Portada del relato Las Llamas del Horno de Ixkar
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Fragmento:


—¿Buscas muerte o clemencia, viajero? —preguntó la voz, áspera, pero no del todo hostil.

Duración: 09:03

Las Llamas del Horno de Ixkar
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Texto de ajuste de pausa.

Eiran, hijo ilegítimo del señor de Modran, caminaba entre las dunas bajo el mortecino sol, el viento mordiendo su piel curtida y su capa peinando la arena tras él como una lengua de sombra. El desierto de Kryss era un océano dorado infestado de horrores invisibles: gusanos reptantes, formas reptilianas que se arrastraban por debajo, y aún peores, los Susurradores, que adoptaban la apariencia de seres amados caídos para arrastrar a los viajeros incautos a la locura o la muerte. Pero Eiran sólo temía a los hombres; hombres como los que había dejado tras de sí, con las vísceras latiendo sobre el suelo del gran salón de Modran.

En su cintura colgaba la hoja de Brann, hierro negro heredado de los antepasados de su madre. No era una espada común: en la empuñadura estaba fijada una piedra blanca que vibraba levemente con la luz menguante, y la hoja susurraba nombres perdidos cuando la noche caía por completo. La leyenda contaba que la piedra no podía ser desenfundada bajo un techo sin desencadenar los gritos de quienes la habían forjado con sangre y oprobio.

Con una maldición gutural, Eiran apretó su capa sobre los hombros y agachó la cabeza. El sol caía, y sabía por experiencia que de noche el desierto era aún menos hospitalario; pronto debería buscar refugio. Recordó las palabras de Yarra, su última amante y quien más lo había traicionado: “El Horno de Ixkar está al norte, más allá del barranco de Tyrr, allí donde el calor no cede ni bajo la luna. Busca a la Bruja de Alumbres, y tal vez encuentres tu condena, o tu redención.”

Aquello fue cinco días atrás, cuando el vino todavía corría por su garganta y la sangre no había manchado sus manos. Ahora, tras la traición y la huida, la sed apretaba su garganta con dedos invisibles y el hambre rugía dentro de su vientre vacío. Resistió el impulso de mirar atrás. Habría tiempo de ver fantasmas más tarde.

Cruzó la última cresta cuando el día se rindió al crepúsculo, y el desierto pareció volverse azul y opresivo. Ante él se alzaba el barranco de Tyrr, una abertura en la tierra con un fondo tan hondo que la oscuridad misma parecía brotar de él. Eiran olisqueó, buscando el inconfundible aroma de los cadáveres que, decían, lo poblaban. Pero sólo olió el polvo caliente y las hierbas quebradizas, y el rastro débil de humo.

Cauteloso, descendió por la cornisa, los pies seguros pese al cansancio. A mitad del descenso se detuvo: algo se movía en la penumbra, un fulgor rojizo danzando sobre un promontorio de roca. Concentró la mirada. Allí, junto a una hoguera, una figura de cabellos trenzados observaba las llamas; era alta y andrógina, con la piel de un tono tan oscuro como la obsidiana.

—¿Buscas muerte o clemencia, viajero? —preguntó la voz, áspera, pero no del todo hostil.

Eiran tragó saliva. —Busco a la Bruja de Alumbres. Decidme si estoy cerca —respondió, apoyando una mano sobre la empuñadura de Brann.

—Cerca, lejísimos, tal vez ambas cosas… Pero has sido marcado por mi patrona —la voz se tornó burla—. Si no has venido a ofrecer tu vida, tendrás que entregar parte de tu alma.

El viajero se acercó al fuego, notando que la arena hervía levemente alrededor de la figura. El Horno de Ixkar, susurró su memoria. Un lugar prohibido a criminales y santos. Miró la cara de la bruja y sólo vio cicatrices cruzadas sobre los pómulos y los labios negros y secos.

—Dicen que podéis limpiar una hoja maldita —declaró—. Que sabéis cambiar la suerte de un hombre… o sellar su condena. Traigo oro, traigo mi sangre, y si es necesario, mi vida.

La bruja se echó a reír, y su risa fue como el canto de una hiena moribunda.

—La sangre es poco; el oro, menos aún en esta tierra. Pero la vida… Ah, eso siempre tiene un precio. ¿Por qué has venido, hijo de Modran? ¿Por qué ofreces lo único que no puedes recuperar?

Eiran bajó la mirada. —He matado, una y otra vez. Tantos que ya no recuerdo sus nombres. Hombres que me persiguen, me cazan… Solo quiero una oportunidad de reiniciar, ser libre de la sombra que cargo.

—Quieres redención —la bruja escupió una palabra amarga—. Todos la buscan, ninguno la merece. Pero tráeme el Corazón de Piedra que arde en la torre de las sombras, más allá del paso de los Susurradores. Solo así limpiaré tu hoja… sólo así, quizás, yo misma pueda morir.

El trato fue sellado con una gota de sangre, que la bruja lamió de sus dedos largos, y Eiran partió antes de la medianoche. Atravesó el barranco, siguiendo un sendero que sólo el canto de la bruja podía revelar. Durante tres días y tres noches, luchó contra la sed y la fatiga, y en las noches fue perseguido por sueños de hombres retorcidos por los gritos de Brann. A veces, entre el duermevela, sentía el aliento de los Susurradores, imitaciones grotescas de rostros familiares, que le ofrecían agua, olvido, incluso amor.

Pero Eiran, como todos los exiliados, había aprendido a no escuchar voces en la oscuridad.

El cuarto día, al amanecer, la encontró: la torre de obsidiana, erguida sobre una lengua de terrores petrificados. No tenía ventanas, solo una hendidura vertical que palpaba el sol como una herida. El hombre se llegó a la puerta y murmuró una oración al dios de los caminos cruzados, sabiendo que, si moría, su alma pertenecería a las arenas.

La entrada estaba custodiada por dos estatuas, guerreros sin rostro tallados en piedra jaspeada, las manos unidas sobre la empuñadura de una espada gemela a Brann, aunque cubierta de líquenes verdes. Al tocar la puerta, un escalofrío le recorrió la columna vertebral: la piedra vibró bajo sus dedos, y una voz que no era humana —ni masculina ni femenina— habló en la lengua ancestral de Modran.

—¿Por qué perturba mi sueño, hijo de la sangre errante?

Eiran respondió con la verdad, pues sabía que la mentira tenía un eco inconfundible en ese lugar profano.

—Busco el Corazón de Piedra para limpiar mi condena y liberar a otra del yugo que la une a estas arenas.

El eco se apagó y la hendidura se ensanchó, permitiéndole entrar. Dentro, la torre era más fría que la tumba y olía a metal pulido. Escaleras de caracol ascendían a la oscuridad viva; paredes cubiertas de símbolos rúnicos que rezumaban pus negra al tacto.

A medida que Eiran subía, los símbolos se animaban, extendiendo fauces y garras de tinta que trataban de aferrarlo. Pero la hoja de Brann repelía los tentáculos, brillando con cada ataque. En la cima, encontró la cámara circular, iluminada por el resplandor rojo proveniente de un altar de basalto.

Sobre el altar flotaba el Corazón de Piedra: no más grande que un puño, pero ardía como si contuviese la furia de cien soles condenados. A su lado, un ser aguardaba. Mujer y sombra, espectro y carne, con ojos compuestos por lágrimas de mercurio derretido. Su voz, un silbido entre el viento y el desaliento, pronunció:

—¿Has venido a robar o a sacrificarte?

Eiran no dudó. —Debo tomar el Corazón, aunque me cueste la vida.

El ser —la Guardiana— sonrió, mostrando dientes de obsidiana.

—La vida no basta. Aquí sólo se paga con recuerdos. ¿Qué estás dispuesto a olvidar para salvarte?

Eiran pensó en Yarra, en el olor de su cabello después de amar. Pensó en su madre, muerta cuando el frío asoló los campos de Modran, en la caricia final, en el dolor de hijo huérfano. Pensó en los rostros de los que había matado.

—Toma mis recuerdos de amor —dijo, con la voz quebrada—. Deja sólo el vacío.

La Guardiana asintió. Al tocarle la frente con un dedo largo y frío, el pasado se disipó como niebla al sol. Eiran sintió un dolor profuso y luego una ecuanimidad helada. El Corazón de Piedra descendió, encajando en las manos de Brann como si la espada y la gema hubiesen sido una sola cosa antaño.

Sin otro recuerdo que el de su misión, Eiran descendió la torre. Los símbolos rúnicos, ahora apaciguados, susurraron bendiciones y maldiciones con la misma voz. Al llegar al umbral, los guerreros de piedra inclinaron sus muros en una genuflexión silenciosa.

Al regresar al Horno de Ixkar, la bruja le aguardaba junto a un fuego que no quemaba, envuelta en sus trenzas como serpientes dormidas.

—Has cumplido tu parte, hombre sin pasado. Coloca el Corazón de Piedra en mi pecho —ordenó, abriendo su túnica y dejando ver una cavidad donde un órgano debía latir.

Eiran obedeció. Cuando la gema tocó la carne, las llamas del Horno ascendieron a los cielos, y la bruja gritó por todas las vidas que había robado a lo largo de los siglos. Su rostro se resquebrajó, los labios se disolvieron en polvo.

En ese instante, Eiran supo que, al precio de su amor, había liberado una maldición antigua. La bruja cayó, finalmente, y su cuerpo fue devorado por los fuegos de su propia magia.

Eiran se quedó solo bajo las estrellas, la espada ahora muda y fría en su cinto. Ya no recordaba por qué había buscado redención: sólo le quedaban la vaga sensación de pérdida y el gélido viento del desierto, arrastrando en la oscuridad los murmullos de otros condenados.

Caminó sin rumbo, libre al fin de sí mismo, pero sabiendo que en el mundo de la espada y la brujería, ningún precio es suficiente para olvido y ningún hombre puede huir eternamente de la sombra de su propia alma.

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