Portada del relato La sombra y la espada
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Fragmento:


La posada de piedra era refugio para quienes deseaban pasar desapercibidos y, a la vez, era el corazón palpitante de rumores en la comarca de Vovren. Entre el vapor del guiso y la cerveza aguada, viajeros y mercenarios hilaban historias imposibles, pero esa noche la taberna tenía un aire distinto. Afuera la tormenta martilleaba los postigos, y dentro, todas las miradas giraban hacia la mujer sentada en la penumbra, junto al hogar. Llevaba una capa negra, empapada por la lluvia; su capucha apenas permitía distinguir el perfil de un rostro duro, de alguien que sabía lo que costaba cada día.

Duración: 09:08

La sombra y la espada
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Texto de ajuste de pausa.

La posada de piedra era refugio para quienes deseaban pasar desapercibidos y, a la vez, era el corazón palpitante de rumores en la comarca de Vovren. Entre el vapor del guiso y la cerveza aguada, viajeros y mercenarios hilaban historias imposibles, pero esa noche la taberna tenía un aire distinto. Afuera la tormenta martilleaba los postigos, y dentro, todas las miradas giraban hacia la mujer sentada en la penumbra, junto al hogar. Llevaba una capa negra, empapada por la lluvia; su capucha apenas permitía distinguir el perfil de un rostro duro, de alguien que sabía lo que costaba cada día.

No hablaba con nadie, pero su sola presencia impidió que el grupo de bandidos de la mesa central hiciera demasiado alboroto. Los aldeanos la llamaban Delyra, tal vez un nombre, quizá un seudónimo. Sólo el tabernero, Jonen, tenía algún trato con ella, pues era costumbre de Delyra pernoctar cuando las lluvias hacían intransitables los caminos.

Jonen, hombre recio de cuarenta inviernos, respetaba a la mujer por simples motivos prácticos: los forasteros solían dejar problemas; Delyra, en cambio, muchas veces los solucionaba. Aquella noche sin embargo, algo más profundo en su porte le heló la sangre. No era el filo de la espada al cinto, ni la mirada torva cuando alguien intentaba acercarse. Era la fatiga, un agotamiento colmado de pesar tras los ojos cetrinos bajo la capucha.

Después de servirle una jarra, Jonen se atrevió a preguntarle:

—¿Buscas refugio de la tormenta o de algo peor, Delyra?

—De ambas cosas —respondió, su voz ronca, como si hablara poco o como si llevara semanas sin dormir—. Esta noche las sombras son más densas de lo normal.

—Dicen que al sur, las tierras del Duque están en guerra. Y que los caminos hierven de ojos y oídos.

—No toda guerra es visible —contestó ella, mirando el fuego—. Y no toda sombra es sólo oscuridad.

La conversación terminó ahí. Delyra sabía cuándo los hombres hablaban por cortesía o por nerviosismo. Sacó un diminuto bulto de cera, lo agitó sobre la llama y tras unos gestos rápidos, una runa azulada titiló un instante en el aire. Por si los hados negros, pensó. La magia menor aligeraba la carga del destino, protegía de maldiciones lanzadas al azar. No era mucho, pero entre el acero y los nombres arcanos, al menos uno mantenía su filo.

La tormenta arreció. Los bandidos, siempre tentando a la suerte, aprovecharon el bramido del trueno para abandonar la taberna, riendo a carcajadas sobre “la bruja”. Nadie notó la figura encapuchada junto al umbral, agazapada en las sombras; nadie, salvo Delyra. Cuando la lluvia se calmó brevemente, ella se levantó, pagó a Jonen el doble del valor de su comida y salió tras ellos, sabiendo que aquella noche, el equilibrio entre el mundo y el abismo iba a depender de una hoja y de una decisión cuyo peso la había seguido por años.

***

Bosques húmedos y espesos cercaban Vovren, y bajo su ramaje, la verdadera naturaleza de los hombres yacía a flor de piel. El trillo embarrado pronto se dividía en ramificaciones oscilantes, trampas para inexpertos y guaridas de cosas peores que la simple miseria humana. Avanzando con el sigilo de quien se sabe observada, Delyra acalló sus pisadas y desenvainó su espada, cuyo pomo tenía las runas desgastadas por costumbre y necesidad.

No tardó en vislumbrar las luces titilantes: los bandidos, entre ellos un joven de cabellos como la miel, rodeaban la silueta temblorosa de una presa. La encapuchada que había visto antes; una chiquilla, si se guiaba por la talla. Los hombres reían, empujándola entre ellos, aprovechando su miedo. Delyra sintió un nudo amargo en el estómago. No era la princesa perdida ni la portadora de una reliquia secreta, sólo una campesina atrapada por las circunstancias.

Delyra surgió de la maleza, la voz cortante:

—Dejadla e idos, o esta noche será la última que podáis temer.

Los bandidos se giraron, risas convertidas en cuchicheos, cuchillos al cinto. El que estaba más cercano al fuego, el que tenía la barba pelirroja y una cicatriz en la mandíbula, se adelantó.

—¿Y quién eres tú para darnos órdenes, vieja bruja?

Delyra caminó hacia ellos sin titubear.

—No necesitas mi nombre para morir. Largaos ahora, y quizás pidáis perdón ante los dioses antes del juicio final.

La tensión se quebró cuando uno de los bandoleros la atacó. Delyra fue un relámpago. La hoja describió un arco, cortando a través de la poca habilidad del infeliz y segando su vida con eficiencia sangrienta. El segundo hombre retrocedió, tambaleante. El tercero, el de la cicatriz, alargó la mano y pronunció palabras en una lengua prohibida. Delyra sintió la presión de un hechizo menor intentar aprisionarla, pero su propio amuleto rechazó la maldición, arrojando chispas azuladas. Aprovechando su momentánea ventaja, la guerrera saltó hacia delante, fracturando la clavícula del mago de un preciso golpe.

Los otros huyeron, arrastrándose en la oscuridad, dejando tras de sí promesas de venganza y huellas que pronto lavarían la noche y la lluvia. El claro quedó en silencio, respiraciones entrecortadas y un olor metálico de sangre fresca flotando en el aire.

La muchacha, de no más de diecisiete inviernos, la miró aterrada. Tenía el labio partido y uno de sus tobillos se doblaba de manera extraña.

—No temas, niña —dijo Delyra, bajando la espada—. Los monstruos se han ido… por ahora.

La joven rompió a llorar, sollozando palabras ininteligibles mientras Delyra se acercaba.

—¿Por qué la sigues? —preguntó—. ¿Eres una mensajera?

La chiquilla negó con la cabeza, señalando el medallón en su cuello. Un sello real. Delyra sintió una sacudida en el pecho.

—Mi padre es el Duque —susurró la joven, casi inaudible—. Me buscan. Traigo un mensaje para quien aún recuerde honor y valor. El reino está perdido. Nos vendieron al Pacto del Eco… necesito llegar a Mirnast, encontrar al Hechicero Gris.

Había oído rumores de aquel Pacto. Un acuerdo entre nobles caídos y las criaturas que acechaban en las fronteras de la realidad, intercambiando sangre por poder. Si la muchacha decía la verdad, el peligro era mayor de lo que había supuesto.

Delyra envolvió la pierna de la joven en vendas improvisadas.

—Haremos camino al amanecer. Esta noche no existen sendas seguras.

***

Juntaron ramas y prepararon un lecho precario entre las raíces, las ramas cubiertas por hojas para protegerse de la humedad. Delyra veló el sueño de la muchacha; los ojos fijos en la negrura, el oído aguzado por cualquier indicio de los bandidos o, peor aún, de los sicarios del Pacto. En su bolsa, Delyra poseía un talismán, una baratija heredada de su madre, que sólo en noches como aquella pesaba como una condena.

Recordaba bien la sangre vertida durante el anterior conflicto: la rebelión que terminó con la casta antigua y encumbró al Duque padre de la chiquilla. Ella misma sirvió entonces, espada a sueldo, el acero al mejor postor. Se había redimido, o tal vez sólo lo había intentado. Ahora, los errores de otros amenazaban por engullir su esperanza.

No durmió. Con el primer sol, Delyra ayudó a la joven a caminar, usando una rama como muleta. Avanzaron hacia el este, remontando las colinas de Mirnast. Durante el trayecto, la chiquilla habló poco, pero cuando lo hizo, fue para revelar la naturaleza de su mensaje:

—El Pacto del Eco ha infiltrado a todos los Consejos. Prometieron vida eterna a los traidores y muerte a los leales.

—La eternidad es un anzuelo cruel —gruñó Delyra—. Ningún mortal está hecho para cargar con siglos de errores.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó la joven entonces, con repentina franqueza—. Podrías venderme, podrías matarme aquí y nadie lo sabría.

Delyra la miró con ironía y un atisbo de dolor.

—Todos pagamos nuestras deudas con sangre o con soledad. La mía busca redención, aunque sólo sea una palabra vacía.

Con la segunda noche llegaron a las puertas de Mirnast, heredera de la antigua escuela de magia. El aire olía a ozono y a peligro. La ciudad, bajo toque de queda, dejó entrar a la pareja sólo tras una comprobación extenuante de sellos y credenciales. El Hechicero Gris era un anciano de manos largas, acicalado en ropajes tan raídos como la esperanza de los suyos.

—La hija del Duque —susurró, al ver el medallón—. Por las llamas de Gurn, pensé que tu linaje se había extinguido.

—Vengo buscando ayuda —dijo la muchacha, con una dignidad inesperada—. El Pacto, las tierras del sur…

—Nada de lo que queda es seguro. Pero una sola chispa puede encender la rebelión.

Delyra se giró para marcharse. Su trabajo había terminado; o eso creyó.

—¿Te irás, entonces? —preguntó la joven—.

—Siempre huyo antes del amanecer. Pero no olvides que incluso la muerte se cansa de aquellos que la desafían.

El Hechicero Gris habló entonces:

—Los héroes no nacen, se forjan por su cansancio y obstinación.

Delyra sonrió apenas. La sombra de la espada aún planeaba sobre el mundo, pero mientras existieran quienes blandieran hojas por causas justas, la oscuridad nunca reinaría del todo.

Salió a la calle, sintiendo el peso de su pasado y el alivio amargo del deber cumplido. Por primera vez en años, el viento traía promesas en vez de amenazas. Y aunque sabía que el equilibrio colgaba de un hilo, también sabía que cada vez que la esperanza se vistiera de acero y soledad, alguien como ella estaría allí, lista para cruzar la próxima frontera entre la luz y las tinieblas.

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