Portada del relato El Trono de Huesos
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Fragmento:


Eiren asintió apenas, suficiente para que el consejo lo supiera: no habría retirada. Sus dedos acariciaron el brazo del trono, allí donde una calavera pequeña —quizá de un niño, quizá de un traidor— formaba parte del siniestro mobiliario.

Duración: 09:08

El Trono de Huesos
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Texto de ajuste de pausa.

En la gélida penumbra donde la noche era tan densa que parecía pesar sobre el mundo como el lomo de una bestia dormida, el sonido del viento era una letanía de susurros y amenazas. Los antiguos bosques de Lhoira, retorcidos y viejos como los pecados que arrastraban los hombres, se alzaban sobre colinas abrasadas por cicatrices de viejas guerras. El hedor a madera húmeda y follaje marchito se mezclaba con otro aroma más espeso y metálico: el de la sangre. Y entre los troncos, oculto a la vista de los dioses y los hombres, un trono hecho de huesos relucía bajo la escasa claridad de las lunas gemelas.

El trono había estado allí durante incontables noches, testigo y verdugo de todos los secretos enterrados bajo la corteza de la tierra. En él se sentaba ahora una figura envuelta en un manto negro de plumas, tan silenciosa como el otoño. La reina Eiren Altarei, llamada la Muda por la ausencia de su voz, observaba a sus súbditos postrados a sus pies, sus ojos dorados brillando con un fulgor frío. Nadie recordaba las palabras de Eiren, pero muchos hablaban de los gritos de sus enemigos mientras eran devorados por cuervos hambrientos.

La corte de Eiren no era un lugar para los vivos. Su consejo de guerra estaba compuesto por espectros y traidores, asesinos y magos desterrados; almas encadenadas al polvo del bosque, atadas por juramentos rotos o por el implacable poder de la reina. A su derecha, el Gran Guardián, Feyrlen, un hombre con media cara oculta tras un yelmo forjado con escamas robadas a un dragón, informó del avance del ejército rojo-dorado de las Llanuras de Ellisar. A la izquierda, la Vieja Dama Morien, cuyos ojos eran dos huecos sin fondo, murmuraba con las almas de los condenados.

—Han atravesado la frontera —dijo Feyrlen, su voz era como la grava arrastrada por las olas del mar—. Treinta mil hombres. Arqueros, caballería pesada y la bestia alada de su rey.

Eiren asintió apenas, suficiente para que el consejo lo supiera: no habría retirada. Sus dedos acariciaron el brazo del trono, allí donde una calavera pequeña —quizá de un niño, quizá de un traidor— formaba parte del siniestro mobiliario.

—Nuestros muertos aguardan —dijo Morien con su voz temblorosa, y las sombras parecieron estremecerse, como si algo antiguo y maligno se preparara para despertar.

Por un instante, Eiren pensó en su hermana, Lauris, que cabalgaba quizás al frente del ejército enemigo. Recordó el rostro de Lauris en la infancia, limpio, risueño, antes de que la venganza se convirtiera en su único propósito. Pero la sangre sólo llama a más sangre, y los lazos de la familia hace tiempo se habían roto.

***

En el campamento enemigo, la reina Lauris Finmal, hermana de Eiren, vestía una armadura dorada como la luz de la aurora. Su ejército se extendía por las colinas como un océano de acero y estandartes, rodeando la foresta con la intención de asfixiar a su hermana y poner fin a la maldición que pesaba sobre Lhoira. Junto a Lauris, Arquen el Hechicero, un viejo con la piel tan blanca como la ceniza y los ojos constelados de cicatrices, estudiaba el bosque.

—No deberíamos adentrarnos en Lhoira —le sugiere—. Es un refugio de fantasmas y de peor.

—¿Y qué propones, Arquen? ¿Dejar que Eiren siga reinando sobre la muerte? Debemos purificar su trono con fuego y acero.

El viejo hechicero guardó silencio. Nadie podía cambiar el corazón de Lauris, endurecido por el rencor y la traición. Ella recordaba bien el día en que Eiren desató los cuervos sobre la corte de su padre, haciéndose con el poder por la fuerza y bañando la sala de huesos con sangre familiar. Desde entonces, cada noche, Lauris soñaba con la corona de su hermana, hecha con la mandíbula del rey muerto y engarzada con las lágrimas de la reina madre.

La luna mayor, Dira, ascendía en el cielo como la pupila de un dios ciego. Lauris montó su enorme corcel negro y, armada con su lanza de adamantio forjada en las forjas estelares, encabezó la marcha hacia lo profundo del bosque.

***

Mientras los invasores avanzaban hacia el corazón de Lhoira, Eiren descendió del Trono de Huesos. Guiada por Feyrlen y Morien, bajó por un sendero secreto hasta la vieja cripta bajo el bosque, cuyas raíces abrazaban los sarcófagos y los sellos antiguos. Allí, en la oscuridad, los susurros de los muertos llenaban el aire como ceniza.

—Olvida el rencor, mi reina —susurró Feyrlen, arrodillado ante ella—. Haz lo que el destino exige.

Eiren contempló la cripta. En el altar, yacía la Corona de Llagas, una reliquia que ofrecía poder sobre la vida y la muerte, sellada por la sangre de aquellos que habían gobernado injustamente. Para usarla, había que pagar un precio: la memoria de lo amado. Eiren vaciló sólo un instante, antes de alzarse y ceñirse la corona.

El frío le atravesó el cráneo. Imágenes de risas, de noches cálidas, desaparecieron de su mente, borradas como palabras escritas en arena. Entonces alzó la cabeza, ahora vacía de pesar y temores.

—Lhoira vive —dijo una voz profunda que resonó en las piedras. No era la suya, ni la de los muertos, sino la del propio bosque, antiguo y cruel.

Eiren subió de nuevo, convertida en la encarnación de todos los espíritus caídos. Su carne se oscureció, sus venas brillaron como si contuvieran mercurio fundido, y de su espalda surgieron plumas negras, largas y relucientes como las hojas de una noche sin luna. Feyrlen y Morien se arrodillaron, y todos los muertos de Lhoira aullaron en la noche bajo su mandato.

***

Lauris y sus hombres penetraron en el bosque. A su paso, las ramas crujían y caían, y un frío atroz calaba hasta los huesos. Los cascos de los caballos resbalaban en la hojarasca empapada de sangre antigua. Los gritos de los exploradores desaparecían entre la niebla, tragados por la bestia invisible de la noche.

Arquen conjuró llamas azules a su alrededor, pero ni la magia ni el valor parecían servir de escudo. Lauris alzó su lanza y avanzó, convencida de que la muerte, al menos, sería gloriosa.

Pronto llegaron a un claro donde la niebla se disipaba, y encontraron a Eiren esperándoles. No era ya la mujer de carne y hueso, sino una figura enorme, envuelta en plumas y sombras, cuya mirada abrasaba el alma. Detrás de ella, una legión de muertos se formaba, huesos envueltos en llamas negras, portando estandartes raídos y espadas oxidadas.

Lauris urgió a su ejército: —¡No retrocedan! ¡Por Ellisar! ¡Por la redención!

El choque fue salvaje y despiadado. Flechas silbaron, lanzas se quebraron en la carga. Pero ningún hombre podía matar a los muertos; sus heridas se cerraban, y el bosque absorbía la sangre de los vivos para alimentar la furia de los caídos. Lauris combatía como una diosa vengadora, su lanza perforando cráneos y destrozando esqueletos, pero por cada sombra rota, tres tomaban su lugar.

Arquen, desesperado, canalizó un hechizo prohibido. Entonó palabras arrancadas del mismísimo infierno y dirigió un rayo de fuego celestial hacia Eiren. Por un instante, el aire retumbó y la aurora pareció partirse. Pero Eiren abrió la boca y de ella surgió una ráfaga de viento helado, tan intenso que cristalizó el fuego en una estructura de escarcha y lo devolvió al hechicero. Arquen cayó convertido en una estatua de hielo sangriento.

La batalla se tornó masacre. La mente de Lauris era un hervidero de horror y rabia. Los gritos de sus hombres se fundían con la risa de los espectros. Y así, cuando todo parecía perdido, Lauris logró atravesar la guardia de los muertos y enfrentarse a su hermana en el centro del caos.

—¡Recuerda quién eres! —clamó Lauris entre lágrimas y sangre—. ¡No dejes que la muerte mezca tu alma!

Por un instante, los ojos de Eiren vacilaron, y la sombra de un dolor antiguo cruzó su semblante. El llamado de la sangre era poderoso, pero la corona seguía ardiendo sobre su frente, impidiéndole recordar nada salvo la eterna sed de venganza y poder.

Lauris, viéndose perdida, alzó su lanza una última vez, dirigiéndola al corazón de Eiren. Pero antes de que pudiera asestar el golpe, una lluvia de cuervos descendió del cielo, cubriéndolas a ambas en una tormenta de alas negras y chillidos. Cuando las aves se dispersaron, el claro quedó vacío salvo por dos figuras caídas.

***

Días después, los pocos supervivientes de Ellisar huyeron del bosque, sus mentes rotas por lo que habían presenciado. El trono de huesos permanecía intacto, su reina ausente. De Eiren y Lauris no quedó rastro, pero en la frontera de Lhoira, los cuervos aún volaban en espiral. Algunos decían que, a la medianoche, se escuchaban dos voces cantando entre los árboles: una grave y rota, la otra dulce y herida.

Y así, el bosque guardó la historia de dos hermanas, de una guerra donde la sangre sólo trajo más sangre, y de un trono que, hecho de huesos, esperaba paciente por el siguiente rey o reina dispuesto a pagar el precio de la memoria. Porque en Lhoira, el olvido nunca es completo y todo final es, en verdad, el eco de un comienzo.

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