El crepúsculo se filtraba a través de las nubes cenicientas, derramando una luz rojiza sobre la vasta llanura. A la distancia, una solitaria figura avanzaba entre el follaje raso y los escombros de antiguas civilizaciones: Senn Dalvir, apodada “la Pétrea”, mercenaria y exiliada, con la reputación de tener el corazón endurecido incluso frente a las promesas de oro o las palabras dulces. El cabo de su espada, forjado en acero rojo, rozaba su cadera con cada paso, y bajo el hollín y el sudor, su piel mostraba cicatrices que narraban historias solo comprendidas por los dioses y muertos.
Aquella noche ardía suavemente en el aire la promesa de nuevas desgracias. Los cuervos, centinelas de la llanura, graznaban en advertencia, pues nadie entraba en la frontera de Marhej Wyr, el dominio de los brujos banidos donde la sangre y la bruma sellaban pactos que la razón no concibe.
Senn contempló el horizonte—donde las viejas piedras del Laberinto Sangriento se elevaban, erosionadas, semejando fauces de bestias ansiosas por devorar incautos. Su objetivo era claro: encontrar a Yarik el Desgarrado, un brujo renegado cuyos conocimientos valían más que la vida de reyes. Pero también estaba el juramento, lo único que aún pesaba en su pecho como una cadena.
Al caer la noche, Senn halló un claro en el sendero. Allí, la hierba estaba tumbada en círculos, aplastada por fuerzas invisibles. El viento trajo consigo un hedor aciago, y una voz, baja y gutural, emergió de las sombras.
—He oído tu nombre, Senn Dalvir —ronroneó la oscuridad—. Y he oído tu maldición.
Ella se irguió, sin mostrar temor, aunque sintió cómo un escalofrío reptaba bajo su cota de malla.
—Muéstrate —escupió, sosteniendo la espada con firmeza.
Del follaje emergió la silueta de una mujer envuelta en túnicas rojas y negras, la piel marcada con símbolos arcanos. Sus ojos refulgían como carbones al rojo vivo.
—Yo soy Lira, última hija de la Casa Torden—dijo la extraña, con una voz teñida de ira y lamento—. Vengo a ofrecerte poder o muerte, Senn Dalvir. Tú eliges.
Senn no era de las que esquivaban las amenazas; su vida había sido un constante escoger entre opciones que destilaban veneno.
—Habla, señora del Fuego Caído —respondió, relajando apenas su guardia—. ¿Qué traes para mí?
Lira sonrió con labios que parecían conocer secretos que llevaban a la locura.
—El brujo que buscas está más allá del Laberinto Sangriento. Si quieres atravesarlo, necesitas algo más que una espada afilada… o valor. Necesitas esto.
Le tendió un amuleto obrado en hueso y cuerda. En su centro, un fragmento de piedra negra giraba, suspendido en el vacío. Senn sintió que le faltaba el aliento.
—¿El Ojo de Kheth? —murmuró, reconociendo la reliquia, que según los viejos relatos, engañaba a la propia muerte.
Lira asintió, sus ojos convertidos en navajas de recelo.
—No dejes que el amuleto toque tu piel desnuda, o beberá tus recuerdos. Pero si lo llevas, las puertas del laberinto se abrirán… y las criaturas que lo guardan ignorarán tu presencia.
Senn recogió el Ojo con un trozo de cuero. El aire parecía vibrar, y un leve temblor estremeció el suelo bajo sus botas. Lira se retiró sin palabras, fundiéndose de nuevo en las sombras de la llanura.
La mercenaria continuó, adentrándose en el corazón del territorio prohibido. El Laberinto Sangriento aguardaba, un emblema de locura y corrupción. Muros cubiertos de algas sangrantes y huesos. Puertas que respiraban y se contraían, como si fueran cuerpos vivos. Ecos de gritos y risas distorsionadas acechaban en cada esquina.
Senn contuvo el asco y el miedo. Avanzó guiada por la bruma que destilaba el Ojo de Kheth, ajena por completo a las sombras reptantes que lamían sus talones. Solo en el núcleo, donde las paredes se abrían a un patio central cubierto de líquenes lúgubres, encontró la figura encorvada de Yarik el Desgarrado.
El brujo, envuelto en harapos y con el rostro surcado de cicatrices, alzó la mirada.
—¿Para qué vienes, hija de carne y acero? —croó, su voz deslizándose como un veneno lento en los oídos—. El mundo no cambia con deseos, y menos con sangre.
—Tú tienes lo que busco —exigió Senn—. El encantamiento conocido como el “umbral de llamas”. Entregarás la fórmula, y juro que tu vida será tuya.
Yarik rió, y sus dientes podridos relampaguearon en la penumbra.
—Un juramento en la llanura del Cuervo es como un beso en una tumba: frío e inservible. Pero tengo hambre de ser libre, y tú pareces tener hambre de venganza. Te daré lo que pides, si me liberas de este lugar.
Senn escupió a un lado.
—¿Por qué tú, de todos los condenados, sufrirías prisión aquí?
—Porque el Ojo que portas me mantiene atado. —Tosió, escupiendo sangre envilecida—. Tiéndeme el amuleto y cumpliré tu deseo.
La incertidumbre mordía el pensamiento de Senn. ¿Liberaría a un monstruo por un hechizo? ¿Quién, sino los dioses locos de estas tierras, podría prever las consecuencias?
Pero su misión era clara: nada importaba más que romper su antiguo vínculo con los que la traicionaron en la Ciudadela de Hueso.
Con mano resuelta, deslizó el Ojo de Kheth a los pies del brujo. El aire silbó, y una llamarada de viento y oscuridad envolvió a Yarik. Cuando la niebla se disipó, lo vio erguirse, ya no encorvado, y en sus ojos brillaba el fuego de mil condenas.
—El “umbral de llamas” es un conjuro de transición —dijo Yarik—. Romperá cualquier cadena, abrirá toda puerta. Mas pide un precio que ninguno paga dos veces.
Extendió una mano y dibujó en el aire símbolos incandescentes, mientras murmuraba palabras prohibidas. La energía rasgó la carne y el alma de Senn; sintió el dolor como nunca antes, una agonía que la hizo arrodillarse, mordiéndose el labio hasta sangrar.
—La venganza es una antorcha —susurró Yarik—. Basta una chispa para que consuma lo que eres.
La visión de la Ciudadela de Hueso surgió en su mente; la traición resonó con furia y tristeza. El encanto ardía en sus venas, y supo que nunca sería como antes. Ya no había vuelta atrás.
—Vete —gruñó Yarik, arrancando el Ojo de Kheth de la tierra—. Y recuerda: siempre hay un precio final.
Senn se alzó, tambaleante. En sus manos ardía el conjuro, como una llave anhelante y viva. Con paso incierto, desanduvo el laberinto, que ahora temblaba por el despertar del brujo liberado. Criaturas informes aullaban, el aire se desgarraba por fuerzas fétidas y antiguas.
Al salir a la llanura y contemplar la luna bañando de blanco el mundo, Senn supo que su destino estaba marcado y sellado. El conjuro vibraba, impaciente, exigiendo el pago de su sangre o la sangre de aquellos a quienes odiaba. Había cruzado el umbral prohibido, y ya nada en ella pertenecía a la simple tierra de los vivos.
La Ciudadela de Hueso la aguardaba, con sus fantasmas y deudas. Detrás, en la llanura roja, los cuervos graznaban, borrachos de presagios y muerte. Lo único que Senn podía hacer era avanzar. Porque en el mundo destrozado de Marhej Wyr, la espada sólo sirve a quien acepta el precio de la brujería.
Y en esa noche, entre la bruma y el rumor de los condenados, Senn Dalvir, la Pétrea, encontró el límite entre la venganza y la perdición, sabiendo que su historia apenas había comenzado.
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