Fragmento:
Uno de los enmascarados, alto como una torre y tatuado con símbolos de la diosa Hedra, asintió, indicando con un giro de muñeca hacia una puerta baja detrás del escenario improvisado donde dos gemelos de piel verde arrastraban una danza ceremonial forzada.
Duración: 08:12
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La luna pendía como un ojo amarillo en los cielos sin dioses, mirón y desapasionado, mientras los vientos del sur traían el perfume corrompido de la guerra y la miseria. Era medianoche sobre las murallas de Gorset, la fortaleza llamada también la Última Cicatriz, tallada directamente en las fauces volcánicas de la Cordillera Escarlata. Guerreros, encantadores, bribones y bestias por igual yacían indiferentes a las estrellas que bebían su luz en la sangre, en la arena, sobre los adoquines polvorientos. No quedaban inocentes en la ciudad; quienes aún respiraban, se mantenían despiertos solo por miedo, anhelo o pura, odiosa desesperación.
Myrrha caminaba descalza, las plantas de sus pies callosas e insensibles al ardor de la piedra. Su imagen, cuanto menos desconcertante, era vigilada por quienes preferían vivir al acecho en la noche: su rostro tenía la serenidad de la escarcha, pero en sus ojos azules danzaban relámpagos de intención y peligro. Sus dedos largos y cicatrizados acariciaban el pomo de la espada que llevaba, una hoja partida pero de filo intacto, el acero sobrio de quien no precisa ornamentos para matar.
Se decía en los burdeles y tabernas de Gorset—en voces apenas más que un aullido entre las sábanas manchadas—que Myrrha era hija bastarda de una diosa y un demonio. Otros, viejos sacerdotes licenciosos, juraban haberla visto nacer entre espinas de obsidiana, arrancada a la tierra por un rayo herido. Pero la verdad era tan simple como brutal: era una forastera con un precio en la cabeza, una aburrida mediadora de sangre con un talento peculiar para sobrevivir a todo, excepto al tedio.
Aquel anochecer no buscaba ni gloria ni redención. Solo buscaba la llave.
La llave era una leyenda nefanda, memoria oral entre traficantes y damas putrefactas por igual; se trataba de un objeto capaz de abrir, no puertas, sino destinos sellados. Un amuleto de zafiro tallado en la forma de un corazón palpitante, saturado de la magia sucia que recorrió los cimientos de la ciudad como venas abiertas. Se le conocía como el Corazón del Puente de los Lamentos, y quien lo poseyera no solo controlaba los portales ocultos de Gorset, sino también los deseos mismos del tejido urdido entre los hombres y sus bestias internas.
Las indicaciones le llevaban a uno de los lupanar más antiguos, cuyas columnas estaban pintadas con los gritos de los anteriores señores asesinos de la ciudad. Al atravesar el umbral, el olor a sudor y mirra golpeó sus sentidos. Hombres y mujeres tras máscaras de madera la catalogaron con mirada rápida, sopesando si era amenaza o, peor aún, oportunidad.
“Busco a Sable,” dijo, su voz más grave que seductora. No necesitaba seducción; nunca supo jugar ese juego.
Uno de los enmascarados, alto como una torre y tatuado con símbolos de la diosa Hedra, asintió, indicando con un giro de muñeca hacia una puerta baja detrás del escenario improvisado donde dos gemelos de piel verde arrastraban una danza ceremonial forzada.
Tras cruzar la puerta, el ambiente cambió de inmediato. Un faisán colgado del techo sangraba en un cubo, y Sable, el legendario, la esperaba con la sonrisa de quien conoce demasiadas formas de jugar y todas implican dolor.
“Myrrha de la Espada Rota,” pronunció, sin pararse a saludar, “¿Qué buscas aquí, en el fango donde hasta el infierno vacía su basura?”
“Quiero la llave,” respondió, directa como la estocada de una viuda. “Sé que la tuviste, y sé que no la tienes. Pero sé quién la llevó después de ti.”
Sable sabía jugar con los silencios, y tras el breve duelo de miradas, se inclinó hacia atrás, extendiendo la mano por una copa negra como el luto. “Hay cosas, querida, que es mejor desear muertas. El Corazón es caprichoso; no sólo concede deseos. Cobija monstruos. Alcanzarás el Puente si sobrevives hasta el alba. Pero necesitas al menos una bendición…”
“¿La tuya, Sable?”
“No. La de la bestia de los tres rostros. Vive bajo los cimientos. Su vaho hace germinar dientes en los adoquines. Debes llevarle un tributo—uno que no puedas reponer.”
El pacto no se selló con palabras, sino con sangre: Sable cortó la palma de Myrrha, y ella, riendo en su amargura, le devolvió el favor. Así, sellaron una suerte maldita, y la heroína de la noche descendió a los túneles de la ciudad con una antorcha temblorosa.
El laberinto bajo Gorset era una prisión para lo imposible. Por sus pasillos resbaladizos trotaban ratas del tamaño de perros salvajes. La humedad nunca era agua, y las voces que resonaban en los recovecos provenían de los desafortunados que se atrevieron a desafiar a la bestia y fallaron. Pronto el aire se cargó de un perfume a hierro oxidado y sueños calcinados.
Finalmente, al pie de una gran chimenea natural, Myrrha vio la silueta de la bestia de los tres rostros. No era una quimera ni un dragón. Era una fusión grotesca de niño, mujer y anciano, todos compartiendo el mismo torso, sus cuellos nudosos y bocas goteando una baba que chisporroteaba al chocar con el suelo. Hablaban al unísono, en un eco de dolor y vacío:
“¿Qué dejas a cambio de los caminos prohibidos?”
Myrrha sabía la respuesta: nada menos que sus recuerdos más antiguos, los escombros de una vida olvidada antes del exilio. Con la daga, se abrió una herida en la sien, tocando el hueso. El dolor la hizo ver rojo y negro. Metió los dedos en la herida y, como quien arranca una perla de una ostra, sacó un pequeño fragmento de sí misma: su primera carcajada, su primer amor, una cálida imagen robada a la infancia.
La bestia devoró el tributo y, satisfecha, escupió un hueso tallado: la clave para hallar la sala oculta bajo el Puente de los Lamentos, donde el zafiro palpitante espera.
Emergió de los túneles besada por la muerte pero aún entera. Con el hueso oculto bajo la lengua, cruzó la ciudad, esquivando las patrullas de los soldados del déspota, bestias deformadas por la alquimia y la furia. Llegó al puente justo antes del alba, donde la niebla parecía encerrar el mundo en una burbuja teñida de sangre.
Allí encontró a quienes también buscaban el corazón: una mujer monstruosa cubierta de ojos, un joven destripador ávido de gloria, y un cantor ciego cuya voz podía voltear las piedras. El combate fue breve, pero feo. Myrrha, sin pudor ni misericordia, mató primero a la bestia ocular, luego al destripador, clavando la espada partida en las costillas expuestas. El cantor le suplicó piedad, ofreciéndole canciones que retorcerían al mismísimo Rey de las Sombras, pero Myrrha no creía en ruegos. Una estocada, seca y precisa, acabó con su lamento.
Solo entonces, con el hueso como una llave, pudo abrir la compuerta oculta. Dentro, el Corazón del Puente de los Lamentos flotaba, emitiendo una luz azul tan fría como la memoria perdida. Myrrha atravesó el umbral, sintiendo cómo la carne temblaba y los cimientos del mundo parecían susurrar su nombre en lenguajes trillados por el tiempo. Extendió la mano y el zafiro ardió en su piel.
Un deseo, una promesa, una condena.
Myrrha pensó en la libertad: no suya, sino la de todos los que habitaban la cicatriz gigantesca de Gorset, generaciones de soles destruidos bajo un mismo yugo. Pero la gema no era de los necios ni de los bondadosos, y el deseo devoró la petición, retorciéndola. No hubo redención, sino multiplicación del caos: las puertas prohibidas se abrieron de par en par, y a través de ellas escurrían legiones de sombras antiguas bañadas en odio y sed de carne.
Myrrha, de rodillas ante el desastre, supo que la heroicidad era sólo otra forma de condena. Sobre ella, la luna ahora roja como un ojo ciego, contempló una ciudad que no sería liberada, sino arrasada. Y mientras las bestias derramaban su hambre sobre el mundo, la mujer de la espada rota, sonriendo al borde de la locura, se preparó a luchar una última vez, en nombre de nada y de nadie, sólo del consuelo secreto que ofrecen la furia y el olvido.
La fantasía heroica, pensó, no era jamás el triunfo de la luz sobre la sombra, sino el escalofrío abrasador de aquellos que se atreven a caminar entre ambas, respirando el hedor y la gloria de los mundos caídos.
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