Portada del relato Las sombras tras las murallas
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Fragmento:


Crucé la puerta oriental al anochecer. Dos figuras apostadas junto a la entrada no se movieron cuando pasé, ni parpadearon siquiera. Solo al acercarme vi que no eran guardianes vivos, sino hombres modelados en barro rojo, sus formas humanas torpemente esculpidas pero dotadas de una quietud terrible, como si aguardaran la orden de un amo distante. Los ojos—dos huecos desprovistos de toda emoción—me siguieron hasta perderme entre las calles.

Duración: 08:42

Las sombras tras las murallas
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Texto de ajuste de pausa.

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No era la primera ciudad que caía bajo el peso de sus pecados, ni sería la última. Me llamo Santeo, hijo de nadie, y he caminado a través de bosques engullidos de niebla, por llanuras donde la hierba se vuelve gris por la desesperanza, hasta llegar a las puertas de Evona. Las murallas se alzaban tan majestuosas como la leyenda prometía, pero sus torres parecían menos talladas por manos humanas y más surgidas de la tierra tras un lamento.

El aire que exhalan las ciudades malditas tiene un peso que se cuela en los huesos, y quienes entran en ellas rara vez desean quedarse. Sin embargo, algo me llamaba—no las riquezas que prometían los cuentos de viajeros ni la posibilidad de fama, sino la inquietud de una curiosidad fatal, la certeza de que caminar allí sería caminar hacia lo desconocido. Y, como me había enseñado la vida, lo desconocido es siempre más peligroso que lo temido.

Crucé la puerta oriental al anochecer. Dos figuras apostadas junto a la entrada no se movieron cuando pasé, ni parpadearon siquiera. Solo al acercarme vi que no eran guardianes vivos, sino hombres modelados en barro rojo, sus formas humanas torpemente esculpidas pero dotadas de una quietud terrible, como si aguardaran la orden de un amo distante. Los ojos—dos huecos desprovistos de toda emoción—me siguieron hasta perderme entre las calles.

Evona era, si cabe, más horrible por su belleza. Calles adoquinadas en espiral, tejados brillantes impregnados por la lluvia perpetua, ventanas cerradas, pero sentí miradas anhelantes tras cada cortina. El silencio era roto solo por el rumor distante de un cántico, la melodía como de una lengua que los hombres olvidaron tras la caída del primer imperio.

Seguí avanzando, envuelto en la capa que apenas lograba protegerme del frío húmedo. Sabía a quién debía buscar: la bruja. Nadie sabía su nombre real. Solo historias de que había sellado la ciudad con una palabra no pronunciada y que ahora controlaba tanto la vida como la muerte dentro de aquellas murallas.

Un niño apareció ante mí. O eso creí: andaba con un bamboleo extraño y tenía la piel enlodada, como si hubiera jugado en algún cenagal. Fui a hablarle, pero cuando giró el rostro, comprendí el horror. Los rasgos faciales estaban apenas insinuados, y los ojos… vacíos, sólo fosos. No era un niño, era otra de esas criaturas. El golem de barro, el hombre hueco.

“¿Buscas a la bruja?”, susurró, y el sonido salió de ninguna boca sino de la profundidad de su pecho, un eco apagado.

“Sí”, respondí, intentando sostener la compostura.

“Ella te espera en la plaza de las campanas. Pero primero debes llevar esto”.

Me alargó entre dedos rollizos un objeto: una máscara de arcilla, fresca y fría al tacto. “Aquí dentro, todos llevamos la cara de otro”, añadió antes de desvanecerse tras una puerta.

Comprendí la amenaza. Si quería ver la mañana, debía obedecer las reglas de Evona. Me coloqué la máscara y sentí el mordisco de la humedad en mis mejillas, el peso repentino de una identidad prestada. Caminé hacia la plaza, siguiendo el rastro de luz mortecina de las farolas. Las calles se iban ensanchando y retorciendo, como si la ciudad misma se reinventara ante mis pasos.

Cuando llegué a la plaza de las campanas, me recibió un coro silencioso. Decenas de figuras de barro, todas con rostros moldeados a medias, todas quietas como estatuas, formaban un círculo. En el centro, una figura femenina—alta, vestida con un manto de raíces y lodo, la piel irrealmente blanca, los ojos cubiertos por una venda de barro fresco. No era una anciana ni una joven, sino algo suspendido entre las edades, la imagen del tiempo mismo.

“Humano”, dijo, y las campanas colgadas en los arcos de la plaza tintinearon con su palabra. “Has caminado lejos para perder tu rostro.”

Me incliné, por instinto más que por reverencia. “He venido a entender, no a arrebatar.”

La bruja sonrió, y la venda sobre sus ojos pareció agrietarse levemente. “Todos vienen a arrebatar, tarde o temprano. Pero a ti te ofrezco un trueque: una noche entre los hombres de barro. Si sobrevives hasta el amanecer, saldrás con recuerdo de lo que somos. Si no, otro molde para mis artes. Aceptas, forastero?”

No tenía salida. Asentí.

Ella alzó la mano y dos figuras de barro, más grandes y llenas de cicatrices secas, me escoltaron hasta una estancia bajo la plaza, una especie de cripta cuya escalera descendía y se retorcía, más allá del alcance de la luz. Las paredes estaban adornadas con relieves de ciudades cayendo, monstruos saliendo de la tierra y hombres y mujeres siendo absorbidos por la arcilla. Debajo, palabras que sólo en sueños oscuras podría comprender.

Me dejaron allí y cerraron la puerta. Pronto, el temblor de pasos me indicó que no estaba solo. Decenas de figuras emergieron entre la penumbra; algunas apenas eran cuerpos, meros esqueletos cubiertos de barro húmedo, otras conservaban un parpadeo de humanidad en los ojos. Me rodearon, sus rostros contorsionados en muecas de dolor o éxtasis, imposible decir cuál. Un hombre sin boca se acercó a mí y alzó la mano; en ella llevaba pedazos de cerámica pintada con símbolos.

“Somos las voces que la ciudad ha enterrado”, dijo otra voz, la de una mujer a la que el barro le había sellado el pecho. “Habla lo que has venido a buscar.”

Cerré los ojos. “Quiero entender por qué estáis aquí. ¿De dónde viene vuestra maldición?”

Uno de ellos, el de los ojos aún humanos, habló: “La ciudad fue construida sobre el deseo humano de eternidad. Su reina, antaño una simple sanadora, aprendió a prolongar la existencia moldeando almas con arcilla. Al principio, fue para curar a los moribundos. Luego, para castigar. Ahora, ni siquiera ella recuerda cómo dejar de hacerlo.”

Mientras hablaba, sus dedos escarbaban en el barro de su propio pecho, extrayendo un trozo que parecía latir. “Cada hombre de barro lleva pedazos de cien generaciones. Recuerdos, voces apagadas, codicia de los que cayeron antes.”

“¿Y tú? ¿Por qué sigues aquí?”

Sus ojos brillaron. “Porque olvido cómo era tener corazón.”

Las horas transcurrían lentas. Afuera, los cánticos de la bruja subían y bajaban como la marea. Los hombres de barro sólo se movían cuando las sombras reptaban sobre ellos en formas extrañas. Uno a uno, fueron depositando en el suelo pequeños objetos tallados: fragmentos de rostros, huesos de barro, trozos de historia. Yo los recogí, sintiendo los ecos de sus vidas pasadas. Recuerdos de guerras antiguas, de amores traicionados, de pactos sellados con sangre y lodo.

Al filo de la madrugada, la bruja descendió ella misma. Su sombra llenó la cripta, y los hombres de barro se apartaron, temblorosos.

“Has visto quienes son. ¿Qué has aprendido, Santeo hijo de nadie?”

La ira me ardió en la voz. “Que hay peores cosas que la muerte. Que el miedo a olvidar nos convierte en monstruos. Tú les has dado la eternidad a costa de su humanidad.”

La mujer rió, un sonido amargo como el crujido de huesos secos. “Cada ciudad guarda su precio. La eternidad, la memoria, el rostro ajeno. Yo cuido de que Evona no caiga en el olvido. ¿Es eso monstruoso, o es la piedad más oscura que hayas conocido?”

Me acerqué a ella, mi mano temblando sobre el mango de la daga. Sabía lo que debía hacer: acabar con la maldición, poner fin a su reinado de barro y de miedo. Pero en sus ojos vendados vi un cansancio tan profundo que dudé. ¿Y si, matándola, los hombres de barro sólo encontraban el fin de su sueño, no su salvación?

La bruja bajó la cabeza. “Elige, Santeo. Puedes partir y olvidar, o quedarte y recordar. Únete a mis hijos de barro: tus recuerdos se añadirán a los nuestros. O parte libre, a cambio de tu rostro.”

El amanecer despuntaba tras los vitrales rotos de la cripta. Sentí el peso de los recuerdos de los hombres de barro, toda la tristeza y sabiduría de mil años atrapados bajo una ciudad condenada. Entonces comprendí: las ciudades no se maldicen solas; son los corazones de sus habitantes los que las infectan.

Me quité la máscara de arcilla, la coloqué en el altar de los recuerdos, y di la espalda a la bruja. “Recordaré”, prometí, “y llevaré tu historia más allá de todos los muros.”

Sin decir más, ascendí los escalones que llevaban fuera. La ciudad me dejó marchar. A mi espalda, las torres de barro lloraban bajo la lluvia.

Desde ese día, todos los rostros que veo me parecen prestados. Habito ciudades vivas cuyo barro aún no ha aprendido a susurrar. Pero cada noche, cuando sueño, camino entre los hombres huecos y las campanas mudas de Evona, sabiendo que algún día, todos nos convertiremos en recuerdos bajo la ceniza.

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