Portada del relato Las hogueras del alba
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Fragmento:


“No es la espada lo que buscarás, sino su eco. Y para lograrlo, deberás renunciar a la mitad de tu miedo.”

Duración: 07:51

Las hogueras del alba
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Texto de ajuste de pausa.

Al filo de la noche humeante

A la orilla de la promesa fracturada

La primera vez que vieron caer los pétalos negros, la tierra todavía guardaba el calor de una era perdida. Ya no quedaban héroes ni reinas, solo campos nevados de ceniza y sombras hambrientas que acechaban en los bordes de las aldeas. Orrun caminaba en silencio, aguzando el oído a cada crujido de las ramas muertas; las diosas, decían, despertaban cuando el mundo olía a miedo.

El viento arrullaba la llanura, trayendo consigo ecos de plegarias olvidadas y palabras susurradas en la lengua de lo imposible. Orrun era hijo de una línea rota de guardianes, hombres y mujeres que en tiempos remotos se habían postrado ante el altar de las poderosas Madres Grisáceas, las Diosas de Ceniza. Él mismo nunca las había visto, pero sentía su vigilancia cada vez que quemaba una ofrenda o blandía la vieja espada mellada que había heredado de su madre.

La otra espada estaba perdida.

Bairith la hija del Este, quien portaba la segunda hoja, había desaparecido tras una incursión en los Bosques Rencorosos, dejando tras de sí solo una carta impregnada en polvo y un mechón de su cabello pálido. Orrun no la había conocido, aunque el peso de su ausencia lo acariciaba como una amenaza bajo la piel. Y mientras la tierra dormía bajo el yugo del invierno perpetuo, rumores de un culto resurgente se tejían con la brisa: los Emisarios del Humo, fanáticos empeñados en despertar algo que incluso las Diosas temían.

Aquel crepúsculo tosco y fúnebre, Orrun fue llamado. El círculo de piedra que descansaba a media legua de Ithram, su aldea natal, parecía respirar en el aire quieto. Se había arrastrado hasta allí temblando, impulsado más por la desesperación que la fe. Llenó un cuenco con semillas marchitas y, en medio de la niebla, susurró una letanía entrecortada. Esperó. El silencio fue absoluto. Entonces, la ceniza bajo sus pies empezó a girar.

Del remolino emergió la primera: Orsha, de cabellos quemados y ojos como carbones aún vivos. La segunda, Mirund, tenía un halo de lava fría danzando a su alrededor; la tercera, Sili, era pura sombra, una silueta de escarcha y volutas opacas. Eran grotescamente majestuosas, ancianas y a la vez recientes, nacidas del dolor antiguo y las promesas aniquiladas.

Hablaban con voces entrelazadas. “Buscas lo que has perdido, hijo de la línea rota”, musitaron. Orrun tragó saliva. “Quiero devolver la espada a su guardián. Terminad con este invierno, lo suplico.” Una risa amarga, cavernosa, circuló entre las diosas.

“No es la espada lo que buscarás, sino su eco. Y para lograrlo, deberás renunciar a la mitad de tu miedo.”

Era un trato. Orrun aceptó sin comprender el precio. Las diosas le encomendaron cruzar los Reinos del Humo, donde la realidad fluctúa y la memoria se dobla. Le concedieron una marca, una cicatriz ardiendo en su antebrazo, que llamaría a la segunda espada cuando estuviera cerca. “Cuando la hoja gemela regrese, elegiremos si volver a respirar vida sobre este mundo o deslizarlo al polvo absoluto.”

Así empezó la travesía. Orrun abandonó Ithram de madrugada, y durante semanas deambuló entre mares de ceniza, ruinas devoradas y pueblos donde los nombres se olvidan de sí mismos. El aire siempre apestaba a carne quemada y a tierra estéril. En sus sueños, Bairith lo visitaba con su voz átona: “La segunda espada está en tus manos, aunque no la veas. Pregúntate qué separa a un portador de un ejecutor.”

Una noche, al pie de un inmenso árbol carbonizado, Orrun halló a los Emisarios del Humo. Eran solo tres. Vestían túnicas trenzadas con cabello humano y les faltaban los ojos, los párpados cosidos con hilos de ceniza. Custodiaban sin descanso un altar de obsidiana sobre el cual reposaba la espada gemela: no pulida, no nueva, sino tan devastada por los años como la suya propia.

“Vienes a empuñar lo que no puedes controlar”, declaró la más alta de los emisarios. Su voz era como respirar dentro de una tumba sellada. Orrun no respondió. Sabía que una verdad se escondía aquí, una que no estaba en las palabras.

De manera instintiva, levantó su propia espada y la enfrentó a su gemela, apenas separadas por el altar. En ese instante, los Reinos del Humo temblaron. El suelo se partió, y una luz gris, teñida del dolor de los siglos, inundó el claro.

Bairith emergió. Estaba cambiada: en su rostro danzaban brasas encendidas, y la pena de los que nunca regresan despedía un fulgor en sus manos. Los emisarios se apartaron, doblegados por una fuerza más antigua que ellos. Bairith posó una mano sobre la espada gemela y miró a Orrun. Ninguno de los dos supo si debían abrazarse o matarse.

“No somos enemigos”, murmuró ella, “pero las diosas esperan sangre.” Se acercó, y Orrun sintió cómo el tatuaje de su antebrazo ardía. “Ellas quieren que una hoja siga al polvo y la otra al fuego, pues ni siquiera los dioses pueden existir sin un punto final.” Se habían criado con historias en que el sacrificio traía redención, pero aquel momento no admitía tal consuelo. Las espadas debían decidir.

Entre ambos se erigía la posibilidad más terrible: unir las hojas para despertar a las diosas —y arriesgarse a perder lo poco que quedaba del mundo— o destruirlas, asegurando el fin del linaje pero tal vez permitiendo que la tierra, al fin, tuviera reposo.

Los Emisarios del Humo entonaron una cantinela espasmódica, sus bocas se llenaron de ceniza. Orrun comprendió entonces que la mitad de su miedo —la parte que había prometido sacrificar— no era el temor a la muerte, sino a cargar con el recuerdo de los que quedaran atrás si fracasaba.

“Solo juntos,” dijo, extendiendo la espada hacia Bairith, “solo juntos para elegir entre el recuerdo y el olvido.”

Las espadas se encontraron, filo contra filo, y una descarga de fulgor pardo los atravesó. Las diosas de ceniza se manifestaron con más claridad: Orsha, Mirund y Sili surgieron alrededor del altar, sus cuerpos descomponiéndose en volutas y fragmentos, revelando el vacío incandescente de su esencia. Un coro de lamentos, de júbilo y condena, llenó el aire.

"Escoged," exigieron. "¿Renuencia o redención? ¿Que el mundo se consuma para renacer o se apague para siempre?"

Bairith soltó la espada sobre el altar. Orrun hizo lo mismo. Ambos dirigieron una mirada a las diosas, los ojos inundados por el mismo terror antiguo.

“Nadie puede gobernar sobre la ceniza”, susurró Bairith. “Nadie debe decidir por un mundo que ya arde.”

La respuesta fue un largo silencio. Las diosas se miraron entre sí, y se replegaron en jirones de duda. La ceniza empezó a llover suavemente, cubriendo los cuerpos de los emisarios, cubriendo las espadas, cubriendo todo. Cuando el manto gris lo cubrió todo, Orrun y Bairith notaron que de sus marcas ardientes brotaba no el dolor, sino un leve resplandor dorado, como la promesa de semilla bajo la escarcha.

El invierno siguió, pero en las semanas que le restaban fue menos cruel. La gente de Ithram empezó a plantar otra vez; los Bosques Rencorosos dejaron de susurrar nombres prohibidos en la noche. Las diosas, relegadas a sueños dispersos y ecos de hogueras extintas, nunca se dejaron ver de nuevo.

Orrun y Bairith, portadores de gemelas glorias y miserias, eligieron no blandir jamás esas hojas. Las ocultaron bajo el altar consumido, en el círculo de piedra donde una vez las diosas respiraron. Allí juraron vivir sin la esperanza vana de comandar la ceniza, sino honrando el simple anhelo de no ser los últimos en recordar lo que fue ardiendo.

Cruzaron juntos una tierra envuelta en humo, no como guerreros, sino como supervivientes. El rumor de las diosas flota, aún ahora, en las brasas y en la memoria: que puede haber vida después del fuego, pero solo si alguien renuncia, por fin, a gobernar las cenizas.

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