Fragmento:
Aquella noche, en la posada de Asterser, Variel despertó sobresaltada, la garganta seca, el alma en suspenso. Frente a ella, el humo de la chimenea danzaba como si formara runas discontinuas, y las sombras de los forasteros parecían cobrar identidad bajo el resplandor del fuego. No era la visión onírica lo que la inquietaba, sino la inusual nitidez del mensaje: una puerta de piedra, bajo la raíz del olmo mayor, y tras ella, un corazón palpitante de fuego azul.
Duración: 08:37
Las colinas de Ternyn se vestían aún de una bruma violeta por la llegada de la luna nueva, y el susurro de los olmos centenarios era todo cuanto se escuchaba hacia el este, donde el mundo se perdía de la vista y de la memoria. Desde miles de años, decían, las raíces de aquellos árboles guardaban los secretos de las eras pasadas, palabras que ni siquiera los archimagos de la Torre de Edris habían descifrado por completo. El reino entero, ahora reducido a unos pocos estandartes en la ciudad alta de Caldreth, vivía bajo la sombra de la inminente ruina. El antiguo pacto de los Sangredura se había roto; el fuego de la bendición dormía apagado. Sin embargo, de la ruina surgen los nombres que la historia recuerda o teme.
La protagonista era una mujer de treinta y cinco inviernos cuyo rostro nunca se hubiera esperado entre los héroes de la canción: Variel, también llamada la Gris, hija bastarda del barón Caelys. Su madre había muerto en el parto y su padre jamás la reconoció, relegándola a la servidumbre y apresurando su huida a la antesala de los forajidos. Pero ella tenía, a falta de título, un don: los sueños con la voz de los olmos, que le hablaban sin palabras y le daban visiones de mar y relámpago.
Aquella noche, en la posada de Asterser, Variel despertó sobresaltada, la garganta seca, el alma en suspenso. Frente a ella, el humo de la chimenea danzaba como si formara runas discontinuas, y las sombras de los forasteros parecían cobrar identidad bajo el resplandor del fuego. No era la visión onírica lo que la inquietaba, sino la inusual nitidez del mensaje: una puerta de piedra, bajo la raíz del olmo mayor, y tras ella, un corazón palpitante de fuego azul.
Abandonó su jergón antes del alba. Se vistió con su capa de lana gruesa, sujeta por una fíbula de hueso antiguo. No llevaba más que una bolsa de cuero, una daga y la vieja flauta de caña que había rescatado de unas ruinas olvidadas al este. Por sus venas circulaba la determinación de quien no puede elegir otro destino. Sabía, sin saber cómo, que si no acudía al llamado de los olmos, el invierno sería eterno y el reino caería en un silencio del que sólo despiertan los muertos.
El sendero hacia el bosque era una herida plateada en la tierra, y con cada paso, la niebla parecía ceder ante ella. Pronto, se sintió observada; miró sobre su hombro, prestando oído al crujir de las ramas. Surgieron dos figuras. Uno era un hombre, enlutado y barbado, de ojos huecos; la otra, una mujer de armadura ligera y piel de ébano, con el emblema del Viejo León grabado al pecho.
—La Gris —dijo el hombre, en tono de saludo. Su acento delataba un origen en los ducados del sur, donde la lengua forma palabras como cuchillas—. He esperado este momento desde los fuegos de Nordath.
Variel esbozó una sonrisa fatigada.
—¿Vienes a matarme, Calron? —preguntó.
La silueta de la mujer, un tanto más joven y menos dada a la conversación, intervino.
—No matarte, sino caminar contigo. La canción de los olmos se escucha hasta en los puentes de Bresht. Sabemos lo que peligra.
Nadie preguntó cómo lo sabían. Así, hicieron un pacto tácito, y caminaron los tres juntos en silencio, envueltos por el aire húmedo y sagrado del bosque antiguo. Pronto, encontraron ellos también la raíz del olmo mayor, cuyas ramas envolvían el cielo como si fuesen las costillas de algún dios olvidado.
Al llegar, Variel se detuvo frente al muro de corteza entrelazada. Sintió en la yema de los dedos la vibración de la madera, como si sus pulsos se alinearan. Cerró los ojos y susurró una melodía en un idioma sin nombre, y el aire respondió; las raíces cedieron, dejando al descubierto la piedra húmeda de la puerta. Calron desenvainó la espada, y la mujer del León preparó su escudo.
La puerta se abrió con un sonido sordo, y la oscuridad los tragó. Descendieron más allá de la memoria de la tierra, tropezando con los huesos de una civilización perdida: esferas de ámbar con polvo de luz en su interior, huesos de criaturas desconocidas, inscripciones en la lengua prohibida de los Mardonath —aquella que, según decían, podía volver loco al más fuerte de los magos—. Ante ellos se extendía un corredor que serpenteaba como los caminos de los sueños y los terrores nocturnos.
Dentro, la atmósfera se volvía extrañamente cálida; unas veces era casi un abrazo, otras, la mano apretada de un rival a punto de blandir el acero. Calron murmuraba oraciones de protección, y la mujer del León —cuyo nombre resultó ser Thira— avanzaba con sus pasos guerreros, midiendo el suelo con una paciencia de depredador.
De repente, un aullido surgió del fondo de las galerías. Algo se movía sobre el pulso de las piedras, veloz y atroz. Surgieron los Guardadores: espectros de aire y ceniza, de cuerpos incompletos y bocas que devoraban himnos y promesas. Thira saltó adelante, desviando un golpe etéreo con el escudo. Calron la cubría, hiriendo la niebla con la hoja de su espada. Variel, sintiendo que el mundo giraba a su alrededor como una rueda de fuego, se aferró a la flauta y tocó una nota grave, como la que entona el viento antes de la tempestad.
El aire estalló con la fuerza de la antigua magia. Los espectros se arremolinaron y, con un grito agudo, se dispersaron, dejando tras de sí sólo escarcha y polvo de lágrimas. El corredor se abrió, y tras varios recodos, los tres alcanzaron la cámara final.
El corazón de fuego azul que Variel había soñado se hallaba allí, protegido por los huesos de un dragón y las cenizas de lo que alguna vez fue un trono. El corazón latía, pulsando una música solo perceptible para quienes son mitad carne y mitad noche. Sobre él, una figura encapuchada, apenas humana. Tenía la piel tan pálida como la leche y los ojos ciegos, fijos en algún conocimiento ignoto.
—Habéis venido, hijos de la ruina —dijo la voz—. De vosotros depende la nueva Era: levantar el Reino de la Última Llama o perpetuar el silencio.
Variel, aún embargada por el temblor del miedo y la esperanza, alzó la flauta.
—Qué debemos hacer —susurró, casi temerosa de la respuesta.
La figura estiró una mano, mostrando en su palma una semilla negra, resplandeciente como la obsidiana al sol.
—Tocad la música verdadera. Si vuestro corazón es puro, la semilla crecerá y el Reino renacerá. Si mentís, aquí acabaréis.
El precio de la verdad relució como un relámpago en las consciencias de los tres. Calron bajó la cabeza, recordando los fantasmas que había dejado morir en Nordath. Thira cerró los párpados, meditando las vidas segadas durante la rebelión del León. Variel, en cambio, optó por la verdad más dura de todas: la de la duda, la de la falta de pertenencia, esa grieta en la identidad que había intentado llenar durante años.
Deslizó la flauta en sus labios, inspiró el aire agrio de la cámara, y dejó fluir la melodía de los olmos: una canción llena de cicatrices, lenta, con pasajes de ternura y otros de amarga soledad. La música invadió cada piedra, cada resto de hueso, cada sombra y cada esperanza. La figura encapuchada, por primera vez desde el inicio de la canción, sonrió.
La semilla tembló y, en un segundo insoportable, pareció que nada sucedería. Sin embargo, del suelo emergió una raíz diminuta; en cuestión de segundos, brotó del corazón azul una rama nueva, y con ella, el fuego de la vida. Los muros de la cámara resplandecieron con luz dorada; el dragón resucitó en forma de espíritu y se inclinó ante Variel y sus compañeros, disolviéndose en la brisa.
La encapuchada habló por última vez.
—El Reino será vuestro hasta que olvide su dolor. Podéis amar o destruir; solo el eco de vuestras decisiones quedará grabado en la piedra y la savia.
La luz tembló una vez más y la cámara se abrió, permitiendo el regreso a la superficie. Cuando emergieron a la noche, la luna ya se mostraba plena, y el rumor de los olmos celebraba con una melodía humilde pero esperanzadora.
Variel miró a Calron y Thira, y estos le devolvieron la mirada. Unidos por una verdad más antigua que los nombres, sabían que el futuro del reino ya no dependía de pactos vencidos ni de las glorias marchitas, sino de aquello que se atreven a soñar quienes han caminado entre raíces y cenizas. Nadie les aguardaba con coronas ni con festines; la salvación, descubrieron, era una semilla pequeña, oscura y viva, creciendo en el centro mismo de su incertidumbre.
Así, partieron hacia nuevos horizontes, con la certeza de que su historia apenas comenzaba, y el mundo necesitaba aún muchas canciones para volver a encender su llama.
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