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—Ahora eres rey, sin corona ni amigos, pero rey al fin, Atheris —susurró la voz espectral en el ventanal ennegrecido. Fuera, la nieve caía en silencio sobre la ciudad rota del fin del mundo.
Atheris mantuvo los ojos fijos en la sala del trono, donde el hierro se oxida desde hacía doscientos años. No era un hierro común; corría una veta negra por el respaldo del trono, la cual parecía palpitante, como si arrastrara el propio pulso del reino. Por costumbre, giró un anillo en su índice: oro, pero ajado, herencia del padre muerto demasiado pronto. Alrededor de la sala, las tapicerías eran jirones de color púrpura y rojo, y en los mármoles de las paredes, polvorientos, resaltaban dibujos de dragones devorándose la propia cola.
—¿Por qué me has traído aquí, Elva? —preguntó Atheris a la sombra encapuchada.
No obtuvo respuesta. En su lugar, el silencio fue roto por otro sonido: el rumor apagado de pasos y risas. Más allá de los ventanales, los Antiguos Juglares alzaban sus copas, danzando entre las sombras del gran salón de la corte. Los espectros realizaban una fiesta constante desde la Gran Caída, una mofa para quienes aún conservaban vida y recuerdos.
Antes, ese trono había estado prohibido: la leyenda decía que nadie debía sentarse en él, a menos que estuviese dispuesto al sacrificio absoluto. Tronos se alzaron en otros reinos, forjados en metales menos nobles y menos queridos, pero ninguno era como este: un trono forjado con la sangre y los huesos del primer linaje, y sellado con el aliento de la bruja Ilyra, la Maldita.
—Debemos acabar —dijo Elva finalmente, su voz vibrando como el metal—. El trono te reconoce, hijo del linaje olvidado. Pero debes tomar tu lugar antes de que los demás regresen.
Atheris miró las huellas que sus botas dejaban en el polvo: nadie había caminado hasta ese trono en décadas. Tomó aire, sintiendo el frío húmedo de las piedras. Avanzó, sus músculos tensándose a cada paso. El trono no era sólo un asiento: era una promesa y una condena.
Cuando apoyó la mano en el reposabrazos de hierro, lo recorrió un escalofrío tan profundo como si toda esperanza se hubiera evaporado. Elva se deslizó a su lado, invisible al ojo físico; podía sentir el peso de la magia arremolinándose a su alrededor.
—Lo sabías —musitó Atheris—. Sabías que el linaje oculto reclamaba este trono. ¿Cuántos han muerto intentándolo?
—Cientos. Miles. Siempre fue el precio —respondió Elva, la voz saturada de pena y odio.
Un viento helado sopló y apagó las velas. La sala quedó a oscuras, salvo por las vetas incandescentes del trono, que ahora parecían latir con vida propia.
Atheris se sentó. Sintió el frío del hierro recorrerle la espina dorsal como la lengua de una serpiente. Durante un latido prolongado, nada. Luego, llegó el dolor: un rayo de tormenta recorriendo su columna, abriéndolo desde dentro. Vio fragmentos de batallas pretéritas, ancestros cuya sangre manchó el nacimiento del reino. Sintió los pecados y las decisiones, los pactos con brujas y demonios. Vio a su padre, roto ante el mismo trono años atrás, sangre manando de las cuencas vacías.
Una lágrima rodó por su mejilla, pero no era de debilidad, sino el reconocimiento de un destino ineludible.
—¿Cuánto debo sacrificar? —preguntó mentalmente, cerrando el círculo con la magia del trono.
Una voz chillona respondió en su mente, no la de Elva, sino la de la propia Ilyra, perdida hacía siglos bajo tierra:
—Todo lo que ames. Todo lo que te ame. A cambio, mantendrás la ciudad, y los vivos y los muertos se arrodillarán ante ti… hasta que el hierro te reclame del todo.
Los Juglares Antiguos redoblaron su danza. Atheris sintió la sangre resbalar por los apoyabrazos, sin saber si era real o un eco de la magia del trono. A lo lejos, un cuerno retumbó: el ejército de los exiliados rodeaba la ciudad. Elva deslizó una mano fría sobre su hombro.
—No les temas. Deja que lleguen. Aquí, la verdadera batalla será tuya.
Atheris asintió, aunque el miedo le desgarraba. La resistencia era inútil; el Trono de Hierro lo transformaba en algo más que humano, pero menos que dios. El ejército cruzó los portones timbrando estandartes ennegrecidos, clamando el nombre del usurpador. Elva se desvaneció, y el aire se cuajó de presencias invisibles.
El primer conjuro del trono surgió de sus labios como una niebla: “Fehu, para la sangre; Thurisaz, para la defensa; Ansuz, para quebrar la voluntad”. Las piedras retemblaron, y del suelo surgieron espectros de los antiguos guardianes. Doncellas en sus fúnebres galas, caballeros con mandíbulas desencajadas, todos rodeando al nuevo rey.
La sala del trono se abrió de par en par. Entraron los enemigos, liderados por la princesa exiliada, Lysandra. Una vez, había amado a Atheris. Ahora, les separaban años y catástrofes. Lysandra blandía una hoja negra, forjada en la Ciénaga de los Juramentos Perdidos, capaz, según decían, de cortar el vínculo entre trono y portador. Sus ojos ardían con odio y resentimiento.
—Ríndete, hermano. Este trono te destruirá. Y con él, destruirás todo cuanto toques —clamó ella, avanzando.
Atheris contempló el rostro de ella, su fuerza, su vulnerabilidad. Podía elegir: soltar el trono y perderlo todo, o aferrarse y condenar incluso a la que había sido su hermana.
Los Juglares Antiguos silenciaron su danza. Todo quedó quieto, en un instante donde las posibilidades se entrelazaban. La magia del trono zumbaba en las entrañas de Atheris. Recordó las palabras de Ilyra: todo lo amado debía ser sacrificado.
Susurrando los nombres de los caídos —“Darian, padre; Elya, madre; Lysandra...”— tejió un hechizo que encadenaba el alma de la princesa al suyo propio. Lysandra sintió el enlace, trastabilló, y la hoja oscura cayó al suelo.
—¿Por qué? —gimió—. ¿Por qué me obligas a esta deslealtad?
La bruma de los espectros se espesó. Desde los muros, los dragones en relieve empezaron a moverse, arrastrando sus colas y batiendo alas de piedra. Los seguidores de Lysandra intentaron correr, pero la magia del trono los atrapó: quedaron estáticos, figuras de mármol, testigos de la maldición.
Atheris no podía soltar el trono ya, incluso si quisiera. Era parte de él, y él de la maldición. El hierro en sus venas latía con cada compás del trono.
Elva, convertida en un remolino de cenizas, se posó a sus pies.
—Y así, el destino se cumple una vez más. No hay reinado sin sacrificio, ni poder sin precio amargo.
El nuevo protector del trono miró la devastación en la sala, la hermana arrodillada, equipo y enemigos convertidos en piedra y espectros. Podía escuchar, tras el silencio, cómo la ciudad entera se detenía, pendiente del corazón oscuro del palacio.
Entonces, Atheris alzó la voz:
—Hoy me convierto en aquello que juré destruir. Hoy soy rey por maldición, guardián del horror y testigo eterno. Si alguien desea el trono... que venga. Que esté dispuesto a darlo todo.
En las callejas, en los patios hundidos en la nieve, los habitantes de la ciudad dejaron de respirar, paralizados en el tiempo y la desesperanza. Atheris sintió que podría quebrarse en cualquier momento, pero el hierro del trono sostenía lo que quedaba de su humanidad. Lysandra, todavía arrodillada, alzó la mirada:
—Hermano, si este es tu destino, permíteme compartir tu condena.
El trono vibró, complacido, y acogió en su red también a Lysandra. En ese momento, los juglares reiniciaron su danza, los fantasmas aplaudieron, y el viento arrastró cenizas de antiguas coronas quebradas a los pies de los nuevos monarcas.
Así fue como se forjó otro ciclo en la larga historia del reino: los herederos de la ceniza sentados sobre un trono de hierro, condenados a reinar en soledad y dolor, marcando la ciudad con sombras imborrables… hasta que el próximo insensato buscara sacrificarlo todo por el efímero fulgor del poder.
Fuera, la nieve seguía cayendo.
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