Fragmento:
Nadie recuerda el tiempo en que la obsidiana cayó del cielo, ni si trajo consigo semilla o condenación. Lo cierto es que, siglos después, la ciudadela de Ghorash, con sus murallas sangradas de musgo y las linternas de sangre vertida, se alzaba como el último faro entre los páramos infinitos. Sus habitantes pronuncian el nombre de la lluvia negra en voz baja, pues creen que aún escucha, aún arrulla con promesas a quienes la nombran.
Duración: 07:38
Nadie recuerda el tiempo en que la obsidiana cayó del cielo, ni si trajo consigo semilla o condenación. Lo cierto es que, siglos después, la ciudadela de Ghorash, con sus murallas sangradas de musgo y las linternas de sangre vertida, se alzaba como el último faro entre los páramos infinitos. Sus habitantes pronuncian el nombre de la lluvia negra en voz baja, pues creen que aún escucha, aún arrulla con promesas a quienes la nombran.
A Thalia la llamaban “Errante”, porque ningún dios mordió la red de su destino cuando nació. Su madre fue bruja, amante de las bestias que rozan los límites entre la vigilia y el sueño; su padre, un forjador de palabras, maldito por poner nombres a las cosas que no deben ser nombradas. Cuando Thalia llegó a la veintena, huyó del arrullo gélido de su ciudad y de la sombra que dormía en la trastienda de la casa de su infancia.
El polvo que cubría la calzada crepitaba bajo sus botas de cuero ajado. En su cinto portaba la espada “Lengua Gélida”, heredada de su madre tras vencer al espectro envenenado que poblaba los espejos de su cocina. Aquella hoja refulgía con luz azur si el portador mentía; una versión de la verdad siempre era tallada en la superficie, aunque las palabras escapasen limpias de sus labios.
El mundo se despedazaba. Viejos caminos llenos de estatuas rotas, criaturas que dormían en los troncos huecos y bandadas de murciélagos que graznaban nombres antiguos. En el umbral de la noche, Thalia llegó al puente hundido que separaba Ghorash del Desierto Escarlata. Allí, la esperaba un hombre de rostro doble: Simón Deyro, por una cara hermoso y por la otra arrasado de cicatrices brunas.
—El Oráculo predijo tu llegada, Errante —masculló Simón—. No temo a los Caminantes, pero temo a lo que anuncias.
—¿Mi llegada es un anuncio? —preguntó Thalia, apoyando la mano en la empuñadura—. O solo tu modo de buscar sentido en los vientos.
El hombre se limitó a sonreír, labios partidos mostrando dientes de marfil y de sombra. Le entregó un pequeño cubo translúcido. En su interior bailaban —o luchaban— luces azules y carmesí. Su tacto, frío como la memoria del mar.
—Tienes que cruzar al otro lado y entregar esto —le ordenó, dándole la espalda—. Allá te espera quien no conoce el sueño: el Heraldo.
Cuando Thalia apoyó el pie en el primer tablón astillado del puente, su visión se desgarró. Miles de voces gritaron en su mente; imágenes de rotos tiempos, dioses que bailaban sobre ruinas de lo que una vez fue carne humana, y al final, un relámpago negro zambulléndose en un lago de sal.
La travesía a través del desierto la despojó de lo humano. El viento olía a mercurio y el sol era un pozo de hierro ardiente. Animales que nunca habían aprendido a huir de la muerte la observaban desde la distancia, con ojos translúcidos y bocas cosidas. Cuando sus aguas se agotaron, Thalia abrió el cubo y lo lamió; en vez de calmar la sed, el líquido le susurró historias de reinos ahogados bajo mares que ahora sólo existían en pesadillas.
Días después, llegó hasta una torre solitaria y negra como la tinta recién vertida sobre pergamino. En su cima, bajo un cielo que nunca aprendió el azul, aguardaba el Heraldo: una criatura tan alta y fina como el tallo de una flor, de cabeza cubierta de vendas y brazos tatuados con oraciones en una lengua que escocía los ojos.
—He esperado siglos —entonó la voz del Heraldo, como campanas sumergidas en lodo—. Nací, morí y nací otra vez esperando esto.
Thalia le mostró el cubo.
—No sé qué contiene. Pero me pidieron que te lo traiga.
En vez de tomarlo, el Heraldo se inclinó y lamió el aire a su alrededor.
—Lo recuerdos. Es el recuerdo del primer sol cuando aún nos llamábamos con nombres propios; cuando la carne era promesa y no amenaza. Tú has cruzado la frontera y por ello debes elegir: restaurar lo que fue o abolir la memoria.
Thalia sintió, en ese instante, el peso terrible de todo el tiempo. El cubo palpitaba en su mano, convocando ecos lejanos; la voz de su madre, suave bajo la lluvia, la risa de su padre jugando con palabras imposibles, la rabia y el ansia de todos los que fueron despedidos por la obsidiana.
—¿Qué ocurre si escojo restaurar? —dijo, su voz filosa pese al temblor de su carne—. ¿Debo sacrificarme?
El Heraldo inclinó la cabeza, y de los pliegues de sus vendas comenzaron a brotar pequeñas llamas negras.
—Restaurar requiere que recuerdes todo: los éxodos, las traiciones, las bestias, el dolor. Para abolir, entrega el cubo a la sal y déjame volver a dormir.
“Huir es fácil”, pensó Thalia, “pero si huimos siempre, solo el olvido gobernará los vivos”. Hizo una mueca, cortó la yema de su dedo con la Lengua Gélida y dejó que la sangre cayera sobre el cubo. El artefacto absorbió el líquido con avidez, y una visión la acometió: una ciudad flotante entre nubes carmesí, donde los hombres y las mujeres tenían alas hechas de palabras y la noche era breve, dulce, sin monstruos.
El Heraldo aulló, estremeciéndose de pies a cabeza. Las vendas se le desprendieron, revelando un rostro imposible de mirar directamente, como si fuese esculpido en cristal y humo. Con las manos abiertas recibió el cubo, lo incrustó en su pecho y se desplomó.
Al caer, la torre se agrietó; del suelo emanó una energía helada y púrpura. Thalia se vio arrastrada fuera de la habitación por fuerzas invisibles. En el exterior, el desierto cambiaba de color: del rojo al oro, y a un verde lejano, imposible bajo un sol sin lágrimas de agua. El clima mismo parecía recordar su origen.
De la nada, criaturas olvidadas emergieron de los abismos de sal y hueso; gentes de rostro calmo, ojos de ancianos niños, manos sembradas de semillas. Thalia escuchó sus canciones, y en cada verso reconocía una historia de su linaje: el primer dolor, la primera esperanza, la caída y la posibilidad del perdón.
Pero todo don exige un precio. La garganta de Thalia se llenó de arena y sus recuerdos comenzaron a fragmentarse. Olvidó el rastro de sus pasos, las palabras de su madre, la forma del temor en las noches vacías. En su lugar, quedó una comprensión nueva y ajena: era el envase, el testigo de la restauración, pero no la heraldo del recuerdo.
En la distancia, donde el desierto se tornaba bosque y la luna era una mancha tibia, Simón Deyro la aguardaba de nuevo.
—Has elegido, Errante.
—He olvidado tanto… —susurró Thalia, aturdida. El hombre de rostro doble le ofreció un trago de un odre de cobre.
—Olvidar es el único modo de abrir espacio para lo nuevo —sentenció él—. El sacrificio nunca es completo; permanece en las piedras, en la música, en el viento.
Juntos caminaban hacia un horizonte menos hiriente, custodiados por criaturas que, al mirarlas, hacían añorar lo posible. Ghorash, la ciudadela, se alzaba en la lejanía. Thalia sabía que pronto el cubo sería un mito, Lengua Gélida, una espada en manos de otra persona, y que los dioses volverían a morder la red del destino. Para algunos, la memoria vale más que la dicha; para otros, la dicha no es sino el coraje de enfrentar la posibilidad de recordar.
El mundo no se reparó del todo esa noche, pero los cielos aprendieron a ofrecer lluvia clara, y los espejos dejaron de mentir. Los Caminantes y Errantes como Thalia aún cruzan los desiertos del tiempo, cada uno portando el precio de su elección, hollando territorios donde la esperanza y el dolor se besan y relinchan, danzando alrededor del fuego de lo olvidado.
Y aunque nadie pueda retener todo lo perdido, mientras una voz cante historias al amanecer, la restauración nunca será inútil.
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