Portada del relato Las cenizas del mundo
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Desde hace siglos, los nombres de las ciudades han sido sólo humo en la memoria. Caminamos sobre los huesos de imperios, legiones de fantasmas recorriendo marcha tras marcha un planeta que ya no es nuestro, bajo cielos sin luna. Mi nombre es Vandar, Vigo del Orbe de Occidra; pero el rango carece de significado. Hace tiempo perdí mi ejército y mi fe en los dioses. Sólo me queda mi espada, bellamente forjada, que lleva en la empuñadura la imagen de una mujer a la que no recuerdo.

Duración: 08:02

Las cenizas del mundo
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Las cenizas del mundo

Desde hace siglos, los nombres de las ciudades han sido sólo humo en la memoria. Caminamos sobre los huesos de imperios, legiones de fantasmas recorriendo marcha tras marcha un planeta que ya no es nuestro, bajo cielos sin luna. Mi nombre es Vandar, Vigo del Orbe de Occidra; pero el rango carece de significado. Hace tiempo perdí mi ejército y mi fe en los dioses. Sólo me queda mi espada, bellamente forjada, que lleva en la empuñadura la imagen de una mujer a la que no recuerdo.

En la oscuridad perpetua de las landas de Veath, la noche cae como un manto de plomo extendiendo sus dedos entre los arbustos secos. El viento arrastra el polen ácido de los juncos, y la única certeza es el estruendo lejano de los escombros que se desmoronan. Pero yo sigo adelante, porque sé que hay algo esperándome en la Última Torre.

Todo empezó con la llegada del Ópalo Caído. Fue la piedra que terminó por quebrar a los reinos. Los magos dicen que vino de un mar sin nombre; los locos, que es el corazón arrancado del mundo. Cuando cayó, todo se detuvo, el tiempo se congeló durante un pulso, y los cielos se enrojecieron. Solo algunos supervivientes lo presenciaron, y cada uno regresó con los cabellos blanqueados y los ojos medio ciegos. Desde entonces, ningún dios volvió a responder a nuestras súplicas.

He viajado durante diez días con una sola meta: coronar la Última Torre y mirar dentro del Ópalo Caído. Dicen que si uno resiste la mirada de sus luces y sombras, puede rehacer el mundo a su voluntad, aunque debe pagar un precio indescriptible. Otros creen que toda vida morirá entonces; yo mismo oscilo entre ambas posibilidades y no estoy seguro de a cuál temo más.

En la sexta noche, llegando a las márgenes de los campos de cristal, me encontré con Nivi, una sacerdotisa exiliada de su Orden. Tenía una lona de cuero, bajo la cual brillaban extraños talismanes: un anillo hecho de escama de dragón, una cadena de dientes humanos, una copa de hueso. Sus ojos, antiguamente de un verde follaje, eran ahora tan opacos como la ceniza. Ni siquiera me preguntó mi nombre cuando compartí su hoguera.

—Dicen que el Ópalo devora la luz del alma —musitó mientras soplaba una nube de polvo en el fuego.

—Nada debe quedarse para siempre en la oscuridad —contrapuse, aunque no estaba seguro de creer mis propias palabras.

—Tú no vienes buscando la salvación, sino el fin, ¿verdad?

—Quizá sean lo mismo a estas alturas.

Nivi sonrió, mostrando unos dientes con manchas azules.

—Hay otra posibilidad, Vandar. Quizá no buscamos rehacer el mundo ni acabarlo. Quizá sólo queremos que alguien nos recuerde.

No respondí. En la ceniza y el despojo, la memoria parecía la más frágil de las ventajas.

A la mañana, dejó en mi mochila una daga de hueso narval tallada con símbolos perdidos. “No confíes en los Espectros” me advirtió, antes de desaparecer como la última hoja en el viento.

Seguí avanzando hasta los escombros de las grandes esculturas, los rostros caídos de reyes muertos, donde el aire tenía la densidad del olvido. Allí comenzó la caza: criaturas sin rostro ni nombre, despojadas de todo salvo el hambre, me siguieron entre las ruinas. Eran las almas fallidas que una vez probaron mirar el Ópalo y fueron devueltas al mundo sin ojos, sin lengua, solo con el ansia. Supe entonces que para llegar hasta la Última Torre, uno debía estar dispuesto a caminar entre los condenados sin mirar atrás.

Durante el onceavo día, la tempestad estalló. Viajé encorvado mientras el tiempo se deformaba a mi paso: llovió sangre, después ceniza negra, después perlas de vidrio que chirriaban bajo mis botas. Cuando al fin llegué a la Torre, el sol asomó entre un agujero en el cielo, como un ojo irritado antes de cerrarse de nuevo para siempre.

La Torre surgía como una columna de tiempo petrificado. Cada uno de sus peldaños estaba formado de fragmentos de eras borradas, gladiadores tallados junto a máquinas que ya no podían ser comprendidas, rostros minúsculos y bestias extintas. Atrás quedaron mis dudas; emprendí la ascensión sabiendo que cada paso sería de ahora en adelante contado por mis recuerdos más dolorosos.

No hay puertas en la Última Torre, sólo una ola tras otra de recuerdos. El primer tramo era mi infancia, un reguero de sombras bailando alrededor del fuego en la aldea sepultada bajo nieve. Oí la voz de mi madre, luego el silbido del acero cuando mi padre fue asesinado, y sentí la misma sorpresiva calma: así inicia la vocación de la espada, con una caricia y una pérdida.

En el segundo tramo, las voces de mis compañeros caídos resonaban, solapadas con ecos de gloria. Vi, uno a uno, los rostros de los hombres y mujeres que conduje a la muerte. No huí de su dolor; comprendí que lo que pesaba verdaderamente era la indiferencia de los dioses.

Hubo un punto —quizá el piso treinta, o el segundo mil, el tiempo aquí no existe— en el que mi propia sombra se separó de mí y me desafió. Pregunté,“¿Qué más quieres de mí?” y supe que respondía la voz de mi propia desesperanza,

—Deseo no olvidarte nunca, aunque tenga que marchar contigo hasta el fin.

Lancé la daga de hueso contra mi sombra, y la carne de ambas se fundió en un único grito. Desde entonces, llevo por dentro una segunda voz que me susurra en sueños.

Arribé a la cúpula cuando ya ni mis lágrimas conocían su propio sal. El Ópalo Caído flotaba sobre un altar de obsidiana y lajas de carne humana fosilizada en la piedra, refulgiendo en todas las gamas posibles y algunas imposibles de color. Era una esfera perfecta, surcada de grietas y líneas de luz, como si una red de venas planetarias corriese por dentro de la joya. Sabía, con la certeza absoluta, que nadie podría tocarlo y permanecer igual.

Entonces, la Sacerdotisa Nivi emergió de las tinieblas. Ya no tenía ni huesos ni carne: era la memoria de una mujer resistiéndose a perder su nombre.

—¿Está en tus manos rehacer el mundo? —me preguntó la voz, que no era más que un eco entre dos realidades.

Nada respondí. Me acerqué al Ópalo. Las caras de todos mis muertos danzaban en cada giro. Mi sombra gritaba para que parara. Pero tuve que mirar. Dentro del Ópalo se encontraba la mirada del primer dios y la última emoción de la humanidad, mezcladas en un solo torrente de imágenes.

Vi mundos posibles, un millar de variantes para cada decisión. Vi a mis amigos sobrevivir, vi a mi madre anciana y feliz, vi a los hijos y nietos que no llegué a tener. Vi a Nivi volver a casa. Pero también vi la muerte de todo: el planeta despoblado, la absoluta quietud, un silencio tan denso que casi podía saborearlo. No había belleza en el vacío, pero tampoco sufrimiento.

Podía elegir. Podía inclinar el flujo de la historia hacia la esperanza, o hacia el olvido, o rendirme al azar.

Fue entonces cuando la voz, ahora la mía y la de Nivi y la de todos los muertos, resonó:

—No puedes restaurar lo que nunca comprendiste. Pero puedes recordarnos. Puedes llevarnos contigo.

En ese momento, comprendí el precio. Si forzaba la renovación, yo también quedaría convertido en espectro; si me sumía en el olvido, nadie seguiría nunca mi rastro. Percibí con nitidez el deber fundamental de quienes han amado y perdido: conservar la memoria, aunque duela.

Retiré mi mano del Ópalo. Caminé de vuelta a través de la Torre, descendiendo cada peldaño mientras los recuerdos eran cada vez más nítidos, más verdaderos. Fuera, la tempestad había cesado. El mundo no era mejor, pero tampoco peor: seguía existiendo, que era todo cuanto podía desear.

Nunca nadie me verá regresar. Pero en cada historia contada alrededor del fuego, en cada canción susurrada a un niño al dormir, hay un destello del Ópalo. Porque yo habré hecho lo único posible: recordar. Así, quizás la llama de la esperanza sobreviva un poco más, y algún día alguien más suba a la Torre, cargando los nombres de sus muertos y el sueño de un mundo nuevo.

Las cenizas del mundo no son el fin, sino el terreno fértil donde germina la memoria. Sólo así podremos ser héroes, aunque nadie nos recuerde. Solo así vencemos la condena del olvido.

FIN

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.