Fragmento:
A lo lejos, donde la nieve es más antigua que las leyendas y los cielos nunca dejan de llorar cristales, los llanos helados eran gobernados por los castillos de hielo: fortalezas frías y majestuosas, como osamentas arrojadas por dioses antiguos. Los viajeros que se atrevían a cruzar esas tierras hablaban en susurros de algunos reinos yaciendo dormidos bajo glaciares, y de otros, que respiraban aún, arrullados por la sangre de sus Reyes sombríos.
Duración: 08:40
A lo lejos, donde la nieve es más antigua que las leyendas y los cielos nunca dejan de llorar cristales, los llanos helados eran gobernados por los castillos de hielo: fortalezas frías y majestuosas, como osamentas arrojadas por dioses antiguos. Los viajeros que se atrevían a cruzar esas tierras hablaban en susurros de algunos reinos yaciendo dormidos bajo glaciares, y de otros, que respiraban aún, arrullados por la sangre de sus Reyes sombríos.
Casi nadie cruzaba el Paso del Ultimo Día sin motivo apremiante, pero aquella noche de sol negro una columna de guerreros avanzó bajo la aurora agrietada. Eran hombres curtidos, de miradas más filosas que el mismo hielo, y el estandarte que cargaban era todo lo que la civilización temía: la bandera del Foso Profundo, el reino caído de los Hijos de Euran, donde se decía que la oscuridad aún caminaba en forma de hombre.
Lideraba la marcha Vilka, heredera última de las antiguas reinas-brujo, y a su lado Iorun, el mortífero custodio de secretos, portador de la Lanza Sin Fin. Caminaban entre copos e historias: unos que el viento llevaría, otros que los huesos aún guardarían. El propósito era uno: derrocar la amenaza de Sergen, Rey Oscuro del Trono Supurante, quien alzaba ejércitos de sombras y nigromantes bajo el castillo de Naulkar y amenazaba con barrer toda esperanza bajo su frío reinado.
La fortaleza de Naulkar se erguía en la frontera entre la niebla y la desesperación, colosal y delicada, labrada pieza a pieza en edades ancestrales por titanes invisibles. Sus torres se retorcían hacia las nubes, y de noche, los reflejos de la aurora hacían creer que dentro danzaban almas apresadas. Vilka y los suyos solo podían avanzar marchando a través de un vello bosque de lanzas de hielo, donde árboles enteros caían convertidos en polvo azul al mínimo suspiro de un encantamiento maldito.
A cada paso, el viento llevaba susurros de los condenados: “No olvidéis el pacto”, decían las voces, “El precio del poder es la memoria de los buenos días”. Pero Vilka no dudó. Su pueblo había sido perdido, corrompido por las sombras que Sergen gestionaba como si fueran pastores de fuego negro, y el precio de la inacción era un invierno sin fin.
Las noches caían rápidas y mortíferas, y en cada campamento las criaturas del hielo —espectros oscuros, gargantas congeladas o bestias errantes cubiertas de escarcha— acuciaban a los vivos. Solo manteniéndose cerca del fuego antiguo, cuidadosamente protegido en urnas de hueso y tachonado por runas viejísimas, lograban rechazar la marea espectral.
El viaje de Vilka fue también una expedición interior. Los relatos de la infancia, en los que Naulkar parecía un sueño imposible, fueron arrasados por nuevas imágenes: soldados cayendo sin ruido bajo la nieve, la noche impía tratando de devorar el calor humano, viejos rencores durmiendo debajo de un lago tan negro como una traición. Iorun, su guía y apoyo, hablaba poco pero de noche tejía cantos protectores, palabras que se colaban entre los suspiros del viento y fortificaban el coraje de los guerreros.
Día tras día, castillo tras ruina, Vilka y los suyos se acercaban a Naulkar, sintiendo crecer la oscuridad como un ozono fatal en el aire, presagiando la locura. Llegaron a un lago cubierto por una costra de hielo tan delgada que apenas soportaba el peso de una promesa. Allí, a la luz de una aurora temblorosa, el ejército se detuvo. A orillas del lago se hallaba la Villa del Susurro, último reducto antes de enfrentar la boca misma de la fortaleza.
Allí, encontraron a uno que había escapado de Naulkar con vida. Un hereje, decían unos, pero en sus ojos anidados de miedo Vilka vio un aliado inesperado. Se llamaba Elan. Traía consigo noticias de sangre: “Sergen ya no es solo un hombre. Ha pactado con espectros de la noche polar. La corona que porta ya no es de escarcha, sino de puro abismo. Siente cada pensamiento, cada temor, porque la oscuridad que reina le hace uno con las sombras mismas”.
Vilka tembló. Iorun preguntó: “¿Y cómo se le vence a quien se ha hecho uno con lo innombrable?”. Elan apuntó hacia el abismo del castillo: “Hay viejos conjuros grabados en la prisión subterránea, bajo la sala de los sueños rotos. Pero nadie sobrevive al cruce del Vestíbulo de los Ojos. Ni siquiera los muertos.”
Aquella noche fue la más larga. Guerreros y brujos unieron sus temblores en una vigilia férrea, rodeados de filos y brebajes que espantaban el dolor. A la mañana siguiente avanzaron, ciegos de miedo y fe. El cadáver de un ciervo negro, símbolo de mal augurio, marcaba la entrada al siguiente corredor helado. Pronto, los muros de Naulkar se ergieron tan cerca que el aliento de Sergen parecía empañar el aire mismo.
Atravesaron el Vestíbulo de los Ojos: una galería retorcida por columnas donde en cada guía colgaba la máscara congelada de un antiguo traidor. Aquí, el suelo susurraba bajo los pies, y cada máscara parecía mirar, juzgar y murmurar un nombre olvidado. Cuando la primera espada cayó, al contactar con una raíz de hielo oculta, resonó un grito: “Almas, venid”. De los muros brotaron figuras: soldados caídos, reyes traicionados, amantes suicidas, todos esos condenados de la noche. Vilka avanzó, rodeada de un círculo protector de sangre vil y fuego azul; los espíritus no podían entrar, pero sus lamentos rompían el alma.
Uno a uno, los compañeros fueron quedando atrás, dando tiempo a los demás. El hielo se teñía de rojo y los nombres caídos eran ofrecidos al viento, para que los recordara la aurora. Al llegar a la sala de los sueños rotos solo quedaban Vilka, Iorun y el herido Elan.
Allí, sobre un trono hecho de vértebras de gigantes y coronado de luz negra, aguardaba Sergen. Su rostro apenas era humano: piel pálida surcada por venas gélidas, ojos hondos como el abismo al que se había vendido. Hablaba como hablan las vacilaciones más oscuras de la mente.
“¿Vienes a suplicarme piedad, hija de reinas rotas? La escarcha de la eternidad ya está aquí.”
Todas las luces de la estancia titilaron con el pulso de su odio.
Vilka levantó la espada que portaba el fuego antiguo. “No vengo a suplicar. Vengo a devolver a estas tierras la sombra justa: la noche verdadera, no tu apagón sin memoria.”
Sergen rió; el sonido era una sucesión de ventiscas y gritos de niños perdidos. Se desató la batalla. Elan, ciego por el dolor y el miedo, musitó las palabras prohibidas de los conjuros astillados en las losas. Iorun, lanzando su lanza centelleante, mantuvo a raya los espectros que surgían de la corona oscura. Las luces danzaron, el hielo se craqueló bajo el poder de fuerzas antagónicas. Los sueños mismo, grabados en columnas, sangraban imágenes de pasados mejores.
Vilka se enfrentó a Sergen. Desvió rayo tras rayo de helada, cada uno robando recuerdos y clavos del ayer. Cuando quedó sin reservas, solo la voluntad pura la sostenía. Avanzó y le lanzó, con todo lo que fue, la espada de fuego. Sergen la bloqué con el poder de sus sombras, pero Elan, en un último grito, rompió la losa del conjuro·: un viento antiguo se filtró, haciendo flaquear la corona. En el acto, Iorun saltó y atravesó el pecho de Sergen con su lanza.
Los gritos cortaron la sala. El hielo provocó avalanchas lóbregas; columnas completamente se deshicieron en polvo de estrellas. Vilka se aproximó al trono, tocó la corona: un alarido ancestral la atravesó. Vio mil años de dolor y reinados corruptos, escuchó las súplicas de generaciones enteras. Pero cuando apoyó el fuego puro de su espada sobre la corona, esta rugió, se fundió y cayó en lágrimas de acero y humo.
El frío comenzó a ceder. Las almas lamentaron su partida, pero el hielo volvió a ser solo hielo; la noche, solamente noche. Sergen fue polvo arrastrado por un remolino de llanto, y en su lugar quedó un eco de advertencia: “La oscuridad no muere, solo espera”.
Vilka, Iorun y los pocos que quedaron atrás dejaron Naulkar entre ruinas y luz temblorosa. Bajo la aurora, el hielo por fin cantaba otro himno. La tierra del norte no florecería, pero los nombres de los que enfrentaron la sombra seguirían vibrando en las leyendas, allí donde el frío se encuentra con los corazones que no olvidan.
Durante años los pueblos del norte repitieron la historia: cómo la hija de brujas y los últimos fieles trajeron no el calor, sino la dignidad de un invierno justo. El castillo de Naulkar siguió en pie, pero sus sombras no volvieron a reinar en la escarcha.
Así fue como, en aquel rincón olvidado de la eternidad, la canción del hielo se convirtió en el testimonio de un coraje que ni las tinieblas eternas pudieron apagar.
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