Portada del relato Puentes de Medianoche
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Fragmento:


El impacto de la memoria resonó en Lanira como un golpe de martillo, pues Cail era el nombre prohibido, el dolor enterrado en la raíz de toda espiral. No respondió; en su lugar, desenfundó el filo de luz, un arma que sólo brillaba ante el caos.

Duración: 07:51

Puentes de Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

La brisa helada de Endira corría por la explanada de Iridios, haciendo repiquetear las campanas oscuras de obsidiana incrustadas en las armaduras de los guardias. La luna azul fluctuaba en lo alto, enmarcando, por un instante fugaz, la silueta encapuchada que avanzaba con paso decidido entre columnas rotas y estandartes desgarrados. El silencio era absoluto, el murmullo de la vida arrasado hacía siglos, y sin embargo, Lanira sentía bajo sus pies el retumbar de mil mundos superpuestos, como si bajo la tela milenaria de la realidad se ocultara un tapiz vuelto loco por la sobrecarga de historias entretejidas.

No era la primera vez que atravesaba el Umbral. Muy pocos sobrevivían a la primera vez, de hecho, pero Lanira era especial en modos que odiaba. Había entrado al servicio de los Portadores sin comprender las deudas que dejaría atrás en cada viaje; ahora, demasiado tarde, las resquebrajaduras en su alma eran leyendas entre quienes aún osaban pronunciar su nombre. Aferrándose al amuleto de bronce colgado en su cuello, la mujer se detuvo, persiguiendo con el oído el susurro familiar de la Voz entre Mundos.

«La fractura se abre. El eco llama».

Con el eco zumbando en su mente, cruzó bajo las ruinas del Portal de Anwyn, donde generaciones atrás reyes y bandidos habían sellado acuerdos en sangre y traiciones. Ahora sólo quedaba ella y la promesa hecha en la penumbra.

La tarea era simple: sellar la fisura. Pero nada era sencillo cuando se trataba del tejido enloquecido de las Tierras Infinitas. Porque en algún punto, los portales habían dejado de ser puertas; se habían vuelto heridas, ávidas, como bocas hambrientas. Por ellas se colaban recuerdos, bestias, instintos, pesadillas y amores; la realidad se fragmentaba, y los Portadores saltaban de un filo a otro, cortándose siempre.

Esta vez, la fractura tenía nombre: Radevan, el Eterno Disidente. Había sido un Portador, como ella, pero sucumbió al vértigo de los espacios perdidos y, en vez de sellar una grieta, la había desgarrado para siempre, arrojando diez variantes de sí mismo a mil realidades y maldiciendo a cada una con su ambición. Encontrarlo, se decía, era enfrentarse a un ejército de deseos incumplidos y odios latentes.

Adentrándose en la fisura, Lanira sintió una presión viscosa apretarle el pecho. El aire cambió: el azul se volvió violeta, el suelo crujió bajo nubes que parecían líquidas, y a lo lejos, torres invertidas flotaban junto a mares desgajados del horizonte. Aquí, la lógica era una sugerencia y la física, una broma cruel.

La primera manifestación surgió como un reflejo descompuesto de sí misma: la Dama de la Sombra. Su rostro era el de Lanira, pero carcomido, con la sonrisa congelada de quien ha sido derrotada demasiadas veces.

—¿Regresas a fallar? —cuestionó la Sombra—. Como en Xindi, cuando perdiste a Cail.

El impacto de la memoria resonó en Lanira como un golpe de martillo, pues Cail era el nombre prohibido, el dolor enterrado en la raíz de toda espiral. No respondió; en su lugar, desenfundó el filo de luz, un arma que sólo brillaba ante el caos.

—Cada error nos hace más fuerte —susurró Lanira, y atravesó la Sombra, que al desvanecerse, dejó caer una pequeña esfera de cristal. En su interior latía una posibilidad: ella y Cail, juntos, en un mundo donde ninguna promesa había sido quebrada.

Apretando la esfera, Lanira siguió adelante, sintiendo cómo el poder del lugar arrancaba fragmentos de esperanza de su propia carne. Cada paso era una elección, cada elección, una deuda.

Al fondo del abismo fragmentado, la esperaba una figura sentada sobre un trono de plumas negras y cobalto. Era Radevan, pero al mismo tiempo, era un niño, un monstruo, un anciano, una mujer; todas las posibilidades vibraban en el aire, fundiéndose y separándose al ritmo de su locura.

—¿Vienes a sellar lo que no puede ser sellado? —preguntó con todas las voces de quienes alguna vez eligieron errar.

Lanira sintió la tentación. Aquí, las heridas de la realidad ofrecían sirenas de redención. Si sólo aceptaba el precio, si sólo cambiaba el desenlace de Xindi, si sólo retrocedía al instante previo al desastre, podría rescatar aquello que había perdido.

—Sabes cómo termina esto —dijo Radevan, ahora sólo una mujer joven con los ojos vidriosos—. Incluso aunque sellen esta herida, otras se abrirán. El Multiverso es una basta broma matemática. Somos variables sacrificadas para que la ecuación jamás se equilibre.

El arma de Lanira titiló, casi extinguiéndose. La desesperación era un veneno lento.

—Pero aún así, elijo actuar. —La voz le salió quebrada, hecha esquirlas.

Un chillido recorrió la fisura mientras a ambos lados, delgadas líneas de luz se abrían en el aire. De ellas surgían otras versiones: Lanira comandando ejércitos, Lanira solitaria y rota, Lanira convertida en reina, en monstruo, en simple polvo. Todas portaban su historia y la de las infinitas tierras manchadas por ambición, miedo y ternura.

La batalla que siguió no fue de cuerpo, sino de recuerdos. Contra cada Lanira desolada, sólo podía blandir una historia distinta, una elección mejor, un grito entre la marea.

«¿Y si me hubiera rendido?», se preguntó.

Cada respuesta era una fisura más a suturar. Radevan, multiplicándose, intentaba romper el ciclo, pero Lanira lo sostenía en la memoria compartida, buscando la única nota verdadera entre los ecos falsos.

Cuando por fin, jadeante, rozó a Radevan en su núcleo —una niña asustada con la mirada de quien ha visto demasiadas posibilidades terminar mal—, Lanira no luchó. En vez de eso, le ofreció la esfera de cristal, la esperanza de un mundo donde todo estaba bien.

—Aquí está tu redención —susurró—. Tómala, y deja de desgarrar el mundo.

Radevan miró el orbe, y su rostro se llenó de lágrimas, agua negra y reluciente como ónix derretido.

—¿Pagarás el precio? —preguntó—. ¿Aceptarás que, al sanar esta herida, renuncias al recuerdo de Cail, al dolor que te hace ser quién eres?

Lanira titubeó. Toda su vida giraba en torno a ese dolor; era su ancla y su látigo. Sin él, ¿quién sería?

Pero detrás de ella, en el umbral de la realidad, apareció el rostro de una Lanira feliz. Su eco la alcanzó como brisa cálida.

—Serás el puente, no la grieta —le susurró la sombra luminosa—. No naciste para recordar la herida, sino para cerrar el paso.

En ese instante de entrega, Lanira apretó la esfera contra el pecho de Radevan. El estallido de luz fulminante sacudió la fisura, cerrando portales hasta entonces abiertos por la desesperación. Un sinfín de hilos, plateados y dorados, se cruzaron entre las infinitas tierras, restaurando el tapiz original.

Cuando Lanira abrió los ojos, se encontraba de nuevo bajo el Portal de Anwyn. La explanada de Iridios estaba aún rota, pero la luna azul le devolvía un guiño cómplice. En su pecho, el amuleto parecía más liviano; en sus recuerdos, Cail era una melodía suave, no el grito constante que la había perseguido.

Detrás de ella, la Voz entre Mundos habló con infinita ternura:

«Cada herida cerrada deja un canto. No olvides quién eres, Portadora.»

Con paso lento, Lanira emprendió regreso al mundo de los portadores, consciente de que otras fisuras seguirían apareciendo, que el ciclo nunca se rompería del todo. Pero ahora sabía el secreto: no era el dolor, sino la decisión de sanar lo que realmente tejía la urdimbre de los infinitos mundos.

Caminó entre las ruinas, convencida de que la fantasía más heroica, para los vivos y para los que habitan entre realidades, era atreverse a elegir las cicatrices que deseaban dejar atrás y, al mirar al abismo, agregar sin miedo un canto más a la sinfonía de las tierras infinitas.

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