Fragmento:
No es que la nieve cante, no; pero en esos valles rebotan los relámpagos por las noches, en círculos perfectos, hasta que alguien los rompe con su aliento. Ivo puso los labios sobre la roca, y lo que surgió no fue un soplo sino una melodía nítida, casi dulce: el idioma muerto de los fundadores. Por sobre su hombro pasó un chisporroteo, tan rápido que apenas lo vio. Y luego la voz, áspera como la obsidiana:
Duración: 09:19
La historia me la contó un anciano junto a una fogata azotada por vientos salvajes, mientras los relámpagos jugaban en la bóveda opalescente como niños de manos cerúleas. Dijo llamarse Ivo —ningún otro nombre me ofreció, ni más, ni menos— y a ratos parecía que toda la ventisca danzaba solo para prestarle atención.
"No existen los caminos del trueno," dijo en una ocasión, "hasta que los abres con tu caminar." Quizá no existe lo imposible hasta que lo arrastras tras tus botas, pensé yo, no sin un poco de ironía. Porque no hacía aún suficiente frío bajo las murallas de Seldhajm como para escarmentar la soberbia; eso vendría después.
Este es el corazón de su relato, cuya veracidad no me tomé el trabajo de dudar, pues no se duda ante la voz que tiembla tanto por el temor como por el ansia de ser escuchada. Y si acaso me atrevo a adornar lo que escuché, que sea por fidelidad al fulgor de esos ojos y no por descuido.
Ivo había nacido bajo una doble estrella, aunque nadie en Eriso supo nunca decirme qué quería decir exactamente esa frase. "Quizá una metáfora de las dos ciudades que lo desgarraban," me propusieron en la posada, o "una burla de los dioses, condenando a un alma a la perenne frontera." Lo cierto es que el muchacho aprendió desde pronto a distinguir el sonido lejano de los retumbos, a saber qué nube acunaba la semilla de un relámpago, y a leer sobre el hielo los pasos del viento.
En su aldea, a los pies de las primeras torres de hielo —literalmente, me aseguró el anciano, torreones ciclópeos que emergían del suelo como colmillos de un dios dormido—, los niños asistían cada primavera al Despertar: la ceremonia en que los mayores cruzaban una única vez el Camino Ardiente, ese tramo de piedras ennegrecidas por la furia celestial. Pero Ivo, con doce inviernos, cruzó de noche y sin testigos, e inició allí la senda de su condena.
Las torres no eran todas iguales. En la clara, reflejaban la luz hasta enceguecerte; en la noche, transformaban cualquier sonido nimio —un siseo, un tose— en truenos lejanos. Los más ancianos lagartos helados vivían en sus resquicios, y a veces, decían, las llamas azules trepaban desde el corazón de la piedra hasta la cúspide misma, allí donde la nieve nunca se atrevía a cuajar.
Ivo no temía. Deslizándose por la vertiente de la Torre Trece, avanzó por un sendero delineado sólo por los ecos. Sabía distinguir aquellos que eran recientes: un paso humano resuena distinto al de las bestias del frío. Apenas hubo bajado unos codos, vio la primera de las huellas: tres dedos, la membrana fina, el símbolo de la Garra Rauda. No era criatura para temerse de día, pero el crepúsculo allí se vestía de hierros y estruendos.
"Un hombre debe saber qué lo busca antes de detenerse a descansar," recordaba de su padre, y esa fórmula fue suficiente para acelerar su descenso hasta el Viejo Puente, un arco de hielo petrificado sobre las fauces de la quebrada. Allí, y sólo allí, el bramido del trueno se volvía lengua humana, al menos para quien supiera escuchar.
No es que la nieve cante, no; pero en esos valles rebotan los relámpagos por las noches, en círculos perfectos, hasta que alguien los rompe con su aliento. Ivo puso los labios sobre la roca, y lo que surgió no fue un soplo sino una melodía nítida, casi dulce: el idioma muerto de los fundadores. Por sobre su hombro pasó un chisporroteo, tan rápido que apenas lo vio. Y luego la voz, áspera como la obsidiana:
"Ahora has de caminar hasta la raíz de la torre. Sólo allí podrá abrirse lo que buscas."
No hubo forma de ignorar esa orden. Algo en su interior se tensó, como si una mano invisible lo atara a la voluntad de la tierra y del trueno. Avanzó, pues, la nieve cubriéndole las botas hasta los tobillos —no por oleadas, sino por pequeños cúmulos que parecían ocultar secretos.
Sobre el mediodía llegó a la raíz, esa hendedura desde la cual la torre se expandía hacia el cielo, como un árbol gélido. Allí el viento hablaba en dos tonos: uno grave, persistente; otro agudo, apenas perceptible. Ivo no era niño curioso sino ya, en ese instante, adulto en sufrimiento. Cada palabra del viento, cada crujido en la corteza helada de la torre, le fue un aprendizaje.
Y en la raíz encontró —como en todo buen relato— algo no previsto. Un círculo de piedras ennegrecidas, idénticas a las del Camino Ardiente, pero aquí talladas con runas sin nombre y huellas de fuego azul en su núcleo. No era un altar, ni tampoco una tumba: más bien, un instrumento. Se inclinó a mirarlas, y por accidente, las tocó.
En ese mismo segundo el mundo se rasgó. No físicamente, claro, sino en la percepción: dejó de ver contornos delimitados, y la realidad se volvió una serie de pulsos eléctricos, de señales saltando de nervio a piedra, de piedra a aire, de aire a corazón. La torre misma latía, y el hielo empezaba a caer como escamas desprendidas. Comprendió, entonces, que lo que afirmaba el anciano no era sólo forma de hablar, sino estricta verdad:
"El trueno necesita caminos, como el hombre," musitó.
No fue sólo metáfora. Lo que Ivo experimentó fue la visión completa de los Caminos del Trueno: senderos ocultos que recorren la tierra, invisibles a ojo salvo aquel que ha tocado la raíz y ha chirriado el hueso bajo la piel. Vio, a través de esas rutas, no sólo cómo viajaba la tormenta, sino también cómo anidaba el miedo en los corazones de los guerreros antaño invencibles, cómo las palabras de amor saltaban chispas al tocarse, cómo el odio podía crepitar en un susurro bajo el cráneo de un traidor.
Era un poder antiguo y doloroso. Porque saber los caminos era también saber los destinos, y en la visión supo que la Torre Trece no resistía incólume en el tiempo: había un ciclo en que caía y era devorada por sables de fuego rojo, y otro en que servía de refugio a criaturas del relámpago, siempre hambrientas.
Ivo despertó —si puede llamarse así a volver a tener forma de hombre— tres días después. Ningún animal lo había devorado, ningún frío lo había quebrado. Notó que en la muñeca llevaba una marca, una suerte de cicatriz azulada, delicada como un tatuaje y feroz como una cadena. Y de inmediato supo una cosa preciosa y horrible: cualquier ruta que desde ese día él tomara, sería camino para el trueno. Sus odios, sus amores, sus temores serían líneas abiertas, trochas sutiles.
El regreso a la aldea fue silencioso. Nadie preguntó, tampoco él explicó. La marca se convirtió en secreto y tal vez en condena. Pero no era hombre de quedarse quieto, y pasado el siguiente invierno lo vieron marchar hacia la frontera del Hielo Caído, donde sólo los desesperados o los profetas desean morir.
En la frontera, las torres no guardan silencio. Allí los hielo-murciélagos beben, y también residen las sacerdotisas rotas que oyen voces en sus sueños. Fue una de ellas, Talma, quien estrechó a Ivo entre sus brazos, y vio la marca. Ella sabía lo que significaba. Había oído hablar de los Caminantes del Trueno: aparecían cada generación o acaso cada siglo, movían imperios, trazaban querencias y dictaban tragedias.
Durante tres años Tejieron juntos rutas en la nieve. Cada vez que Ivo deseaba cruzar una barrera, bastaba con rozarla con la mano y aguardar el primer chispazo. Así liberó a esclavos de la Torre Gris de Malth; así deshizo la partida de caza del conde Sirion, que buscaba apoderarse de todas las niñas con cabello blanco; así, al tocar la base de la Torre Muerta, liberó las memorias de su primo, perdido en una grieta de hielo.
Pero a cada acción la marca ardía más profundamente. Comenzó a entender que cada ruta abierta era también una fractura. Los truenos, insaciables, no distinguen entre paso noble y paso vil. Cuando la Torre Trece rugió —ese sonido que la aldea entera oyó como presagio—, Ivo ya no pudo dormir. Veía en su cabeza los caminos incendiándose, las huellas quemando la nieve a cada paso, el hielo agrietándose desde dentro.
Talma supo lo que se avecinaba antes que él. "Toda torre cae una vez," le susurró medio dormida, "y el que abre sendas para el trueno termina por volverse torre, por dentro." Sus palabras, como suelen hacerlo las palabras de los sabios, le dejaron frío.
La última noche, Ivo sintió el hielo titilar bajo su piel. Salió sin decir adiós; buscó el camino más antiguo, aquel que bordea el abismo rojo donde la tormenta nunca se detiene. Caminó hasta el último vértice de la Torre Trece. Allí, por fin, prestó toda su voz para convocar el trueno una vez más.
Dicen —si uno le cree al anciano de los ojos nómadas— que no fue muerte lo que halló, sino transformación: que llegó a ser, de algún modo, uno con la raíz y el lomo de la tierra, un eslabón más entre camino y rayo, memoria y hielo. El viento cruje a veces como su risa, y hay noches en que la marca azul recorre los muros de Seldhajm para anunciar que nuevas sendas se abrirán, que nadie cruza la frontera sin grabar en la nieve, también, su propio trueno.
Esa es la huella de Ivo, y su condena, y el secreto por el que, en ciertas noches, la espuma helada de las torres arde con un fuego azul que no necesita explicación. Tal vez sea el eco de lo que fue, o la promesa de lo que aún puede ser mientras existan caminantes, torres y trueno.
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