Fragmento:
La senda lo llevó hasta un claro: el Refugio de las Nueve Lamentaciones. Allí aguardaba la figura encapuchada de Maelys, hechicera de las Tormentas y guardiana de secretos ancestrales. Su figura, envuelta en una túnica de tonos azules y cobre, parecía arder desde dentro, como si la infancia de los dioses aún temblase bajo su piel.
Duración: 07:14
El acero silba cuando rasga la carne y la noche, y en las tierras de Ordranlaith, esa melodía amarga acompaña desde hace siglos a los vivos y a los muertos por igual. Keryn de Skallgard, envuelto en la capa de su linaje exiliado, avanzaba bajo la luna llena, cuyos rayos convertían el río y las piedras del sendero en cristal líquido. Se deslizaba entre los árboles tan silencioso como la leyenda que lo precedía, espada a la cadera y dudas prendidas a su espalda como crueles parásitos.
En los bosques septentrionales, la magia nunca duerme; la sangre de lo antiguo bulle bajo la corteza de los abedules negros, y las raíces susurran promesas amargas. Keryn escuchaba. No tenía elección. Aquella era la noche del regreso, la del pago final, cuando habría de rendir cuentas ante los fuegos oscuros de su propio linaje y el destino del reino pendía de la palabra que pronunciara.
La senda lo llevó hasta un claro: el Refugio de las Nueve Lamentaciones. Allí aguardaba la figura encapuchada de Maelys, hechicera de las Tormentas y guardiana de secretos ancestrales. Su figura, envuelta en una túnica de tonos azules y cobre, parecía arder desde dentro, como si la infancia de los dioses aún temblase bajo su piel.
—Llegas tarde, Keryn de Skallgard. Siempre fuiste dado a la nostalgia cuando la muerte se aproxima —susurró ella, su voz acariciando las hojas húmedas—. Creí que esta noche ya te había devorado la melancolía.
Keryn hundió el puño en el corazón de su capa, sacando el medallón de hierro roto con el emblema de su casa. La luna arrancó brillos apagados al metal. Miró al cielo; el firmamento, nebuloso y cruel, apenas le concedió un respiro.
—No vine por redención, Maelys. No queda redención para los Skallgard. Solo vine por la respuesta que me debes: ¿cómo quebrar el círculo de la Sangre Ancestral?
Maelys elevó la mano y el aire crepitó; la magia a su alrededor formaba costras de escarcha. Sus ojos de un azul violeta lo atravesaron, desnudos de compasión.
—Para quebrar el círculo, hay que devorar sus propios restos —declaró ella—. Has traído la espada.
Él desenvainó lentamente la hoja. La Espada de las Siete Promesas no era especialmente bella; su acero, manchado del rojo antiguo de miles de batallas, silbó contra la funda como un animal aterrado. En las runas inscritas en la hoja se leía el precio que pagaría: “Quien con juramento rompe el lazo, antes de la aurora tendrá la sangre en los labios y la tierra contra el pecho”.
Maelys extendió una mano, y una luz azulada danzó entre sus dedos. Tocó la punta de la espada. El filo parpadeó, devorando el reflejo etéreo, y en el mismo instante los árboles suspiraron al unísono, como testigos arrastrados por el río del destino.
—Las almas de tus ancestros te esperan —musitó, y en el centro del claro se abrió un sendero a través de la niebla.
Keryn avanzó, sintiendo bajo sus pies la historia de su linaje. Vio las sombras de los antiguos reyes y reinas, todos, sin excepción, con los ojos llenos de miedo y la boca cerrada por siglos de secretos. Vio al primero de los suyos, Edran el Halcón Gris, degollando a su propio hermano para salvar una patria que ya no recordaba su nombre. Vio la traición, la gloria, el ocaso de cada generación. Pero sobre todo, vio que el círculo jamás se había roto: cada nuevo rey mataba a su propio padre en la noche del solsticio, sellando con sangre el pacto con el Guardián del Foso, una entidad oculta más allá del tiempo, que devoraba a los Skallgard para sostener el trono bajo un reino de cenizas y lamentos.
Fue entonces, en ese umbral entre el mundo de los vivos y el limbo de los ancestros, cuando la oscuridad templó su finalidad: oponerse a aquel mandato era perderlo todo —el trono, el linaje—, pero someterse era perpetuar la cadena de muerte y poder. Keryn detuvo el paso y alzó la espada. El Guardián del Foso, informe y vasto, surgió del suelo como una sombra líquida coronada de ojos y voces perdidas.
—¿Vas a cumplir el juramento, hijo de sangre maldita? —gruñó la entidad, su voz un río de óxido—. Lleva mi bendición y mata a tu padre. Reina y perpetúa nuestra hambre.
La tentación era real. El trono. El pueblo arrodillado ante su nuevo rey. El fin del exilio y la redención prometida, aunque hecha de muerte y condena. Le bastaba una palabra, un acto. Pero Maelys, al otro lado de la bruma, agitó su báculo y murmuró sin voz: “Rompe el círculo, aunque te cueste la vida”.
Keryn, entonces, giró la hoja y la clavó en la tierra. Trató de hablar, pero el Guardián apretó sigilosamente su garganta con un lazo invisible.
—Elegiste la traición, Skallgard. El precio será tu linaje y tu nombre.
El claro tembló. El cielo cayó sobre sus rodillas. Keryn sintió el frío y la condena de todos los siglos colgar de su cuello. Vio el castigo: la muerte, sí, pero también el olvido, el fin de su familia, la aniquilación de toda leyenda futura.
—Si mi vida es el precio para liberar a los Skallgard de tu yugo, que así sea —graznó, su lengua ardiendo de verdad y desafío.
Al hacerlo, el filo de la espada absorbió su sangre y la del propio Guardián, incendiando una llama plateada que envolvió el claro. Maelys gritó un conjuro, y el cielo se abrió como un párpado. Las voces de los muertos aullaron, y los rostros de los antiguos reyes se alzaron zumos de viento antes de disolverse en motas de luz.
El Guardián chilló, disuelto por fuerzas más antiguas aún que su propia hambre, y cuando todo acabó, Keryn cayó de rodillas, exhausto.
Maelys se acercó —hermosa y terrible a la vez—, arrodillándose ante él. Su mano temblorosa selló la herida de su pecho con un toque de magia helada.
—Ningún Skallgard volverá a nacer para la muerte. Has liberado hasta a quienes te odiaron —susurró—. Pero ahora, el reino será pasto de guerras y codicia. Muchos te acusarán de traidor.
Keryn gimió, sabiendo que esa era la verdadera condena. La libertad rara vez concede paz; su precio es la incertidumbre.
—Hecho está —dijo, mirando el horizonte—. La tierra es libre, aunque los hombres aún se encadenen a sus propias sombras.
Maelys lo ayudó a levantarse. El claro yacía en silencio, las raíces reordenándose tras el temblor. De pronto, el viento trajo consigo un rumor de guerra distante; el vacío de poder se alimentaría pronto de nuevos pretendientes, sangre fresca para los dioses menores del hambre y la ambición.
—¿Serás mi guardián, hechicera? —preguntó, la voz rota.
—Seré tu testigo —contestó ella—. Hoy hemos incendiado la noche, Keryn de la tierra y la pérdida. Quizá mañana, otros sigan tu llama.
Avanzaron juntos por el bosque, dejando atrás las cenizas de una dinastía y el crepúsculo de las certezas. Más allá, el reino despertaba, otro ciclo, otra historia, y tal vez, al fin, el principio de una leyenda más. Pues la verdadera heroína o el verdadero héroe jamás espera a ser coronado: se convierte en umbral y puente, desaparece en la historia y en la semilla del porvenir.
En los bosques de Ordranlaith, la magia susurra todavía. Pero aquella noche, la sangre ya no era la única herencia posible.
FIN
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