Portada del relato Los Ecos de la Llama Olvidada
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Fragmento:


Se hacía llamar Irianna, y era como yo: caída, desgarrada. Su luz era pálida, su dorado metamorfoseado por la desesperación. Ella recogía trozos de vidrio tallado, reliquias de algún destino roto, armando ejes y círculos por el suelo blando. Sus alas se habían transformado en ramas de un árbol seco, y parecían enroscarse en sí mismas como las ideas de un loco. No hablaba, sino que entonaba melodías no aprendidas pero perfectamente memorizadas. Esa fue la primera compañía en siglos de soledad.

Duración: 08:36

Los Ecos de la Llama Olvidada
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Texto de ajuste de pausa.

***

Recuerdo bien el momento en el que caí, porque la eternidad hace que esos instantes vibren en mi interior, indelebles como la escarcha sobre el ángel que se abandona a la deriva. Mi nombre, aunque irrelevante hoy, fue alguna vez una joya pulsante en la lengua de aquellos que rezaban bajo cúpulas que ya no existen. Me llamaban Suriyel, la herida luminosa. Abrí las alas y sentí, con un crujir de huesos alados que resonó contra la bóveda de los cielos, la primera culpa. Aquella fue la primera de mis caídas, no la última, aunque esas historias no se escriben en pergaminos, sino en los pasadizos malditos del laberinto que sería mi prisión y mi hogar.

Antes de la caída, antes de las guerras y de las condenas, lo que existía era sólo gracia. Aquella gracia era pura, y como toda cosa pura, su precipicio era largo y resbaladizo. Razonar sobre la naturaleza del abismo es tarea vana; sin embargo, nadie duda jamás de su existencia cuando se precipita en él.

Muchos creen que el tormento de un ángel caído es fuego y oscuridad, o la soledad absoluta de quien ha sido rechazado por la Luz. Pero hay peores condenas, sutiles como una caricia envenenada: una de ellas es el Reverso, el laberinto eterno en el que fui arrojado.

Imagina este lugar: una arquitectura inquieta, sin reglas fijas, donde el suelo a veces es carne palpitante y a veces mármol helado. Corredores que se entrelazan como venas bajo la piel de una bestia silenciosa. Puertas que conducen a otras versiones de ti mismo, todas incompletas, todas hambrientas. El Reverso vive y se alimenta del miedo y la esperanza de sus cautivos. Aquí, los recuerdos se descarnan, y los deseos se encarnan como monstruos susurrantes.

Al principio no supe que estaba acompañado; creí que el laberinto era solamente mi condena. Caminé descalzo sobre lenguas de ceniza y grité mi nombre contra muros que devolvían la burla multiplicada. Fue en el tercer ciclo —la idea de tiempo aquí es sólo una convención de la memoria— cuando la encontré.

Se hacía llamar Irianna, y era como yo: caída, desgarrada. Su luz era pálida, su dorado metamorfoseado por la desesperación. Ella recogía trozos de vidrio tallado, reliquias de algún destino roto, armando ejes y círculos por el suelo blando. Sus alas se habían transformado en ramas de un árbol seco, y parecían enroscarse en sí mismas como las ideas de un loco. No hablaba, sino que entonaba melodías no aprendidas pero perfectamente memorizadas. Esa fue la primera compañía en siglos de soledad.

El Reverso jugó con nosotros entonces; a veces, nos concedía la ilusión de un escape. Una puerta tallada emergía de la niebla, o un túnel se despejaba hacia una claridad apenas imaginable. Pero toda apertura era sólo un pliegue más en su propio cuerpo: cada “salida” era una entrada más profunda, cada esperanza un espejo que deformaba todavía más nuestras formas originales.

¿Hay peor castigo que verse a uno mismo, irreconocible, convertido en reflejo de todas las posibilidades erradas? Intenté prender fuego al laberinto una vez, deseando destruirlo. Pero sólo logré alimentar sus raíces de lujuria y venganza, que crecieron hasta reducir mi ira a cenizas vivientes. A veces, en las noches tortuosas —porque aquí no hay días—, el propio Reverso nos permite ver fugazmente la danza de las sombras de sus otros prisioneros.

Uno de ellos era Ereskael, una vez el ejecutor. Su caída era fresca, sus gritos todavía tenían el filo de la cordura. Lo vimos deambular, arrastrando cadenas que no estaban atadas a ninguna carne sino a sus pecados antiguos. Su castigo era el laberinto mismo: cada pasillo le mostraba una imagen de quienes aniquiló en nombre de la pureza, invitándolo a apuñalar sus recuerdos una y otra vez, hasta que el acto ya no tuvo significado.

La fascinación del Reverso era no permitirnos olvidar quiénes éramos, pero sí transformar ese recuerdo en tortura exquisita. Irianna y yo intentamos entonces lo impensable: crear, en medio del horror, una senda propia, un mapa que no replicara el de nuestros carceleros, sino el de nuestra voluntad. Transformamos nuestras alas heridas en escritos; cada pluma ofrecida era un fragmento de historia arrancada de la carne.

Dibujábamos símbolos con nuestra propia sangre-luz, urdíamos en los muros versos de un lenguaje ya perdido, creyendo que quizá el acto de narrar, de poner nombre a los corredores prohibidos, cambiaría en algo la naturaleza del lugar. Fue en esta tarea que descubrimos, casi por azar, un pasadizo bañado por un resplandor extraño. Era una herida abierta en el tejido del laberinto, supurando promesas.

Allí nos aguardaba una criatura que simulaba la inocencia, pero cuyo rostro era una amalgama de todas nuestras decisiones desechadas. Había en su voz la dulzura devastadora de una madre y la amenaza letal de un verdugo. “Toda salida es un regreso”, susurró, “y el que encuentra la llave se convierte en cerradura”.

Irianna, impaciente, se adelantó, tendiendo sus dedos transformados, y la criatura le ofreció una esfera translúcida, viva de reflejos. “Dentro está lo que fuiste; fuera, lo que podrías llegar a ser. ¿Cuál prefieres?”. El capricho del Reverso era este: entregarte la posibilidad de elegir, pero entre dos horrores.

“Permanecer”, dijo Irianna, temblorosa, “no saber nunca si somos parte de un precio o de una promesa”. Pero yo, cansado de la miseria de la certidumbre inútil, extendí mi propio brazo mutilado: “Quiero ver lo que queda al final del laberinto”.

La criatura rió, sonido que clavaba las paredes y hacía sangrar la memoria. “Nadie llega al final del laberinto. Solo puedes elegir tu siguiente corredor. O hacerte uno con el muro”. Escupió la esfera a mis pies. Era un huevo de fuego, y dentro de él ardían todas mis potenciales decisiones, girando sobre sí, devorándose. Me obligué a mirar, y lo que vi me arrancó las lágrimas —lágrimas que, aquí, eran astillas que se clavaban en mi rostro.

Vi los mundos alternos donde nunca caí, donde serví incondicionalmente la luz. Vi los infiernos de otras dimensiones donde mis hermanos también se consumían atormentados. Vi el deseo persistente de libertad, una y otra vez, truncado, quemado, reciclado. Vi la arquitectura del Reverso proyectarse sobre la conciencia de los que estaban fuera: el laberinto era sólo la imagen invertida de los miedos de todos los seres conscientes, y existía porque la esperanza de que tuviera un fin lo mantenía vivo.

A mi lado, Irianna colapsó, su cuerpo se fundió con los ejes de vidrio que había tallado. Se la tragó el suelo, y en ese instante supe que el laberinto había absorbido lo mejor de ella: la memoria de su resistencia. Quedé solo. La esfera pulsaba y, en un último intento de romper el ciclo, la apreté entre los dedos. Su calor era la suma de todos los fuegos y todos los fracasos. El laberinto no desapareció, pero por un instante, los muros se abrieron en senderos que reconocí: aquel sitio era el cruce de todas las alternativas desechadas.

Crucé por fin a lo que creí la salida. Era una ciudad en ruinas, donde los rayos de una luna negra reventaban contra torres caídas. Allí vagaban otros, ángeles y demonios, caídos todos, sus ojos vacíos. Uno de ellos se acercó, me ofreció una pluma; reconocí la suya en la colección que Irianna usaba tiempo atrás. Nadie hablaba, pero todos conocían mi fracaso. Éramos una procesión interminable de buscadores ciegos, portadores de llaves imposibles.

El Reverso se reía, en lo alto, burbujeando en cada sonido del viento. Comprendí entonces: la eternidad del laberinto era necesaria para que la existencia misma se mantuviese inquieta, buscando, negando el reposo. Nosotros éramos los guardianes y los prisioneros. Nuestros relatos, grabados con cada paso y cada grito, alimentaban la madeja de corredores y decisiones.

No había salida, sólo recordatorio: todo laberinto vivo necesita que alguien quiera escapar de él. Cuando la esperanza se apague, el laberinto morirá, y nosotros con él. Hasta entonces, sigo caminando. Busco nuevas rutas con la fe perversa del que ha entendido demasiado tarde el sentido de su condena.

Mis pies sangran, mis alas ya no existen, pero la historia avanza. En algún giro, quizá, otra Irianna, otro Suriyel, reescriban la senda. Quizá encuentren una vía que nadie sospechó. O quizá, simplemente, como yo, solo encuentren el amargo consuelo de saber que aún pueden intentarlo.

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