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Sierras de Perridal, antes de la disolución, era un lugar de pastores y aventureros, de diurnos ecos y promesas de velos otoñales. Ahora, la roca está hendida, las colinas son jadeantes costillas de un gigante caído, y en las noches azules hay más ojos observando que sólo los de los zorros. El rumor lo antecedió todo: las grietas en las lajas ancestrales, un azufre maligno en el corazón del aire y la certeza de que el abismo, largamente sellado bajo la corteza del mundo, se agitaba en sueños.
Brekhan, hijo de los desposeídos, cruzó las amargas laderas una noche sin luna, el pulso de un tambor ignoto en su pecho. El viento, seco como la lengua de un mendicante, rasgaba su capa y le susurraba nombres que no conocía. Quería verla: la grieta. Y firmar con ella un pacto antiguo, pues en el pueblo arremolinado milagrosos conjuros y cuentos de terror, nadie dormía tranquilo ya. Se decían ahogados por aromas salobres venidos de las mismísimas profundidades, y algunos afirmaban haber visto, en los umbrales de la nada, siluetas arrastrando tesoros que jamás devolverían. Su hermana pequeña, Alis, dormía agitada cada noche, presa de pesadillas imposibles. Brekhan no podría soportar más la inacción.
El abismo se abría ante él, violento, sin márgenes conocidos. Un río de piedra bajaba hacia el vientre del mundo, y la oscuridad era tan densa que parecía devorar las linternas, y aun la esperanza. Descendió. Cada paso revivía viejas historias: los Tilos Verdes, que una vez ahogaron su aldea con sombra protectora; los Antiguos del Trono de Hueso, espectadores eternos; los pocos elegidos que osaron mirar lo prohibido. Pero al fondo solo había eco y, debajo del eco, otra cosa: un murmullo, denso, que no era humano.
La grieta no estaba vacía. Surgieron de ella formas: primero, el Aire, vivo y errático, que le rozó el cabello y le susurró advertencias en dialectos olvidados. Luego, el Agua, resbalando entre piedras, vieja y cargada de impaciencia. Por último, la Carne: y fue entonces cuando Brekhan vio a la primera criatura del abismo, densa y etérea, como formada de lágrimas derramadas en los días más oscuros. Tenía ojos, o algo que en su lugar centelleaba, y su llegada trajo frío, mucho frío.
—¿Por qué turbas nuestro sueño? —dijo la criatura, con su voz de marea y confusión, como si cada palabra envolviera el zumbido de todos los sueños humanos.
Brekhan tragó saliva, su voz hecha polvo. —Mi pueblo sufre. El mundo allá arriba... se está quebrando. Los niños ven vuestras sombras y no despiertan jamás. Te pido... saber por qué.
Al oír el nombre de los niños, los otros —más oscuros, húmedos y multiplicados hasta que la gruta pareció hincharse con sus presencias— se agitaron. Los ojos se abrieron, algunos llenos de nostalgia, otros de odio.
—El mundo arriba olvidó su deuda —dijo la criatura. Y cuando Brekhan iba a preguntar, el abismo tembló y otro ser emergió, aun más vasto. Esta criatura, toda bruma y fango, olía a frescor de tumba y a las olas contra los acantilados. Los moradores del abismo, exiliados y desterrados por pactos viejos hechos por ancestros ya extinguidos, se removían inquietos, ansiosos.
—Antaño —prosiguió la criatura—, los humanos eran nuestros hermanos. Nos ofrecían sueños a cambio de claridad, pesadillas a cambio de poder. Cuando los hombres construyeron ciudades y cubrieron sus cabezas con piedra y su orgullo, olvidaron cuidarnos. Así es como nació la grieta.
Brekhan, bajo la impresión de que el aire se hacía espeso y su corazón se sumía poco a poco en una grieta mayor, preguntó: —¿Qué puedo daros ahora, que no sea mi horror ni mi rendición?
La bruma se aglutinó en torno al joven, tocándolo con dedos invisibles. En ese contacto, Brekhan sintió la historia de Perridal desde un punto de vista no humano: los ritmos oscuros del fondo de la tierra, el hambre de lo que fue desterrado y la añoranza, corrosiva, de lo que había en la superficie. La criatura le mostró visiones: niños que reían junto a la grieta, ancianos que venían a cantar y a dejar pequeñas ofrendas, sueños compartidos en la linde de los dos mundos.
—Vuestra indiferencia nos desmorona —susurró uno de ellos. —Pero el odio, eso, nos alimenta. Y ya no sabemos soñar como antes. Queremos volver, pero no sabríamos habitar vuestras casas ni entender vuestras palabras.
Brekhan comprendió, tragó el miedo, y se atrevió a preguntar: —¿Qué sucede con los niños ahora? ¿Por qué no despiertan?
La inquietud recorrió a la multitud abismal. Un tercero habló, con su forma hecha de sombras y perlas húmedas: —Cuando el muro cae, las raíces del mundo emergen en la mente de los pequeños. No pueden soportar los recuerdos de lo que fue, ni el rumor eterno de quien nunca duerme aquí abajo. Sois vosotros quienes debéis enseñarlos a soñar otra vez, sin miedo. Sólo así la grieta se cerrará.
—¿Y si fracasamos?
—El abismo se desbordará —susurraron a coro. —No hemos olvidado cómo entrar, sólo cómo pedir permiso.
De regreso, Brekhan luchó contra la marea de formas que intentaban adentrarse en su memoria. Sabía que debía llevar palabras y actos. Lo recibió su hermana a la entrada del poblado, los ojos embozados en un insomnio helado.
“Te vi allá abajo”, murmuró, como quien desvela un secreto temido. “Eras como ellos. Pero también eras tú.”
Tocó su frente y le pareció fría, como la piedra del abismo. Brekhan recogió a los habitantes de Perridal en la vieja plaza donde sólo el viento hilaba promesas, y les habló. Su voz era honda y oscura, ya tomada por algo abisal.
—El mundo debajo del mundo… nos pide sueños, no gritos. Olvidamos nuestros cuentos y nuestras canciones. Ya no sabemos pedir ni dar permiso a las sombras.
Un murmullo de temor creció. Los ancianos se aferraron a talismanes, y algunos jóvenes rieron con dureza, para cubrir lo que temblaba bajo sus costillas.
—¿Quieres que hagamos ofrendas a monstruos? —preguntó Yevran, la herrera.
—No son monstruos —dijo Brekhan—. Son lo que una vez fuimos, un eco, una deuda que no supimos pagar. Nuestros niños ya no pueden soñar porque olvidamos enseñarles el arte de conversar con la oscuridad. El abismo escupe lo que tragó, pero también escucha.
Se miraron unos a otros, años de desprecio y olvido palpitando entre ellos. Pero la amenaza que crecía bajo sus pies era real y, al atardecer, un grupo se arremolinó silenciosamente para escuchar los relatos de Brekhan. Narró las visiones, las antiguas costumbres, las noches en que los sueños y los miedos se ofrendaban de igual manera, para mantener el equilibrio. Y sobre todo, el pacto que había que renovar si los niños habían de despertar.
Cada noche, al principio sólo unos cuantos, los aldeanos se sentaron en círculo y narraron sueños e historias a la grieta, a los antiguos moradores del fondo. Cánticos, aullidos y a veces pura desesperación. Unas veces en risas, otras en lágrimas. Lentamente, la grieta dejó de supurar ese azufre, y más tarde, extrañamente, algunos niños —incluida Alis— despertaron en la madrugada tras sueños vastos, extraños, pero nítidos.
Pero ningún trueque se hace con el abismo sin precio pagado. A cambio, a veces aparecían objetos en sus calles: conchas de nácar, cristales oscuros con imágenes de mundos desconocidos, fluidos que curaban o maldecían. Y, a veces, faltaban adultos: los encontrados días después, en los lindes del pueblo, los ojos llenos de niebla y los labios repitiendo palabras en una lengua que sólo el abismo debía entender. Brekhan, testigo de todos estos tormentos y milagros, asumió que el abismo nunca devuelve sólo lo que toma; a veces, ofrece lo que nadie ha pedido.
El mundo giraba, la vida continuaba, pero la grieta permanecía. Los antiguos y los niños la saludaban cada mañana y cada noche, lanzando pequeños sueños de regalo en palabras, promesas o canciones. El aire en Perridal se volvió más denso, sí, pero también las cosechas prosperaron, los nacimientos superaron a las muertes, y en los límites de la luz de sus velas, nuevas sombras danzaban, expectantes, esperando que los hombres y las criaturas del abismo soñaran juntos.
A veces, bajo la luna, Brekhan veía a su hermana hablarle a la grieta, y las sombras respondían, cantándole canciones de lo que fue y de lo que podría ser. El temblor de la tierra se tornó en un pulso, a mitad de camino entre dos corazones distintos. El abismo nunca se llenó, pero aprendió a escuchar de nuevo. Los hombres aprendieron a temer menos y a soñar más.
Y la grieta, cicatriz antigua y promesa aún latente, permaneció allí: herida y boca, advertencia y milagro. En su fondo, las criaturas esperaban, no ya con hambre, sino con curiosidad. Porque sabían, igual que Brekhan y Alis, que los sueños compartidos son más profundos que cualquier abismo.
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