Portada del relato Las Espadas de los Hijos de la Tormenta
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Fragmento:


El viento helado azotaba la colina de Sareth, y el torreón del cementerio se elevaba como un dedo de piedra en la negrura. Los árboles, retorcidos y grises, susurraban entre sí con hojas secas y huesos de cuervos. Barel avanzó entre lápidas que sobresalían como dientes podridos de la tierra. En una de ellas, una runa grabada brilló brevemente, y el viento siseó. Barel se detuvo y miró hacia arriba: la puerta de hierro estaba allí, oxidada, con símbolos que luchaban por no desvanecerse.

Duración: 09:47

Las Espadas de los Hijos de la Tormenta
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Texto de ajuste de pausa.

El aire de la taberna olía a sudor, cerveza agria y leña, pero más aún a desesperación. El frío de la noche se filtraba por las grietas de las paredes y cruzaba la sala para abalanzarse sobre la espalda del único hombre que permanecía de pie: Barel, el Forastero del Este. Sus botas golpeaban el suelo de madera, untada por la sangre seca de antiguas disputas, mientras avanzaba entre las mesas. Todos los ojos lo seguían, como si fuera un halcón surcando el cielo gris antes de lanzarse en picado.

Barel tenía el ceño surcado de arrugas y cicatrices. Portaba una espada larga, de hoja negra y runas apagadas, envuelta en un cinturón de cuero. Su capa era de lana gruesa, manchada por kilómetros de lluvia y fango, sus dedos grandes y tensos, como ramas endurecidas por el viento.

Cuando llegó a la barra, la tabernera —una mujer de cabello rubio, cortado a cuchillo— apartó la jarra que limpiaba y no se atrevió a mirarlo a los ojos. La miró de reojo mientras hablaba.

—Busco a una mujer. Una bruja —dijo, con una voz que parecía arrastrar grava.

Un murmullo recorrió la sala. Algunos hombres se cruzaron de brazos; un par de mercenarios se miraron, inquietos. Nadie preguntó el nombre: en Sareth, sólo había una bruja de la que se hablaba en susurros. La Dama del Viento Sombrío.

La tabernera tragó saliva, igual de inquieta.

—No es momento de hablar de la Dama... ni lugar —susurró, sin mover los labios.

Barel se inclinó, dejando ver en su cinturón la empuñadura envuelta en cuero y hueso. Un leve destello de amenaza.

—No he venido hasta aquí a beber ni a pedir permiso. Dime, ¿dónde se oculta?

La mujer dejó escapar un suspiro y, con la cabeza, señaló hacia afuera.

—El torreón del cementerio. Sube la colina y hallarás la puerta de hierro. Si el viento sisea, date la vuelta. Si no, golpea tres veces.

Barel tiró una moneda de plata en la barra. Al salir, la atmósfera se relajó en la taberna, pero la inquietud flotaba como niebla: nadie que tocara a la Dama salía igual que entraba.

***

El viento helado azotaba la colina de Sareth, y el torreón del cementerio se elevaba como un dedo de piedra en la negrura. Los árboles, retorcidos y grises, susurraban entre sí con hojas secas y huesos de cuervos. Barel avanzó entre lápidas que sobresalían como dientes podridos de la tierra. En una de ellas, una runa grabada brilló brevemente, y el viento siseó. Barel se detuvo y miró hacia arriba: la puerta de hierro estaba allí, oxidada, con símbolos que luchaban por no desvanecerse.

Esperó a que el viento callara, aunque ni las hojas ni los muertos en su sueño parecían aquietarse nunca. Avanzó y golpeó tres veces.

La tercera vez, la bruma se arremolinó. La puerta gruñó y se abrió, no por fuera, sino hacia un abismo de oscuridad. El olor a tierra vieja, a hueso y musgo, lo golpeó de lleno, pero Barel no vaciló. Pasó al interior, donde la penumbra era casi tangible.

Dentro, la Dama del Viento Sombrío aguardaba, sentada en un trono de raíces y calaveras. Era joven en la superficie, pero vieja en sus ojos, más profunda que todos los inviernos de Sareth juntos. Su cabello era un río oscuro, su piel blanca como leche olvidada a la intemperie.

—Has venido lejos, Forastero —dijo la bruja en un murmullo que se hundía en los oídos, no en la sala.

Barel se detuvo, sintiendo un crujido en la espalda. El poder le rozaba la piel, como si miles de insectos se arrastraran bajo su carne.

—He venido a romper la maldición —dijo, sin rodeos—. La plaga de huesos recorre el valle. Mis hombres mueren. El rey promete oro, pero la moneda se pudre en los bolsillos de los pobres. Sólo tú puedes detenerlo.

La Dama sonrió, aunque sus labios eran una herida roja sobre un rostro de marfil.

—¿Qué ofreces, Barel hijo del trueno? ¿Acaso piensas que la muerte se compra con oro, o que mi poder se apaga con una súplica?

La bruja se alzó y la sala tembló, las raíces pendiendo como tentáculos.

—Ofrezco mi alma —dijo Barel, sacando su espada, pero sin amenazarla—. Haz lo que quieras con mi destino, pero salva a los míos. Libéralos de la danza de los muertos.

Un silencio rugió. La Dama tanteó el aire, y la hoja negra vibró en las manos de Barel.

—No quiero tu alma, hombre de sangre y hielo. Quiero tu dolor. Quiero tus recuerdos. Tu gozo más querido y tu miedo más secreto. Demuéstrame que eres de carne, no solo de voluntad.

Barel tragó saliva. Hubo un tiempo en que conoció el cariño, una esposa, un hijo en la otra punta del mundo. Ambos enterrados ahora por la guerra: sólo eran imágenes en su mente y cicatrices en su corazón.

—Tómalo. Todo —gruñó, y la Dama alzó la mano.

Entonces el dolor vino como una lanza ardiente. Revivió en un pestañeo el rostro de su esposa, la risa de su hijo. Después, la guerra, la peste, la espada metiéndose en la carne —y el frío al acariciar la tumba marcó la última visión.

Cuando la bruma se disipó, Barel temblaba, hundido en el suelo de tierra húmeda, mientras la bruja sonreía, relamiéndose sus labios pálidos.

—Has pagado el precio. Ahora escucha: la plaga que asola tu gente es obra de la serpiente negra. Un conjuro tallado en los huesos de antiguos reyes. Sólo puede romperse donde nacen los pecados: en la Iglesia de la Corona Roja, bajo cuyo altar duerme el último de sus huesos.

Barel levantó la cabeza.

—¿Qué debo hacer?

La Dama del Viento Sombrío le entregó una daga: la hoja era de obsidiana, con el mango retorcido en espiral y una gema negra encastrada en la guarda.

—Debes desangrar tu odio bajo el altar. No el de tus enemigos: el tuyo propio. Mata a quien más odias en el mundo y deja su sangre chorrear en las criptas. El conjuro se romperá y los huesos volverán a su descanso.

Barel asintió y se levantó, tambaleando.

***

La Iglesia de la Corona Roja era un templo devastado, su nave sumida en penumbras y el altar cubierto de musgo y telarañas. En su entrada, los seguidores de la serpiente negra aguardaban. Monjes encapuchados, armados con cuchillos y rezos de sangre. Diez hombres, contra uno.

No era la primera vez que Barel mataba con el odio a flor de piel.

Desenvainó la espada negra. Las runas de la hoja brillaron, alimentadas por el dolor y el sacrificio reciente. Ante él, la sombra de los monjes le pareció más corta: muerte iba a ser servida.

El primero cayó con un tajo limpio, la capucha chamuscada por llamas azules. El segundo, con un grito, intentó clavarle un cuchillo, pero Barel lo interceptó, hundiendo la daga de obsidiana en el costado del enemigo, sintiendo cómo la energía salía despedida, en hilos negros, de la herida. Los demás dudaron: no era común encontrar un hombre con una maldición ardiente en los ojos.

El combate fue breve y brutal. Siete de ellos quedaron muertos, la sangre humeante en el suelo maldito. Los tres restantes huyeron, perdiéndose en la noche.

Con su respiración agitada, Barel cruzó el altar, arrastrando la daga y la espada, y bajó las escaleras a la cripta. Allí, entre huesos pulidos por la penumbra, halló el sarcófago de la Serpiente Negra, un anciano embalsamado, con la boca abierta en un grito atroz.

Pero entonces escuchó una voz, tenue, como el eco desde el fondo de un pozo.

—¿A quién odias, Barel? ¿A los monjes, a la Dama, o a ti mismo?

El guerrero levantó la daga. Recordó la mirada de su hijo, las lágrimas de su esposa, su propia furia cada vez que mataba no por deber, sino por placer disfrazado de necesidad.

Se arrodilló junto al sarcófago y apoyó la daga en la palma de su mano. Sin apartar la vista, la hundió en su propia carne, dejando que la sangre fluyera y, junto con ella, el odio largamente guardado, amasado y alimentado en años de guerra.

El altar tembló. Los huesos se movieron, girando sobre sí mismos, como si danzaran bajo el influjo de una música inaudible. La carne de la Serpiente Negra se resquebrajó y su boca soltó una nube oscura que se deshizo en sombras y relámpagos. El poder de la maldición se rompió y, por un instante, el aire de la cripta se llenó del olor de la tierra recién mojada.

Barel sintió que la vida lo abandonaba, pero un susurro de la Dama lo sostuvo.

—Tu sacrificio ha sido suficiente, Forastero —su voz era ahora dulce, casi maternal—. La maldición no necesita morir contigo. Pero tu corazón, sí: debe renacer.

El guerrero cayó de rodillas. Vio ante sí los rostros de los muertos, ya no pesadillas, sino recuerdos amables, guías en la oscuridad. Se levantó, cerró la herida y, tembloroso, subió al exterior.

El cielo clareaba con jirones de luz, y la niebla se disipaba sobre Sareth. A lo lejos, los habitantes del valle emergían, mirando al guerrero como si estuvieran viendo a un espectro devenido en protector.

Su odio aún ardía, pero ahora era una llama que podía controlar, no una tempestad que lo arrastrase. Sabía, entonces, que toda hechicería que se destruía al precio del dolor propio era más que simple magia: era redención.

La Dama del Viento Sombrío observó desde la colina, envuelta en la bruma. Una sonrisa dibujó en sus labios pálidos mientras la espada de Barel brillaba con una luz más pura, y el sol asomaba como un oro nuevo tras siglos de penumbra.

Él saludó con la cabeza, aceptando que todo precio tenía un pago, y que a veces las espadas y la brujería eran solo los instrumentos de ese pacto.

Porque la verdadera batalla nunca era contra la maldición, ni contra la muerte: era contra uno mismo. Y esa guerra, al menos por hoy, había terminado.

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