Portada del relato Susurros en los Robledales del Amanecer
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Fragmento:


“Quien ha sido cada sendero y cada sombra.”

Duración: 08:36

Susurros en los Robledales del Amanecer
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Texto de ajuste de pausa.

La lluvia caía como un himno paciente, traspasando los altos doseles y resbalando por las ramas con la dificultad y la promesa de la esperanza en tierras olvidadas. Las raíces del bosque susurraban, en un lenguaje de tiempo y tierra, acerca de cosas demasiado antiguas para lo humano y demasiado cálidas para lo divino. Aquella noche, como cada noche desde hacía un milenio, las fogatas del pueblo de Lorn aclimataban la niebla, ajenos, en su mayoría, al pulso de la vida que palpitaba justo más allá del límite de la luz.

Pero Oeric ya no era ajeno. Había dejado de soñar con madrigueras cálidas y pan tierno mucho antes de que su hermano se perdiera entre los árboles y los sueños. Su hermano Aril, de corazón indómito y ojos como los helechos jóvenes, había seguido la música imposible, esa que sólo escuchan los elegidos o los perdidos, y no había regresado cuando el canto de las urracas anunció la llegada del frío.

Oeric, impulsado por una mezcla de amor y resentimiento, cruzó el umbral del bosque en la caída de la última hoja dorada. Nadie lo detuvo, y nadie lo miró a los ojos mientras recogía su hacha torcida y la lámpara de linaza. Entre los bucles de niebla, el bosque lo recibió con un silencio tan profundo que dolía y sólo el murmullo, como de un río intangible debajo de la corteza de los árboles, marcaba el ritmo de su avance.

Los bosques de Lorn eran antiguos, mucho más de lo que los hombres podían recordar. Se extendían hasta donde la niebla se alzaba como muros y, según los ancianos, bajo ellos el mismo mundo cambiaba de forma. Oeric, que no tenía paciencia para fábulas, ahí temblaba, pues las historias caían del aire como hojas sin savia; recordaba lo que Aril decía de niño: “Hay personas en lo verde, pero no tienen carne ni hueso ni nombre.”

El primer encuentro ocurrió cuando la luna se alzó agrietada entre las ramas, pálida de secretos. No fue una visión, sino un sonido. Un titilar, en el que cada hoja vibraba, componiendo palabras que nadie había pronunciado aún.

“Tuyo es el paso, pero el precio es la memoria.”

Oeric se detuvo. Los suelos del bosque no acostumbraban a pedir precio alguno; tan sólo consumían lo que se extraviaba entre la maraña y entregaban huesos blanqueados y sueños confundidos años después.

“¿Quién… quién eres?”. Su voz era una cuerda tensa, deshilachada.

“Quien ha sido cada sendero y cada sombra.”

Aquello no era voz, no era aire ni reflejo. Era una presencia que llenaba el espacio como lo hace la humedad bajo una piedra. Oeric sintió la tentación de volver, pero pensó en Aril, sólo en Aril perdido en este fulgor morado y callado.

“Pagaré el precio,” replicó. “Ya no temo olvidar lo que me trajo aquí.”

La respuesta fue un crujido largo, como de un árbol partiéndose a la mitad; luego una figura titiló entre los helechos, formada de bruma y savia, con ojos del color de toda la primavera condensada. Si la miraba de frente, era líquida; si apartaba la vista, era tan sólida como la madera seca. A su alrededor el aire olía a tierra recién mojada y bayas picantes.

Cruzó entonces una frontera dulce y siniestra, y la ruta ya no era ruta. Cada paso cambiaba el suelo, cada rama viraba su ángulo y cada sombra parecía un juego de piedras y recuerdos.

***

Las horas —si acaso existían en ese ámbito de tenues luceros y zarzamoras— lo empaparon de un cansancio sin fatiga, un desgaste del alma y no de los músculos. No fue el hambre, sino la sed de algo perdido, lo que lo empujó a hundirse más allá de los espinos y delgada bruma, tras aquella luz movediza.

De pronto, emergió en un claro asimétrico donde los troncos se retorcían hacia el cielo en formas imposibles. Allí gravitaba una asamblea: seres delgados como lianas, algunos con cabelleras de flores desvanecidas, otros envueltos en cortezas relucientes o enredados con esqueletos de hojas muertas.

El más anciano, arbóreo y curvado en sí mismo como un sauce que aprendió a bailar, lo miró sin ojos y le habló sin voz. “Buscas lo que ya ha cambiado de forma.”

Oeric obedeció a un impulso inexplicable y arrodilló su terquedad en la hierba. “Sólo quiero a mi hermano. Traedlo de vuelta. Yo pagaré cualquier precio.” Sus palabras eran agua arrojada al musgo, y la súplica se enredaba con el perfume profundo de las raíces heridas.

“Tu hermano fue llamado por la música porque tenía algo nuestro en su pecho. Él vino a aprender, no a volver.” Y el eco de esa frase fue tan profundo que Oeric vio, entre nieblas, retazos de una infancia ya no suya, juegos entre aulagas y carreras con sombras suyas y de Aril que ahora se disolvían en bruma. “Pero tú trajiste tu propio sacrificio: la voluntad de entrar.”

El claro tembló. Los Espíritus alzaron un coro sin palabras, que era humo y pólvora y el dolor mismo de los árboles heridos. Imágenes nacían en el aire: guerra en tiempos más antiguos, hombres que talaban por necesidad y otros que quemaban por ira, pactos rotos y regalos olvidados.

“El bosque no odia a los hombres, pero los recuerda. Tú puedes obtener lo que pides—prosiguió el anciano—si eres capaz de ofrecer algo inédito.”

Oeric sintió cómo las lágrimas le recorrían el rostro, no por debilidad, sino por la aceptación de una verdad: no había vuelta atrás, pero aún había elección.

“¿Qué podría yo ofrecer?”, dijo.

“Tu mirada.”

No comprendió. “Explicad”, suplicó.

“El precio es tu manera de ver el mundo. Si aceptas, volverás al pueblo y verás siempre la vida como nosotros: entrelazada, infinita, no como un conjunto de historias separadas, sino como una sola sin principio ni fin. Perderás la capacidad de amar sólo a los tuyos, ganarás el dolor de entender cómo fluye la savia en las venas de todo y todos. Ya no distinguirás un hermano de una rama, una pena de una raíz. Pero, a cambio, Aril regresará, aunque sólo por un tiempo.”

El acuerdo era abrumador, su corazón vaciló. La imagen de Aril, risueño en días antiguos, contrastaba con el bosque presente. El amor que sentía era feroz, pero también lo era el miedo: miedo a perderse en el gran río del ser, a olvidar esa chispa individual que da forma al amor, al sacrificio y a la pérdida.

“¿Y si no acepto?”

“La búsqueda habrá terminado. Dormirás entre los alisos y nadie sabrá dónde acaban tus huesos ni tu nombre.”

El diálogo era tan crudo, tan sencillo, que la elección sólo podía ser una. “Acepto,” dijo Oeric, y en el instante la luz del claro brotó en una ráfaga de calor, como cuando el sol asoma tras la tempestad.

El anciano depositó una mano—rama, raíz, carne y bruma—sobre la frente de Oeric y el mundo palpitó. Un millón de sensaciones, a la vez desconocidas y familiares, le atravesaron. Sintió vidas de ciervos y de grillos, la desesperación de las semillas bajo la escarcha, las súplicas de agua ocultas en la madera. Vio cómo las madres de Lorn corrían por las sendas, cómo pululaban los insectos sobre carroña vasta y cómo, al fin, cada pérdida era sólo ausencia momentánea en la danza ininterrumpida de todo lo que existe.

Cuando la luz menguó, Oeric ya no era el que era. Seguía amando a Aril, pero el amor era agua que rozaba mil formas. El claro estaba en silencio y, junto a él, un joven se incorporaba del suelo mojado, cubierto de hojas y temblores.

“Oeric…” La voz de Aril era apenas un hilo. “¿Dónde estamos?”

“En casa,” respondió Oeric, aunque no sabía si era verdad.

Caminaron juntos hacia la frontera del bosque, hermanos y no-hermanos, pues Oeric ya veía mil colores en la piel de su hermano y escuchaba, en su respiración, el sonar latente del bosque mismo.

Cuando emergieron de nuevo en la luz menguante de Lorn, nada era igual y nadie lo notó. Aril tardó en recobrar el sentido del lugar, erraba como ciervo recién nacido y nunca volvió a hablar de la música ni de la bruma.

Oeric, en cambio, se convirtió en el hombre del pueblo que reía con los jóvenes y lloraba por los sauces; que cuidaba los árboles caídos como a su propia sangre y daba limosna no sólo a mendigos, sino a las ramas resecas y a las lombrices extraviadas. Amaba a todos y a nadie, y el bosque lo había transfigurado para siempre.

A veces, en noches de aguacero, otros escuchaban murmullos en la maleza que no eran viento. Y si uno tendía bien la oreja, en esa letanía de savia y lamentos, podía encontrar, por un instante, la historia de un hombre que pagó con su mirada la memoria de un hermano: ambos vivos, ambos perdidos, ambos parte ya, indistinguible y sin retorno, de la única canción que el bosque repetía desde el principio de los tiempos.

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