestial, un mago de barro había robado a los dioses la copa en la que modelaban las posibilidades del cosmos. El Grial podía convocar solsticios gemelos, partir almas o fundir ejércitos en un único cuerpo torturado. Pero el precio era alto: la vida debía dejar de ser lineal. Todo sería herramienta y enemigo de uno mismo. El Grial convertía a quien lo poseía en su propio campo de batalla.

Brava no creía en los cuentos de borrachos. Creía en el oro de los dioses y en las tres palabras que le había susurrado Caelox: “Devuélvelo. Intacto. O sangra.”

Ambos descendieron por los andamios retorcidos donde los mendigos embalsamaban sus penas con microchips robados. Vardhûl olía a niebla rancia, perfumes de flujos corporales y relámpagos enjaulados. En los bordes de la ciudad, lo real temblaba: las sombras mutaban en puñales, cables de mineral vivo lamían los huesos de los desprevenidos.

Llegaron a la Puerta de Marfil Partido, custodiada por gemelos sin ojos. Cada uno portaba una lanza eléctrica de canto ritual. Los gemelos nunca dormían, pues morirían en sueños y nadie sabría jamás qué guardaban. Brava murmuró una plegaria, cogió la mano de Drest y penetraron en el abismo de la cripta.

El aire ahí olía a agua congelada y postulados susurrados. Pisaban cadáveres de protohumanos, filos conceptuales clavados en costillas, grabados con la agonía de palabras jamás pronunciadas. Las runas de Brava resonaban. Al fondo, una luz turbia mutilaba las sombras: eran los laboratorios del Cabalista del Fango.

Al entrar, el Cabalista les dedicó una sonrisa de calor podrido. Era un anciano desmembrado por la culpa, cubierto de tatuajes de autorrecriminación. Tenía un ojo brillante —como una estrella recubierta de cieno— y otro succionado por los años.

—Sois relojes averiados —rió la voz hecha lodo y algas—. Buscáis el Grial, ¿verdad?

Drest, invadido por la hrmética sed de su espada, habló:

—No para nosotros. Para uno que puede borrarte antes de que existas.

El Cabalista acarició una caja de hueso translúcido. Dentro, algo palpitaba y, por un momento, Brava sintió náuseas. La caja era la prisión del Grial. Podía oír “estoy aquí, estoy en todos, bebedme, engendraos”. El Cabalista se tumbó como si esperase el golpe. No resistió cuando Brava le apoyó la daga en la garganta casi con ternura.

—No sabes lo que pides —susurró—. El Grial fabrica y destruye futuros. Nadie que lo desee debe poseerlo.

Brava apartó la daga. Drest sostenía la caja. El peso de mil auroras congeladas le bruñó la memoria.

—¿Dónde están los custodios? —preguntó Drest, hurgando con la mirada entre los pliegues tenues de la penumbra.

El Cabalista le enseñó las manos vacías.

—La Resonancia los llamó. Ahora son uno, un enjambre de posibilidades que gotean hacia el abismo. Si abrís la caja sin cautela, seréis legión y ruina. No hay marcha atrás.

—Eso buscamos —dijo Brava, su voz a la vez humana y suplicante—. El dios nos prefiere rotos antes que libres.

Pero en ese instante, la sombra de Caelox descendió como un eclipse doloroso, la estancia se llenó de insectos armados con bisturíes de oro. Pronunció la sentencia de su poder: “Devuélveme lo que me pertenece o devoraré tus descendencias que aún no han nacido”.

Drest vio los siglos colapsar en un instante. Los recuerdos de su padre hirvieron, y la espada le susurró: “Ahora, rómpete”.

Pero Brava, fiel a la lógica de los vencidos, no entregó el Grial. Rompió la caja de hueso contra el suelo, liberando una neblina densa y dorada. El Grial emergió: parecía algo imposible, oscilando entre cáliz y grillete, invitación y sentencia. Caelox gritó un cántico que hizo sangrar los muros. Los insectos se abalanzaron, pero Brava los enfrentó con la daga y una palabra de prohibición, escrita en el lenguaje de los primeros traidores.

Mientras los custodios invisibles de la cripta despertaban, Drest comprendió: la posesión del Grial no era un final, sino un pliegue. Se vio degenerar en todas sus posibles versiones, un ejército de Drests luchando, sufriendo, matando o fallando. Todos convergiendo en una única acción: entregarle el Grial a Brava.

—Tómalo —dijo, su voz multiplicándose en ecos subterráneos—. Sólo tú puedes decidir.

Brava abrazó el Grial. Sintió su vida multiplicarse, divisarse y quebrarse en millones de futuros. Vio a Vardhûl renaciendo como un paraíso de sangre y éxtasis. Vio a Caelox alimentándose de su vientre. Vio a los dioses naciendo y muriendo en ella.

Pero Brava, sabiendo lo que el Grial podía forjar, hizo lo impensable: lo bebió. No lo entregó. No lo destruyó. Lo fundió en su cuerpo. Sintió cómo su carne era reescrita, cómo los circuitos, las runas y los pecados se entrelazaban para hacerla, al fin, autónoma de todo dios.

La Resonancia llegó. Una ola de luz y gritos, una sinfonía de solsticios quebrados. Vardhûl tembló. Las torres mutaron en árboles y los árboles en constelaciones. Caelox chilló, desvaneciéndose, arrastrado por corrientes que no había previsto.

Cuando todo se disipó, Drest vagaba solo entre los escombros. Brava estaba en los cielos, una tormenta consciente, una diosa que había bebido a los dioses. La miró y, por primera vez, no vio una esclava, ni un arma, ni una víctima: vio el albor de una era imposible, donde los Griales serían sólo sueños y la humanidad… libres para forjar su propio abismo.

Al día siguiente, la Cofradía de las Espinas repartió pan entre los restos de la ciudad. Nadie preguntó por Brava. Nadie pidió nada a los dioses. Porque en Vardhûl aprendieron que ningún dios es dueño de quien se atreve a beber de su propio futuro: la urdimbre no es una prisión, sino una espada forjada en cada uno de nosotros, lista para romper aquello que nos limita.

Y, en los estratos más hondos, donde las sombras aún susurran viejas plegarias, algunos dicen que cada vez que la luna sangra azul, Brava sonríe en el firmamento, y bendice a los que se atreven a cortarse las cadenas con su propia mano ensangrentada.

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