Fragmento:
Una llamada—sorda, y después aguda—retumbó en la puerta de la cámara. Gared apenas tuvo tiempo de ocultar el puñal de nuevo cuando entró Lady Amela, la consejera de palacio cuya lengua humillaba hasta el acero mejor forjado.
Duración: 07:48
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Las campanas del Primer Alba resonaron por toda la ciudad de Telyon con una ferocidad casi indecente, como un presagio más que una señal piadosa. Desde la ventana alta y poco practicable de su torre, Gared irrumpió en la mañana con los puños apretados—no porque aguardara ninguna respuesta, sino porque se acostumbraba a esa forma de recibir el mundo hostil. La luz le pareció más hostil hoy, filtrándose por las cortinas pesadas como un juicio de los antiguos dioses.
Nunca había visto Telyon tan clara, ni tan fría. La ciudad, famosa por sus torres de cuarzo azul y sus callejones brillantes de escarcha compacta, se extendía ante él como un tablero de ajedrez cuyas reglas desconocía. De alguna forma, siempre terminaba en el mismo sitio: la cuerda floja entre el papel de héroe y el de asesino.
Gared deslizó los dedos por el puñal que llevaba al cinto, la vaina de cuero raída; símbolo y recuerdo a partes iguales. Era la única herencia de su familia: su madre, la Heroína de la Niebla, lo había llevado a la batalla final contra el Duque Corrompido y no había regresado. El puñal estaba frío y, cuando apretó sus dedos alrededor de la empuñadura, juró que su filo brilló por un instante con una luz azulada, casi antinatural.
Una llamada—sorda, y después aguda—retumbó en la puerta de la cámara. Gared apenas tuvo tiempo de ocultar el puñal de nuevo cuando entró Lady Amela, la consejera de palacio cuya lengua humillaba hasta el acero mejor forjado.
“Te esperan en la Sala del Espejo,” dijo, sin mirarlo. “No conviene hacer esperar a la reina. Ni a sus sombras.”
La Sala del Espejo hacía honor a su nombre: altas losas de vidrio negro, bruñidas y pulidas, sustentaban el techo abovedado y multiplicaban infinitamente el reflejo de cualquier cosa que se aventurase en su interior. Hoy, compartía el espacio con la reina Ilyara, su rostro pálido como el mármol, y con seis figuras encapuchadas que se mantenían tras ella, tan inmóviles como estatuas.
“Sir Gared de la Casa Malvane,” entonó la reina. Sus palabras eran suaves, pero cada sílaba guardaba la amenaza de una tempestad. “Se rumorea que tienes cierta habilidad: cruzar muros, forjar destinos en la oscuridad. Esta noche necesitaré ambas cosas.”
Gared se inclinó. “Serviré a la corona bajo la luz… y en su sombra, Majestad.”
“Eso espero,” replicó Ilyara. “Quiero que robes el espejo que cuelga en el Salón de las Huestes, en la fortaleza de nuestro enemigo. Es la última reliquia del Rey Muerto: con ella, podríamos restaurar el reino… o terminar de caer en la noche.”
“¿Y si me capturan?” preguntó Gared, sin apartar la vista de la reina.
“Entonces sólo necesitarán mi permiso para matarte,” respondió la monarca sin emoción alguna.
Uno de los encapuchados sonrió. No un gesto humano, sino la sombra de una boca en una cicatriz oscura.
Así empezó. Gared partió al caer la noche, arropado sólo con el puñal de su madre, una capa negra y las palabras frías de la reina retumbando en su pecho. Telyon a medianoche era otro mundo: figuras silenciosas se deslizaban por los techos, la escarcha brillaba en azul y plata, y cada esquina parecía prometer tanto peligro como salvación.
El Salón de las Huestes estaba al norte de la ciudad, custodiado por la familia Kyer. El Duque Neral Kyer era conocido por su crueldad y por rodearse de magos espiritistas, seres que le robaban el calor a las piedras para alimentar las runas grabadas en el aire.
Gared llegó en silencio, los movimientos de un hombre que ha vivido mil veces la misma noche. El muro estaba cubierto de enredaderas mustias, y la humedad le arañaba la piel. Sentía, a cada paso, que el puñal de su madre pesaba más, como si la daga quisiera advertirle del peligro.
Atravesó los jardines, evitó las formas centelleantes de los espectros guardianes, y alcanzó finalmente la antesala del Salón. Se pegó a la sombra, observando. Guardias armados, dos magos en vigilia. Un error aquí le costaría la cabeza… o el alma.
Recordó una lección antigua, susurrada por su madre cuando era un niño: “La sombra sólo teme al recuerdo”. Inspiró profundamente y se deslizó entre las portezuelas, su figura apenas era una promesa en la niebla. El espejo lo esperaba, colgando inocentemente sobre un altar de obsidiana. Tenía un marco de hierro negro y, según la leyenda, atrapaba almas igual que la luna atrapa mareas.
Al apoyarse sobre el mármol pulido, una voz surgió de la oscuridad.
“¿Ni siquiera pedirás permiso?”
Gared giró y vio al Duque Kyer, sentado en la penumbra, una copa de vino en la mano.
“A veces los héroes deben ser ladrones,” dijo Gared, empuñando el puñal.
Kyer chasqueó los dedos y la sala se inundó de chispas azules; los magos se acercaron, cada uno canalizando un hechizo que siseaba y latía como un corazón enfermo.
“Mi espejo no otorga favores, Sir Gared. Lo que ves en él, te persigue hasta el final. ¿Qué verás tú?”
Gared se acercó al espejo y se vio: su propio rostro, la herida en la mejilla derecha, la mirada endurecida. Tras él, la sombra de su madre, como si aún protegiera a su hijo desde más allá de la muerte.
“Veo la deuda pendiente,” murmuró.
Kyer sonrió.
“No eres el primero en buscar redención aquí,” replicó. Levantó la copa, el vino tintineando como sangre vieja. “¿Pero puedes soportarla?”
Las sombras de los magos lo rodearon. Gared sintió que el frío le penetraba los huesos. Las palabras de su madre susurraban en su cabeza: “La sombra sólo teme al recuerdo”.
Empuñó el puñal, cerró los ojos un instante, y después atacó. El puñal cortó la magia con un resplandor de luz azulada—lo que rozaba, ardía y escupía esquirlas de sombra. Una magia antigua, tejida con amor y sacrificio, respondió al hechizo de los espiritistas con el eco de una canción materna.
Uno de los magos cayó, consumido por la propia negrura que invocaba. El otro gritó, y el eco quedó grabado en el cristal del espejo como otra maldición. Gared alcanzó el altar y arrancó el espejo de la pared, justo cuando el Duque Kyer se abalanzaba sobre él, la copa rota transformada en daga improvisada.
Forcejearon. Gared recordó el calor de la sala de su infancia, el aroma de la leche y el acero, los relatos épicos que su madre contaba. Usó el puñal, no solo como arma—sino como guía. Atravesó el costado del duque, que se desplomó a sus pies; su sangre negra manchó las baldosas y susurró secretos que solo los muertos comprendían.
Con el espejo asegurado y los guardias acercándose, Gared huyó entre los corredores ilusorios y puertas que se cerraban a su paso. No recordaba cómo recorrió el camino de regreso—sólo que en su muñeca la herida ardía y que la sangre, al caer, dibujaba líneas plateadas en la escarcha.
La reina aguardaba en la torre norte, rodeada de nuevas sombras.
Gared entregó el espejo. Ilyara lo sostuvo, girándolo entre sus manos, antes de hablar:
“¿Qué viste en él?” preguntó, casi con dulzura.
“Vi todas mis pérdidas contadas. Y lo poco que resta de mi fe.”
La reina lo miró, y por un instante pareció envejecer cien años ante sus ojos azules.
“El espejo te recordará eso cada vez que vuelvas a intentar huir, Sir Gared. Es el precio de vivir en la sombra.”
Y él, agotado, sangrando y solo, comprendió que no había otra manera de existir en este mundo que haciendo bailar el filo del puñal entre la oscuridad y la esperanza.
Gared salió al frío, donde la escarcha comenzaba a derretirse. Sintió que, tras cada paso, la sombra de su madre le seguía. Y si a veces el mundo parecía demasiado hostil bajo la luz de Telyon… también sabía que la noche era suya, y que bajo su manto podía ser héroe o villano, pero nunca nada menos que humano.
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