Portada del relato Las alas de la medianoche
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Fragmento:


A Jalen le parecía acertada aquella herejía. A veces, en sus paseos a la orilla del Shazaan, sentía un zumbido en el aire, como si el tejido de la realidad chillara de dolor.

Duración: 08:31

Las alas de la medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

La sala del consejo era una cicatriz luminosa dentro de la inexpugnable noche que se arrastraba por la ciudad de Qeriath. Apenas distinguía los semblantes de los viejos regentes agazapados en la penumbra, iluminados únicamente por la mortecina luz de las lámparas goteando su aceite sobre la mesa de cedro negro. Más allá, entre los ventanales, el mundo se deformaba en esculturas de sombra.

No era la primera vez que Jalen participaba en el Consejo Secreto, pero sí la primera en que sentía que sus huesos se volvían hielo. Había rumores de ciudades enteras desaparecidas. De bestias que nacían de la umbra o de hombres deformados que deambulaban sin alma. Sin embargo, lo que obsesionaba a la asamblea era el silencio absoluto de los Oráculos. Nadie, ni siquiera los iniciados más antiguos en el templo de Qechmir, podía arrancar una sílaba de la piedra profética. Todas las visiones se difuminaban antes de alcanzar sentido.

—El reino pende de un hilo —confesó la duquesa Aelene, su voz tan seca como el pergamino—. Así está escrito, pero, ¿qué significa, si nada está realmente escrito ya? Como si los dioses hubieran borrado nuestro destino al cobrarse un precio.

—Quizá nunca estuvo escrito —respondió Horthan, el Maestro de Lámparas, cuyo rostro parecía hecho de perfiles y cicatrices—. O quizá alguien lo descifró y destruyó.

Jalen podía sentir cómo las miradas resbalaban por él, reclamando respuestas. Tembló, porque en su estómago todavía ardía la pesadilla de la noche anterior: una máscara de sombra la había mirado y había extendido hacia ella, entre carcajadas, una mano de dedos traslúcidos como alas de polilla.

Ninguna de las viejas profecías se cumplía ya. Aquellas que prometían salvación resultaban inútiles; las que predecían ruinas eran neutras ante la devastación que no pertenecía a ningún hado. Pero la aparición de las sombras vivientes era lo que había hecho estallar el corazón de todos. Y algunos, los más fanáticos, susurraban que las sombras eran el resultado de intentar retorcer el futuro a voluntad humana.

A Jalen le parecía acertada aquella herejía. A veces, en sus paseos a la orilla del Shazaan, sentía un zumbido en el aire, como si el tejido de la realidad chillara de dolor.

—Debemos escoger un heraldo para salir a las ruinas, hacia la Puerta Rajada —sentenció la duquesa—. Alguien debe averiguar si la Senda de los Profetas sigue en pie.

Horthan se giró hacia Jalen, obsequiándole la sonrisa marchita de los resignados.

—Eres la última de los Veedores Imparciales. Tu sangre está ligada a las palabras selladas. Nadie más podrá leer si queda alguna profecía que no haya sido devorada.

***

El trayecto desde Qeriath hacia la Puerta Rajada era un goteo constante de hambre y miedo. Atravesó villas deformadas por las sombras, donde ni siquiera los perros se atrevían a ladrar. Había casas con ventanas ennegrecidas desde dentro, y en una ocasión vio, a lo lejos, mover algo tras una cortina: una figura que se desmenuzaba y recomponía, esculpida en negrura.

Las sombras vivientes no devoraban como las bestias del mundo antiguo; robaban la memoria de las cosas. Unas pocas palabras escuchadas al paso, una canción infantil, un nombre bordado en las mantas. Absorbían sentido del mundo y lo devolvían como abismo. Si una sombra te rozaba, olvidabas. Si te miraba, tu carne recordaba haber sido nada.

La Senda de los Profetas era ahora apenas un esqueleto de piedra y lianas. Allí, bajo la Puerta Rajada, una vez estuvieron los grandes Oráculos tallando inscripciones en las placas de mármol. Ahora quedaban sólo inscripciones rasgadas por el viento, y la más reciente era inquietantemente nueva:

"Donde la palabra muere, allí nace la sombra".

Quiso trazar la runa con la yema de los dedos, tal vez evocando algún residuo de la antigua magia, pero la frase era abrasadora: cada vez que la leía, sentía que la olvidaba un poco más rápido, como si nunca hubiese existido.

Al avanzar entre las ruinas, encontró lo que había temido: sombras acurrucadas junto al pozo sagrado. Parecían niños arrimados al fuego pero sus ojos, cuando giraron hacia ella, eran cavernas sin fondo de una noche que no terminaba. Y al centro de ese corro, un Oráculo con la boca sellada, la piel ya grisácea.

Jalen retrocedió un paso. La sombra más cercana tendió una mano y, sin palabras, le transmitió un mensaje antiguo: el crepitar de una profecía que no había llegado a nacer.

"No volverán las palabras hasta que alguien recupere la herida original".

La herida original. Las leyendas decían que el primer hado roto, la primera promesa no cumplida, era la que sellaba el futuro de todos los reinos. Pero nadie recordaba qué fue.

El Oráculo, aún vivo de algún modo aberrante, extendió hacia ella una tablilla. Sus dedos estaban manchados de negro, y la tablilla era tan liviana que a Jalen le costó creer que fuese de piedra: parecía un negativo calcado del relieve.

La inscripción solo podía leerse bajo la luz mortecina de la luna:

“Donde hay una herida, hay un nombre. Si nombras la sombra, la condenas a memoria.”

Pronunciar un nombre —el nombre de la sombra mayor— era algo prohibido para los Veedores Imparciales. Sabían que las palabras podían abrir pozos más hondos que las espadas.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó Jalen, a la sombra más grande.

La criatura se alzó en toda su altura y, por un momento, el paisaje se dobló alrededor: el mundo parecía inclinarse hacia una boca vasta.

"Soy el olvido de la promesa. Soy la negación de la esperanza. Fui engendrado por un futuro roto", murmuró la sombra sin mover los labios.

Entonces comprendió: la herida original era la primera vez que una profecía importante había fallado. Nadie la recordaba porque las sombras vivientes la habían devorado, perpetuando así su hambre.

***

El regreso a Qeriath fue una sucesión de páginas en blanco. Jalen se aferró a la tablilla, cada vez sintiéndola más ligera, menos real. Sabía que traía un veneno, uno dispuesto a devorar incluso la memoria de los muros donde una vez la ciudad se forjó.

En la puerta de la ciudad, la detuvo un hombre encapuchado. Podía ser cualquier habitante —su propia madre, su niñez, un futuro esposo nunca conocido—, pues le hablaba en el murmullo anónimo de las sombras.

—Si pronuncias el nombre, quemarás la ciudad —advirtió, con voz de hoja seca—. Pero si callas, todo se perderá, uno a uno, hasta que no quede ni sombra.

Jalen lo miró largamente. Sintió cómo la sombra en su interior crecía, pulsaba, buscaba un sentido. Alzó la tablilla ante la frente y caminó al Consejo.

Allí, el miedo palideció ante el gesto de la duquesa al verla. Como si Jalen volviera en realidad de la muerte —o peor, de un vacío sin palabras.

—¿Traes la salvación o el fin? —preguntó Horthan, con tono hecho de cenizas.

Ella desplomó la tablilla sobre la mesa. Un millar de sombras danzaron entre las ranuras de la piedra, aspirando el aire y dibujando en humo la figura de la primera sombra: alta, imponente, y tan triste que el mundo titiló.

Solo Jalen podía ver las palabras escritas alrededor de la sombra:

“Amrakh. El nombre olvidado. Pronúncialo para quebrar el ciclo.”

El eco de ese nombre perdió sentido apenas se posó en su lengua, y, al hacerlo, supo lo que vendría: la sombra se retorció, gritó, creció hasta envolverla, al propio consejo y las lámparas rompieron en llamas negras.

La ciudad tembló, y quienes lo presenciaron jamás olvidaron la visión. Aunque tampoco recordaban qué habían perdido. Porque cuando la sombra mayor fue nombrada, no murió: se dispersó, multiplicó, encarnó en todos cuantos guardaban una herida —todo aquel que sostuviera una promesa rota, un deseo incumplido, un amor no correspondido.

Y allí, en mitad de una ciudad encendida, las sombras vivientes ya no fueron solo enemigos, sino memoria de lo que Qeriath había rehusado aceptar. Cada ciudadano sentía ahora el peso de las profecías que ninguna palabra podía redimir. Ya no habría destino escrito, sino la lenta cicatrización de miles de heridas antiguas.

Jalen no supo si había salvado a su pueblo o los había condenado a recordar eternamente su propia fragilidad. Solo sintió la paz de haber dado voz, al fin, a lo que yacía imposible de nombrar.

Y las lámparas, ardiendo con luminiscencia negra, conservaron durante siglos el relato de una ciudad donde las sombras aprendieron no a destruir, sino a habitar las heridas, hasta fundirse, por fin, con la memoria.

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