Fragmento:
El hombre al fondo del local, sentado ante un vaso de agua —lo cual siempre resulta sospechoso en Vathergate—, era Tolven Dee, y poseía ese aire de quien no solo sabe la hora, sino que probablemente la haya inventado. Su abrigo parecía tejido con niebla de ciertos amaneceres y sus botas no tocaban exactamente el suelo, solo tanteaban la idea general de él.
Duración: 08:35
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Cuando Hark Grallow apiló las últimas cartas sobre el tapete y dio la señal con su ya legendaria carraspera, la posada de la Doncella Contumaz estaba completamente ajena ––y, a decir verdad, borracha–– de que aquella noche nada en Vathergate volvería a ser igual.
Las cartas —pronunciadamente resbaladizas, porque la leche de ron no se lleva bien con el papel— cayeron en la mano de Eilin Shem. No estaba especialmente sobria, pero sí más que el resto, así que descubrió la Reina Hexagonal y la depositó sobre la mesa, ganándose media jarra de aplausos y otra media de improperios. El reloj encima de la chimenea daba la medianoche. Fue ese clic, pequeño y metálico, el que comenzó el desastre, aunque ninguno de los presentes en la taberna podría haber apostado a que una ruedecilla y sus once campanadas tuvieran tanto poder sobre el destino.
El hombre al fondo del local, sentado ante un vaso de agua —lo cual siempre resulta sospechoso en Vathergate—, era Tolven Dee, y poseía ese aire de quien no solo sabe la hora, sino que probablemente la haya inventado. Su abrigo parecía tejido con niebla de ciertos amaneceres y sus botas no tocaban exactamente el suelo, solo tanteaban la idea general de él.
Cuando se aproximó a la mesa de juego, los más supersticiosos jurarían después que la sombra de Dee bailó sola a su alrededor. Pero en el momento solo pensaron que venía a pedir cambio para la máquina de dados. Como tantos forasteros bien vestidos a quienes la ciudad de Vathergate, vasta e irrespetuosa con las paradojas, solía recibir en noches donde el aire crepitaba de augurios no reconocidos.
“Disculpad”, dijo Tolven Dee, con la voz áspera de quien ha conversado con esfinges antes del desayuno. “Busco a alguien que me acompañe a ver un milagro. Puede que les compense con oro, o una historia. Puede que ambos; a estas alturas, es difícil distinguirlos”.
La risa común del grupo fue solo cortada —como suele ocurrir— por la promesa de oro. La historia vino después, cuando Eilin, motivada más por la curiosidad que por la necesidad, se levantó de la mesa y siguió al extraño, dejando tras de sí el misterio de una jugada que nadie terminaría esa noche.
El camino fuera de la posada era breve, pero bastó para notar que Tolven Dee no dejaba huellas ni en el barro ni en las anécdotas de los peatones. A su lado, Eilin sintió que el aire era distinto, como si estuviera respirando la mañana de un día que acabaría el próximo mes.
“¿A qué milagro me lleva, caballero?” preguntó Eilin, a lo que tolven respondió con una sonrisa intrincada, la clase de gesto que nunca es idéntico a sí mismo si lo miras de nuevo cinco minutos después.
“Voy a enseñarte lo que ocurre cuando el tiempo presta atención”, dijo Dee. “No temas; la peor parte pasa rápido. O despacio, según el punto de vista”.
Cruzaron la calle y detuvieron sus pasos frente a Sodden Hall, un edificio cuya mejor época había sido hace tanto que había dejado de figurar en los textos de historia y ahora era simple rumor, cubierto de hiedra y de recuerdos que nadie admitía haber tenido. Dee extrajo una pequeña llave de cobre, tan antigua que aún guardaba parte de la herrumbre de los días en que el tiempo era un asunto sencillo, y la introdujo en la cerradura.
Los pasillos estaban silenciosos, solo la luz mortecina de los faroles guiaba sus pasos entre retratos de antepasados que probablemente aún no habían nacido. Las paredes parecían respirar hondo a su paso, como si ellas también esperaran el milagro, o temieran por él.
En el salón principal, sobre la vasta alfombra de dragón, esperaba una mesa circular, rodeada de relojes. No relojes normales; estos tic-taceaban en compases imposibles, como si cada uno viviera su propia tarde de domingo. El mayor de todos, situado en el centro, tenía solo una manecilla. Una que en ese momento se movió, claramente en dirección contraria a cualquier otro reloj. Eilin reconoció, de alguna manera absurda, que la manecilla avanzaba pero el reloj retrocedía.
“¿Qué clase de truco es este?” murmuró, con cautela.
“Esto no es truco, Eilin. Todos aquí somos viajeros del tiempo. Sólo que la mayoría lo hacen en una sola dirección, a la misma velocidad. Pero... no todos”. Dee giró una de las esferas, y por un instante, Eilin vio a su bisabuela cruzar la alfombra, joven y despreocupada. A su lado, un rostro vagamente familiar —quizá ella misma, con otra sonrisa— desaparecía bajo la mesa.
La sala respiró. Dee apartó parte de la cortina que cubría una de las paredes, revelando una especie de mapa. No era un mapa común; estaba compuesto por fechas, nombres y diminutos rizos dorados atravesándolo todo, con cada uno latiendo suavemente al ritmo de la manecilla principal.
“Cada vida, cada momento crucial, deja una onda. Las suyas, las mías, las de cada borracho en la Doncella Contumaz. Pero algunos tenemos... acceso a los atajos”.
Eilin, con la brutal honestidad de quien ha apostado su última moneda a un sueño, preguntó: “¿Y para qué sirve todo esto? ¿Para predecir quién ganará la partida de cartas mañana?”
Dee rio, un ruido seco y cálido a la vez. “Si tan solo. Sirve para robar tiempo. Para ganarlo. Para corregir… errores. Y para causarlos”.
Y fue entonces, entre el parpadeo de la luz y el tic invertido de los relojes, que Eilin vio la verdad: los viajeros no eran héroes ni demonios. Eran jugadores. Unos compraban segundos prestados a la infancia de un rey, otros escondían años entre la siembra y la cosecha de algún campesino olvidado. Cada segundo usurpado era una apuesta, cada noche —como aquella—, una ruleta de posibilidades.
“Sabes quién soy, ¿verdad?” dijo Dee.
Eilin vaciló, pero las piezas encajaban: la sombra que no lo seguía, las fechas extrañas, la forma en que su voz parecía resonar siempre un instante después de hablar. “Eres un ladrón de horas”.
Dee asintió. “Y tú eres la que debe detenerme”.
La revelación no era un trueno, sino una lluvia fina, y sin embargo caló hasta los huesos. Mientras los demás jugaban a perder el tiempo, aquí se apostaba el tejido mismo del mundo. Eilin se sintió pequeña, pero también esencial.
“¿Y cómo demonios hago eso?”
“Con una jugada. La última del juego. Hay una apuesta pendiente en la sala, Eilin, y te toca mover”. Dee extendió un mazo de cartas distinto, cubierto de símbolos arcanos y pequeños espejos empañados donde, si se miraba con cuidado, uno podía ver tanto al niño que fue como al anciano que aún no sería.
La elección era simple: apostar por sí misma, o por Dee. Un error, y Vathergate perdería diez años de existencia, la ciudad quedaría hueca, un cascarón atravesado de memorias que nadie recordaría. Un acierto... y el juego continuaría. Tal vez, pensó Eilin, la apuesta siempre consiste en si el tiempo es más astuto que el jugador.
Eligió la carta del Carro Asimétrico ––conocida por avanzar solo cuando nadie mira–– y la depositó frente a Dee.
El reloj principal giró dos veces. Una sombra que podría haber sido la de Eilin —pero también la de su madre, su hija, una hermana perdida— cruzó la sala, deteniéndose justo antes de la puerta. Dee extendió la carta ganadora: el Espejo Fracturado.
Ambos lo comprendieron antes de que el eco de la jugada viajara por los corredores del Sodden Hall: la partida no termina nunca, y cada victoria trae consigo la semilla de una derrota aún no cometida.
Los relojes se detuvieron exactamente un segundo antes de sonar la única vez. El tiempo, parece, también apuesta cuando nadie mira.
Nada volvió a ser igual en Vathergate. Los relojes de la posada dejaron de hacer sonar las horas, y en las tabernas se filtraban nuevas historias, donde las apuestas se hacían, pero nadie recordaba si había ganado o perdido.
Y Eilin, a veces, al volver la esquina y ver un destello de niebla, juraría reconocer el abrigo de Tolven Dee. Pero del hombre, nunca la sombra. Solo la sospecha perturbadora de que la próxima jugada —quizá, la última— aún estaba por llegar.
En Sodden Hall, los relojes dormían. Esperando.
Al final, todos somos viajeros del tiempo, pensó Eilin, tomando un sorbo de leche de ron que, entre un parpadeo y otro, era fría y caliente al mismo tiempo. Lo importante, después de todo, no era ganar. Sino jugar de tal manera, que mereciera la pena recordar la partida. O, en su defecto, olvidar al menos las partes más peligrosas.
Las cartas estaban sobre la mesa. Y el tiempo, en Vathergate, seguía apostando.
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