Cuanto más recordaba el rey Odron aquello que había sido su reino, más evidente se hacía el deterioro. Los campos que recorrió de niño, bajo un cielo azul y generoso, ahora yacían cubiertos por una pátina de ceniza. La sombra del volcán del norte, que una vez medía orgullosamente los límites de Raudell, arrojaba ahora un frío inquebrantable sobre aldeas mudas; ni siquiera los graznidos de los cuervos se atrevían a perforar el silencio. Odron, desde la ventana de la sala del trono, distinguía cómo la niebla descendía por las laderas arrastrando a su paso cualquier atisbo de esperanza.
Esa noche, tras la última asamblea, el rey se permitió un instante de debilidad. Apartó la corona de su frente—una diadema forjada en las forjas ardidas, engastada con un rubí ya opaco—y la observó a la luz parpadeante de las velas. Era la Corona de Ceniza, según la leyenda: quien la portara no solo reinaría sobre Raudell, sino sobre todo lo muerto y dormido bajo su tierra. “Los dioses no me han dado ese poder,” murmuró, como si alguna entidad velada pudiera oírle. Luego, el deber lo reclamó. Ordenó que convocaran a los viejos magos y a su hija, Meray.
Meray caminó en silencio junto a la Escolta de Plata, atravesando los pasillos de la fortaleza. Era alta, de cabellos oscuros y mirada gélida, entrenada en las artes arcanas por la Liga de Vladistas, quienes forjaban magos y asesinos por igual. Sabía que la llamada del rey significaba peligro, aunque no mostraba ni miedo ni impaciencia. Frente a la enorme puerta de ébano, ebanistas habían tallado la historia de Raudell: dragones de alas grises, ríos desbordados, la coronación de Astragar el Primero bajo la sombra del mismísimo volcán.
Cuando Meray llegó, el rey estaba solo. “Padre,” saludó con la reverencia que merecía, aunque le doliera la distancia creciente entre ambos, desde la desaparición de su madre.
—Esta noche vendrán los heraldos —anunció el rey, sin preámbulos—. Dicen que traen la respuesta a la corrupción de Raudell. Lo que no dicen, y tú debes comprender, es el precio.
Odron apoyó la corona sobre un atril y se giró hacia su hija. “¿Estás dispuesta a escuchar lo que piden?” preguntó con voz tensa.
La hija asintió. “Haré lo que demande el reino. Pero no al precio de perderlo todo.”
—A veces no tenemos elección —sentenció el rey.
No mucho después, un viento helado barrió el salón del trono, apagando las antorchas. Una niebla se filtró bajo la puerta cerrada, y de la bruma emergieron tres figuras: los Heraldos del Fin. Llevaban túnicas viscosas como la escarcha, y sus rostros eran máscaras de alabastro. Hablaban con voces superpuestas, una melodía de mortajas y lamentos:
—Venimos por el Espejo, el que esconde los nombres de tus enemigos. Sólo al revelarlos ante la Corona de Ceniza, Raudell volverá a florecer.
El Espejo de los Vladistas. Meray sintió una punzada en la base del cráneo. Sabía de su existencia: un objeto prohibido, escondido en los confines del Bosque de Ulaar, custodiado por los lobos sagrados. No sólo podía desvelar la verdadera naturaleza de los hombres, sino que revelaba al mismo tiempo los secretos del portador, destrozando su alma si no era digna.
—¿Y si el espejo revela algo… indeseado? —preguntó Meray.
—Todo precio es cobrado. La corona será restaurada, pero sólo si se enfrenta la verdad —respondieron al unísono los heraldos.
Odron vaciló, pero supo que nada quedaba salvo confiar en el temple y la astucia de su hija. Así comenzó la búsqueda del Espejo de los Vladistas.
Acompañada de dos guardianes, Meray partió al alba. El viaje era traicionero: los caminos serpenteaban entre aldeas abandonadas y bosques semimuertos, donde las raíces emergían como brazos de ahogados buscando asirse a los vivos. Las noches se poblaron de susurros y sombras, y el frío era tan atroz que ni las brasas lograban calentar la sangre. Al llegar al borde del Bosque de Ulaar, un miedo primitivo caló los huesos de los tres viajeros, como si un lobo gigantesco acechara a través de las ramas retorcidas.
La leyenda decía que quien deseara penetrar Ulaar debía ofrecer un tributo. Meray se detuvo frente al roble petrificado que marcaba la frontera—la madera era negra como la noche sin luna—y cortó un mechón de su propio cabello, que depositó en las raíces. “Aceptadme, guardianes”, susurró.
Los lobos no tardaron en aparecer: colosales, de pelajes plateados por la escarcha. Sus ojos eran estrellas antiguas, y de sus fauces caían palabras, no gruñidos.
—¿Conoces el peligro de lo que buscas, Vladista? —preguntó la loba mayor.
—Sí —contestó Meray—. Por Raudell, todo.
—Tendrás lo que vienes a buscar —dictaron—, pero sólo si aceptas ver tu reflejo… y no apartas la mirada.
El Espejo se encontraba en un claro hondo, sobre un altar cubierto de runas. Era tan pulido que el propio aire parecía remolinarse en su superficie. Al tocarlo, Meray sintió la presencia de todas las almas que habían muerto en su linaje. Una sensación de caída infinita, como si el universo tirara de sus entrañas.
“Muéstrame a los enemigos de Raudell”, susurró. Pero el Espejo no respondió. En cambio, le presentó su propio rostro, multiplicado y distorsionado, junto a las imágenes de sus errores: la vez en que traicionó a su mejor amigo por ambición, la desconfianza con que miraba a su propio padre, el deseo latente de sentarse algún día en el trono, aunque todo estuviese perdido. Luchó contra la desesperación, tembló pero no sucumbió, y en ese momento el Espejo murmuró con miles de bocas:
—Sólo quien acepta su sombra puede ver la de sus enemigos.
Y entonces se precipitó una visión. Otros rostros emergieron: los tres heraldos, a quienes vio en un pasado remoto destruyendo otros reinos con promesas similares; un noble traidor infiltrado en la corte, marcado con el signo de la Serpiente Negra; y, lo más devastador, su propio padre pactando con un demonio menor años atrás, para salvar su vida a costa de las tierras del sur, condenando a miles a la muerte y el exilio.
Sintió que el hielo del remordimiento la partía en dos, pero recordó el juramento a su reino. Con manos firmes, envolvió el Espejo en un paño de lino y emprendió el regreso.
El retorno fue aún más arduo, pues los heraldos no deseaban que volviera con el conocimiento. Gélidas sombras volaban por encima de su cabeza durante las noches, enturbiando su sueño con pesadillas. Uno de los guardianes sucumbió al veneno de una flecha negra entre los juncos de un río helado. Meray no se detuvo.
Cuatro días después, tres heraldos aguardaban en el salón del trono. La niebla hervía en sus pies.
—¿Traes el Espejo? —entonaron.
—Sí. Y conozco vuestro verdadero rostro.
Las figuras vacilaron. Odron, pálido pero erguido, se aprestó a recibir la revelación. Meray se volvió a su padre y, por primera vez, lo miró no sólo como rey sino como hombre: temeroso, desgastado por las decisiones y el peso de la culpa. “Padre, el Espejo puede sanar Raudell, pero nada crece sobre la mentira ni el pacto impío. Si lo usas, te consumirá lo que has hecho.”
El rey bajó la mirada. Comprendía demasiado bien a su hija. Finalmente, asintió.
“Que Raudell sea restaurado con verdad, no con magia corrupta,” dijo, y tocó la superficie del Espejo mientras la Corona de Ceniza ceñía su frente.
Las máscaras de los heraldos comenzaron a resquebrajarse. “¡No! ¡La verdad no es el trato!” bramaron, pero era demasiado tarde. El Espejo brilló con una luz crepuscular y mostró, ante todos los presentes, la imagen de Odron sangrando del costado, arrodillado ante una sombra que prometía poder. El salón fue sacudido por un rugido y las paredes se cubrieron de lágrimas de sangre. Los heraldos chillaron y se disolvieron en fragmentos de viento.
La corte, atónita ante la revelación y la magnitud del sacrificio, hubo de decidir el futuro. Odron, sabiendo que había perdido el derecho al trono, entregó la corona a su hija, a quien el Espejo dejó marchar intacta, pues había soportado la verdad. Bajo la guía de Meray, Raudell comenzó a sanar. El volcán aún humeaba, pero ahora los cuervos cantaban. Los nombres del traidor y los corruptos fueron desterrados, y los Vladistas juraron nunca más buscar poder sin mirarse primero al espejo del alma.
Y así, la Corona de Ceniza encontró por fin un soberano digno de su nombre, y la verdad, rota y dolorosa, se convirtió en la semilla de un nuevo reino.
FIN
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