Portada del relato El último jardín de la fortaleza blanca
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Fragmento:


—¿Eso es todo?—La voz de Halde relampagueó, seca.

Duración: 08:59

El último jardín de la fortaleza blanca
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Texto de ajuste de pausa.

La anciana Miril caminó despacio por el corredor de mármol. Bajo sus pies, las vetas de azul helado relucían como venas congeladas de algún titán caído. Sabía que cuanto más se adentraba en el palacio, más resentía sus huesos la proximidad del núcleo, donde el frío era ley y el tiempo parecía torcerse, dividirse y hundirse en remolinos de neblina congelada. Pero marchaba igual, arrastrando su capa raída y la larga trenza blanca sujeta con aros diminutos de ónix. No podía mostrarse débil; no con ellas esperándola.

Las puertas de la sala circular se alzaron, altas y sin bisagras, pura escarcha tallada. Se abrieron ante su bastón, como si recordaran, con ánimo arisco y antiguo, el gesto de aquellas que una vez las forjaron. Al cruzar, Miril aspiró: aurora, sangre enfriada, recuerdos de una niña que temblaba bajo la mirada funesta del invierno. Eso olía allí dentro.

Cuatro tronos formaban un cuadrado falso, apenas una metáfora tallada en hielo negro. En tres de ellos se sentaban las Reinas. La cuarta silla estaba vacía y repleta de escarcha, con un pesado manto de piel virgen cubriéndola, intacto desde hacía tanto que ni Miril podía recordarlo con precisión.

La Reina del Norte, Lysava, tenía el cabello como cortinas de nieve vieja y la piel traslúcida. Sus ojos eran de esa clase de azul que sólo se ve en la ruptura de los lagos, ese azul que duele. Ladeó la cabeza y tensó la boca sin sonrisa, un saludo impregnado de advertencia.

La Reina del Este, Halde, olía a cristales rotos. De su corona manaban estalactitas: la tradición decía que cuando Halde llorara auténticas lágrimas, su corazón quedaría condenado a latir de piedra y agua por cien años más. Aquello hacía mucho que no ocurría.

La Reina del Sur, Mirin, vestía una capa de plumas azul pálido y tenía la curiosa mirada de quien siempre yace a medio camino entre un sí y un no. Nadie sabía si Mirin alguna vez había amado, pero los rumores decían que, al menos una vez, condenó a un reino entero por la promesa rota de un beso.

A Miril le faltaba el coraje y la juventud para esconder el temblor de su paso. Lo suplió con astucia. Habló antes de que Lysava pudiera arrastrar la voz por el mármol.

—He traído aquello que ordenaron—dijo, sacando el recipiente cubierto en lino azul. Los nudos del paño llevaban runas que cambiaban frente a la mirada de las Reinas, reflejando símbolos olvidados para los nombres de los vientos.

Halde alargó el brazo, blanca como una luna entera. Deslizó el paño y miró dentro. Un pequeño brote, verde muy pálido.

—¿Eso es todo?—La voz de Halde relampagueó, seca.

—Es la última simiente del jardín heliado —susurró Miril. //Nadie// de las presentes pronunció palabra al oírlo. Porque conocían el significado: allí, bajo las criptas de la fortaleza, entre raíces de hielo y libros sellados, sólo uno que hubiera amado alguna vez podía hacer brotar una vida verde.

Lysava se inclinó hacia adelante, el peso de su diadema casi rozaba los picaportes forjados a ambos lados de su asiento.

—¿Estás segura, Miril? ¿Habrá supervivencia si dejamos brotar la semilla, si dejamos que algo crezca? ¿Sabes a qué condenas nos expondrías?

—He leído los libros y los juramentos antiguos. Las cuatro reinas juraron proteger la balanza—, dijo Miril. Forzó la voz. —Pero la balanza está muriendo. Y vosotras ya no sentís nada. Ni frío, ni amor, ni dolor. Habéis extinguido con vuestro reinado la llama lenta que quedaba aún en el mundo.

Durante un tiempo imposible, nadie habló. El hielo del techo crepitaba, y la escarcha formaba palabras en los ventanales, palabras que se disipaban cuando Miril intentaba leerlas. Entonces, la voz de Mirin, tan baja que parecía duda, descendió pela sala:

—¿Y tú, anciana? ¿Qué arriesgas, tú, por plantar el brote? ¿Piensas que podrías calentar este mundo con sólo un suspiro de primavera?

Miril dejó su bastón y retiró la capucha. Cabello tan blanco como el de una reina, piel estirada sobre los pómulos.

—Ya nada tengo. Lo perdí todo cuando juré serviros. Pero… la semilla tiene mi nombre —dijo, desnudando sus miedos frente a ellas—. Y en ella está la memoria de lo que fuisteis antes de la escarcha.

Las Reinas intercambiaron miradas. En ese instante, la sala parecía constelar siglos de traición, nostalgia y hambre.

Lysava extendió una mano. De la palma surgió una vena de hielo que trepó con violencia hasta el brote, pero no lo tocó. El frío bruñía en el aire, crepitando como una advertencia.

—¿Recuerdas el tiempo antes de nosotras, Miril? —susurró la Reina del Norte. —Cuando el reino era un mosaico de nombres, y la gente aún ponía miel a los labios de los niños. ¿Recuerdas cuántos murieron para darnos este poder, este olvido?

No hay dolor más puro que la memoria desposeída. Miril asintió, con la mirada borrosa de arrepentimiento.

—Los recuerdo a todos. Por eso he venido.

Halde, cuyas lágrimas nunca caían, preguntó:

—¿Qué necesitas de nosotras?

Miril sintió un temblor en el pecho, un latido antiguo contestando la llamada de los hilos invisibles que tejían todas las canciones de cuna, todas las despedidas. Tomó aire.

—Permisividad. Y que desvistáis el trono de la cuarta Reina. Que la olvidada vuelva a esta sala.

Un murmullo de viento sacudió el ventanal del sur. En los círculos más internos de la sala, la escarcha formó el contorno de una mujer sentada, sus cabellos largos, su rostro velado por la pátina del recuerdo. Era la Reina que partió, la única que osó amar más allá de la escarcha, la que dejó atrás su nombre para que pudiera nacer un hijo y una hechicera.

La sala, antes fría en su perpetuo remordimiento, se tornó distinta. El aire se cargó: añoranza, miedo y el dolor de las pérdidas ancestrales.

Miril se arrodilló; no por reverencia, sino en comunión con la tierra congelada. Acarició la semilla, murmurando nombres olvidados, promesas rotas. La simiente tembló y dejó caer un destello de luz, como si una lágrima impalpable hubiera descendido hasta su corazón embrionario.

Las Reinas sintieron el tirón de la sangre, cada una notando fragmentos de recuerdos ajenos: la mano cálida de una madre, la primera línea de una carta jamás leída, el suspiro de un amante en la penumbra de una noche interminable. Mirin apenas reprimió un sollozo, la garganta a medio nudo como en su primer exilio, mucho antes de reclamar una corona de hielo.

El brote se abrió. No hacia el techo ni hacia la luz exterior (no había ventanas por donde una primavera pudiera asomar). En lugar de eso, echó raíces hacia abajo, hacia la piedra y el hielo y la memoria hundida en la fortaleza blanca. Donde tocó, comenzaron a nacer pequeñas gemas de luz, tímidas y tibias. El frío se replegó ante ellas, como si no pudiera soportar el azote de la esperanza.

—¿Quién eres tú para tener derecho a esa memoria? —preguntó Lysava, apenas audible.

Miril se incorporó, los ojos fijos en el brote y en los hilos de luz.

—Soy sólo una excepción al olvido. Pero es suficiente. Vosotras sois las Reinas; yo, la raíz que decide no retorcerse más en la tierra muerta.

Halde se levantó de su trono, la corona apenas visible entre el vapor gélido.

—¿Y si no queremos recordar? ¿Si preferimos el reino de la escarcha, de la seguridad y el silencio?

Miril iba a responder, pero fue Mirin quien habló, la voz trémula pero firme, como un pájaro pequeño que decide al fin migrar:

—Entonces ya estamos muertas. Y sólo el brote, y ella —mencionó a la figura velada en la escarcha—, sobrevivirán para contarnos.

La semilla se expandió. El hielo del suelo se fragmentó con sonido de cristales rotos, dejando filigranas de verde pálido y raíces brillando por debajo. La sala se llenó de aromas que ninguna había percibido en siglos: madreselva, heno, lluvia.

Miril miró a la cuarta Reina, que aún era un contorno sin carne, y pronunció su nombre olvidado. El eco reverberó en la cúpula. El hielo que recubría la figura pareció fundirse, despacio, hasta que la mujer respiró al mismo ritmo del jardín naciente.

Las Reinas, por instantes, se vieron a sí mismas como niñas, corriendo entre los sauces de una primavera remota. Miril, exhausta, cayó de rodillas mientras las raíces le besaban la piel.

Allí, en la fortaleza blanca, el hielo al fin cedió. El poder de las Reinas de hielo se vio obligado a recordar que reinar sobre el frío era, en el fondo, una forma elegida del olvido, una renuncia; y que hasta la escarcha necesita, de tanto en tanto, el ardor de una lágrima.

Las Reinas cerraron los ojos, sus coronas ardiendo de luz. Por una vez, le permitieron al mundo y a sí mismas un temblor, una grieta en el invierno perpetuo. Miril susurró, ya en el umbral, una palabra que era dolorido alivio, lamento y promesa:

—Recordad.

Y el brote, único y eterno, siguió creciendo, aunque sólo fuera para desafiar otro amanecer.

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