"¿Tienes idea de cuál sería la diferencia —preguntó el capitán Brannigan, mientras sorbía un trago de ron rancio— entre caerse desde el borde de una isla flotante y casarse con una tabernera aficionada al hacha de carnicero?"
Los presentes, un puñado de marineros curtidos y tan marcados por el salitre como por la mala suerte, soltaron un murmullo. Sólo la primera oficial, Marla, se atrevió a responder.
"Depende de qué lado del hacha estés, capitán".
Brannigan sonrió, un gesto torcido y quebrado.
"Exactamente. En ambos casos acaban uno con las tripas por fuera, pero sólo uno de ellos tiene la cortesía de avisar antes".
En la taberna “El Mastín Retorcido”, la conversación giraba siempre en torno al cielo. Y no por razones poéticas, sino porque los zapatos colgando junto a las vigas rara vez traían suerte a los que los miraban durante la tormenta. El cielo estaba poblado de islas, enormes y volubles, que navegaban por la corriente celeste como ballenas de piedra, e incluso los marineros más experimentados no sabían decir por qué unas caían un día y otras flotaban durante generaciones.
La noche anterior, una nueva isla había surgido del banco de nubes como un tumor de granito, y con ella al menos veintitrés oportunidades para la fortuna o la muerte.
"Nueva isla", dijo Brannigan, escupiendo en el piso donde germinaban las ratas. "Nueva fortuna. O nuevas calamidades. ¿Qué preferís, canallas?"
Marla clavó su daga entre los dedos de la mano izquierda, haciendo malabares con la vida de los caracoles que habitaban bajo la capa de mugre de la mesa.
"Yo, capitán, prefiero calamidades conocidas a fortunas dudosas. Pero el Manticora no va a esperar anclado mientras otros toman el pago por nosotros".
El Manticora era el navío flotante de Brannigan, una masa de maderos, cadenas, velas y promesas incumplidas. Había sobrevivido a tres rebeliones de tripulantes y a cinco novias despechadas, y aún parecía tener vida suficiente para quemar.
Brannigan asintió. Solo los estúpidos o los desesperados retrasaban el saqueo de una nueva isla.
"Bien, marineros", masculló, "preparen las alas y las cuerdas. Esta noche volamos".
***
Cuando el Manticora se deslizó hacia la isla recién llegada, la niebla era tan espesa que las linternas sólo servían para atraer imprecaciones y algún que otro mosquito con más valor que inteligencia.
Volar no era la palabra correcta, pensó Brannigan, aunque todos la empleaban. Los navíos flotantes eran criaturas tan caprichosas como sus capitanes, apenas más sofisticadas que los pedazos de madera atados al azar por niños borrachos. Cada uno tenía un núcleo de magnetita robada —o dictada por el azar— que respondía, con mayor o menor terquedad, a las corrientes invisibles del cielo. Las velas ayudaban, claro… cuando soplaba algún viento que no olía a fracaso.
Marla afilaba su daga en la proa, donde la niebla era más densa y la oscuridad más prieta. A su lado, Gin el Sangriento rezaba a los siete vientos, o quizá sólo murmuraba los nombres de sus deudores, a falta de dioses disponibles.
"Capitán", le llamó Marla, "estamos cerca. Puedo oír los cantos".
Brannigan frunció el ceño. Tal vez fuesen huesos protestando bajo la presión de la isla, o —peor aún— las garzas negras celebrando el banquete inminente.
Pero entonces, lo escuchó él también: una melodía, una especie de canto monótono y profundo, algo entre la llamada de una ballena y el tronar del cielo antes de la lluvia.
"¿Alguien más lleva los tapones?", preguntó.
Unos cuantos marineros se los pusieron a toda prisa. Estos hombres no eran expertos en acertijos, pero sí en sobrevivir a las supersticiones ajenas.
***
Atracaron en la isla usando garfios con los que se enganchaban a los trozos de tierra empapados de musgo flotante. Pisar una isla flotante por primera vez era como probar una bebida destilada durante la peste: uno nunca sabía si acabaría flotando o ardiendo por dentro.
A la luz violenta de las linternas que Gin colgó de un poste, la isla ofrecía poca resistencia: un bosque de árboles translúcidos, tallos con savia dorada y hojas que parecían filigrana de sal; el suelo, perfumado como el suspiro de una bruja, crujía bajo las botas.
"Buscad la marca de ascenso", órdenes simples y directas, "los ricos dejan sus joyas, los tontos sus diarios, y los magos… sus maldiciones".
El equipo Barro los siguió, grandes hombres y mujeres silenciosos, expertos en abrir puertas o cerrar gargantas.
Tras una hora vagando, encontraron el centro del islote: el resto de una gran estatua derruida y, a su alrededor, urnas selladas con plomo y símbolos que se arrastraban cuando nadie miraba.
"Ofertas para el cielo", susurró Marla.
"Esperemos que hoy acepten un soborno", replicó Brannigan.
***
Mientras Gin y el equipo Barro forzaban las urnas, Brannigan se apartó. El canto había vuelto, ahora más nítido. Venía del borde mismo de la isla, del lugar en que la niebla era más densa y la vista descendía kilómetros hacia el mar, donde las bestias aladas jugaban a la ruleta con los cadáveres de los caídos.
Pero allí, en medio de la bruma, alguien le esperaba.
Era una figura envuelta en harapos, cuya piel brillaba como el esmalte bajo la tormenta.
"¿Tú eres el custodio?", preguntó Brannigan, sin dar un paso atrás, pues era más fácil negociar sin tener que limpiar la espada.
"No", respondió la figura, voz seca como la corteza vieja. "Yo soy la deuda pendiente".
Brannigan tragó saliva, desdeñando la temblorosa sensación en la nuca.
"Las deudas y yo nos conocemos. Dime, ¿qué buscas aquí arriba, además de oportunidad?"
"Balance", contestó la figura. Se giró, y por debajo de la tela pudo ver dos pulsos de luz, como ojos llenos de ira y cansancio.
"La isla necesita pagar su última promesa. Vosotros sois la moneda".
Brannigan ya había enfrentado amenazas peores. Desenvainó, y sonrió de medio lado.
"Las promesas no son mercancía. Los saqueadores tampoco".
"Vaya", la figura se encogió, la voz reverberando en la tempestad que se avecinaba detrás, "pues esta isla flota sobre antiguos juramentos. Los juramentos que no se cumplen pesan. Cuando hayan vencido, caen".
Brannigan miró alrededor: el bosque temblaba, las urnas vibraban en un crescendo sordo.
"¡Marla!" gritó.
Pero ya era tarde.
***
La isla empezó a temblar. No se caía, al menos aún no. Gin apareció cubierto de polvo de hueso, cargando un trozo de oro con inscripciones indescifrables.
"¡Tenemos lo que buscábamos, capitán! ¿Listos para salir de aquí?"
El bosque crujió, el suelo se agrietó violentamente.
La figura harapienta flotó hacia ellos, sin tocar el suelo.
"Una vez más, la deuda debe pagarse. Qué afortunados sois… os ha tocado balancear el peso de los viejos juramentos".
Marla desenfundó ambas dagas.
"¿Y si no queremos pagar?"
"Entonces, caemos todos. No hay tregua para la fortuna ni amnistía para los necios".
El canto subió de tono. Era el rugido de una tormenta construyendo nuevas injusticias. El equipo Barro intentó replegarse, pero los árboles, arrancados de su letargo, danzaron horriblemente, enroscados como hojas al viento.
Brannigan sabía cuándo estaba vencido.
"¿Qué debemos?" preguntó, finalmente.
La figura mostró una sonrisa hueca.
"Debe sobrevivir uno y jurar nunca volver. Debe llevarse el oro, y soportar el recuerdo, para que la isla flote un ciclo más. Así se paga el balance. La fortuna nunca es gratuita."
***
Brannigan miró el oro, miró a su tripulación. Gin, Marla, los Barro… nadie quiso mirarle a los ojos.
Era el precio de los piratas, del saqueo y la esperanza inconsciente. Si quedaba sólo uno, el oro seguiría maldito. Si morían todos, la deuda quedaba pendiente y la isla caería, arrastrando el cielo entero con ella.
La isla gimió, inclinándose peligrosamente sobre el abismo.
"Soy un bastardo, no un mártir", murmuró Brannigan.
"Pero también soy un hombre de palabra".
Rápido como una maldición, tomó a Gin y lo arrojó hacia atrás. Marla reaccionó a tiempo, rodando con él hasta el Manticora, mientras los Barro trataban de cubrir la retirada, cortando raíces que intentaban arrastrarles al vacío. Brannigan, empuñando el oro, hizo un último saludo a la figura.
"Recibe tu juramento, espectro. Sobreviviremos. No volveremos. Contaremos la historia —y mentiremos tan bien como el oro brilla".
La figura parpadeó y se difuminó en la niebla, como si nunca hubiese estado. El canto cesó de golpe. La isla, aliviada, dejó de inclinarse.
***
De regreso en el Manticora, exhaustos y cubiertos de mugre, nadie quiso hablar. El oro pesaba en la cubierta, tanto física como moralmente.
No era un tesoro, sino un recordatorio: la fortuna era una cadena, la deuda una espiral.
Brannigan alzó su copa; el ron sabía a derrota y a acuerdo cumplido.
"A los caídos, a los mártires invisibles y a las islas que esperan su pago. Que ningún viento nos arrastre antes de tiempo".
Marla bebió, Gin asintió, y la tripulación se dejó llevar por el inclemente rumor de la sobrevivencia.
Tras ellos, la isla empezó a navegar, más ligera, rumbo a la bruma profunda, juramento pagado por un ciclo más.
Sabían, sin embargo, que algún día otra isla aparecería, otro juramento llamaría y otro capitán pondría en juego su palabra, su vida y el equilibrio de las alturas.
Pero esa noche, bastaba con estar a salvo, aunque solo fuese por un pequeño parpadeo del destino.
En los cielos, la fortuna y la condena bailaban, con los hombres como paso intermedio. Y así continuaba la corriente.
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