Fragmento:
Monstruos, pensó Hrodgar. Los paga la gente decente porque no quieren ensuciarse las manos ni perder lo poco de alma que les queda. Y por cada monstruo muerto caen por la espada dos o tres aldeanos. Ésa, y no otra, era la verdad de este oficio.
Duración: 08:23
A lomos de Thurak, su viejo rocín tordo, Hrodgar recorría la senda pétrea que cortaba los bosques orientales de Kaerlund. El sol, ya muriendo tras las copas, bañaba de oro y cinabrio el aire espeso del anochecer; en sus pronunciadas sombras, el miedo tenía dientes y la desconfianza era el aliento de cada criatura dormida bajo la hojarasca. Hrodgar era un hombre marcado, no ya por el hacha profundamente engarzada a su espalda sino por el ojo vacío, el parche de cuero que relucía húmedo en la penumbra. Muchos lo llamaban el Tuerto, otros preferían no llamarlo en absoluto. No era raro que la gente evitase cruzar la mirada con él si podía evitarlo.
Esta era tierra de lobos, tanto de cuatro como de dos patas. Más de una vez Hrodgar había sentido un par de astutos ojos rojos acechando desde la maleza, y nunca supo si pertenecían a bestias o bandidos. De los segundos, los más peligrosos eran los hijos de la luna, la banda de hombres salvajes y crueles que asolaba aldeas y caminos desde más allá del Paso Sombrío.
La noche crecía hinchada de presagios. Hrodgar apretó los talones, haciendo chasquear la brida del caballo. No le gustaban los bosques y menos aún esa sensación viscosa apretándole el cuello, el hedor anticipado de sangre y miedo. Iba en busca de un monstruo. Sus servicios habían sido requeridos, bien remunerados, por el propio señor de Beliav: la hija menor de su casa, embarazada de promesas nupciales y sueños dorados, había desaparecido hacía cinco noches. No quedó rastro salvo una cinta ensangrentada y unas huellas de garras enterrándose en el limo junto a la puerta destruida.
Monstruos, pensó Hrodgar. Los paga la gente decente porque no quieren ensuciarse las manos ni perder lo poco de alma que les queda. Y por cada monstruo muerto caen por la espada dos o tres aldeanos. Ésa, y no otra, era la verdad de este oficio.
Al llegar al claro de la posada del Martillo, Hrodgar desmontó. El lugar estaba medio caído, con las vigas deformadas y ventanas tapiadas a cal porro. Sólo se veía la luz titilante de una vela asomada a través de una rendija, como el brillo de un ojo nervioso. Antes de empujar la puerta salvajemente reforzada, escudriñó el aire: olor a sopa, a paja mojada y a miedo reciente. Los rumores habían corrido, seguro. Aquí sabían que la casería de monstruos no acaba bien, casi nunca, y que el oro del señor de Beliav brillaba lo justo para atraer la desgracia.
Dentro, la posadera —una mujer de hombros anchos y una trenza gordísima ceñida al cuello como soga— arqueó una ceja.
—¿Se ha perdido, forastero?
—Busco cobijo —anunció Hrodgar, colocando una bolsa sobre la mesa. El tintineo de las monedas templó el ambiente—. Y carne asada, si la tienen.
—¿No prefiere sopa? La carne es escasa y la que queda puede llevar días ahí colgada.
Hrodgar negó con una sonrisa torcida. —Conozco peores cosas que la carne añeja.
Sentado junto a la vaga calidez de la lumbre, Hrodgar dejó que su cansancio lo envolviera. Los murmullos de los parroquianos chorreaban detrás como lluvia fina, miedos y susurros disfrazados de historias: la hija del señor, el monstruo que podía caminar de día y de noche, las sombras que acechan bajo los robles, los niños que no siendo de buena cuna nadie busca. Picoteó la carne, examinándola cuidadosamente antes de tragar.
El hombre de la mesa vecina, un viejo barbudo con los ojos como charcos oscuros, se inclinó hacia él.
—Ha venido usted armado hasta los dientes, Tuerto. ¿Busca fortuna aquí, o busca muerte?
—A veces ambas cosas tienen el mismo rostro —contestó sin levantar la vista. Se quedó callado un instante, después añadió—: Busco huellas. Rastros que otros no quieran ver.
El viejo asintió, aprobando en silencio. Tomó un trago de su jarra.
—Dicen que eso que se llevó a la muchacha no era ni hombre ni bestia. Dicen que dejó la puerta abierta pero la cerradura no fue forzada. Los perros no ladraron y el guardia de turno fue hallado muerto... pero sin una gota de sangre en el cuerpo.
Hrodgar mascó la historia un instante.
—¿Has visto algo tú?
—Poco más que niebla y miedo. Y un olor. Dulzón, como a melaza podrida. A mi nieta la tuve que encerrar, por si acaso.
Esa noche durmió poco, atento al menor crujido. Al alba, antes de que el sol mojara de oro la hojarasca, partió en busca del lugar del rapto. La casa del señor de Beliav era una fortaleza en miniatura, de muros testudos y ángulos cuadrados, pero la docilidad de los guardias y las caras ahuecadas por el insomnio revelaban más debilidad que majestuosidad.
La madre de la niña, la dama Volena, sólo accedió a verlo tras mucho insistir. En su alcoba, la visión del desorden era la mismísima imagen del desastre: sábanas heridas, cortinas arrancadas, la ventana abierta y ramas arrancadas atoradas en el margen de piedra.
—¿Percibió algo extraño antes de la desaparición? —preguntó Hrodgar a la dama, observando sus dedos temblorosos.
—Mi hija… —titubeó y cada palabra parecía costarle la vida—. Decía que oía un canto en sus sueños. Un arrullo que venía de más allá del bosque, entre las raíces. Igual que un río subterráneo.
Hrodgar torció la boca. —¿Cantos de hada? ¿Algún enemigo con razones para herir a su casa?
La dama lo miró con una mezcla de temor y desprecio. —Aquí no se habla de hadas, cazador. Aquí sólo hay hambre y ruina.
Desde la estancia del rapto partía un sendero de huellas: surcos como de garras, pero largas y finas, no las de un animal común. Hrodgar cogió su hacha y empuñó la daga invertida. Siguió la estela por el bosque, cruzando claros donde la niebla parecía arracimada. Olía, sí, a podredumbre dulce, a almizcle y savia fermentada.
Al penetrar más, los árboles parecían doblarse sobre él formando una caverna de hojas. Y allí, bajo una roca cubierta de musgo, la halló: una criatura encorvada, con zarpas ensangrentadas y unos ojos taladrados de locura y hambre. Pero junto a ella había algo más: la muchacha, viva, con las ropas rotas y la mirada vacía. Murmuraba, casi rezando, mientras la criatura gruñía.
Hrodgar no dudó. Lanzó un hacha que se hundió en el costado de la bestia, luego se lanzó en un salto feroz, como si el propio bosque lo arrojase hacia el peligro. La criatura bramó, sus garras cruzaron el aire tan cerca que desgarraron el parche, abrieron el costado de Hrodgar de forma superficial.
Rolando entre sangre y hojarasca, Hrodgar rodó hasta quedar bajo el monstruo. En un movimiento aprendido en guerras horrendas, alzó la daga de plata y la hundió justo bajo la mandíbula del engendro. Ésta chilló con frenesí y murió entre estertores, humeando un vapor enfermizo. Una vez quieta, el cuerpo del monstruo se disolvió en una masa oscura, como si nunca hubiera existido.
La muchacha, con voz perdida, repitió una y otra vez la misma frase: “Volverá. Siempre vuelve.” Hrodgar envolvió una manta sobre ella, la llevó de regreso, esquivando las raíces que parecían buscarle los pies toda la vuelta.
En la fortaleza, el señor de Beliav quiso celebrar, ofrecer banquetes, pero Hrodgar rehusó. Había visto en los ojos de la chica algo que no se llevaría con mera gratitud: una nueva herida, más profunda que el colmillo del monstruo. Ella no sanaría con el paso de las estaciones.
Al anochecer, mientras preparaba su caballo para marchar, la posadera le interceptó en el umbral:
—Dicen que limpia usted las tierras de monstruos, Tuerto, pero los monstruos siempre vuelven.
Hrodgar no respondió, sólo acarició el lomo de Thurak.
—Quizá, señora, porque los bordes del bosque están más cerca de lo que creen.
Y así cabalgó entre las sombras, mascando la amargura de su victoria. Sabía, igual que los lobos saben del invierno antes que cambie el viento, que la sangre del bosque no se seca; todo héroe, aún el menos digno, sólo es un brote en la maleza, apenas una demora entre la sombra y la próxima noche. Suspendido entre dos mundos, Hrodgar miró una vez atrás y supo que su historia, como todas en Kaerlund, sólo podía acabar bajo la perpetua promesa carmesí del crepúsculo.
Porque en esta tierra, los monstruos nunca se van. Cambian de rostro, de sombra y de nombre. Pero siguen oliendo a miedo.
Y los héroes, los de verdad, sólo son aquellos que siguen cabalgando, aún sabiendo que la próxima luna será más oscura.
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