Portada del relato Susurros de la Espada Carmesí
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Fragmento:


En la primera cámara, aguardaba el Viejo. No era un nombre, sino un estado; un hombre con cabello hecho de telarañas, ojos mortecinos y la piel tejida de cicatrices. Custodiaba un círculo de fuego inmóvil, y en su brazo derecho relucía una cadena de obsidiana.

Duración: 08:23

Susurros de la Espada Carmesí
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Texto de ajuste de pausa.

La niebla del alba se estiraba entre las columnas rotas de Ibrath, besando la piedra con dedos inquietos. El aire olía a hierro, azafrán y al sudor de los hombres que dormían mal. Rileth asía la empuñadura de su espada envainada, caminando en silencio junto a la cerca de bardos retorcidos y estatuas decapitadas. En su hombro, aleteaba una sombra de impaciencia, sólo distinguible en las horas ambiguas entre la noche y el día, cuando las voces del peligro callan y las de la memoria despiertan.

–Es aquí –susurró Narinya, su compañera de viaje, guiando sus pasos hacia el zócalo desmoronado de una vieja atalaya. Narinya, con su manto verde oscuro y los tatuajes arcanos sobresaliendo como lianas de zafiro en sus pómulos, parecía tan antigua y peligrosa como la ciudad misma.

De entre la niebla emergió una figura, envuelta en correas de cuero endurecido y pieles sucias; ojos pequeños y negros bajo el yelmo irregular. Un centinela del gremio de saqueadores. –No hay paso sin tributo –gruñó, mostrando los dientes partidos.

Rileth apoyó la mano en la empuñadura y le devolvió la mirada. Los cuerpos de los charcos emanaban un vapor verde a lo lejos; los rumores afirmaban que eran los restos de aquellos que intentaron forzar la entrada a la torre de las brujas sin pagar el precio.

Narinya se acercó al centinela. Abrió la mano. En su palma apareció una mariposa azul, de alas translúcidas, imposible para la estación. La criatura revoloteó hacia la nariz partida del guardián, rozó su piel, y desapareció en una estela de polvo de azogue.

El hombre se tambaleó. Sus ojos se nublaron, los dedos se crisparon convulsos, y pronto se desplomó sin un sonido. Narinya recogió su cuchillo, ahora cubierto de runas calientes, y miró de soslayo a Rileth.

–No teníamos tiempo para palabras –dijo.

–Nunca tenemos tiempo –respondió Rileth, mientras esbozaba una leve sonrisa que hubiera sorprendido a los que sólo le conocían por sus trabajos de sangre.

Cruzaron la atalaya y, bajo un arco invadido de ortigas y ruinas, atisbaron la plaza sombría. Allí, en el centro, la torre. Negra como la tinta diluida; de ladrillos ciclópeos que parecían pulidos por la sed de los siglos. Nadie recordaba cuándo empezó la maldición en Ibrath, sólo que fue tras la llegada de la Emisaria. Las leyendas acordaban en que la Torre guardaba el Nexo: un pozo sin fondo donde las brujas habían sellado un fragmento del dios caído, una reliquia capaz de convertir la carne en sombra o en oro.

En la base de la torre, los restos de intentos abortados: antorchas abandonadas, huesos pulidos, pequeños tótems hechos de plumas y dientes de rata. Narinya musitó palabras antiguas, invocó la protección de su linaje desgarrado. Rileth desenfundó la espada, y la hoja brilló con un fulgor opaco, nacarado, como si rechinara ante la proximidad de la magia corrupta.

Ascendieron. El aire se volvió denso, cargado con la electricidad de promesas rotas.

En la primera cámara, aguardaba el Viejo. No era un nombre, sino un estado; un hombre con cabello hecho de telarañas, ojos mortecinos y la piel tejida de cicatrices. Custodiaba un círculo de fuego inmóvil, y en su brazo derecho relucía una cadena de obsidiana.

–No estáis invitadas –gruñó, su voz áspera, como grava en la garganta–. Dadme una razón mejor que el oro o las amenazas para dejaros pasar.

Narinya se arrodilló, bajó la cabeza, y dejó caer una pequeña bolsa a los pies del Viejo. Se abrió sola, revelando una hebra del pelo de su madre, muerta en el sitio de Abresha y ahora nada más que un fantasma de venganza.

–Santuario –dijo, con voz desnuda de afeites.

El Viejo miró la hebra con sus ojos ciegos, olfateó el aire y, tras un largo y doloroso segundo, sonrió. Su brazo giró, la cadena se desenroscó como una serpiente e indicó la puerta oculta junto al tapiz de las glorias impías. Rileth y Narinya pasaron sin más palabras, los tacones resonando contra la piedra pulida.

La siguiente cámara era de obsidianas paredes. Allí, las sombras reptaban y se arremolinaban, sosteniendo en sus bocas cosas robadas de penumbras más terribles. Al centro, sobre una mesa de lapislázuli, reposaba el corazón de un basilisco muerto. Palpitaba aún su resplandor venenoso.

–No mires directamente –advirtió Narinya en un susurro. Rileth no lo necesitaba. Había visto morir a un hombre querido bajo la mirada de otro basilisco y, desde entonces, odiaba todo lo que oliera a reptil.

Bordeando la mesa, rodeadas por murmullos de las cosas sin nombre que acechaban en las esquinas de la sala, llegaron hasta una puerta ovalada flanqueada por ansiosos relieves. Se abría hacia una escalera de caracol, angosta y goteante, descendiendo hacia el corazón frío de la torre.

–Aquí empieza la parte sin vuelta –murmuró Rileth.

–¿Alguna vez hay vuelta? –replicó Narinya, y descendieron.

La escalera era interminable. Entre peldaño y peldaño, la piedra rezumaba verso y veneno; la magia, atrapada en las juntas, susurraba lo inconfesable. Al fondo, un resplandor que no era luz. El Nexo.

El pozo se abría en la base de la torre, amplísimo. Un abismo donde flotaban fragmentos de espejos y lenguas de humo pálido; en su borde, grabados ancestrales vibraban, masticando oraciones de hace mil años. Del centro del abismo emergía una presencia: la Bruja sin Nombre.

No tenía rostro, sólo la sugerencia de un perfil tallado en niebla y odio. Su voz brotó de todas partes y de ninguna.

–¿Has venido, Narinya de los Magos Caídos? ¿Rileth, sombra de Amagar? ¿A reclamar lo que no os pertenece? El dios fragmentado no concede misericordia… ni poder sin precio.

Narinya avanzó, tatuajes resplandeciendo como carbunclos bajo la piel fatigada.

–Venimos a sellar lo que deberías haber dejado extinguirse, Madre. No tomaré tu poder, sólo la llave.

La Bruja sin Nombre se rió, y la cámara vibró con el estruendo de un trono hecho de gritos.

–La llave sólo la toma quien está dispuesto a romperse a sí mismo. Muestrame tu fractura, hija de la ruina.

Narinya, temblando, abrió la túnica, mostrando una herida cosida con cabellos y sangre seca.

–He pagado, Madre. He perdido a todos los que alguna vez amé para mantener el Nexo cerrado. Pero el precio nunca termina.

La bruja exhaló, y la herida en Narinya se abrió, supurando vapor y un miedo antiguo.

Rileth, viendo a su amiga tambalearse, se adelantó, blandiendo la espada. Vio el pozo, la penumbra, el pulso inquieto de las cosas no dichas. Entonces comprendió: la magia en la torre no podía ser destruida. Sólo podía ser soportada.

–Tomo el precio –dijo, antes de que Narinya se desplomara.

La Bruja sonrió; la niebla se arremolinó a su alrededor, las sombras mordieron la hoja de la espada y Rileth sintió a la vez pánico y una exultación furiosa en las venas. La espada comenzó a sangrar, goteando una savia iridiscente.

–Cada vez que la alces después de hoy, –dijo la Bruja, la voz ahora sólo para Rileth– cortarás algo de tu propio pasado, olvidarás una de las personas que una vez te dieron sentido. El Nexo estará sellado, pero te olvidarás a ti mismo en la guerra de los días.

Visitada por una súbita ternura –por Narinya, por la posibilidad de un mundo menos roto–, Rileth asintió. Con un solo tajo, cortó el aire por encima del Pozo, trazando el símbolo del cierre. Un aullido llenó la cámara, y la Bruja desapareció un instante antes de dejar tras de sí una carcajada que no tendría eco.

La cámara vibró. Las sombras cesaron. El Nexo estaba sellado… por ahora.

Narinya, pálida, tocó el hombro de Rileth.

–¿Quién eres? –murmuró, ojos llenos de una mezcla de miedo y dulzura.

Rileth vaciló. Sabía que al siguiente uso de la espada, perdería otro recuerdo, otra parte de sí. Miró a Narinya, a la torre, a las runas ahora apagadas.

–No importa –respondió, con una voz que no parecía ya suya–. Sé que alguna vez fui necesario.

El alba, tímida, asomó entre las grietas de la torre. Las ruinas de Ibrath volvieron a estremecerse, pero esta vez sin el eco de criaturas sin nombre. Por ahora, la sangre y la magia descansaban. Rileth y Narinya, juntos pero irreversiblemente distintos, marcharon de vuelta al mundo.

Por detrás de ellos, la Torre murmuró nuevas promesas a la niebla.

FIN

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