Fragmento:
Las campanas del templo irreconocible tañeron tres veces: largas, tristes, una advertencia en el corazón de la ciudad devastada. Para Kael, fue el signo convenido, y cruzó la plaza guiado por el rumor de la bruma y el hedor de la muerte reciente. Caminaba con la certidumbre de quien sólo espera la última jugada; la promesa de Tyra había sido tan seductora como brutal: “Esta noche, o tomamos la Torre de los Vástagos Caídos, o se alzarán sobre nuestros cuerpos y bailarán su danza impía en medio de nuestras entrañas.”
Duración: 08:01
La niebla, rojiza como la sangre recién derramada, reptaba entre los escombros de la ciudad de Zaurun, colándose en las grietas de las columnas caídas y bebiéndose la luz de los faroles que apenas osaban a parpadear. Al margen de la vieja plaza, bajo la sombra torcida de una estatua mutilada, una figura se mantenía alerta. Llevaba una capa desgastada y su capucha ocultaba un rostro marcado por la escarcha del desaliento. Sin embargo, sus ojos, cuando relumbraban, traicionaban la inquebrantable voluntad de quien ha visto extinguirse tanto la esperanza como el miedo. Se llamaba Kael, y sostenía una espada cuyos bordes reflejaban el carmesí de la niebla, como si la hoja reclamase su herencia de antiguas carnicerías.
No muy lejos, en la taberna destechada que una vez resonó con risas de mercaderes y bravucones, ahora sólo el rumor sordo de la desesperación sobrevivía. Sobre una mesa de madera carcomida, la hechicera Tyra recogía runas dispersas con dedos manchados de un pigmento negro, mientras recitaba palabras olvidadas por dioses y mortales. Su cabello, tan oscuro como la tinta que escurría de las piedras, caía enmarañado, pero sus ojos eran dos brasas límpidas. Un borracho dormía con la cabeza en el regazo de su amante, sin notar que la sombra bajo la mesa serpenteaba como una lombriz desquiciada, buscando a quién devorar primero.
Las campanas del templo irreconocible tañeron tres veces: largas, tristes, una advertencia en el corazón de la ciudad devastada. Para Kael, fue el signo convenido, y cruzó la plaza guiado por el rumor de la bruma y el hedor de la muerte reciente. Caminaba con la certidumbre de quien sólo espera la última jugada; la promesa de Tyra había sido tan seductora como brutal: “Esta noche, o tomamos la Torre de los Vástagos Caídos, o se alzarán sobre nuestros cuerpos y bailarán su danza impía en medio de nuestras entrañas.”
Al llegar a la taberna, Kael tensó la hoja contra la mesa. La hechicera alzó la vista, y en el fulgor de sus ojos Kael creyó adivinar no sólo su propio reflejo, sino también la promesa de un poder hostil, antiguo. Tyra deslizó las runas en una bolsa de cuero, las ató a su muñeca, y murmuró: “No hay vuelta atrás ahora.”
Kael no respondió. Ambos salieron a la neblina con movimientos medidos, cada uno recordando lo que el otro había perdido. Un amor antiguo; un pacto de sangre incumplido en la cámara secreta de la Torre, años antes, cuando aún existían nombres para la decencia y la misericordia.
La niebla, densa como las manos de un brujo, opacaba la visión a pocos pasos. Pero Tyra recitó un hechizo gutural, y un resplandor enfermizo brotó de su palma, trazando un sendero apenas visible entre el polvo y la ruina. Los restos de los muros parecían inclinarse para escuchar su paso.
—No confío en tus fuegos, --gruñó Kael—. Eso atraerá a los centinelas de la torre.
—Si no los atraemos, jamás sabrán el momento de temernos —replicó Tyra, una sonrisa asesina asomando bajo la capucha—. ¿No fue ése tu consejo antes de que nos traicionaran?
No había respuesta fácil para la acusación. Durante años, Kael había servido a los Vástagos del Caído, doblegando rodilla ante sus magos guerreros, cegado por la codicia de servir a una nobleza podrida; hasta la noche en que comprendió que sólo era otro instrumento para los fines de seres que sólo aspiraban a horror y poder.
Ahora, la propia Torre se alzaba frente a ellos, desafiando cielo y tierra. Era un prisma herido, con grietas encendidas por la energía corrupta de los antiguos magos. Dos figuras, armadas con lanzas negras y vestidos con armaduras de escamas azuladas, custodiaban la entrada. Los ojos de ambos centinelas eran pozos vacíos donde la humanidad se marchitó tiempo atrás.
—No dejes que mi fuego te toque —advirtió Tyra—. Pero tampoco les permitas herirte.
Se fundió en la niebla, desvaneciéndose como un pensamiento odioso, y Kael entendió su papel. Se acercó a los guardianes en pasos sigilosos, hasta que sólo un hálito de la bruma los separaba. Cuando uno de ellos giró la cabeza, Kael se abalanzó, la hoja cortando el aire en una parábola irrefrenable. Una cabeza rodó, derramando humo negro en vez de sangre. El otro apenas tuvo tiempo de erguir la lanza, pues Tyra surgió tras él y lo tocó con su mano encendida: el centinela se transformó en cenizas antes de abrir la boca para gritar.
—Rápido —ordenó Tyra, deslizando su figura entre las piedras volcadas—, la grieta se cerrará pronto.
Dentro, el aire olía a carne quemada y azufre. Estatuas mutiladas salpicaban las escaleras. Mientras subían, un zumbido los envolvió: el retumbar sordo de los condenados a habitar estas murallas. Tyra manoseaba de vez en cuando las runas, como un talismán.
—¿Sabes lo que buscan aquí? —musitó Kael.
—La misma eternidad que tú huiste de darles —respondió ella—. Pero esta vez, la tomarán de nuestras entrañas, no de promesas.
En la sala mayor, aguardaba el último de los Vástagos originales. No era humano, aunque su figura esbozaba la silueta angulosa de un hombre: su piel era traslúcida, iluminada desde adentro por venas de fuego azul; su rostro, apenas reconocible, dejaba escapar una voz que no era sino el eco de muchos horrores superpuestos.
—Kael. Tyra. Al fin entendieron que el odio es un círculo perfecto, y que todo vuelve al origen.
La bruja extrajo de su bolsa una runa triangular, y la levantó hacia la criatura. —Esta noche acaba el círculo. Ni trono ni eternidad para ti. Aquí arderás.
El Vástago extendió sus brazos, y la sala se llenó de sombras filosas. Kael sintió una oleada de miedo puro, y sólo pudo arrojarse contra la criatura. Su espada chocó con una barrera invisible, lanzándolo contra una columna. Tyra, por su parte, comenzó a recitar un conjuro tan antiguo, que ni siquiera los gruñidos del Vástago pudieron interrumpirlo.
De las grietas del suelo comenzaron a brotar raíces espectrales, envolviendo al monstruo y alimentándose de la energía corrupta. El Vástago rugió, y lanzó un pulso de magia azul, partiendo la sala en dos. Kael se arrastró, usó una astilla de estatua a modo de puñal y, mordiendo el dolor, la hundió en la pantorrilla traslúcida del monstruo. El Vástago gritó, y su hechizo se tambaleó.
Tyra vio la oportunidad y aplastó la runa contra su propio pecho. Una llamarada brotó de ella y atravesó la carne de la bruja, y luego voló hasta el origen del mal, incinerando el centro mismo de la criatura. El Vástago chilló, perdiendo su forma; la magia que lo sostenía se deshilachó.
Pero la vida también abandonaba a Tyra: el precio de la runa era siempre carne y alma.
Kael aún temblaba de dolor cuando alcanzó su lado. Sostuvo el cuerpo de Tyra mientras la niebla carmesí se colaba en la sala. Ella, con su última fuerza, musitó el conjuro de cierre, sellando el portal de la Torre, condenando a los Vástagos restantes a un encierro sin fin.
—Ahora sí, mi deuda está pagada —susurró, y su mano se cerró en torno a la empuñadura de la espada de Kael. Por un segundo, la mirada de la hechicera no fue la de una bruja, sino la de una muchacha de hace años, en el patio soñado de una ciudad que ya no existe.
El silencio se adueñó de las ruinas. Afuera, la niebla comenzó a disiparse, y los primeros rayos temblorosos del sol se asomaron, como temerosos de comprobar los estragos de la noche.
Kael salió de la Torre llevando el cuerpo de Tyra. Sabía que no habría canciones sobre su gesta. Nadie celebraría la caída de los Vástagos, ni el sacrificio de la hechicera. Pero en la frontera difusa entre la luz y la niebla, hizo una promesa silenciosa: que las espadas no volverían a empuñarse en nombre de otra eternidad rota. Que aunque la magia tuviera mil formas, aún restaba en el mundo valor para resistir su peor precio.
Lentamente, con la memoria de la sangre y el fuego ciñendo su espalda, Kael se perdió entre las ruinas, dejando que la ciudad, por fin, comenzara a sanar.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.