Portada del relato Las sombras bajo Gartul
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La grieta de entrada los había devorado sin ceremonia. Caminaban encorvados, las armas listas, mientras el musgo de costra alienígena palpitaba bajo manos enguantadas. Pese a ser forasteros, no cargaban joyas ni el brillo de los codiciosos. Un encargo les había traído: Helbar, la villa desierta, buscaba a sus hijos, raptados noche tras noche, arrastrados a un inframundo cuyos rumores helaban la sangre más medrosa.

Duración: 09:09

Las sombras bajo Gartul
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

—El aire está vivo aquí abajo, Oln—susurró la maga, conteniendo su temblor mientras la antorcha chisporroteaba. Las raíces se anulaban en torno a sus pies, y la roca, húmeda, devolvía el sonido de su respiración como una burla.

—Déjalos, Milna. Siente tu miedo, pero no lo alimentes —replicó el guerrero, ajustando la empuñadura de su espada—. Avanza.

La grieta de entrada los había devorado sin ceremonia. Caminaban encorvados, las armas listas, mientras el musgo de costra alienígena palpitaba bajo manos enguantadas. Pese a ser forasteros, no cargaban joyas ni el brillo de los codiciosos. Un encargo les había traído: Helbar, la villa desierta, buscaba a sus hijos, raptados noche tras noche, arrastrados a un inframundo cuyos rumores helaban la sangre más medrosa.

Un hedor de tierra abierta los precedía, y la humedad hacía de cada respiración una lucha. Atrás, sobre la superficie, la noche era segura y envuelta en cuentos. Abajo, los cuentos nacían por necesidad; se tejían con las hebras de aquello que acechaba allí donde la luz no alcanza, donde los dioses mismos olvidan bendecir la piedra. La petición había sido clara: “Tráiganlos de vuelta, si pueden. Si no… traigan verdad para nuestras lápidas.”

A medida que avanzaban, las superficies se estrechaban. Oln se arrastró de lado. Su armadura, pulida tras mil días de uso, absorbía la negrura. Milna, detrás, murmuró una plegaria sin sonido, más para sí misma que a los dioses. La magia solo actuaba, les habían advertido, cuando la desesperación era total y el sacrificio sincero.

No fue un grito lo que los alertó, sino un quebranto en la triada básica de sonidos: agua goteando, respiración agitada y calidez de antorcha. De repente, Silencio. No, algo más cruel: la ausencia limpia de toda vibración, un mutismo de útero pétreo.

—Están cerca, Oln —susurró Milna, sus dedos palpitando de poder inesperado.

Él asintió, y juntos aguzaron el oído. Surgió un olor: sangre vieja, carne corrompida y un matiz inquietante, dulce, casi floral. La maga apretó su báculo, que aún vibraba débilmente desde el hechizo de luz lanzado antes de la bajada.

Oln detuvo su avance. Hincó la rodilla. Bajo la capa de limo, descubrió una huella: tres garras, anchas, de piel fibrosa y húmeda. Nada vivo sobre la tierra las dejaba así.

—Mantente cerca.

Milna asintió, sus nervios esculpidos ahora por la urgencia.

Fluyeron segundos. Quizás una eternidad, pues en la negrura del inframundo tiempo y distancia pierden sentido. De repente, una sombra se movió junto a su costado; la propia roca vibró cuando un brazo imposible brotó del costado del túnel, azotando a Oln. Rodó, todo instinto, y la hoja de su espada respondió a una dirección sin sentido, rozando escamas húmedas y costras de un fluido lechoso.

Chilló la criatura, y fue una nota grave, inhumana, que Milna sintió más que oyó. El báculo de la maga entró en juego, tronando luz escarlata en el techo bajo, y por una fracción de segundo vislumbraron al ser: cónico, de segmenteos engarzados, ojos múltiples apilados en espirales y una boca de piedra partida. El monstruo, herido, se replegó hacia las sombras, deslizándose sin esfuerzo.

Oln se levantó, midiendo el espacio, reconociendo en la bestia una amenaza fuera de su habitual catálogo de horrores.

—No vino solo —dijo, y la sangre de su antebrazo limpió el filo de la espada.

Ambos corrieron ahora, dejando que el pánico los empujara. Milna retroalimentó la antorcha con un hechizo balbuceado y tropezaron, entre raíces arrancadas, hacia una caverna más ancha. Allí, el hedor era insoportable. Y no estaban solos.

Decenas de esas criaturas reptaban entre charcos y piedras. Algunas, más pequeñas, formaban grupos en torno a bultos indistintos. Una, especialmente grande, se erguía en el centro, portando trozos de tela y pieles humanas como trofeos. En sus manos, no tan distintas a garfios, colgaba el amuleto de un niño de Helbar, reconocible por la labor de cobre.

Milna, sin fuerza para retroceder, apretó las mandíbulas.

—¿Qué buscan aquí? —jadeó.

—Carne, metal, recuerdos. Todo lo que sobrevive a la superficie —susurró una voz quebrada a su derecha.

Ambos giraron, sobresaltados. Detrás de una roca, una mujer de mirada enloquecida y cabello encastrado de hongos emergió a rastras.

—Shavra —musitó Milna, reconociendo a la desaparecida del invierno pasado.

La superviviente extendió una mano temblorosa.

—No les importa lo que somos —gimió—, sino lo que traemos de allá arriba. Migraciones, templos, canciones. Nos roen por dentro mientras duermen, beben nuestras historias como savia de flores podridas.

Oln se inclinó sobre ella, apartando el hongo de su frente.

—¿Hay más vivos? ¿Dónde?

—Un círculo, más allá. La sala de ópalos. Pero el precio…

Nunca lo supieron. Un tentáculo, surgido de la sombra, quebró el cuello de Shavra con rapidez dolorosa, y Oln, sin pensarlo, hundió su acero en el apéndice, desgarrando más allá de la piel de la realidad, salpicando de icor las rocas.

El caos estalló.

Las criaturas respondieron en enjambre. Milna, cubriéndose detrás de su compañero, levitó piedras impregnadas de runas y una a una las lanzó, proyectando explosiones de luz blanca que distorsionó el tiempo. Oln se abre paso a pesar de la embestida repugnante: por cada miembro cortado, sangraba una memoria robada—un eco de voz infantil, una nana de madre perdida.

Avanzan, porque caer es morir y ser devorado sin dejar rastro. La sala de ópalos se abre ante ellos, una cúpula de cristales goteando en azul y carmesí. En el centro, una docena de humanos se abrazan, vivos pero exánimes: sus ojos giran en blanco, hilos de baba cuelgan de labios que ya no recuerdan nombres.

Cubriendo el techo, “la Reina”—una criatura aún mayor, hinchada de historias, con ojos brillando de hambre—musita salmos que distorsionan la realidad. Milna siente su propio pasado evaporarse; recuerda a su madre con menos nitidez, olvida la canción natal de su linaje. Con dolor, conjura una runa que ni sabía conocer, arrancada del pozo de las primeras lenguas.

—¡Ahora, Oln! —grita, arrojando el estandarte ilusorio de luz.

El guerrero, ardiendo entre músculos y trance, se lanza, hundiendo su acero entre escamas de tiempo petrificado. La Reina chilló, y una onda de olvido recorrió la sala, licuando la memoria de una generación. Oln siente cómo los rostros de sus padres se disuelven, como los nombres de sus antiguos camaradas son borrados del alma.

En un último acto, Milna sacrifica la última chispa de su infancia y, al entregarla, concluye el hechizo. El fuego blanco envuelve la cúpula, anula el hedor, corta los zarcillos que unían a la reina con su corte.

Las criaturas huyen, aullando con todas las voces robadas desde siglos pretéritos.

Una quietud antinatural cae.

Ambos, jadeando, se acercan a los cuerpos. Los ojos de los sobrevivientes parpadean, los recuerdos vuelven, aunque incompletos. Milna, exhausta, se acerca al más joven.

—¿Eres de Helbar?

El muchacho asiente, titubeante.

—No me acuerdo de mi nombre… pero mi amuleto…

Milna devuelve el amuleto. Antes de soltarlo, siente un temblor: parte de sí se queda con la joya, una raíz de su antiguo yo.

Oln se inclina, tocando la fría roca.

—¿Cómo volvemos?

No hay respuesta. El túnel es ahora una masa informe. La magia, con cada sacrificio, rediseña el mundo a su capricho. Milna saca una última runa, abierta en su palma, y dice:

—El precio de regresar es llevarnos algo de aquí abajo.

Así, el grupo comienza el ascenso. Cada paso arrastra consigo un retazo del infierno subterráneo. Vuelven a Helbar con miradas vacías, memorias susceptibles de resquebrajarse al primer cuestionamiento.

Esa noche, al llegar a la luz temblorosa de la aldea, nadie reconoce del todo a nadie. Oln, tocando la cara de una madre que llora, percibe el hueco donde debería estar su compasión. Milna sonríe a un niño, pero su sonrisa se fractura a mitad de camino.

Se salvaron cuerpos. No así las almas.

Mientras la luna observa y los dioses callan, queda el eco, allí bajo Gartul, de voces en espiral, de amuletos olvidados y del precio de la verdad. Helbar vivirá, pero nunca más será íntegra. Porque una vez que el subsuelo te traga —aunque escapes—, siempre llevas su sombra adentro.

Y bajo las raíces, las criaturas esperan, sutiles, tejedoras de historias y ladronas del olvido. Porque la verdadera victoria, en los reinos profundos, nunca es de los que regresan.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.