Portada del relato El susurro de las piedras
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Fragmento:


En la mañana había dejado atrás Tor-Alien, la última aldea con quien intercambiar historias o un cuenco de sopa en cien leguas a la redonda. A su espalda, las paredes derruidas y las antorchas dormidas jalonaban el linde de lo que se consideraba territorio civilizado. Delante de él, sin embargo, estaba el verdadero corazón del mundo: el Bosque Caído, una maraña de troncos muertos, árboles retorcidos y, lo que más preocupaba a los ancianos de Tor-Alien, caminos antiguos que nadie recordaba haber abierto, pero que siempre parecían recién pisados.

Duración: 09:50

El susurro de las piedras
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia era fría esa noche, infinitamente fría. Caía como la promesa de un castigo, más que como simple fenómeno meteorológico, y con cada paso la capa de Arguilch se empapaba un poco más, ganando un peso tenaz, del que no podía desembarazarse tan fácilmente como de todos sus remordimientos anteriores. En la penumbra de ese bosque olvidado, la maleza parecía susurrar por debajo del estruendo constante. Y por debajo de eso, todavía más abajo, una voz que recordaba de su niñez, la voz de su madre contando historias que debían mantenerlo asustado y cerca del hogar al anochecer.

Pero Arguilch nunca aprendió lo suficiente del miedo.

En la mañana había dejado atrás Tor-Alien, la última aldea con quien intercambiar historias o un cuenco de sopa en cien leguas a la redonda. A su espalda, las paredes derruidas y las antorchas dormidas jalonaban el linde de lo que se consideraba territorio civilizado. Delante de él, sin embargo, estaba el verdadero corazón del mundo: el Bosque Caído, una maraña de troncos muertos, árboles retorcidos y, lo que más preocupaba a los ancianos de Tor-Alien, caminos antiguos que nadie recordaba haber abierto, pero que siempre parecían recién pisados.

A medida que la noche lo atrapaba, Arguilch buscaba el sendero del que tanto había oído hablar en susurros y maldiciones veladas: el Camino del Barro Seco. Los cuentos variaban, según quién los contara. Algunos decían que allí los muertos regresaban para arrastrar con ellos a los vivos, otros que se trataba de la cicatriz de una diosa malherida. Para Arguilch, sólo había una certeza: su contrato con la duquesa Eshra dependía de que él recuperara la joya de Erskilsa, la que, según rumores, desapareció en las manos de su propio hermano, que habría buscado fortuna —o perdición— en los oscuros caminos sellados durante la guerra civil del último siglo.

Arguilch apartó una rama con la hoja de su machete. La madera crujió como si supiera el sentido último de la muerte. Absurdamente supersticioso por una vez, Arguilch musitó una bendición clandestina, no a ningún dios conocido, sino a la simple persistencia. La del reptil que entrelaza su destino con la roca cálida, sin pretensiones.

El camino apareció sin más, interrumpiendo el tapiz verde-marrón del bosque con una claridad antinatural. Piedra, extrañamente limpia de líquenes, formando una trayectoria recta hacia el oeste, como un río petrificado. La niebla parecía más densa en torno a él, y el silencio era sedoso, antinatural. Arguilch estudió el sendero. Los abuelos decían que estos caminos nunca eran iguales dos noches seguidas: una vez dentro, la vía podía dar a otro lugar distinto. Algunas, ni permitían la salida.

La hierba crecía apartada, formando un margen claro, unas pequeñas señales que Arguilch, curtido en muchas geografías hostiles, reconocía: los animales evitaban esta senda. Él mismo sintió un repentino escalofrío, pero la promesa de oro lo urgía. O tal vez solo la necesidad de demostrar, una última vez, que sobrevivía porque podía mirar de frente lo que otros solo contemplaban en pesadillas prestadas.

Sus botas golpearon la piedra. Al instante, un eco surgió, breve e infantil, como si en algún remoto lugar otra presencia hubiera respondido al rumor de su pisada.

Avanzó.

En algún momento indefinido, el rugido de la tormenta se desvaneció. Arguilch levantó la cabeza: Llueve, pensó, pero ya no me cae ni una gota. El aire era más denso y parecía vibrar con un zumbido constante, entre nota y nota de una canción olvidada. Y a cada paso, el camino se volvía más claro, más marcado, aunque detrás de él, cada vez que se volvía, la bruma cubría la senda, engullendo el trazo de su historia.

Media hora —¿o había sido una eternidad?— después, el sendero se ensanchó de pronto. Dos figuras flanqueaban el camino: estatuas de guerreros que recordaban hombres, pero que habían sido esculpidos con una agonía demasiado realista. Los rostros de granito torcido no eran heroicos, sino suplicantes. En la base de una de ellas, se leían símbolos gastados, ilegibles. Sin embargo, no hacían falta palabras para entender el mensaje: Aquí, los líderes caen. Aquí, los fuertes se quiebran.

Arguilch avanzó entre ambas estatuas, sintiendo el apretón invisible de mil miradas ancestrales. Poco después, el sendero cambió de nuevo. Donde antes era piedra pulida, ahora era barro endurecido, cuarteado como la piel de un anciano. Aquí y allá, huellas antiguas: sandalias, patas de cabra, marcas que sugerían garras y otras formas menos fácilmente nombrables.

El rastro era claro: alguien había pasado no hacía tanto. Una pisada más fresca, la huella profunda de una bota pesada, medio borrada por el aguacero que ahora no parecía llegar aquí. Arguilch se inclinó, la tocó y percibió una pizca de calor. Se enderezó, aferrando la empuñadura de su espada curva.

De repente, una voz.

—Maravilloso, ¿no es así? —dijo, emergiendo del costado del camino, entre ramas descuidadas y raíces retorcidas, una figura. Alta, delgada, vestía una túnica gris que parecía hecha con jirones de niebla, con un rostro joven decorado por una sonrisa de viejo—. Siempre uno espera encontrar un guía en estos parajes mal vistos.

Arguilch no bajó la espada.

—¿Eres el hermano de Eshra?

La figura rió, un toque de burla en la voz.

—Fui, en varios tiempos y formas. Y tú vienes buscando... —frunció los labios—, la joya de Erskilsa, ¿verdad? Lo que no te han contado es lo que la joya guarda. Lo que siempre han callado los que prefieren olvidar estos senderos.

Las palabras se enredaban como raíces en la mente de Arguilch. Quiso responder, pero la boca se le llenó de un gusto amargo, tierra y óxido. La figura levantó la mano y en ella apareció una pequeña esfera de luz azul, girando sobre sí misma e iluminando el sendero.

—Dime, Arguilch de Tor-Alien—, susurró el hermano caído—, ¿qué ofreces a cambio del paso? Nadie camina estos senderos sin perder algo. Aquí todo se cobra, aunque a veces tardes en darte cuenta de cuánto has pagado.

Arguilch tanteó en su memoria las historias escuchadas en la infancia. Los caminos malditos eran glotones: sorbían la memoria, el coraje, a ratos incluso la piel o el nombre. Pero sólo los desesperados podían intentar una negociación.

Tomó aire.

—Tengo mis recuerdos. He vivido suficiente como para prescindir de alguno. Si es eso lo que pides.

El hermano caído se inclinó, olisqueando un aroma invisible.

—Ah, pero yo no necesito tus recuerdos, forastero. Ni tu nombre. Yo reclamo algo más. Reclamo tu juramento. Lo que prometas aquí, lo cumples, o no sales jamás. Haz tu ofrenda al Camino.

Arguilch dudó apenas un segundo. Sus promesas tenían poco valor para él, pero aquí y ahora, lejos de la mirada humana, sentía el peso sutil del pacto.

—Prometo—, dijo despacio—, que, si salgo vivo, romperé el lazo de sangre que ata a tu hermana con tu fantasma. Llevaré la joya a su tumba.

La luz azul danzó.

—Sabio, o lo bastante tonto para entender la pena de los condenados. Puedes pasar.

El camino lo recibió, la niebla enroscándose en torno a sus tobillos, silbando. Arguilch avanzó, cruzando junto a la figura, que se desvaneció en el olor a resina y ozono. La senda empezó a descender; la piedra dejaba paso a una tierra más rojiza. Pequeñas flores azules florecían en la cuneta y, al tocarlas con la bota, se marchitaban en segundos, como si absorbieran la poca esperanza que guardaba el ambiente.

Tras un tiempo indefinible, Arguilch llegó a un claro circular. Al centro, rodeada por troncos podridos y un tapiz de hojas negras, se hallaba la joya de Erskilsa: una perla translúcida flotando sobre un pedestal de raíces. Allí, sin custodio visible, aguardando.

Se detuvo.

Algo no cuadraba: el bosque callaba demasiado. Alargó la mano hacia la perla, consciente de que toda mala fortuna estaba contenida en el cristal de ese instante.

Había olvidado el último mensaje de su madre, antes de morir envenenada por una promesa incumplida: “Nunca toques lo que reluce solo para ti en la noche oscura. Es un precio al que no puedes poner cifra.”

Pero Arguilch siempre eligió olvidar el miedo.

Sus dedos rozaron la perla. Un grito, agudo, surgió del mundo mismo, estremeciendo las entrañas del bosque. El aire estalló en fragmentos de memoria. Vio ejércitos enterrados bajo los caminos, vio reyes vencidos, suplicando por una segunda oportunidad; vio niños naciendo ya condenados, madres sollozando sin saber por qué. En cada visión, un destello del rostro de Eshra, joven y viejo a la vez, rota por la culpa.

La perla vibró en su mano. Arguilch, mascando un sabor a sangre y ceniza, la metió en la bolsa y emprendió el regreso, sabiendo que el camino sólo lo dejaría marchar si cumplía su palabra.

La senda le devolvió, piedra tras piedra, sombra tras sombra, a la bifurcación de las estatuas que lloran. Allí, esperó. El hermano caído apareció solo un instante, suficiente para dejar un último aviso:

—El camino siempre cobra. Lo que has prometido, te seguirá por donde vayas.

Arguilch asintió. Siguió andando, más allá de la senda y de la culpa, con una joya maldita y la promesa de regresar, para romper un lazo que era más fuerte que la sangre, que el miedo o que el peso de la propia historia.

La lluvia lo alcanzó de nuevo al salir del bosque. Pero ya no sentía frío. Lo acompañaba la certeza amarga: algunos caminos no terminan nunca, aunque uno logre salir por un tiempo.

Alzó la vista. La aldea estaba lejos. El mundo, demasiado cerca. A cada paso pesaban sus promesas, y el rumor, siempre renovado, de que aún quedaba lo peor por cumplir.

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