Fragmento:
Yhan avanzaba con paso lento pero decidido, capa mojada pegada a los muslos, la empuñadura de su sable mil veces pulida por la huida, la rabia y la sangre. Las colinas susurraban historias olvidadas con el viento. Entre los matorrales, el martilleo distante de tambores le recordaba que el tiempo se acortaba; los Seguidores del Espectro Azul avivaban su liturgia y no pasaría mucho antes de que salieran a buscar nuevas pieles para su altar.
Duración: 08:24
Bajo el brillo de la segunda luna de Tarhess, los caminos entre los brezales parecían serpientes quietas cubiertas por rocío. El hedor amargo de mirra podrida colgaba en el aire: señales inequívocas de brujería, señales a las que un hombre sensato habría dado la vuelta. Pero los sensatos rara vez buscan venganza. O no sobreviven tanto como lo ha hecho Yhan.
Yhan avanzaba con paso lento pero decidido, capa mojada pegada a los muslos, la empuñadura de su sable mil veces pulida por la huida, la rabia y la sangre. Las colinas susurraban historias olvidadas con el viento. Entre los matorrales, el martilleo distante de tambores le recordaba que el tiempo se acortaba; los Seguidores del Espectro Azul avivaban su liturgia y no pasaría mucho antes de que salieran a buscar nuevas pieles para su altar.
La segunda luna, azulada y burlona, revelaba sendas que las criaturas diurnas no concebían. Al bajar la última loma, Yhan vio la ermita retorcida. El madero estaba cubierto de ceniza y los cristales, brillando aún bajo manchas de cera y salitre, sugerían que las prácticas arcanas no se ocultaban aquí, sino que danzaban a plena vista.
No era el tipo de enemigo al que uno se acerca sin preparación. Así que Yhan dejó caer la mochila, desató el fardo de cuero y desplegó lo que un día fuera un ídolo de fe: ocho fragmentos de obsidiana redondeados y una cuerda de tendón teñida en tejo. Susurros de la ciudad inconquistada de Edrun le recordaron la receta: disposición correcta, invocación breve, aliento contaminado de coraje. Así preparaba Yhan su defensa, una protección contra lo que no podía ver, pero sentía como hormigas en su columna vertebral.
El primer guardián surgió del umbral cuando Yhan terminó de anudar el círculo: una mujer, pero no joven ni vieja, con la piel tan pálida y traslúcida que venas azules formaban mapas de territorios no visitados. Sus ojos, dos orbes blanquecinos coronados de una neblina interna, miraban sin parpadear. Portaba un hacha de raíz negra que goteaba sangre seca.
"No deseabas entrar, forastero", dijo la mujer. Ni su boca se movía. "Esto no es para ti."
Yhan agarró fuerte la empuñadura de su sable. "Es para cualquiera que respire dolor y mastique tierra amarga. ¿Eres el primero o el último?"
La mujer sonrió, la mano crispada en el arma. Avanzó danzando, embistiendo con la suavidad de un suspiro. Yhan se lanzó de lado, descruzando la espalda para dejar atrás la línea de obsidianas que chisporrotearon al roce de la magia. El filo del hacha, al tocar la barrera invisible, crujió con un sonido de huesos rotos, pero no avanzó más.
Ella siseó. "Conoces la danza."
"Y el precio", gruñó Yhan.
El combate sucedió sin florituras ni cánticos. El sable surcó una línea de carne, color azul denso. La mujer chilló; la sangre salpicó el círculo de obsidiana, que la absorbió con ansiedad predatoria. Ella retrocedió, se dobló sobre sí misma y, en un parpadeo, se disolvió en una maraña de hilos de humo azul. Lo que quedaba de ella fue absorbido con un chasquido eléctrico.
Ahora, la liturgia de los seguidores dentro de la ermita alcanzaba un crescendo: docenas de voces guturales, repitiendo una sola palabra en una lengua que palpitaba como una herida. Yhan recogió su círculo de obsidiana: solo seis fragmentos; dos se habían quebrado entre sus dedos. No habría defensa para una segunda confrontación directa. Pero no quedaba elección.
Entró a la ermita.
El interior era un aquelarre detenido en un cuadro histérico: once seguidores, desnudos salvo por máscaras de arcilla azul, bailaban alrededor de una pira de madera fresca y cuerpos atados. En el centro, el Espectro Azul, con piel que parecía cuero mojado y ojos hundidos dos dedos por dentro de su cráneo, entonaba su invocación final. El aire cristalizaba con magia tan densa que cada respiración le cortaba la garganta como una piedra. A los pies del espectro, mi hermana: Lira, la única vida que aún me ataba al paso de los días.
La máscara de este demonio no ocultaba sus intenciones; cada palabra clavaba un clavo ardiendo en la piel de Yhan. Pero el dolor era viejo, tan familiar que podía masticarlo sin que le sangraran las encías.
El Espectro Azul le miró. “¿Has venido a suplicar, asesino? ¿O a vender tu alma por otra noche de vigilia?”
Yhan estaba cansado de preguntas. Había cruzado mares de sal y ciudades de bestias para esta noche. “Devuélveme lo que me quitaste. El juego ha durado suficiente. Lira no es tuya. No lo fue nunca.”
Risas. El espectro chasqueó los dedos y la carne de Lira se erizó, sus miembros convulsionaron, sus labios se hincharon en un terrible intento de gritar. Pero la magia azul comprimía sus gritos a lo indetectable: sufrimiento en la cárcel del silencio.
Los seguidores se abalanzaron. Yhan se movió como la sangre cuando corre desbocada: rápido, iracundo, inevitable. Su sable encontró carne sin preguntar nombre. Tres cabezas rodaron antes de que el primero de los sortilegios rozara su espalda. Un consorte del espectro, alto y musculoso, le arrojó un frasco hirviente que explotó en llamas azules sobre el muslo de Yhan. El dolor le hizo caer. El círculo de obsidiana crujió en su bolsa. Solo cuatro piezas ya —suficiente para un último gesto, para un último pacto.
El Espectro Azul gesticuló y la estancia tembló. La pira crepitó; de sus llamas brotaron garras y ojos. Una sombra insidiosa se extendió hacia Yhan, reptando como leche derramada. "Sólo tienes que decirlo, Yhan Zhar. Sólo tienes que suplicar. Te enseñaré a devorar el presente y escupir joyas de miedo."
Yhan, temblando, apenas sentía el peso del sable en la mano. Miró a Lira, cuyos ojos vacíos parecían suplicarle algo que no podría cumplir. Su mente, sin embargo, era de hierro.
Se arrancó el medallón de la infancia, la última herencia de una madre a la que nunca enterró como debía. Lo redujo a fragmentos entre las uñas, dejó caer las piezas dentro del círculo de obsidiana y murmuró la antigua plegaria de Edrun. Las palabras no eran de esta tierra. El dolor creció tanto que el sonido del mundo desapareció, sustituido por un zumbido atroz. La magia azul del espectro se tropezó con el hambre arrancada de la plegaria: la magia de la ausencia, la magia de la negación absoluta.
Las máscaras de los seguidores estallaron, uno a uno, explotando en astillas cerúleas y sangre. El espectro reculó. “¡Maldito seas! ¡No eres de los que suplican, no eres del rebaño!”
“No lo he sido desde que me quitaste a mi hermana”, dijo Yhan, mientras la grieta mágica se abría entre ambos: una línea negraluz que tragaba cualquier cosa que la rozara.
El espectro elevó ambas manos, invocando relámpagos de azul veloz, pero en su desesperación olvidó lo básico: olvidar el nombre propio es perder el dominio, olvidar la carne es perder el mundo. Yhan saltó, sable en alto, cruzando la grieta un instante antes de que le escupiera de vuelta como una burla a los dioses. El filo del sable hundió su camino en el pecho del espectro: allí donde la piel parecía espejo, sangre azul brotó como vinagre y, por un instante, el mundo perdió color.
El eco del grito del espectro retumbó, pero pronto fue acallado por el choque de la grieta devoradora. El aroma de mirra se disipó, sustituido por el hedor visceral de sangre y miedo.
Cuando el temblor cesó, solo quedaban cenizas, sangre y la respiración entrecortada de Lira. Yhan corrió a su lado. A cada paso, sus quemaduras gritaban; su corazón latía a ritmo doble por la magia todavía circulando por sus venas. Sostuvo a su hermana, que tardó minutos enteros en enfocar la vista y balbucear algo parecido a un nombre.
“Yhan”, susurró, las sílabas ásperas por la falta de voz, “no dejes que vuelva... no la dejes volver, por favor…”
“No volverá,” dijo él, acunándola como cuando eran niños, ocultos bajo el manto perfumado de un padre ausente. Afuera, la luna azul observaba. “No mientras respire.”
No había promesa más verdadera. No hasta el próximo crepúsculo, no hasta la siguiente sombra.
Así es la senda del acero y la negromancia: se cobra todo lo que tienes para ofrecer, y aún así exige más. Pero por una noche, al menos, los espectros se convertirían en polvo, y la sangre se mezclaría con la mirra antigua. Y las historias, esas que susurran desde las colinas, encontrarían de nuevo a quien las escuche.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.