Fragmento:
En una fonda destartalada cerca del puerto de Vyrn, cuatro figuras compartían el calor parco de una lámpara de aceite. Tres eran hombres marcados por la guerra: Frankir el Rojo, de manos toscas y un parche mugroso cubriéndole el ojo derecho; Arryn la Vieja, cuyo cabello ya era plata, pero cuyo brazo no temblaba al alzar la copa; y Kriv el Mudo, que nunca pronunciaba palabra, aunque sus ojos parecían tragarlo todo. El cuarto era una mujer, más joven que el resto, de ropas raídas pero con una presencia imposible de ignorar: Lira, la Maga Caída. Tenía la mirada de los forasteros que han pisado demasiadas veces la tierra mojada de sangre. Su capa lo ocultaba casi todo, menos la empuñadura curva de una espada que no era de acero ordinario, sino de éter endurecido y antiguo.
Duración: 08:46
Había una vez, en una tierra tan lejana que apenas contaba siquiera en las estrellas, un reino llamado Raldan. No era un reino de castillos blancos y justas caballerescas, sino de colinas de jade bajo cielos resquebrajados, azotado por tormentas eléctricas y cruzado por tropas de bandidos, mercenarios y algo mucho más oscuro. Aquí, los rumores sobre la magia no eran cuentos de taberna, sino latidos dolorosos en el pecho de quienes aún recuerdan las masacres de la Era del Albor. Y aunque los caballeros habían caído en descrédito hacía mucho, las espadas aún florecían en el crepúsculo, y su eco era sangre.
En una fonda destartalada cerca del puerto de Vyrn, cuatro figuras compartían el calor parco de una lámpara de aceite. Tres eran hombres marcados por la guerra: Frankir el Rojo, de manos toscas y un parche mugroso cubriéndole el ojo derecho; Arryn la Vieja, cuyo cabello ya era plata, pero cuyo brazo no temblaba al alzar la copa; y Kriv el Mudo, que nunca pronunciaba palabra, aunque sus ojos parecían tragarlo todo. El cuarto era una mujer, más joven que el resto, de ropas raídas pero con una presencia imposible de ignorar: Lira, la Maga Caída. Tenía la mirada de los forasteros que han pisado demasiadas veces la tierra mojada de sangre. Su capa lo ocultaba casi todo, menos la empuñadura curva de una espada que no era de acero ordinario, sino de éter endurecido y antiguo.
La tormenta que se desataba afuera parecía conjurar palabras dentro de la fonda, convirtiendo el aire en una sinfonía de cuchicheos y ecos tenues. Nadie dirigía la palabra a Lira, pero todos sabían por qué estaba allí: una nueva luna roja había surgido sobre Raldan, y con ella, los retornados. Aquellos seres que la magia expulsó cuando los magos fueron desterrados, condenados a vagar entre el filo del mundo de los vivos y el olvido.
Arryn, como si leyera los pensamientos de todos, rompió el silencio con una tos grave. "El hierro ya no basta," murmuró, y varios en la sala asintieron. Sabían a lo que se refería: la noche anterior, una pareja desapareció del puerto. Solo encontraron sus sombras pegadas a las tablas del muelle, ardiendo con una llama azul que no consumía nada salvo el recuerdo de quienes la miraban.
"Sabes por qué te buscamos, Lira," escupió Frankir, su mano apretando el pomo de su hacha como si así conjurara valor. "Nadie usa magia sin precio. Si vas a jugar con éter, que sea a nuestro favor."
Lira tardó en responder. Parecía afilando las palabras en su garganta igual que el filo invisible de su espada. "La magia perdió reglas cuando los Señores Rotundos cayeron," respondió al fin, su voz baja, ronca y cansada. "Pero la luna roja sólo aparece cuando la Puerta de Obsidiana se resquebraja. Quien la abra, libera a los retornados… y lo que queda del Legado Negro."
Kriv, el Mudo, señaló la ventana. Hacía rato que el viento golpeaba los postigos con puños enloquecidos. Las nubes parecían carnosas, pulsando como si tuvieran venas; manchas oscuras titilaban entre ellas. Era la señal. Sin palabras, los cuatro terminaron sus bebidas y se levantaron. El hechizo del miedo en la sala se tensó, un último respiro antes de la tormenta real.
Salieron al empedrado inundado. El aire olía a ozono y podredumbre, los relámpagos delineaban a un grupo que tejía con paso firme hacia el anillo exterior de la ciudad. Sabían que la Puerta de Obsidiana se alzaba en las colinas glaucas a media jornada de allí, donde los druidas del amanecer escondieron su mayor error. La luna roja, enorme, pendía justo sobre ese lugar, como una pupila herida en la noche.
El viaje fue lento y arduo. Los caminos resbaladizos se defendían con charcos tan profundos como tumbas y árboles cuyas raíces parecían manos queriendo arrastrarlos al fango. Ninguno se quejó; sabían que eso atraería a peores cosas que el frío. Lira caminaba en silencio, el éter zumbando, invisible y siniestro, entre sus dedos. Era una adicción; una herida que nunca cicatriza del todo. En cada latido de poder, recordaba las instrucciones de su maestro, muerto hacía mucho: "Sólo lo imprescindible, nunca más, nunca menos; el éter cobra vida propia ante la tentación."
Por fin, arribaron al claro donde la tierra subía casi vertical, y en su cima negra y calada por líquenes, se alzaba la Puerta. No era una puerta en ningún sentido humano: dos monolitos de obsidiana, cubiertos de runas desgastadas, prestaban forma a un umbral que parecía chupar la luz misma. Allí no crecían flores, ni insectos osaban arrastrarse.
"¿Cómo sabremos si está abierta?" preguntó Frankir en voz baja. Pero Arryn ya lo sabía. Uno de los monolitos tenía una grieta, de la cual manaba un humo negro con reflejos carmesí, como si la sangre hubiera aprendido a volar. Se oían susurros en un idioma que no era humano, ni tampoco animal.
Lira se adelantó. La luna roja manchaba su rostro de carmesí, haciéndola parecer una aparición más que una mujer. "Retrocedan," dijo, y sus palabras relampaguearon con el poder de una orden vieja como el miedo. Sus compañeros buscaron refugio detrás de unas piedras, mientras ella desenvainaba por fin el arma de éter.
El aire cobró peso (uno que sólo el alma puede sentir). El humo que manaba de la grieta parecía agitarse al compás de la respiración de la maga. No hubo gritos ni invocaciones: la magia de Lira era un arte de silencios. Con la hoja en la diestra y la siniestra desnuda, dibujó un arco sobre la grieta y susurró un nombre. No el suyo, ni el de su enemigo, sino el de la madre que le enseñó a temer la noche: "Talitha."
Eso desató el caos.
Del umbral surgieron los retornados. No eran espectros ni tampoco cuerpos en putrefacción; eran algo peor. Eran huecos en el mundo, bocas de ausencia, formas humanas coronadas por rostros hechos de lo que uno más teme – la memoria de una herida, el reflejo de una promesa rota, la voz de un amor muerto. Cada uno de sus compañeros vio algo diferente; Frankir vio a su hijo caído en la última rebelión, Arryn a su amante vieja como la guerra, Kriv el Mudo a su lengua cortada por traición.
Lira, en cambio, no vio nada. Porque ya lo había perdido todo.
Con un alarido imposible, los retornados avanzaron. El acero fue inútil. Frankir y Arryn combatieron como hombres acorralados, pero sus armas atravesaban solo niebla. Kriv, el Mudo, cayó de rodillas, la garganta rota por palabras nunca dichas. Los retornados susurraban, prometían, lamían la esperanza con lenguas espectrales y cada caricia era un arañazo en el alma.
Lira no gritó, no lloró. La hoja de éter cortaba no carne sino esencia, pero era peligroso; cada tajo abría una herida también en ella. Las runas de obsidiana chisporroteaban cada vez que la espada rozaba el velo entre mundos. Hasta que, en el punto justo entre el horror y la locura, comprendió: no se podía cerrar lo que un alma desesperada había abierto. Había que sacrificar algo.
"Bastardos", murmuró, y giró la espada de éter hacia su propio vientre. "La puerta cierra con vida. ¿Pero cuánta vida vale un reino?"
Clavó la hoja en su abdomen. El éter la aceptó, hambriento, y la sangre, tanto humana como mágica, empapó la tierra muerta. Un borbotón de energía danceó entre los monolitos, arrancando gritos inhumanos – los retornados fueron succionados de vuelta a la grieta, uno tras otro, como hojas barridas por una tempestad de vacío. La Puerta vibró, los monolitos chillaron con frecuencia de cristal que parten los sueños. La luna roja se estremeció, se encogió, y poco a poco, volvió a ser solo una luna pálida y enferma en el cielo de Vyrn.
Arryn y Frankir, sangrando y casi ciegos de terror, corrieron donde Lira cayó de rodillas. "¿Por qué tú?" sollozó Arryn, pero Lira le sonrió como sólo los condenados pueden hacerlo.
"Porque ya no tengo nada," dijo, y con ese precio pagado, la Puerta se selló. El humo gris se dispersó hacia las raíces y la grieta cerró como una herida, dejando solo el filo de éter hundido en la loma, como lápida y advertencia.
Bajo la débil luz del nuevo amanecer, los tres sobrevivientes buscaron atesorar la última chispa roja del sacrificio de Lira. En los años por venir, algunos jurarían que en las noches más negras, la luna aún se tiñe de rojo en Raldan. Y desde la colina de la Puerta de Obsidiana, todavía se puede escuchar, a veces, el susurro de una magia demasiado cara para ser olvidada.
Porque en los reinos donde la espada y la hechicería se entrelazan, no hay paz sin sangre ni recuerdo sin fantasmas. Y nadie, jamás, puede cerrar completamente la puerta a lo que una vez fue amado… o perdido.
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