Fragmento:
El viento azotaba las cornisas del Bastión de Skalth, allá en los confines boreales, donde la aurora danzaba en largas serpientes verdes y el hielo parecía beber la luz de los astros. Allí, escondida bajo los pliegues de montañas antiguas y los candelabros cristalinos de una noche eterna, se tejía una trama de poder y sangre entre las piedras. Skalth, bastión de aquello que la gente de los reinos vecinos llamaba “la Orden Gélida”, era mucho más que una fortaleza: era la cuna y tumba de los que dominaban el Ártico, los magos del frío, custodios del más peligroso de los saberes.
Duración: 08:17
El viento azotaba las cornisas del Bastión de Skalth, allá en los confines boreales, donde la aurora danzaba en largas serpientes verdes y el hielo parecía beber la luz de los astros. Allí, escondida bajo los pliegues de montañas antiguas y los candelabros cristalinos de una noche eterna, se tejía una trama de poder y sangre entre las piedras. Skalth, bastión de aquello que la gente de los reinos vecinos llamaba “la Orden Gélida”, era mucho más que una fortaleza: era la cuna y tumba de los que dominaban el Ártico, los magos del frío, custodios del más peligroso de los saberes.
En una torre sin puertas, sentada junto a una ventisca que lamía los postigos con furia, la maga Aldhild pronunciaba palabras olvidadas por la mayoría de los hombres. Tenía la tez tan pálida como la luna sobre el hielo y el cabello verduzco, mecido por años de meditación bajo la aurora. Su tarea, en esa hora incierta de la madrugada ártica, era vigilar el sello que mantenía lejos del mundo la tormenta que sus ancestros habían encerrado siglos atrás.
Toda la torre exhalaba un rumor antiguo, como si sus vigas y sillares conversaran en sueños. Aldhild lanzó un último sortilegio a la base del sello de escarcha. El aire se onduló. Viejas runas, grabadas en el círculo de obsidiana al centro de la estancia, resplandecieron un segundo, y todo quedó en silencio.
“¿Persiste la inquietud, hermana?”, llegó una voz dura desde la penumbra. Era Eilivar, su amante y rival, cubierto por una capa de nutria plateada y con la corona turbia del arcano sobre su frente herida.
“No es inquietud, es certeza”, contestó ella sin girarse. “La tormenta es más fuerte. Algo, allá afuera— ¿no percibes esos latidos, hermano? Nadie debería acercarse a la fisura en la Roca Soñadora”.
Eilivar cerró la mano sobre el pomo de su bastón. El titilar de las runas arrojó forma a su sombra. Había una grieta en la unidad de la Orden; viejas fracturas, tan profundas como las del hielo bajo la presión del deshielo primaveral. “Cada generación ha contenido el azote. ¿Dudas de nuestra fuerza, Aldhild?”
“Dudo de nuestra unidad”, dijo ella. “Y temo a los hombres del sur. Ellos…”
El grito rasgó la madrugada. Fue breve, pero tan afilado como el mismo crujido del hielo fracturándose. Ambos magos corrieron escaleras abajo, envueltos en capas engrosadas por el poder. La sala de los iniciados era un caos de escarcha y sangre. Había cuerpos caídos: uno de los más jóvenes, el prometedor Hrodgar, yacía sobre losas cubiertas de runas, abierto por una espada negra que ardía con reflejos marmóreos.
Alrededor del cadáver, la escarcha se derretía. Un humo vaporoso suspendía en el aire miles de pequeños fragmentos de luz que colapsaban en la sombra. Del otro lado del salón, una figura oscura, envuelta en ropaje de viajero, levantaba un puñal aún caliente al rojo vivo. Eilivar reaccionó más rápido. Siendo un mago de la línea principal, modeló la humedad del aire en estalactitas letales que convergieron sobre el intruso, pero éste giró el puñal y el hielo se fundió antes de tocarlo.
“Magia de llama en Skalth”, musitó Aldhild horrorizada. El intruso retrocedió, dejando tras de sí una estela de calor. Intentó lanzarse por la ventana pero chocó contra una capa invisible de escarcha mental y quedó inmóvil. Eilivar y Aldhild se acercaron, y cuando vieron la insignia dorada sobre el pecho del forastero, el corazón de ambos se encogió: era mensajero del culto de Thuvir, los que habían jurado derrocar a la Orden.
En el interrogatorio, bajo la vigilancia de estalagmitas mágicas, el capturado habló con la impudicia de los desesperados: “El tiempo del hielo ha terminado. El sur se alza con fuegos nuevos; el calor será el nuevo rey del mundo. Habéis tenido vuestra era demasiado tiempo”.
“¿Buscáis liberar la tormenta?”, preguntó Eilivar afilando las palabras.
“No. Ya está siendo liberada. Un traidor entre los vuestros ha abierto la grieta. Pronto toda la región será pasto de vientos asesinos”, escupió el prisionero.
Aldhild sintió el vaho de su propio aliento congelarse en la garganta. Miró a Eilivar, quien comprendía lo que ambos temían: la tormenta no solo traería ventiscas mortales, sino que limpiaría la tierra de todo rastro de civilización al norte. Era arma y castigo. Según los viejos textos, una vez abierta no sería posible controlarla de nuevo con magia ordinaria; necesitarían “la Sangre del Enemigo”, un sacrificio antiguo, para volver a sellarla.
Los magos reunieron el consejo esa misma noche. Se sentaron en círculo, rodeados de las antorchas azules y los jarrones de hielo llenos de vino gélido. Todos se miraban con recelo, pues sabían que un traidor acechaba. La anciana Ylsa, con su barba de hilos plateados, centró la palabra: “No cederemos. Iremos al corazón de la fisura y aplacaremos la ira antigua. Cueste lo que cueste”.
Eilivar propuso dirigir una avanzadilla. Aldhild insistió en acompañarlo. Partieron, pues, tres elegidos: Eilivar, Aldhild y la anciana Ylsa. Otros debían vigilar Skalth, temiendo saboteadores.
La marcha hacia la Roca Soñadora era digna de los viejos poemas que jamás se cantaban en voz alta. El frío era tan intenso que la carne parecía astillarse bajo la tela; el cielo, bajo la aurora enloquecida, escupía reflejos rosados y púrpuras sobre campos sin horizonte. Cada paso resonaba en los pasadizos blancos del mundo.
Al llegar, la fisura en la roca palpitaba con una luz azul. El aire, impregnado de una electricidad pétrea, hendía los huesos y el espíritu. Allí, en el límite entre la realidad y el olvido, esperaban el traidor: Hjalti, el archivista, que alzaba un fragmento de obsidiana negra envuelto en llamas, junto a dos hombres del sur.
“No comprendéis, hermanos”, gritó Hjalti. “El hielo protege, pero mata lentamente a todo lo vivo. El mundo no necesita custodios; necesita una primavera furiosa. ¡El sur y el norte deben fundirse en algo nuevo!”
Chocaron los sortilegios en la penumbra como olas contra una presa. La anciana Ylsa cayó primero, alcanzada por un dardo de magma. Aldhild cubrió a Eilivar bajo un escudo de ventisca, que se polarizaba en torno a la Roca mientras la grieta rugía desde el abismo. Hjalti reía, convencido de que ya nada podía evitar la catástrofe.
Aldhild empleó entonces un artificio prohibido. Sacó de su túnica una daga de plata, y antes que el traidor decidiera atacarla, se cortó la palma: la sangre, rica en la herencia de los fundadores, brotó y se precipitó en la grieta. Las fuerzas se arremolinaron. El frío absoluto chocó con la esperanza de la primavera, y durante segundos eternos, la aurora pareció congelarse en una sola nota.
El precio fue grande. El rostro de Aldhild se marchitó súbitamente —la edad, las vidas pasadas y venideras, toda la herencia y el dolor de los magos pasaron por ella en un instante. Pero la grieta se cerró. La tormenta retrocedió como animal encadenado, moribunda, a su prisión de siempre.
Hjalti, herido y derrotado, se arrodilló. “Solo quería que todo tuviera calor de nuevo…”
Eilivar se acercó arrastrando la espada de la anciana caía. “La traición nunca enciende primavera: la quema”.
No hubo venganza brutal. Los hombres del sur murieron bajo el peso de la ventisca. Hjalti fue arrastrado al Bastión, donde le esperaría un exilio sin palabras en la soledad ártica.
De vuelta en Skalth, la Orden Gélida lloró a sus muertos y celebró la victoria amarga. Nadie olvidaría la noche en que la sangre de los magos se fundió con el hielo. Pero Aldhild sabía, desde el umbral de su vejez prematura, que jamás la frontera entre frío y calor estaría completamente sellada. Siempre vendrían herejes y buscadores de poder a tentar el sello de la tormenta.
En las crónicas del norte, lejos de la política y la guerra de los reinos, se escribiría de esta noche: una historia de traición, sacrificio y la delgada línea que separa el orden del caos. Dicen que aún hoy, cuando la aurora se asienta en la piedra y el silencio muerde como colmillos, los magos de Skalth sellan los márgenes del mundo con palabras antiguas y sangre vieja. Y cada vez que una ventisca sopla más fuerte de lo debido, Aldhild, ya medio leyenda, camina las murallas recitando el sortilegio—pues el hielo, aunque eterno, nunca olvida.
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